Un ratero colombiano en Nueva York y Hong Kong

Un ratero colombiano en Nueva York y Hong Kong

6 de abril del 2011

Corría el año 1995 en Hong Kong. Mauricio “El Caballo” Castillo había llegado a la ciudad para robar. Lo acompañaba toda una banda de “internacionales” colombianos: Carlos “el Bisagras”, Rodrigo “el Ratón”, Aurelio “el Lleras” y Carlos “el Seguetas”. Todos con pasaportes de turismo.

Hong Kong pasaba por uno de sus mejores momentos. Nuevos ejecutivos se alzaban en la ciudad de los rascacielos. Motorola abría su sede más grande en China para fabricar microchips de telefonía celular. En los periódicos se anunciaba la incursión de Lenovo hacia los mercados europeos, mientras que las empresas italianas de moda inundaban a China de fábricas. Un año perfecto para el asalto.

Los colombianos se habían instalado en el hotel Chung King Mansion, de la Nathan Road. El primer día, con los consejos de otros “pillos” que habían pasado por el país asiático, recorrieron los lugares donde se veía el dinero. Caminaron por los almacenes de Causeway bay. Al día siguiente fisgonearon hasta el cansancio por los bancos de Des Voeux Road Central. Y el tercer día, ya con poco dinero en los bolsillos, se quedaron en Victoria Harbour para atisbar las joyerías de la zona.

Sentados en los tubos que dividen las calles de Nathan Road, “Caballo” observa que un par de chinos, vestidos de trajes de diseñador, con pulsos de oro y maletines en mano, se bajan de un taxi y entran a una de las joyerías. Pasa la calle, entra a la joyería y en un inglés básico comienza a preguntar por anillos y cadenas. Al salir, les cuenta a sus compinches que los hombres de trajes negros, al parecer, eran vendedores o cobradores, porque los habían hecho seguir a una de las oficinas del sitio. Había que esperar.

Sesenta minutos más tarde, a la hora del almuerzo, los chinos salieron muy animados. Entraron a un restaurante a media cuadra. Cualquier cosa que llevaran en su maleta, pensó “Caballo”, les daría para comer un par de días más.

“Los choros”, como se conocen a los ladrones en Colombia, los siguen, pero ven que el restaurante se encuentra atestado de gente. “El Lleras”, un ladrón nacido en el barrio Las Cruces, de Bogotá, se echa para atrás, y dice que es mejor no “calentarse”, porque además hay mucho policía en la zona. El comentario no le gusta a “Caballo”.

‒Nooo, socios, nosotros aquí no vinimos a pasear, vinimos fue a robar ‒respondió “Caballo”.

“Bisagras” celebra la frase y le dice que él sí lo ayudará en la vuelta. Los demás vuelven a los tubos. Los dos “choros” entran al restaurante, se ubican en una mesa. Chinos y choros, choros y chinos: espalda con espalda. Los colombianos piden un par de botellas de la bebida que se vende en todo el mundo, Coca Cola. Pero “Caballo” se pregunta: ¿esperar y seguirlos? ¿Hacerse amigos y “emburundangarlos”? ¿Sentarse al lado e intimidarlos con algún objeto cortopunzante? Pero no, él es un ladrón fino y jamás utilizaría armas. De pronto, como iluminados por Hermes, el dios de los ladrones, “Caballo” se da cuenta que uno de los chinos baja su maletín brillante y lo pone en el piso para que el mesero pueda servir la comida. Es la oportunidad.

“Caballo” pide la cuenta. Paga en su asiento para no dar sospechas. Saca un mapa. Se para de su silla. Se dirige hacia los chinos y les pide ayuda para ubicar una calle a la que necesita llegar, todo en un spanglish lleno de señas. Los voltea. Mientras tanto, el menudo “Bisagras” se mete por debajo de la mesa, empuja la maleta, la toma como si toda la vida hubiese estado con él y sale como emperador por su reino. “Caballo”, entonces, se despide de los chinos con la única palabra que ha aprendido en su viaje, Xièxiè. Gracias, les dice.

En el Chung King Mansion, “Caballo” abrió el botín y se encontró con un gran tesoro: 99 Concord originales, relojes de más de diez mil dólares. Y además con 150 yuanes. “Caballo” y “Bisagras” mandaron los relojes por el “mercado de las brujas”, en barco. Al mes los vendieron en Nueva York por cien mil dólares. A los “Choros”, que no se arriesgaron, les regaló cien yuanes para que no se quedaran sin dinero.


Mauricio “el caballo” Castillo.

Mauricio Castillo, alias “Caballo”, nació en Sogamoso hace 49 años. Pero a los dos años su familia viajó a Bogotá y se instaló en el barrio Granada Sur. A los catorce años, Mauricio salía de clase a reunirse con sus amigos de los barrios vecinos, jóvenes que habían crecido en San Blas, Las Cruces, Las Brisas y el 20 de Julio. Por un estudiante, cuenta él, había cinco pillos.

Los ladrones experimentados confiaban en él. Lo llevaban a avisar si llegaba un policía o alguien que pudiera dañar un asalto, “campanear”, como se le dice en el argot del hampa. A los dieciocho años conoció el sector del crimen duro en Bogotá: la calle doce entre carreras sexta y séptima, la calle de los “internacionales”. Allí se celebraban toda clase de oficios. Se vendían y compraban joyas, se cambiaba moneda extranjera, se planeaban viajes, se sacaban visas, se falsificaban pasaportes y hasta se borraban antecedentes. Las historias que salían de aquel sitio eran impresionantes. Colombianos que se hacían millonarios por robar en España, fleteros que mandaban dólares desde Estados Unidos y amigos que llegaban de Asia a comprar casa, carro y finca.

En 1986, Mauricio hizo su primer viaje. Con 24 años se fue a Nueva York en busca del sueño americano y, como la mayoría de colombianos que llegan a la capital del mundo, desempacó en Queens. Allá lo recibió un amigo en un apartamento de la Roosevelt con 83, era el verano de julio. Pero él no llegó a buscar trabajo en un restaurante para lavar platos, vender empanadas en las calle, o a hacer domicilios en los restaurantes de Wall Street.

En un par de meses ya se movía con facilidad por las calles de la ciudad. De manera rápida ubicó las zonas que más propicias para su modus operandi. En la isla de Manhattan encontró sus lugares preferidos para “laborar”: La 47 con Quinta Avenida, la 47 con Américas, Canal Street, Times Square, Park Avenue entre 34 y 26, y su preferida, Madison Avenue.

Fletear era su arte. Con un par de amigos tomaban el tren siete para ir a Manhattan todos los días a las 11 de la mañana. Se subían en la estación de la 82 en Jackson Heights, hacían transbordo en Queensboro Plaza, hasta llegar a su base: la estación de la 59 con Lexington Avenue. Hacer cambiazos de maletas en bancos, seguir a ejecutivos hasta sus apartamentos del Upper East Side, meterse a los domicilios y vender las cosas en el Bronx eran sus especialidades. A la semana se podían hacer, cada uno, entre mil y dos mil dólares.


Ilustración 3  |”Caballo” va y vive  a Nueva york durante 10 años.

En julio de 1988, Mauricio, se embarcó en otro gran robo, pero esta vez fuera de Nueva York. En el Bronx, donde vendía los relojes y las joyas que robaba, conoció a un hombre negro de Bedford Park que le propuso que se fueran a Atlantic City. Todo el mundo en el Bronx habló de la pelea entre Mike Tyson y Carl Williams. El negro de Bedford Park tenía todo planeado, el robo se haría en una de las habitaciones del Trump Plaza. Ya tenían la entrada. Iban a llevarse una caja fuerte con las joyas que dejaría un huésped durante la gran pelea. Los “internacionales” llegaron en el día y la hora precisa. Contaban con dos horas para hacer el robo. La pelea de Tyson se había pactado a quince asaltos. Diez minutos antes de la campanada de inicio, tenían que entrar a la habitación. Así lo hicieron. Pero fueron atrapados en flagrancia, nunca esperaron que Mike Tyson noqueara a Carl Williams en el primer asalto y que la gente regresara tan rápido a sus habitaciones.

Dos meses en una cárcel de Nueva Jersey y una fianza de 35.000 dólares es la manera como paga su condena. La paliza que le dieron los guardaespaldas del hombre al que iban a robar le dolió poco al lado de los ahorros que se gastó en la operación, que tenía destinados para comprarle una casa a su mamá, que murió a finales de ese año. Con esa primer entrada vino una racha de entradas a correccionales, prisiones federales y estatales en el país del sueño americano: Rikers Island, Attica, Nao State, Sing Sing y San Quentin, entre otras. Todas por asaltos “menores”. Pero lo bueno de Estados Unidos, cuenta Mauricio, es que una fianza, un buen abogado y no matar, lo sacan de cualquier condena que tenga menos de 36 meses. Ya sabe la clave.

http://www.youtube.com/watch?v=7kC5ONbOhdQ

Con su llegada a prisión, se metió de lleno en la droga.

‒Los gringos son las personas más drogadictas del mundo ‒cuenta Mauricio. En Attica conocí el fucking Crack. La gente acá ve las películas y piensa que es una droga evolucionada o nueva. No, simplemente eso es puro bazuco, si  no que allá se fuma en pipa, the fucking pipa, men.

Siempre que salía de alguna cárcel volvía a su hábitat, esa selva de cemento llamada Nueva York. Allá se reencontraba con viejos amigos y con nuevos pillos llegados de Colombia. La droga lo llevó muy bajo, los grandes asaltos ya no lo atraían, sólo robar para irse de fiesta. En Extravaganza, un nightclub en el Woodside, en Queens, vio a los grandes de la salsa. Allá llegaba con los fajos de dólares, un par de chicas y unos cuantos gramos de cocaína. La rumba empezaba los jueves y terminaba los domingos. Pero lo perseguía el Fucking Crack y se alargaba la farra. Se encerraba en un motel, llamaba a un par de asiáticas del Main Flushing y hacia sus Ménage à trois a la colombiana: las veía hacer el amor mientras fumaba bazuco. La plata le alcanzó para acostarse con coreanas, italianas, españolas, filipinas, tailandesas y hasta con unas gemelas de la deprimida Yugoslavia.

Pero el 29 de noviembre de 1992, hizo su primer alto en esa ruta de la lujuria. Nació su primer hijo en el hospital de Jamaica, en Queens Boulevard. James Steven Castillo Rojas trajo el pan debajo del brazo, pero una desdicha para toda la vida. Por un mal procedimiento en el parto, James Steven nació con microcefalia. Mauricio llevó a su hijo al Hasbro Children’s Hospital, en Manhattan, para que revisaran el dictamen médico. Tres meses después, por sugerencia de los especialistas, llevaron el caso a la Corte. El proceso duró un año en juicio y la justicia estadounidense decidió reparar al niño con dos millones de dólares. Novecientos mil se llevó el abogado y millón cien mil el niño. El dinero, por los antecedentes del papá, tiene sus condiciones de manejo: fue a un fideicomiso en un banco privado. Sólo la abuela del niño puede reclamar la mesada cada treinta días y debe sustentar los gastos de atención medica mensuales: enfermeras, transporte, alimentación y medicamentos. Hoy la abuela de James Steven recibe 5.500 dólares mensuales.

http://www.youtube.com/watch?v=4-WogkqNCNQ

En 1994, Mauricio empezó a viajar por todo el mundo para robar. El nacimiento de su hijo lo ayudó a limpiarse de tanto bazuco, pero no pasó lo mismo con la manera de ganarse la vida. Cada viaje lo hizo desde Colombia. Cada ruta se planeó en la calle de “Los Internacionales”. Así, en grupo, comenzó a vaciar casas, carros y maletas de hombres de todo el planeta. Su pasaporte lleva los sellos de entrada y salida de España, Francia, Alemania, Austria, China, las dos Coreas y Japón. Pero sigue en las mismas, nunca ahorra nada. No piensa en el futuro.

A principios de 2000 emprendió un viaje que casi no tuvo retorno: Corea del Sur. Llegó el 18 de noviembre al Aeropuerto Internacional de Inchon, en Seúl. En su viaje se fue con “Pinocho” un choro del barrio Normandía. Iban para Busan, allá los esperaba Ricardo “el Pecoso”. Pero durante el viaje se dieron cuenta de que uno de los pasajeros que había abordado el vuelo de la aerolínea internacional KLM en Ámsterdam, llevaba mucho dinero en su maleta de mano. Había que fletearlo.

“Caballo” y “Pinocho” siguieron al holandés hasta uno de los renta-cars del Inchon, un aeropuerto por el que pasan más de treinta millones de personas al año. Allá vieron que el hombre alquiló un carro. Ellos hicieron lo mismo y alquilaron un sedán. Ya sabían qué tenían qué hacer. Practicarían una técnica de robo a la que le llamaban “la pinchadita”. “Pinocho” conocía el aeropuerto y sabía que para salir de él se tardarían por lo menos media hora. Cuando le entregaron el carro al desconocido, “Caballo” se acercó, se quitó la correa y con el punzón de la hebilla pinchó la llanta. El hombre se subió al carro y lo echó a andar, lo empezaron a seguir y “Caballo” se escondió. Cuando el hombre frenó por la rueda desinflada, “Pinocho” paró a socorrerlo. El hombre  lo vio solo y no puso problema. Ellos se pusieron a bajar la llanta, “Caballo” se bajó del carro, arrastrándose por una cuneta para no ser visto, abrió sin hacer ruido la puerta delantera del vehículo y bajó el paquete que tenía el maletín.


Mauricio Castillo, estuvo en la casa de Nariño en el 2010, por los casos de Falsos Positivos, pero esta es otra historia. Continuará.

Más adelante había un retén policial que pedía el permiso de salida de los vehículos del renta-car. Les hicieron la respectiva requisa y les encontraron cerca de 125 mil dólares. Pero por eso no había ningún problema, sino por los papeles que contenía el mismo paquete, los documentos del holandés. “Caballo” y “Pinocho” no pudieron ser juzgados por robo, porque no hubo flagrancia y además el holandés no interpuso ningún cargo. Pero los colombianos duraron dieciséis meses en el piso 18 de inmigración en el centro de Seúl. Recibieron torturas como ponerlos en posición de buda durante horas sin comer. “Caballo” juró nunca más volver a robar en su vida.

Después de robar cerca de dos millones de dólares en toda su carrera delictiva, hoy Mauricio no tiene ni un penny en sus bolsillos. Su única fortuna, dice él, son Mike Vincent, Elton Brandon, Harry Donovan y James Steven, sus cuatro hijos. Para mantenerlos, trabaja en una ONG que hace visibles los casos de los Falsos Positivos, porque su hermano fue una de las víctimas. Pero esta es otra historia.

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