Fiebre de petróleo

Fiebre de petróleo

4 de diciembre del 2010

Andy Houser sólo habla inglés. No necesitó otro idioma para hacerse entender en el sur del África, en Costa de Marfil, Liberia, Gambia, en el Congo o en Níger, ni para dar órdenes en Laos o Indonesia. Tampoco en Noruega o Dinamarca. Ahora, 28 años después de recorrer el mundo en busca de petróleo y gas, Andy intenta comprender el español para comunicarse sin barreras con su equipo de campo en Orocué, Casanare, muy lejos de Houston, la ciudad donde nació hace 52 años y corazón de la industria petrolera estadounidense. Tiene la esperanza puesta en los 1.800 barriles petróleo que el pozo Vireo podría comenzar a producir a diario.

Houser es el vicepresidente de operaciones e ingeniería de Remora Energy, la casa matriz de Columbus Energy, una pequeña petrolera que durante la ronda de 2009 ganó la subasta de la Agencia Nacional de Hidrocarburos para explotar dos de los bloques ofertados en los Llanos Orientales. Pero Vireo, que le significarían a Houser y sus socios de Remora una ganancia de US$900.000 mensuales, no hace parte de este proceso, sino de una compra directa en 2008 que hizo Columbus a otra petrolera, también en el Casanare.

La ganancia resulta poco representativa si se compara con los US$42 millones mensuales que obtuvo en promedio la canadiense Pacific Rubiales durante el primer trimestre de 2010. Sin embargo, la cifra para Houser y sus socios representaría las primeras ganancias después de dos años de operaciones en Colombia, en los que han invertido más de US$47,2 millones de dólares sin retorno. Para Houser, el encargado de estar en el terreno, de revisar los planos, los montajes, de supervisar que las perforaciones se hagan como corresponde y vigilar las reservas de la compañía, esto sólo se trata de un dato más. Algo así como saber que en Colombia perforar un pozo vale en promedio de US$5 millones. Con 28 años de experiencia tiene claro que el negocio petrolero tiene un alto índice de incertidumbre. Sólo 15% de los pozos que se perforan resultan productivos con los indicadores esperados.

Diseños en mano, Houser dirige la operación a dos horas de Orocué, en medio de una sabana interminable. Es medio día y la temperatura sube, más de 35 grados a la sombra. Pero nada parecido a los veranos ardientes del Congo o Costa de Marfil. En medio de los que serán los tanques de almacenamiento de crudo en Vireo, extiende los planos y explica en inglés a los ingenieros encargados del campo, dos colombianos con menos de 35 años que deben seguir sus órdenes al pie de la letra y que trabajan en turnos de trabajo y descanso de quince días continuos, como lo hace la mayoría de los miles de trabajadores del sector de hidrocarburos en Colombia.

Ellos serán los encargados de terminar toda la infraestructura que requiere el pozo para iniciar la extracción del crudo, cuando Houser regrese a Houston para atender los demás frentes de Rémora. Una vez en producción, deberán pagar sus deudas a las compañías que los respaldan en lo financiero: el First Reserve Corporation, un fondo de inversión que ha invertido un capital superior a los 12,5 billones de dólares, y la Nabors Industries, una de las compañías de taladros de perforación petrolera más grandes del mundo.

En Vireo todo está listo. Ahora la preocupación de Houser es otra: que el puente sobre el río Guanapalos se termine a tiempo. Es una obra que ha costado US$1,8 millones y cientos de horas de trabajo de George Hilden, un ingeniero civil austríaco que va por el mundo de obra en obra para el sector petrolero. Este puente es necesario para que los carrotanques lleven el crudo a su destino, en un recorrido que antes tomaba cinco horas y ahora sólo una y media hasta Orocué, el municipio que hoy tiene el mayor número de empresas petroleras en explotación en su territorio.



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