De campesino a mensajero obligado de las Farc

De campesino a mensajero obligado de las Farc

29 de Junio del 2016

El 20 de agosto de hace 25 años Orlando Ruiz lo recuerda muy bien. Cuenta que al escuchar los cuatro disparos que ensordecieron aún más esa callada noche, cerró los ojos e intentó intensificar su sentido del oído; tal vez quería tener el súper-poder para oír a la distancia, pero no lo tenía y no escuchó nada.

Orlando tuvo que salir de su casa rumbo a la de sus padres para darse cuenta que lo que intuyó con el sonar de las balas era cierto: su papá había sido asesinado. A Hugo Daniel Ruiz lo mató el Frente 35 de las Farc. El papá de Orlando, y de cinco hijos más, fue acusado por la guerrilla de colaborar con el gobierno y su Fuerza Pública. Ocurrió en 1991 en las montañas de los Montes de María, en Sucre.

Hugo Daniel no fue el único muerto que Orlando vio aquella época en la que la guerrilla empezó a asesinar a campesinos en su zona con el único propósito de mostrar que ellos eran los amos y señores del territorio y que allí se hacía lo que ordenaban.

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“De mi familia mataron a siete y por aquí hubo más de 70 muertos”, dice Orlando, quien hace un año, gracias a la Unidad de Restitución de Tierras, recuperó el predio del que tuvo que salir tres años después de la muerte de su padre, desplazado con su mujer y sus ocho hijos, para al menos garantizarles la vida. Su hija más pequeña tenía dos años.

Orlando Ruiz Desplazado-01

Orlando, un campesino del municipio de Morroa, Sucre, antes de que la guerra tocara a la puerta de su casa era un hombre feliz. Tenía familia, salud, tierra. La comida nunca faltó en la mesa de su casa, ni antes ni después de casarse.

Después de haberle matado a su padre, el hombre que le enseñó a trabajar el campo y que le enseñó a ser correcto, la guerrilla intentó convertirlo en uno de sus mensajeros. Uno de los comandantes del frente 35 lo mandó llamar y le ordenó llevarle un mensaje escrito a un campesino de la zona. Era un mensaje de extorsión y amenaza de muerte. Orlando obedeció por miedo a ser él el muerto.

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Las órdenes de enviar mensajes volvieron a llegar dos días después y el campesino tuvo que montarse en una mula de carga, viajar entre montañas durante varias horas y entregar el papel amenazante a sus víctimas. Cuando llegó la tercera orden para enviar otro mensaje fue el día en que Orlando tomó la decisión de abandonar su tierra.

El 31 de diciembre de 2002, otra fecha que jamás olvidará, embaló en bolsas de fique lo poco que pudo cargar y a las once de la mañana abandonó el bien material más preciado para un campesino: su tierra. Ni ese fin de año ni muchos diciembres que le siguieron hubo marrano o gallina para el festín.

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Tras caminar durante varias horas Orlando instaló a su numerosa familia en un empobrecido rancho de madera, que había construido a la carrera y a escondidas algunos días atrás, en un solar que encontró en un terreno que no era suyo y donde ni siquiera había agua para beber.

Orlando Ruiz Desplazado-02

“Allá llegué con una mano adelante y la otra atrás. No tenía dinero. No tenía cómo alimentar a mi familia”, me dice mientras recorremos algunas de las 13 hectáreas que recuperó con la ayuda del gobierno y su política de restitución de tierras al desplazado.

Agarrado de un árbol que ha estado plantado allí desde antes del desplazamiento y junto a sus 17 cabezas de ganado, me cuenta, sin levantar la mirada, que desde que se fue para Los Palmitos, otro municipio de Sucre, tuvo que hasta pedir limosna para llevar algo de comer a su hogar.

“A veces trabajaba jornaleando en fincas que quedaban a dos horas de camino a pie, pero la paga era poca y no era un trabajo de todos los días. Fueron tiempos muy duros”, recuerda.

El hombre de 58 años se quita la gorra y su pelo cano queda al descubierto, me mira con esos ojos brillantes que están al borde del llanto y conociendo la respuesta me pregunta: ¿Usted sabe qué es no tener ni para una papeleta de café y que sus hijos lloren de hambre? Orlando respira profundo y exhala con fuerza queriendo sacar del fondo de su ser el dolor que le produce recordar ese tormentoso tiempo. “Fueron doce años”, lo dice para él solo mientras aprieta con su mano el tronco del árbol.

Las noches para Orlando eran un infierno. No podía conciliar el sueño porque la tristeza, mezclada con desesperanza, impotencia, rabia y otras sensaciones negativas más le impedían cerrar los ojos. No tenía tranquilidad. Le habían arrebatado la felicidad.

Muchas veces Orlando esperaba a que su familia se durmiera y lloraba en silencio. En algunas ocasiones su esposa se percataba de su honda tristeza, lo consolaba e intentaba darle fortaleza pero en sus brazos se derrumbaba como un niño chiquito al que le acababan de dar una palmada.

Orlando dice que desde que volvió a su parcela regresó a él la felicidad. No es una felicidad completa, pero es el máximo nivel que puede alcanzar de ella. “Mi papá me hace falta y me hace falta porque lo mataron injustamente. Él era un buen hombre que no le hacía daño a nadie, quiso construir una escuela para los niños de la vereda, vinieron algunos infantes de marina a ayudarle a levantar los muros y esa colaboración fue su sentencia de muerte”, Orlando dice esto y el brillo de sus ojos acaba en un par de tristes lágrimas que descienden por sus mejillas.

Paradójicamente mientras hablamos de la guerra de la que fue víctima y de la guerrilla de las Farc que lo obligó a salir de su territorio, en la televisión de su casa, que está a alto volumen, el presidente Juan Manuel Santos, junto a Timochenko, firma el acuerdo de cese bilateral con ese grupo armado ilegal. (23 Junio de 2016).

No se lo pregunto pero me dice sin quitarle el ojo al televisor: “A ese presidente le debo mucho. Yo estoy en mi tierra es gracias a él y su programa de restitución”.

Aprovecho ese momento para preguntarle si cree en la paz y me responde con un categórico sí y con la mirada clavada aún en el televisor me dice: “Paz no es lo que están firmando allá en Cuba. Paz es lo que yo siento y lo que sienten los campesinos al volver a su territorio. Paz es tener el campo sembrado para que su familia tenga comida. Paz es que nadie le joda la vida al otro”.