El cuento de Carolina Rueda

Jose Vargas E KienyKe.com

El cuento de Carolina Rueda

16 de agosto del 2018

Carolina Rueda lleva toda una vida leyendo, escuchando y contando cuentos. Ahora se presenta con una obra que pretende ser un resumen de los treinta que lleva dedicada a la cuentería. Pero no le gusta mirar para atrás y solo para adelante. Según ella, eso es lo que hace que la experiencia de vivir sea más rica.

Rueda aprendió esta profesión en Cali. Sus papás llegaron a esta cuidad porque al padre lo trasladaron del trabajo para fundar la primera estación de Caracol Radio. Era locutor, un orador de profesión. Su madre: una oradora natural. “Era exiquisito escuchar las historias de mi mamá cuando pequeña”, afirma. Pero a la casa también llegaban visitantes que le llevaban a Carolina las narraciones de otros mundos.

Pero el mundo del teatro llegó cuando estaba en el colegio: “Me metí a un grupo de señoritas en el que le enseñaban a uno a tocar guitarra, hacer una ensalada de atún, coser. Una vez hubo una obra de teatro y yo participé, fue una cosa muy cómica y me pareció que eso era lo más divertido que me había pasado en la vida”.

Con esas dos pasiones, contar y actuar, tuvo una idea de lo que quería ser en la vida. Pero, a mediados de los años 1970, la imagen del actor de teatro era una persona dedicada al vino y la pernicia, por lo que no pensó que pudiera tomar esa decisión.

La vida universitaria

Llegó a Bogotá con el fin de estudiar comunicación social en la Javeriana, pero pronto se dio cuenta que le gustaba la escritura literaria, así que buscó en la universidad y se cambió a esa facultad para continuar sus estudios. En ese momento también ingresó a un grupo de teatro de la institución, pero el arte dramático acaparó toda su atención hasta el punto que si continuaba tan comprometida, no terminaría la carrera.

Pero si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña. Tal cual el refrán le sucedió a Carolina con el teatro. Ella estaba buscando un consejo en medio de esa crisis de carrera que enfrentaba y fue a hablar nada más y nada menos que con el escritor y dramaturgo Jairo Aníbal Niño.

Él le dijo que continuara la carrera de literatura ya que le quedaban pocos semestres para culminarla, pero la invitó a participar de un curso de narración oral escénica que dictó un cubano llamado Francisco Garzón Céspedes en Bogotá. “Ese señor me cambió la vida en una semana, ‘tan bueno que es contar cuentos'”, dijo Carolina después de tomar el curso.

La vida del teatro seguía indicándole el camino. Acababa de contar cuentos en público y “venía muerta del susto, de un miedo de esos que uno dice lo quiero repetir”, era el último día del curso y se fue para la universidad, cuando se estaba bajando de la buseta se encontró con la directora del grupo de teatro y le dijo: “Voy a ser narradora oral escénica”.

Ella la agarró del brazo y le preguntó si tenía clase, Carolina contestó que no, entonces le dijo: “Camine se inscribe en un curso pero de verdad”. Así conoció a Rubén Dipietro que impartía un curso de iniciación a la dramaturgia, ella lo tomó pero enfocó las enseñanzas en la narración oral.

Inicia la cuentería

La figura del cuentero no existía en esos años en Colombia. Empezó a tomar fuerza luego de los cursos de Garzón Céspedes, él les “dejó la aguja pegá'”, dice Carolina con claro acento caleño, a un grupo de jóvenes que empezó a narrar cuentos en las plazoletas.

“Empezamos a contar cuentos en una plazoleta de la Javeriana que fue donde empezó el asunto, después nos regamos por diferentes universidades. Alekos, un cuentero de vieja data, nos llamaba ‘Movimiento Independiente Autónomo Unitario MIAU’ porque eramos cuatro gatos de universidad en universidad contando cuentos”.

Así inició un viaje que dejaría luego plazas en todas las universidades dedicadas para este oficio, y algunas que son llamadas propiamente ‘cuenteros’. Carolina terminó la carrera en el año 1994, pero no le logró hacer el quite a la cuentería. Inició oficialmente en 1988, en 1990 viajó a México invitada a un festival. Desde esa fecha, reconoce, no ha dejado de viajar con presentaciones de cuentería.

Ahora es autoproductora de sus viajes, va cada año a Europa en diferentes eventos, y se sabe de memoria 25 horas de cuentos. “Al cabo de mucho años los transcribo para guardar la versión, trabajo con cuentos de memoria. A veces se elige el cuento dependiendo el público”, dice Carolina, “en viendo el sapo, va la pedrada”, afirma.

Realiza jornadas intensas de 60 actuaciones, que complementa con talleres. Temporadas en las que se pone al límite y que son “sus olimpiadas narrativas”. Para esto se prepara leyendo, descansando ampliamente y en silencio. “El cuerpo lo sabe porque previo a las temporadas no quiero pararme, pero tengo un perro entonces tengo que pararme e ir a algún lugar a pasearlo”, dice.

Antes de las presentaciones le sirve concentrarse. “A veces me sirve arreglar un secador de pelo que llevo tres meses pensando en arreglarlo y lo hago el día de la función, porque me concentro y no pienso en el momento del susto”. 

De los fracasos también se aprende

Un día, el mánager de la banda U2 los contrató para el lanzamiento de uno de los discos de la banda en Bogotá. Él pensó que si el grupo de cuenteros reunía 1.000 personas en un evento organizado por Carolina llamado La noche de la palabra, ella podría reunir unos 2.000 para el lanzamiento del disco. Pero se equivocó, asistieron unas 8.000 personas y no alcanzaba ni el sonido dispuesto, sin embargo con un anécdota de terror la noche fue todo un éxito.

Pero no lo fue así la siguiente, al menos para la cuentera. “Al año siguiente nos vuelven a invitar, yo tenía un cuento de Dickens que iba a estrenar, no estaba yo muy bien, pero mientras iba contando el cuento, que había que hacerlo lento para que tuviera el efecto deseado. Empecé a escuchar un par de chifliditos, tres chifliditos, yo estaba asustada con esa cantidad de público, nadie me había chiflado en el escenario. Entonces dije: si ustedes no me quieren oír contar aquí yo no tengo por qué hacerlo, si algo tiene que pasar es que cuando uno quiera contar la gente quiera oírlo, y me bajé del escenario”.

Le pasó el micrófono al siguiente cuentero, todos estaban asombrados de la respuesta y aún más nerviosos de un público recién regañado. “En los fracasos he aprendido mucho más que en los éxitos, tienes que tener éxitos porque si no la vida sería miserable, pero los fracasos también hacen que la vida sea fantástica”, afirma Rueda.

Esta carrera le ha enseñado diferentes cosas, pero algunas brincan de la extrañeza. Dice que le tocó aprender ebanistería por un evento empresarial. Para no confundir los términos tuvo que pedir asesoría de un arquitecto amigo y luego de un ebanista profesional que le prestó su enciclopedia, porque si se le perdía una palabra tenía que cambiarla por otra exactamente igual.

También le ha dado algunas sorpresas. En una fiesta de adultos, una mujer la contrató porque sabía que al esposo le gustaban los cuenteros. Ella, para preparar el repertorio, le dijo que se colaría entre la gente para saber qué les gustaba, pero en medio de ese escrudiñar se encontró que el esposo pensaba que la mujer había contratado una estriptisera. “Yo dije: Dios mío, esto va a ser una calamidad doméstica”.

Aprendió que se siente mejor en el escenario cuando está sola. En una ocasión que intentó una actuación con escenografía los objetos empezaron a caer y uno por poco y la descalabra. Pero después de ese momento un novio le dijo: “Vos de qué te preocupás si abrís la boca y te sale la escenografía”, y allí entendió que no tiene que tener la playa detrás para hacérsela imaginar al público.

En el recorrer del mundo a través de la cuentería ha rescatado que Colombia no solo es un país de oralidad, sino que sabe escuchar. “La gente aquí sabe oír, a pesar de lo guerrerista no ha perdido la posibilidad de la maravilla, la gente oye con el mismo entusiasmo lo que te pasó la noche del domingo o tu viaje a marte. La gente tiene apetito de saber de ti, de lo que tienes para contarle”.

Por eso ha decidido celebrar sus 30 años con cerca de 15 horas de narración que tratan de resumir un centenar de parajes a los que ha llegado a través de los cuentos. A pesar de esa experiencia no quiere ser reconocida como ‘la mamá de los cuenteros’. Siempre me han querido poner en el pedestal como la mamá de los pollitos. Yo digo no, no, no, ¡no me pongás ahí, qué pereza!, yo tengo que responder a tus expectativas sobre mí como un ser sublime y sagrado, ¡no!, yo tengo que tener derecho a cagarla toda la vida y ese no me lo van a quitar”.