Cara a cara con los niños pandilleros de Cali: entre las balas y el olvido

Cara a cara con los niños pandilleros de Cali: entre las balas y el olvido

28 de julio del 2014

Bairon* accede a hablar conmigo luego de una negociación con líderes comunitarios del barrio, de la que no conocí muchos detalles. El joven de 17 años al parecer les pidió algo de dinero para “pagar unas deudas”, pero al final no recibiría sino un almuerzo bajo el argumento de que si le daban efectivo, se lo gastaría en drogas.

Es un adolescente muy delgado, de mediana estatura y piel negra. Viste jean desgastado y una camiseta gris. Tiene los ojos irritados, pues acaba de fumar marihuana.

Se sienta a mi lado con brusquedad y torpeza. Agacha su cabeza y me da la mano. Responde con timidez y mirada perdida. Bairon es uno de los más reconocidos pandilleros de Potrero Grande.

Me dice que su familia, la generación que lo antecedió, llegó a Cali desplazada de Nariño. A pesar de su edad sólo cursó hasta segundo de primaria. Cuenta, de repente, que está saliendo de las pandillas porque su vida corre riesgo.

“Es que sucedió un problema, ¿sí pilla? La pandilla de los ‘chichos’ es allá, y la pandilla acá es la de los ‘gordos’. Acá ellos (los ‘gordos’) controlan el barrio suave; no hay problema. Más de uno la pasa chévere. Ese palito (señala un poste de luz en medio de un potrero) se llena de pelaos cuando no sale problema. Los pelados de ese lado son los que se ponen a tirar piedra hay veces”, me explica.

Al comienzo, Bairon andaba con los ‘chichos’. De hecho, su familia y él vivían en una casa de interés prioritario de “ese lado del barrio”. Sin que haya aviso alguno, la localidad está dividida por fronteras invisibles que impiden que pobladores transiten de un lado a otro. El costo de violar esos límites puede ser la muerte.

Hace 15 meses, Bairon creyó que sería capaz de pasar impune los límites de su sector para encontrarse con un amigo del pasado, quien justamente era de la pandilla contraria. Sus compañeros de banda no se lo perdonaron y lo buscaron armados para arreglar cuentas. En la balacera fue herido en el estómago y  en el hombro izquierdo.

“Me cogieron a darme bala. Me pegaron un tiro aquí en la barriga (me muestra la herida de bala y la cicatriz que le dejó la cirugía entre el ombligo y la pelvis). Ya me tocaba vivir para el dado de acá, ¿sí pilla?, y como estoy viviendo acá, no puedo volver a pasar pa’ mi casa porque me plomean. Duré ocho meses y cinco días en un hospital”.

El joven quedó aislado de su familia, que vive del otro lado la calle,  porque algunos como él pintaron una línea imaginaria pero infranqueable que le impidió por mucho tiempo volver a casa.

“Me agarraron a plomo sólo porque yo me quedé acá y no allá. Yo era de ellos, y me vine donde los ‘gordos’, entonces ellos creyeron que los estaba jodiendo. Yo les he tratado de decir: muchachos, déjenme sano que yo soy sano. Si ustedes me carrerean, yo los carrereo porque yo no soy mocho. (Le pido que aclare qué es ‘carrererar’)… Pues que nos demos con cuchillo o Broca, ¿si pilla?”.

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Ser niño en Potrero Grande es como un castigo. El absurdo abandono institucional y social convirtió a este barrio del extremo oriental de Cali en tierra de nadie. Los menores más afortunados logran ir al colegio. Si terminan la escuela, la opción más acertada pareciera ser el servicio militar. En el barrio, formado por poblaciones víctimas del desplazamiento de la región del Pacífico, viven unos 30 mil habitantes y más de 10 mil son menores de edad. Muchos se dedican al trabajo informal: ventas ambulantes, mendicidad u ocasionales empleos que –sin  duda los exponen a explotación laboral. Otros han quedado atrapados en el círculo de violencia de las pandillas barriales que han fragmentado al sector con fronteras invisibles que custodian por la vía armada.

Potrero Grande es uno de los barrios de la Comuna 21 de Cali. En esa región se han identificado 8 pandillas con más de 170 jóvenes integrantes. En Potrero Grande los grupos delictivos se dedican al control territorial de las zonas que ellos mismos han delimitado, a la delincuencia, atracos, asaltos a locales comerciales y al microtráfico de drogas para el consumo propio, de acuerdo a información de la Personería de Cali.

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Los niños de Potrero Grande están acostumbrados a vivir en medio de balaceras, pobreza y miedo. Sus familias huyeron de la violencia armada para quedar atrapados en otra violencia: la urbana.

Andrés Santamaría, el personero de la ciudad, acompañó a KienyKe.com en un recorrido por el sector. Es importante decir que un extraño, y más si es de un medio de comunicación, difícilmente podría acceder con tranquilidad a las calles del barrio debido a la hegemonía de las pandillas. Los pobladores, en cambio, respetan a quienes se identifican como miembros de la Personería de Cali, que reconocen como única presencia de asistencia social que trata de ayudarlos. “Los menores en Potrero Grande viven en condiciones de pobreza, sin oportunidades de empleo. Entonces esos menores desde muy temprana edad encuentran que la única posibilidad de exploración de su futuro es la criminalidad, con pandillas o bandas criminales, generando efectos como división territorial en fronteras invisibles”, explica Santamaría.

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Johan* hoy tiene 21 años de edad, vive hace cinco en Potrero Grande y hace menos de 12 meses logró salir de las pandillas. “Yo era uno de los pelados que mantenía mucho en guerra. No podía estar parqueado ahí en mi casa o con mis amigos porque estaba asustado de que la policía me fuera a coger”.

Su familia también huyó de la violencia en el suroccidente del país, pero llegaron a Cali a sectores de invasión. Desde los 12 años, Johan comenzó en la delincuencia.

“Cuando llegué acá me tocó coger guerra obligao. Por los amigos con los que mantenía o que conocía, me fue gustando eso de andar armado. Cuando acá en Potrero comenzó la guerra entre el sector 5 y el 6, no podíamos pasar pa’l 5, y ellos tampoco pa’ acá. El que pillaran acá en el 6, le dábamos duro. Yo armé guerra con los del 5 porque ellos cogieron a uno de mis amigos y le pegaron un tiro aquí en la espalda”.

En la ilegalidad, Johan era conocido como uno de los grandes líderes de la pandilla del sector 6. Se reunían en la calle, en algún lote desocupado o en casas abandonadas desde las 7 de la mañana, y andaban en ese ‘parche’ hasta la una de la madrugada. “Mi mamá a veces no me dejaba salir y echaba llave a la casa. Pero yo me escapaba por el balcón”.

A pesar de ser cabecilla, Johan no era el mayor del grupo. “Éramos unos 20 pelaos. El que más años tenía era de 24. De resto, todos éramos menores. El más chico tenía 12 años y hace como tres meses lo mataron allá en Villa Blanca. Se llamaba Jhon Fredy”.

¿Qué hacían con su pandilla? le pregunto.

Cuidábamos nuestro sector del barrio.

¿Usted se dedicaba sólo a “cuidar”?

En ese tiempo solo tenía calle y nadie me dejaba trabajar. Comencé a robar y meter vicio.

¿Qué tipo de vicio?

-Metía marihuana y la ‘pepa’. Era una pastillita blanca que le provocaba a uno una reacción buena. Me ponía como más fuerte, más valiente.

¿Quién les daba armas?

Nosotros mismos las conseguíamos.

¿Algún grupo armado los dotaba o entrenaba?

Johan se queda en silencio y cambia de tema.

Nosotros sólo nos metíamos con la gente de afuera. Acá nunca robamos. No podíamos hacer que la gente nos odiara. Pero si alguien de otro lugar venía a robar, lo calentábamos.

-¿Alguna vez lo hirieron?

Uhh, sí. Me pegaron un tiro en esa guerra. De milagro y gracias a Dios no quedé inválido. Estuve 12 días en el hospital. Mire dónde me dieron. (Johan me muestra su brazo y espalda. Tiene las secuelas de tres balazos, uno de ellos cerca a su columna).

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El personero Andrés Santamaría comparte una reflexión. “Varios menores vinculados a las pandillas son muy abiertos a hablar del tema. Yo me pregunto por qué. Hemos hecho varios talleres con esos jóvenes y hablan de su actividad delictiva, como buscando ayuda. Creo que cuando uno habla es porque quiere cambio”.

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El personero Andrés Santamaría (mitad de la foto) denuncia la situación de abandono institucional que vulnera los derechos de los niños. En Potrero Grande están asediados por bandas criminales, pandillas y hambre.

Santamaría explica que la situación de Potrero Grande es excepcional en Cali. Es un barrio conformado por cientos de familias que, casi en su totalidad, fueron víctimas del conflicto. Sin embargo, el esfuerzo de atención gubernamental fue armarles un barrio con casas de interés prioritario, buenas carreteras y algunas infraestructuras educativas y culturales que son insuficientes respecto al abandono social. La mayoría son personas sumidas en la miseria y no pueden escapar de ella ya que nadie les da empleo, por ser desplazados.

Los menores, por su parte, sólo tienen escasas oportunidades de ir a la escuela. La pobreza los agobia al punto de que cuando salen de clases ni siquiera quieren volver a casa porque allí no encontrarán comida. Entonces en la calle conocen otros jóvenes con buena ropa, dinero y algunos lujos como teléfonos celulares. Les preguntan cómo los consiguieron. Ellos les cuentan que a través de la delincuencia. Les prometen que si hacen parte de su pandilla podrían cambiar su vida. Muy difícilmente se resisten a la tentación.

En un día común se ven niños y jóvenes en las calles. Algunos juegan fútbol, otros se reúnen a ver pasar el tiempo. Son 7.000 menores en edad escolar y sólo un colegio con cupo para 2.500 de ellos. Del resto, los que tienen suerte, pueden ir a colegios cercanos. Los demás pasan su tiempo andando por el barrio. Como si fuera poco, se ha detectado presencia de estructuras criminales organizadas que influyen en la niñez –las denominadas Bacrim como los Urabeños y Buenaventureños.

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Bairon, ¿por qué cree que sobrevivió de esa bala en el estómago?

Mi Dios, hace 15 meses, puso su mano sobre mí y no me quería llevar.

Su respuesta es así, escueta, desanimada. No habla de segundas oportunidades o promesas de una vida mejor. Me dice que no tiene esperanzas.

Si me toca robar es por necesidad –añade. Aquí nadie me ayuda a conseguir un trabajo para no estar robando.

¿Roba con arma de fuego o puñal?le cuestiono.

Con nada. Cuando robo me llevo la mano a la camisa, como haciendo que tengo un fierro. Pero no salgo con arma para que no me coja la policía.

¿Dónde roba?

Cerca a unos centros comerciales.

¿Desde cuándo atraca?

Empecé a robar a los 15 años. Robaba con un amiguito llamado ‘Chicho’. Antes andábamos por las antenas, pero ya nadie roba ahí porque los tombos nos mantenían persiguiendo. Me llegaban a la casa y me daban duro.

Pero quiere seguir en eso…

No. La gente piensa que uno roba pa’ vicio o tal cosa. A mí no me gusta robar. Si tuviera mi trabajo…

Bairon suspira hondo. Se rasca los párpados y la nariz y queda en silencio. Veo sus ojos más rojos y lagrimeantes. Su voz se quiebra y, con dificultad, me dice: “Mi mamá ha pasado trabajo. Mis cuatro hermanos son menores, más pequeños que yo. Y yo los pillo a ellos y a mi mamá, que siempre está buscando algo pa’ comer, y si ella no consigue pues aguantamos hambre. Ver a mi mamá y mis hermanos aguantando, pues eso me daña la mente. Por eso tengo que robar o limosnar. La gente no sabe nada…”. Bairon aparta su cara y llora.

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Los adolescentes y jóvenes muestran las heridas de balas que les recordarán siempre que fueron pandilleros.

Bairon confiesa que ha buscado alejarse de las pandillas desde hace algunos días cuando murió uno de sus más cercanos amigos, ‘Chiquitete’.

“Chiquitete ya está finao y andaba conmigo. Puedo seguir yo. Esto me pasa por la mala cabeza, ¿sí pilla? Si tuviera una cabeza mejor no estaría en esta guerra. Quiero trabajar. En lo que sea. Yo casi no sé leer, pero sólo quiero un trabajito que me paguen bien. Yo camello, pa’ mantenerme”.

¿Dónde duerme y come, si no puede volver a su casa?

En cualquier lado acá me dan posada. A veces donde mis abuelos, que son chatarreros.

¿Quiere dejar la marihuana?

-Quiero es dejar el cigarrillo. La marihuana no puedo dejarla porque es lo que me abre el hambre. Si yo no fumo, no puedo comer.

¿Cuánto gasta en marihuana?

Me vale 500 pesos y me alcanza para todo el día.

¿Qué piensa hacer con su vida?

Robar es plata fácil, pero eso da mucho problema. Yo me sueño trabajando y con mi plata. Y pienso que sería buena clase. Hay gente que tiene plata y lo mira a uno por encima del hombro. Me dan rabia los ricos que me miran por encima. No quisiera ser tan rico, pero sí para tener algo con qué ayudarle a la gente de acá. No me iría de Potrero Grande; el que hace eso es una porquería.

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“Gracias a mi familia, amigos y novia, de tanto consejo que me daban: dejé esa guerra. Nadie más me ayudó. Ahora quiero ser una persona seria”, dice Johan, que recién salió de las pandillas.

Me cuenta que de su antigua pandilla pocos quedan. Unos murieron, otros están en la cárcel y algunos más tuvieron que irse.

“Cuando puedo, me dedico a trabajar. Yo solo quiero trabajar y salir adelante por mi familia. Hago lo que me toque”, añade.

La mayoría de jóvenes de Potrero Grande se declaran víctimas del desempleo y la marginación. Todos quisieran trabajar antes que estudiar, porque igual las perspectivas de ser profesionales les parecen inalcanzables. Ninguno de quienes accedieron a hablar con KienyKe.com pidió subsidios o regalos: sólo buscan empleo.

En un breve encuentro, tuve la oportunidad de sentarme con un grupo de pandilleros que aparentaban tener entre 17 y 25 años de edad. Eran siete jóvenes que estaban ubicados frente a una tienda, bajo la sombra de un árbol.

¿Esas fotos son para pintarnos? me desafía uno de ellos sobre el acompañamiento del fotógrafo.

Mucho cuidado muchachos –le responde un funcionario de la Personería que está conmigo–. Acá estamos solo funcionarios de derechos humanos.

Me miran con desconfianza. Les explico que solo quiero escuchar sus historias. En varias oportunidades negarían ser una pandilla, aunque todos los pobladores así los identifican.

Pronto acceden a hablarme, sólo si les prometo que compartiría su petición máxima: queremos trabajo digno.

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El grupo de pandilleros, reunidos sobre la calle frente a una tienda, piden que denuncie que solo están pidiendo trabajo.

Me explican cómo tienen dividido su sector, el “9”. Son unas diez cuadras, al menos 200 casas. Tres avenidas y un potrero son sus fronteras. Dominan el ‘Tecnocentro’, una moderna y gigante estructura cultural.

“A nosotros no nos protege sino Dios. Si usted pasa esa avenida, ya llega al sector ‘2’. Si pasa ese potrero, llega al sector ‘1’. Allá nosotros no podemos meternos”, me dice uno de ellos.

Al comienzo me habla sólo uno de los siete jóvenes. Son todos afrodescendientes, con cabellos cortos, algunos tatuajes y piercings. En un par de ellos, que tienen los brazos descubiertos, alcanzo a notar heridas de bala.

“Usted tiene que saber que tanta violencia la genera el desempleo. De las dos mil personas de nuestro sector “9”, trabajarán el 20%. Casi todas son mujeres cabezas de hogar que hacen aseo en casas de familia. Nos tienen excluidos por solamente ser de acá”, comenta uno cuando de repente es interrumpido por su compañero, un joven que usa camiseta de la Selección Colombia.

“Se lo voy a poner fácil: ¿Qué hace el león para sobrevivir?, pues le toca cazar a su presa para alimentar a sus hijos. Si salimos a buscar trabajo y por la vía buena no lo encontramos, pues toca buscar otra vía”.

¿Con frecuencia hay ‘balaceras en este barrio? pregunto a cualquiera de los siete jóvenes

En este momento las balaceras han mermado mucho. El barrio ha cambiado. Pero nos tranquilizamos y de igual manera seguimos acá sentados, cruzados de brazosresponde uno al azar.

¿Son amables ustedes con los extraños que visitan el barrio?

A los extraños, por no ser conocidos, no les hacen nada. Pero por decirle algo, acá estamos nosotros, y ellos nos enfrentan. En los momentos de balacera es cuando cae alguno. Así sea un inocente que va por ahí descuidado y lo coge una bala perdida.

Me dicen ustedes que no serían propiamente una pandilla. ¿Qué son?

Esta no es una pandilla como la pinta usted. Somos como una clase de autoridad del sector. Ya que las autoridades llegan tarde, se forman problemas y nosotros nos defendemos.

¿No reconocen a la policía como autoridad?

La policía dice que acá somos ladrones. La policía nos monta y nos lleva a la estación. Una vez nos echaron gas lacrimógeno en la celda donde nos metieron.

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En el Tecnocentro, donde tengo la oportunidad de reunirme con varios líderes comunitarios, hay un grupo de cinco niños jugando fútbol a las afueras. Tienen entre 12 y 15 años de edad. Logro hablar con ellos; quiero que me cuenten qué tan cerca o tan lejos están del abismo.

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En Potrero Grande se ha demostrado que el deporte puede alejar a los niños de la violencia. Sin embargo, el barrio no tiene parques, ni polideportivos. Los niños entrenan con balones viejos y a veces descalzos para no dañar sus zapatos.

Todos me confirman que están cursando sexto y séptimo de bachillerato. Nadie está sin escolaridad. Practican en sus tiempos libres y vacaciones en una escuela de fútbol llamada ‘Forjando Futuro’, una improvisada y rústica estrategia de don Carlos Montaño quien con las uñas trata de alejar a los pequeños de la droga y el delito.

“Yo quiero ser futbolista cuando grande”, me dicen todos. “Yo soy como (Juan Guillermo) Cuadrado… Yo como Zúñiga… Yo como Quintero… Yo como James… Yo tapo como Ospina”,  añaden los cinco niños animados.

¿Conocen a niños o jóvenes como ustedes en pandillas?

me dicen cuatro de ellos.

¿Qué piensan de ellos?

Esos pelados que se meten ahí responde Carlos*, de 13 años ya no piensan en estudiar, sino en robar, fumar marihuana o bazuco; un poco de maldades.

¿Los han invitado a ser parte de ellos?

Ahora es Óscar* quien pide la palabra: “Me han dicho que más grande debo unirmeles”.

¿Tú lo harías, Óscar?

Me han enseñado que cuando grande uno debe decidirse no por lo que le dice la gente mala, sino lo que le dicen a uno los papás y el corazón. Mi corazón dice que debo coger un camino bueno, de futbolista.

Nicolás* es uno de los más callados. Le pregunto su opinión. Sus palabras me conmueven: “Hay gente, que yo no sé si es Satanás o algo, que se lleva a los niños por mal camino. He escuchado pelados que dicen: “¡Ah, ya me cansé de esta vida!, quiero ser matón”.

Todos estos cinco niños han visto el entierro de alguno de sus amigos, con quienes jugaban fútbol. El profesor Carlos Montaño me comentará que la mayoría de los menores a quienes entrena, estuvieron a punto de ser reclutados.

Nicolás vuelve a sorprenderme cuando interrumpe mis preguntas. Me habla de su vida en Potrero Grande. Rompe en llanto ante la pobreza de su familia y me deja con un nudo en la garganta cuando dice:

“Yo sé que en Potrero Grande las cosas cambian porque cambian. Va a haber un día, ya verás, en el que mi Dios nos va a mandar sus dos ángeles. Se acordarán de venir a nuestro barrio y a Cali y nos van a decir a todos: ustedes son un pueblo que construí con amor, y yo los quiero hacer brillar”.

No sé qué más decirles o preguntarles. Veo al resto de niños y están llorando también. Decido terminar la entrevista con una pregunta final.

¿Me prometen todos ustedes que no se unirán a las pandillas y seguirán jugando fútbol?

dicen todos, y Nicolás vuelve a tomar la palabra para añadir: “Mi sueño, ya te dije, es ser futbolista. Pero mi sueño también es llevarme a mi familia de aquí”.

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“Va a haber un día en que mi Dios nos va a mandar sus dos ángeles. Se acordarán de venir a nuestro barrio y a Cali y nos van a decir a todos: ustedes son un pueblo que construí con amor, y yo los quiero hacer brillar”.

Hablé enseguida con su entrenador, Carlos Montaño a quienes ellos llaman ‘Monta’, y le pregunté qué necesitaba para no abandonar a su suerte a los pequeños; para seguirlos distrayendo del vicio a través del deporte.

“Es que cuando esos muchachos ven que sus hermanos no tienen qué comer, que sus mamás se van a las 6 de la mañana y los dejan solos hasta las 8 de la noche, se tiran al abandono. Los que vienen del gobierno a tratarlos les dicen jóvenes. ¡No!, no son jóvenes, son niños. Se mueren a cada ratico niños de 12 o 13 años. No me pueden decir que son jóvenes”, responde con desespero.

“En la escuela tengo 135 niños, 16 niñas. Me ayudan otros compañeros desinteresadamente. Necesitamos herramientas para trabajar. Ojalá pudiera tener algún reconocimiento de dinero para llevar mi casa. A los niños no les cobro ni un peso. A veces nos vamos a hacer ejercicio a las 8 de la mañana y acabamos como a las 3. ¿Usted se imagina a los niños diciéndome que tienen hambre, y si yo no tengo comida ni pa’ mi? Lo que digo es que nos ayuden con estos muchachos, poderles dar un refrigerio. Tener uniformes, conos, guayos, hay muchachos que me van descalzos a entrenar”.

“Hay una falla muy grande en la atención a esos niños”: alcalde de Cali, Rodrigo Guerrero

KienyKe.com confrontó al alcalde de Cali, Rodrigo Guerrero, sobre la crítica situación que enfrentan los menores de edad en el barrio Potrero Grande, que de seguro la viven otras comunas marginadas de la capital del Valle. El funcionario aseguró que para su Administración “la primera infancia es fundamental”, lo que lo llevó a relatar varios programas de atención enfocados en menores de 0 a 5 años. “Científicamente está demostrado que el periodo más importante de la vida del adulto son los primeros cinco años (…) En esos cinco años, si el niño se alimenta bien garantiza su desarrollo natural, y si se trata bien, obtiene un buen desarrollo psicológico afectivo. Ahí reconozco que hay una falla muy grande”, aseguró.

Guerrero reconoció que Potrero Grande enfrenta un déficit en asistencia social, educativa y hasta en parques infantiles. “Uno nota espacios verdes que ni siquiera son parques; parecen cráteres lunares”.

¿Qué va a hacer su alcaldía para sacar del abandono a los niños de Potrero Grande y evitar que caigan en la delincuencia?

Lo que hay que hacer es completar la infraestructura. Haremos un gran parque con fundación Panaca. Está el Tecnocentro, que es el más lindo de Cali, pero son cosas pequeñas para una población tan grande.

Hay un déficit de oferta escolar impresionante, alcalde…

Tenemos planeado construir dos escuelas más en los sectores 6 y 9. Una de ellas va a ir al otro extremo del barrio. Y trabajar en el mejoramiento de eso parques, iluminación, hacerle toda la inversión social que se necesita.

¿Cuándo entregarán esas escuelas?

Estamos en un programa muy activo. Haremos una sede educativa Desepaz y un Centro de Desarrollo Infantil que se espera entregar en el 2015.

Me dicen que no existe una política de infancia y adolescencia en Cali, ¿es cierto esto? ¿No faltará una para atender a población como la de Potrero?

Es mentira. Hicimos una política con el sistema de Atención Integral a la Primera Infancia. Tenemos otro elemento que no tienen en otras ciudades: un observatorio con la Universidad del Valle para seguir con número de cédula cada menor, para hacerle seguimiento a su situación. Sí hay una política que se ha hecho, y nos hemos vinculado al programa nacional “De Cero a Siempre”.

Hay una historia de un profesor de Fútbol que, con las uñas, trata desesperadamente de alejar a estos niños de las pandillas. ¿Lo contactarán y ayudarán?

Sí. A ese profesor lo buscaremos. Igual que él, es sorprendente y emocionante ver la cantidad de gente que asume responsabilidades que le corresponderían al Estado, como esta de ayudar a los menores. Lo que tenemos que hacer es identificarlos y apoyarlos. Hacen obras extraordinarias.

(En la próxima entrega conozca la lamentable situación humanitaria del barrio Potrero Grande, donde residen estos menores de edad)

Twitter: @david_baracaldo

*Todos los nombres de los menores fueron cambiados para proteger su identidad.