Un “Ángel” que vive entre los muertos

2 de octubre del 2018

“Hay cosas peores en vida”.

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Foto: Jose Vargas E/KienyKe.com

Cada mañana se levanta dando gracias a Dios por un día más de vida, sin embargo Ángel está más agradecido con los muertos porque son los que le dan de comer.

Con el overol puesto y un par de botas negras se dispone a levantar pequeños muros que no superan los sesenta centímetros de altura. Su trabajo: enterrar a todo aquel al que le haya llegado la hora de dejar este mundo.

En los últimos cuatro años sus manos han sellado más de dos mil tumbas. Rodeado entre los miles de nombres que alguna vez sonaron en boca de los vivos, este operario barre cada mañana los pasillos del Cementerio del Norte en Bogotá, al son del gorjeo de la palomas que lo observan precavidas desde lo más alto de los columbarios y mausoleos de este frío y desolado lugar.

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Foto: Jose Vargas E/KienyKe.com

Desde los ocho años de edad tenía curiosidad por estar al lado de los muertos y caminar sobre sus tumbas, hoy en día tiene treinta años y su trabajo le permite verlos, tocarlos y percibir su hedor.

“En este oficio se aprende a distinguir entre el llanto verdadero y el teatro”, dice.

Un enorme e imponente columbario de diez pisos abraza el cementerio en su totalidad, en ellos se ven lápidas en perfecto estado, la mayoría con retratos de menores de edad, escudos de equipos de fútbol, flores de colores y nombres bellamente plasmados. Otros lo tienen escrito a lo “maldita sea”, justo sobre el pañete que Ángel ha colocado para sellar la tumba.

Bryan, Yesid, Sol, Martín y Guadalupe son los primeros nombres que Ángel lee cuando empieza su jornada laboral. Con una sonrisa que exhibe unos colmillos pronunciados e irradia amor y alegría por lo que hace, cuenta que esos cinco niños llegaron por muerte violenta al cementerio, unos ahogados, otros golpeados hasta desaparecer de este mundo.

Foto: Jose Vargas E/KienyKe.com

Ángel se seca el sudor de la frente y un zancudo se posa sobre su labio inferior al mismo tiempo que se frota las manos, un poco maltratadas por el constante contacto con la tierra, la arcilla y el cemento, para decirle a KienyKe.com: “No es un trabajo para todo el mundo. Pocas personas se le miden a esto y los que llegan a ejercer aquí no es porque precisamente lo hayan querido”.

Sus días se colman de lo que llama servicios calientes: muertes violentas y “ñeritos” que vienen a llorar al muerto. Dolidos, borrachos y extasiados de droga lo agreden cuando empieza a sellar la tumba, como si él fuera el responsable del llanto y el odio que irradia “el combo” del muerto.

“Hay gente que dura dos días, no aguanta el ambiente y se va”, explica.

Pero así como hay servicios en los que vienen cien personas, también hay unos donde las únicas almas que se aparecen son las ya sepultadas. “Pasa mucho con los ancianos que abandonan el geriátrico, solos esos pobres abuelos. Yo tan si quiera les regalo una sonrisa”.

Trabajar para los muertos por siete años le ha dado entender que cada vida tiene una historia con un final escrito. Lo que se vive día a día lo hace comprender que todos llegan al mismo lugar, un sitio donde todos son iguales, sin ninguna distinción o prejuicio. “Entre el cajón uno no es nadie”, agrega.

Agachado acomodando el muro que está por levantar, dice que en el lugar se ven cosas que nadie se imagina. A pesar de ser un espacio en el que se supone que debe haber paz hay mucha maldad.

Foto: Jose Vargas E/KienyKe.com

“Cuando le digo maldad me refiero a lo que veo todos los martes (el día después de las benditas almas): muñecos y fotos con alfileres en los ojos; lenguas y corazones de res con clavos, berenjenas rellenas de limón, sal, azúcar, miel y monedas”.

La brujería es más común de lo que parece, pues cualquier persona puede entrar al cementerio. También es el lugar en el que los ladrones vienen a repartirse el botín de lo que roban en inmediaciones al cementerio, dejando a su paso lo que para ellos son unos inservibles documentos.

Foto: Jose Vargas E/KienyKe.com

Con frecuencia se escuchan llantos, murmullos y carcajadas a grito herido de lo que parece ser una mujer, Ángel no es el único que ha vivido esto, los vigilantes aseguran no solo haberla escuchado, también han visto sombras entre los angostos pasillos donde descansan los muertos, pero es algo que no lo trasnocha. “Hay cosas peores que hacen los vivos “, dice.

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Foto: Jose Vargas E/KienyKe.com

Un trabajo perturbador

Uno de los casos más impactantes que ha visto es el de un marmolero que iba a vender una camioneta y en la vía a Soacha lo pararon, lo bajaron y luego lo mataron. El cuerpo llegó picado al cementerio, algunas partes las metieron en ácido, otras las dejaron por ahí tiradas y eso fue lo que él inhumó.

“Eso no es nada, en el entierro de una niña de quince años la mamá contó que las amigas la descuartizaron por un novio. El cajón era más pequeño de lo normal, así que le creí”.

Su profesión no lo hace inmune a la lágrimas. Hay servicios que conmueven, especialmente cuando se trata de bebés, madres que lloran a sus hijos y el llanto que expresan es desgarrador, son humanos. “Las energías también se le pegan a uno”.

La primera vez que vio un cuerpo fue cuando era un ‘Diablo’, así llaman a los que trabajan en los hornos crematorios.

“El primer muerto fue mi prueba de fuego, tenía que agarrarlo y tirarlo al horno, era un hombre de unos treinta años que llegó deformado luego de un accidente de tránsito, fue terrible pero tenía que llevar el pan a la casa”.

Recuerda también cuando tuvo que exhumar a un niño de tan solo cuatro años. “Al pequeñito no lo cremaron porque cuando son muertes violentas la ley lo impide, fue entonces cuando llegó la Fiscalía y me pidió que lo sacará. El cuerpo llevaba ahí varios años y tuve que meter la mano, como si estuviera buscando una media en un cajón, para buscar el fémur y que le hicieran una prueba de ADN. Lo logré”.

Foto: Jose Vargas E/KienyKe.com

Antes de colgar el overol recuerda un versículo de la biblia, inusual pero valioso para él. “Y oí una voz del cielo que decía escribe: ‘Bienaventurados los muertos que de aquí en adelante mueren en el Señor’. Sí dice el Espíritu para que descansen de sus trabajos, porque sus obras van con ellos”. (Apocalipsis 14-13)

Ángel no está seguro hasta cuándo se dedicará a ser operario del cementerio, vive su sueño de niño entre personas que ya no están en este mundo. De lo que sí está seguro es de lo que espera recibir cuando muera, que lo traten como él ha tratado a los muertos: con respeto.

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