Buscando a Lina

Buscando a Lina

24 de enero del 2011

Muñecas sin cabeza, neumáticos de camión, panderetas, bolsas con arena, cadenas con candados, esqueletos de caballos, cabezas de marranos, gallinas, perros, fetos de gato. Como si se tratara de un explorador compulsivo pero sin éxito, Gildardo Henao ha encontrado en el río Medellín de todo menos el cadáver de su hija.

Me hace el listado en el mismo lugar dónde se supone que el carro que transportaba a Lina Henao perdió el control y cayó a las aguas del río. Ya no se acuerda cuántas veces ha pasado por allí desde el pasado 26 de diciembre, día de la tragedia. Trata de imaginárselo. Cierra los ojos y evoca, paso a paso, la información oficial: tres hombres y dos mujeres decidieron salir a un bar de la calle 33 y de regreso a casa, a las 3.20 a. m., el carro en el que se movilizaban perdió el control y, a la altura de la estación Industriales del Metro, cayó al río Medellín. Los tres hombres –que resultaron ser policías– se salvaron y sólo sufrieron heridas menores. Las dos mujeres desaparecieron. Era una noche lluviosa, era un carro con placas clonadas, los tres policías salieron sin problemas y uno se fue para su casa y los otros dos para el hospital más cercano. Eliana Cárdenas, de 22 años, fue hallada sin vida diez días después, a cien kilómetros del lugar del accidente en el río. Lina sigue desaparecida. Gildardo me confiesa que no le gusta esa versión, no porque el paradero de su hija sea todavía una incógnita, sino porque está llena de contradicciones y preguntas. Las más obvia: ¿qué hacían tres policías en un carro con placas clonadas? ¿Por qué aparecieron las pertenencias de Eliana y no las de Lina? ¿Qué hacía un testigo a esas horas de la madrugada en plena avenida regional y en medio de un aguacero? ¿Por qué el carro no se golpeó con ninguno de los árboles o postes que lindan con el río? ¿Por qué los policías –a quienes destituyeron de la institución– están libres?

Gildardo es un hombre de campo, tiene las manos gruesas, callosas y la piel manchada por el sol. Toda la vida ha vivido en La Merced, Caldas, donde administra una finca cafetera y es concejal del pueblo. Pocas veces visita las ciudades grandes. Siente aversión por ellas. Su rutina está entre cafetales y no en las avenidas y los edificios. Sin embargo, la semana pasada completó 19 días en Medellín. Se hospedó donde unos familiares lejanos. Dice que es primera vez que deja la finca tirada, que ya no duerme, que no es capaz de manejar y que cuando sueña despierto ve a Lina entrando por la puerta de la casa, con los brazos extendidos para abrazarlo, que su vida ya no es vida, que no sabe qué más hacer.

Desde el pasado 15 de enero, las autoridades departamentales y locales le avisaron que la búsqueda había terminado. Que habían hecho todo lo posible por encontrar a su hija pero que ya era caso perdido. Casi desde que encontraron a Eliana, la noticia pasó a un segundo plano y la tarea de encontrar a Lina se convirtió en un asunto más personal y solitario. Ya no hay helicópteros, ni brigadas, ni nadadores profesionales, ni medios de comunicación. Él está solo en la inmensidad del río. O casi solo: a su lado está su mujer, doña Luz, quien ha permanecido callada durante toda la mañana y nunca ha dado declaraciones a la prensa. Tiene lo ojos hinchados y cada vez que Gildardo me habla, lo mira con tristeza, como desengañada, sin una sola ilusión. Tiene el rostro del desencanto. “Ya no sabemos qué hacer”, me dice él mientras señala la ribera. “Hemos buscado por todas partes y le hemos preguntado a medio mundo pero no encontramos ni un sólo rastro de mi hija. No hay pescador, minero o vecino de esta ribera que no sepa del caso. ¿Qué sigue, dígame usted, qué sigue?”.

Durante toda la mañana Gildardo sostuvo bajo el brazo un sobre de manila con un dato nuevo en su investigación: el nombre del fiscal al que le encargaron el caso de su hija. Esa tarde decidió visitarlo a su oficina en el barrio Guayabal. Pensó que, de seguro, conseguiría nuevas pistas sobre el paradero de Lina. Imaginó que el Fiscal le iba a decir que su hija estaba viva pero en otra ciudad, o que está secuestrada en un barrio popular de Medellín, o que está enterrada en alguna montaña, que la descuartizaron, o que su cadáver llegó hasta el río Porce. Quería certezas.


Gildardo con la foto de su hija Lina el día de su graduación.

Pero se equivocó. El fiscal le dijo que apenas dos días antes había recibido el caso y que no ha abierto ni siquiera la carpeta que le enviaron de la URI (Unidad de Reacción Inmediata), y que aprovecharía esa visita sorpresa para tomarle su declaración y la de su esposa. En ese momento, Gildardo recordó la tarde en la que fue a la comandancia de la Policía Metropolitana y un agente le dio la bienvenida: “Eso fue un accidente. No se les olvide que los policías estaban de permiso esa noche y es muy normal que muchachas de esa edad la “caguen” y después se demoren en dar la cara a la familia y se quedan por ahí sin aparecer quince o veinte días”. Y este nuevo episodio con el Fiscal afianzó las sospechas de Gildardo: cuando en una investigación hay militares implicados, las probabilidades de que se haga justicia son mínimas. “Pero a pesar de todo, este señor me dio buena espina”, me dijo al salir de la oficina consciente de que es la última esperanza que le queda. Luz permaneció en silencio.

Al final de la tarde, Gildardo decide que ese sería su último día en Medellín: “Yo no puedo dejar caer mi finca. No hay lugar en el río donde no hallamos buscado y sé que mi hija no está en esas aguas. Tengo que regresar al campo. Este fiscal ya tiene mi número y me aseguró que me iba a llamar tan pronto tuviera nueva información”, me dijo en el recorrido hacia la Terminal de Transportes. Luz no dice nada. Me mira y me pasa una bolsa de papel regalo doblada en cuatro partes. Contiene un puñado de fotos de Lina tamaño cédula y cada una muestra una etapa diferente de su vida: desde la época del colegio en la Merced hasta la última que se tomó el año pasado después de cumplir 28 años. En todas sale sonriendo. “¿Dónde está Lina?”, me preguntó Gildardo antes de despedirse. “Llévese una fotico y si se entera de algo, lo que sea, nos llama. Algo me dice que no está muerta”.

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