“En Cuba no hay que esforzarse para que te acusen de inmoral o apátrida”

“En Cuba no hay que esforzarse para que te acusen de inmoral o apátrida”

26 de septiembre del 2015

Carlos Manuel Álvarez tiene 25 años de edad y siente que se le hizo tarde, pero no lo lamenta. Cuando Mario Vargas Llosa tenía 23 años ya había publicado ‘Los Jefes’, y ganado el premio Leopoldo Alas. Antes de cumplir 35, el escritor peruano había publicado y editado ‘La ciudad y los perros’, ‘La casa verde’ y ‘Conversación en la Catedral’. Carlos Manuel lo relata con “una ciega ola de envidia que me embota el cerebro y me crispa los dedos”.

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En realidad bromea con su comparación, pues a la misma edad, 23, había escrito un libro de relatos llamado “La tarde de los sucesos definitivos”, que un año después obtuvo el premio Calendario en Narrativa de la Asociación Hermanos Saíz (AHS).

Lo hizo en medio de las circunstancias de cualquier ciudadano cubano que vive “sin un centavo”, como él mismo sostiene. Es periodista pero ante todo contador de historias. Amante del béisbol y ‘engomado’ del escaso mundo virtual al que tiene acceso.

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Tiene un blog en el sitio virtual OnCuba llamado “Esta boca es mía”. Escribe de todo. Política, cultura, deportes, literatura. No se identifica como disidente u oficialista al régimen, aunque debido a sus ácidas críticas políticas bien podría ser considerado un emergente anticastrista.

Tanto se nota su agrado literario que en todo blog, escrito y hasta en esta entrevista, deja oler un tufo de pasión por los libros y la escritura elaborada. Su diálogo con KienyKe.com revela a una promesa de la literatura cubana OnLine. Álvarez es uno de los invitados a las actividades relacionadas con los premios de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano.

-Lo suyo es el periodismo o la literatura, ¿o acaso una forma de conciliar los dos?

Hay una zona muy provechosa, que a mí me interesa mucho, en la que el periodismo y la literatura ya están conciliados. Yo solo he intentado acceder a ella. No digo que sea fácil, pero tampoco tan difícil como debió serlo para la primera persona que se atrevió a emparentarlos.

-Sus columnas en OnCuba, “Esta Boca es Mía”, suelen criticar a quienes tratan de encasillarlo en una vertiente política sobre sus escritos. ¿Es usted de los que manifiesta su posición de comienzo, o prefiere no ser encasillado?

Aclaré mi posición una sola vez, en una circunstancia específica, y en realidad, si nos ponemos rigurosos, nunca debí hacerlo. Los que buscan que no los encasillen son encasillados de inmediato.

En mi país, la gente que intenta opinar, antes de decir nada, lo primero que dice es que ellos o son castristas o son anticastristas o, en su defecto, que no son ni lo uno ni lo otro. Para mí, todo eso está mal.

El castrismo y la opinión pública de Miami se parecen en muchas cosas, y una es que se arrogan el derecho de exigirte que actúes como suponen ellos que debieras actuar. No sé por qué tendríamos que responderles. Si por mí fuera, los dejaría hablando solos, como dos ancianos dementes. Es la única forma de abolirlos. No actuar en relación a las lógicas que imponen.

-¿Cuándo sí aclaró su posición política?

La vez que respondí a este embrollo directamente, lo hice porque había viajado a Miami, y porque me pareció que, cuando me señalaban, no se trataba tanto de mí como de una de nuestras malformaciones nacionales. En Cuba hay la creencia extendida de que, si criticas el escenario político o reparas en nuestra falta de libertades, lo haces sobre todo porque estás acumulando bonos para asegurarte una posición privilegiada en el exilio.

Lo primero es que buena parte de los que se exiliaron lo hicieron porque después de ejercer sus criterios como debían no les quedó más remedio. Y lo segundo es que yo no fui a Miami a exiliarme, ni a caerle en gracia a nadie, sino a reencontrarme con varios de mis mejores amigos, con mi padre, y a tumbar cocos en Kendall y en West Palm Beach.

-Lo de “exladrón de libros” es sólo una metáfora o ¿hay alguna historia detrás?

Tenía 21 años la última vez que robé un libro. Fue en la Plaza de Armas, en La Habana Vieja. Estábamos en diciembre y hacía frío. Allí todo es extremadamente caro y los libreros son muy recelosos, pero yo no lo sabía, porque estaba acostumbrado a robar en los puestos del Estado, donde a nadie le importa nada.

Me descubrieron, como es lógico, y me lancé O’Reilly abajo, que es una calle estrecha y llena de adoquines. A los veinte metros me pusieron un traspié. Terminé raspado, sangrando, y con la policía tomándome los datos. La gente me insultaba por ladrón, pero cuando se enteraron de que no había sido más que un libro, empezaron a ofender al librero.

Adivinanza. Ni siquiera mi estipendio universitario de un año alcanzaba para comprar aquel ejemplar. Yo no era, por tanto, un ladrón. Pero tampoco puedo decir que el librero lo era. No obstante, sí hay un ladrón en esta historia. ¿Quién es?

-¿Lo suyo es el periodismo OnLine o le gustaría escribir para papel, hacer más libros o dedicarse a ellos, tal vez con alguna novela?

-No sé lo que es un periódico impreso. Todo el periodismo que he hecho, lo he hecho OnLine. Y ya no le encontraría diversión a hacerlo sin la respuesta inmediata de los lectores. Alguien que me dice que soy un imbécil, o que no lo soy, o alguien que, con toda razón, se burla de mis malas referencias literarias.

Por otra parte, hace tres años escribí un libro, hace dos ganó un premio, y hace uno se publicó. Algunos, como yo, creen que se trata de cuentos entrelazados, y otros de una novela fragmentada. Me gusta darle vueltas a la idea de que puedo ser capaz de escribir algo más. Pero no lo sé. Si nos ponemos a ver, tengo 25 años y un libro publicado. Probablemente ya haya dicho más de lo que me tocaba. Si publico de nuevo, alcanzo a Rulfo. Suena prometedor.

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-Confiesa que nada lo aterra más que la muerte, y en especial las muertes tontas. A veces, escribir con libertad, de forma crítica, es como firmar una sentencia. ¿No teme cavar tumbas mientras escribe columnas?

Pero esa no sería una muerte tonta. Además, en Cuba no se va a morir nadie por escribir columnas con libertad. Sería una razón para preguntarse por qué, entonces, no lo hacen más personas. Francamente lo ignoro. Salvo casos extremadamente excepcionales, creo que el periodismo cubano, sea estatal o independiente, es muy autocompasivo e indulgente. Al punto de que cree que es periodismo, cuando no lo es.

En Cuba no es nada sencillo ejercer tu libertad. Pero ejemplificarlo podría ser fácilmente confundido con la queja. Si en México les vuelan la tapa de los sesos, y todavía hay reporteros que salen a hacer lo suyo, no veo entonces ninguna razón de peso, por más que el gobierno sesgue y atropelle, para que el periodismo cubano justifique su calamitoso estado.

-Reconoce que “En Cuba no existe el periodismo contrahegemónico, no hay nadie que lo haga”. ¿No le interés a usted intentarlo?

Suena muy exagerado. No sé qué diablos habré querido decir con “contrahegemónico”. Probablemente me refería al periodismo de investigación, de datos duros. Si así fue, hay que aclarar que para esto no solo hace falta un periodista entusiasta, sino una sociedad que colabore, consciente de lo beneficioso que resulta una prensa que denuncie y vigile, en la medida de lo posible, la corrupción.

Esa sociedad no es la cubana. Y ese periodista no soy yo. A mí me interesa narrar. No tengo ni capacidad, ni voluntad, ni paciencia, para rastrear grandes casos, si es que esto fuera posible en mi país, donde no hay ninguna ley que ampare a los periodistas que se atrevan a tanto. No obstante, contar historias donde la realidad simplemente no es perfecta, ya puede ser bastante contrahegemónico para Cuba.

-¿Obtuvo alguna aclaración sobre un texto publicado por usted en BBC, que fue editado, pero para usted reescrito?

El texto fue reescrito, no fue editado. Los responsables lo reconocieron. Incluso si apenas hubiera sido editado, la última versión salió sin mi aprobación, lo cual es igualmente inadmisible.

En cualquier caso, no fue más que un malentendido, ante el que puede, lo admito, que me haya exasperado más de la cuenta. Los editores de BBC se disculparon, retiraron mi firma, y hemos seguido trabajando con mucha cordialidad. Hasta me atrevería a decir que con afecto. Mi editora directa es cariñosa y comprensiva.

-Sobre los blogueros OnLine de Cuba se reconoce en América en especial a Yoani Sánchez y Yusnaby Pérez. Sobre la primera tenemos entendido que su opinión no es muy buena. ¿Qué opina sobre ellos dos, y en general, los blogueros disidentes?

Yoani no es, ciertamente, una estilista, y para entender de mi país lo que no entiendo, leo asiduamente a otros blogueros, no tanto a ella. Maravillosos que América se pierde, mencionaría a Juan Orlando Pérez como ejemplo. Aún así, sería inexacto decir que mi opinión sobre Yoani no es muy buena, porque puede creerse que me refiero a la persona, y, en Cuba, desprestigiarla y acusarla de inmoral se volvió un deporte que me precio de no haber practicado.

Con todo, creo que Yoani ha salido un poco del foco y que eso la benefició. El mejor texto que leí sobre la sociedad civil cubana, antes de la Cumbre de Panamá, fue suyo. Me parece que se va alejando astutamente de lo que creían que era, y de lo que muchos de sus pares opositores son, y querían que ella fuera.

De los otros blogueros disidentes no puedo decir nada significativo. Escriben mal, y no leo a nadie que escriba mal. De Yusnaby conozco menos. Una vez publicó un texto mío como si fuera de él. Íntimos que saben más que yo, me han dicho que no creen siquiera que se trate de una sola persona, y no le otorgan un mínimo de credibilidad. Sospecho que es uno de esos blogs, repleto de informaciones falsas y distorsionadas, que terminan dándole parte de razón al gobierno cuando dice que, con tal de que hablen pestes, en el extranjero se le presta atención a cualquier cosa que venga de Cuba.

-¿El lento restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos podría ofrecer un mejor ambiente para el trabajo de los blogueros y periodistas independientes en la isla?

Podría, pero no sé si a corto plazo. Hubiera confiado más en el gobierno si esa mejoría de ambiente hubiera llegado antes, por su propia gestión. Es justamente eso lo que marca, quién sabe desde cuándo, la muerte de la Revolución. La imposibilidad de hacer las cosas por nosotros mismos. Si ciertas libertades llegan ahora, por la fuerza gravitatoria de los Estados Unidos, no podré creer que fue porque el gobierno cubano lo quiso así. De todas maneras, si lo quiso o no lo quiso es ya lo menos importante.

-Si el acceso a Internet es tan caro y limitado en Cuba, ¿el trabajo de blogueros y quienes publican textos o columnas en la red sigue siendo visto como una actividad de élites adineradas, y por tanto, desprestigiadas dentro de la isla? ¿Usted cómo consigue trabajar bajo esas dificultades?

No tiene nada que ver con el dinero. Yo escribo en las redes y no tengo un centavo. Los únicos que potencialmente me podrían leer dentro de Cuba son el puñado de usuarios que acceden a Internet, lo que tampoco se explica por razones monetarias. Los que pagan las altas cuotas de acceso que impone el Estado, no pierden el tiempo leyendo periodistas. Hay muchos familiares desperdigados por el mundo con los que comunicarse. Los que sí leen en Internet, son aquellos que acceden desde sus puestos laborales o desde conexiones que el Estado les asignó para sus casas.

Si hay algún tipo de desprestigio, viene por cuestiones ideológicas, no de “élites adineradas”. No hay que esforzarse demasiado para que algún lector, algún vocero de poca monta o algún funcionario iracundo te acusen de inmoral o apátrida. Basta con no edulcorar la realidad.

-¿Quiénes son sus autores literarios de cabecera, y qué tan presentes los tiene usted cuando escribe columnas o historias?

Si es cierto que son autores de cabecera, entonces ya los debo tener asumidos, por lo que no tendría por qué tenerlos presentes. No creo haber leído a ningún escritor cubano más poderoso que (José) Lezama. Y no creo que vaya a haber algún poeta con tan honda influencia en mí como la tuvo (César) Vallejo. Pero ninguno de ellos me preocupó demasiado. No tenían manera de contaminarme. Quienes sí me preocuparon fueron (Roberto) Bolaño y Foster Wallace. Pero de la devoción pasaron al desprecio, y del desprecio a la ternura. Ya los miro con nostalgia. Espero que sea síntoma de haberlos diluido.