El hombre que teje en medio de las tormentas

El hombre que teje en medio de las tormentas

13 de mayo del 2014

Un día luego de zarpar de Cartagena, el 12 de enero de 2014, el rancho de suboficiales se hallaba impregnado por el olor avinagrado del vómito de los nuevos cadetes, quienes no soportaron el vaivén impuesto por las olas de un mar Caribe embravecido y trasbocaron sin tregua durante varias horas. Algunos se arrojaban al suelo, presos de un mareo incontrolable. Incluso los más experimentados palidecieron ante la furia de olas de cuatro y cinco metros que hacían del buque Gloria una hoja en medio de la tormenta. Mientras tanto, en el último rincón del barco, imperturbable, rodeado de cajas de víveres, el oficial de la armada Sigifredo Carvajal tejía una nueva rabiza.

“Yo nunca me he mareado –dice Carvajal–. Me preguntan cómo puedo tejer con el ‘mareteo’ pero no sé qué responder. Simplemente no lo siento. Apenas el traqueteo del movimiento”. En 18 años de servicio, el oficial ha elaborado cientos de rabizas, una suerte de collares tejidos en hilo donde los marinos insertan los prendedores de los lugares que han visitado. Cadetes, capitanes de barcos, tenientes, suboficiales, embajadores de varios lugares del mundo tienen una rabiza hecha por este hombre que cumple tres años seguidos navegando en el Gloria.

Tejer es su modo de escapar del tedio de los largos recorridos, o “piernas”, como llaman en la Armada a cada tramo de navegación entre un puerto y otro. Y mientras el buque va grabando su fugaz estela en el agua, Carvajal teje las líneas de una nueva rabiza. Dedica hasta siete horas diarias a su oficio de artesano. Así, como perdido en el tiempo, ha llegado, entre otros lugares, a Egipto, Tokio, Singapur, Nueva York, Ushuaia, Hong Kong, Barcelona, Los Ángeles, Curazao y San Francisco.

En una barra de ejercicios sujeta al techo, Carvajal hilvana los hilos en medio de cajas de condimentos Comarico, salsas Respin, café Sello Rojo, pasta La Nieve, latas de leche de coco, montones de bolsas de arroz Gelvez y tarros de mayonesa Hellmans. Sabe tejer en diversos estilos: macramé, Felton y peruano sencillo y doble. Tarda entre seis y siete horas elaborando cada rabiza. En un espacio contiguo al suyo se hallan los cuartos fríos. En uno se guardan las carnes y en otro, del tamaño de un local de plaza de mercado, las frutas y verduras.

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Carvajal y una de sus  rabizas.

Su tarea en el barco es organizar los víveres y trasladar, por unas empinadas escaleras, cuanto se necesite en la cocina del buque. Allí, un equipo de seis personas debe cocinar en medio de la marea: entre los furiosos vientos del Cabo de Hornos o los sacudones del mar de Punta Gallinas, en la Guajira.

En el Gloria el trabajo en la cocina nunca se detiene. “Yo vomito en la caneca y sigo cocinando”, dice el infante de marina Paredes, quien ha terminado de abrir 200 huevos para el desayuno del otro día y ahora vuelve picadillo una montaña de trozos de cebolla cabezona morada. El buque acaba de atravesar el Canal de Panamá dejando atrás las aguas mansas del Pacífico para entrar en el Atlántico y el cuchillo de cocina de Paredes se mueve igual que el Gloria, hacía adelante y hacía atrás, como un tosco péndulo.

Al otro lado del mesón se halla el suboficial jefe Javier Mateus, el mandamás de  la cocina. Un día hace 18 años, luego de conocer que había ofertas para entrar como chef a la armada, dejó su empleo en el club el Nogal en Bogotá y se alistó en la marina. Desde entonces sólo cocina en el mar. Ya sabe lo que es chocar contra todos los muebles metálicos de la cocina y preparar una cena cuando el buque navega sin motor, sólo a vela, inclinándose por completo hacia un lado. Sus brazos fornidos, de venas marcadas, dan fe de los años dedicados al fuerte trabajo físico. “Veo a mis hijos una vez al año y ya me divorcié –dice–. Esto es para pocos. Estresa y desafía el buen genio”.

Otro de los cocineros, el infante de marina Javier Morales, dice, con los ojos bien abiertos: “¿Usted se imagina lo que es cocinar para 180 personas, con un buque moviéndose de lado a lado, mareado, con olor a comida, con todo el mundo pidiéndole cosas y con el calor de las ollas?”

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La cocina del Buque Gloria.

La comida en el buque se compra en los puertos donde atracan. Muchas veces no se encuentra lo que se acostumbra comer en Colombia. A veces no se consigue plátano, algunas verduras, arroz o cilantro. Mateus dice que uno de los mejores platos que se preparan es el ajiaco santafereño y la cazuela de mariscos. En los viajes, cuando el mar se enfurece,  suelen cocinar arroz con cerdo o pollo en una marmita con capacidad de cien litros. Así se evitan accidentes.

El oficial Sigifredo Carvajal duerme tres pisos más abajo, en el mismo lugar en que teje. Entre cajas y frascos tamaño familiar. A veces se recuesta en el piso o guinda una hamaca de lado a lado. Lo más difícil de su trabajo, cuenta, son los largos meses sin ver a su familia. En cuanto llega a cualquier puerto lo primero que hace es llamar a su esposa y a sus tres hijos. “Este año ha sido el más duro porque mi hija mayor se gradúa y lloró porque yo no iba a acompañarla”. A ella le lleva una maleta de pingüino  y un suéter del grupo juvenil One Direction. Los lujos que se da son gracias a las rabizas. Por cada una cobra 40 dólares.

Carvajal nunca imaginó, en su natal Montería, que conocería medio mundo. “Me acuerdo que yo hacía los croquis en el colegio e imaginaba cómo sería el estrecho de Bering, el de Gibraltar. Qué pensaría esa gente que llegó hasta allí”. Aunque no los conoce, ha pasado cerca de ambos lugares. Con los años se ha convertido en un experto en datos geográficos y es capaz de reconocer desde el mapa de Yemen hasta las banderas de Suazilandia, Yemen o Liechtenstein. En su tableta, donde el internet nunca llega, tiene un juego de geografía en el que ha alcanzado el puntaje perfecto. Entre los condimentos, guarda un libro de bordes aplastados titulado Almanaque Mundial. “Lo repaso y lo he leído como cinco veces”, dice.

Dentro de dos años, cuando cumpla 39, recibirá la pensión. Para entonces, tiene pensado montar una miscelánea y una tienda de sandalias tejidas por él. Por ahora muestra un tejido que él diseñó: “Se llama el tejido de la araña. Primero hago este camino y luego voy tejiendo la telaraña”.