La carta “por el temor a la guerra” de EE. UU. a Hitler

Ilustración: Diego Contreras

La carta “por el temor a la guerra” de EE. UU. a Hitler

14 de abril del 2019

Las cartas han reflejado los intereses más pasionales del ser humano. Desde ellas, letra a letra, hay una búsqueda de autoridad y virtud. Quien escriba alguna es valiente y protocolario, como Franklin D. Roosevelt, presidente estadounidense que clamó a Adolf Hitler y a Benito Mussolini, “el temor por la guerra”.

En la misiva entregada un 14 de abril de 1939, el demócrata americano en medio de la conmoción y el augurio por la ola de violencia que se aproximaría cinco meses después, relató que “cientos de millones de seres humanos viven hoy con el temor constante de una nueva guerra, o incluso de una serie de guerras”.

Tal afirmación se basaba en el poder armamentístico de ambas naciones, tanto aliados como potencias del eje, que hasta esa fecha tenían en quietud sus tropas, pero que ante las amenazas no descartaban “la ruina común” en el mundo.

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Cabe mencionar que este telegrama fue el último que envió Roosevelt ante los anexos de Australia y Checoslovaquia, pues antes buscó “el apaciguamiento político, económico, y de los problemas sociales usando medios pacíficos”.

Para el único hombre capaz de ganar cuatro elecciones en EE. UU., los párrafos de la correspondencia le afirmaban lo dicho por uno de sus cancilleres en Rusia: “Nunca empleaba palabras desagradables en las conversaciones”, aunque su trasfondo fuera desconfiado y con planes de persuasión.

“Me niego a creer que el mundo es, por necesidad, como un prisionero de su destino”, pues sabía de antemano como estratega político que debía preparar su pueblo para la hecatombe y a su vez, imponer bloqueos económicos y petroleros.

“Los Jefes de grandes gobiernos en esta hora crucial, son literalmente responsables del destino de la humanidad en los próximos años”, Roosevelt.

El neoyorquino convidó al líder alemán y Mussolini a “mesas de conferencias” para entablar puntos en común con las políticas gubernamentales de ambos porque según él, “los estadounidenses no hablamos por egoísmo o por miedo o por debilidad. Si hablamos ahora es con la voz de la fuerza y por la amistad hacia la humanidad”.

Le recordó a Adolf Hitler que “ha afirmado reiteradamente, que usted y el pueblo alemán no tiene ningún deseo de ir a la guerra. Si esto es verdad no habrá necesidad de una guerra”.

Tales pronunciamientos serían respondidos por el Führer en una alocución pasados diez días. En su discurso enalteciendo al Reich, el precursor del partido nazi declaró que “las alegaciones de ataques de Alemania contra territorios americanos no son más que groseras mentiras, sin contar que tales alegaciones no pueden salir más que de la imaginación de un loco”.

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El dictador alemán fue contundente y perspicaz. Le adjunto un rápido estudio sobre si las 28 naciones presuntamente en apoyo estadounidense se sentían amenazadas y que sí había solicitado un portavoz como Roosevelt. En lo que se notó que los únicos países que respondieron positivamente fueron Reino Unido, Polonia y Francia.

Cuatro meses más tarde los intercambios de cartas desaparecieron, Alemania invadió Polonia en busca de su grandeza y se desplegó la Segunda Guerra Mundial.