César Mauricio Velásquez: una vela a Dios y otra a Uribe

César Mauricio Velásquez: una vela a Dios y otra a Uribe

17 de marzo del 2011

César Mauricio Velásquez reza a las cinco de la mañana, al medio día y bien entrada la noche. Reza por todo. Rezaba para que le fuera bien al gobierno del presidente Álvaro Uribe, donde estuvo como secretario de prensa durante tres años, desde el  23 de febrero de 2007 hasta el 7 de agosto de 2010; rezaba por los secuestrados, por los muertos y por sus compañeros en la presidencia. Llegó a rezar tanto que logró reunir a sus subalternos compañeros de Palacio para que lo acompañaran en el rosario de todos los días. En ocasiones lo acompañaba el presidente Uribe.

También rezaba al saber que algunos compañeros de Palacio eran infieles a sus parejas. Amigos de Velásquez aseguran que esa era su gran encrucijada del alma. Su formación religiosa lo convierte en un fiel defensor de la familia y por tanto se crispaba con el tema.  Rechaza el aborto y la unión entre parejas del mismo sexo.

Quizá el día que más oró fue el 28 de junio de 2007, cuando se hizo público un comunicado de las Farc donde confirmaban la muerte de once de los doce diputados del Valle que habían sido secuestrados en abril de 2002. También pidió al cielo cuando los medios revelaron que él, junto al entonces secretario jurídico de Palacio, Edmundo del Castillo, habían facilitado el ingreso por la puerta de atrás de la Casa de Nariño, al ex jefe paramilitar Antonio López, alias “JOB”, y a Diego Álvarez, abogado de “Don Berna”, el 23 de abril de 2008, para asistir a una reunión con el ex embajador en República Dominicana Juan José Chaux para tratar el delicado tema de un montaje contra magistrados de la Corte Suprema.

César Mauricio Velásquez fue una de las pocas personas en Palacio que calmaba el mal genio al presidente Álvaro Uribe.

También sufrió y rogó a las alturas el 19 de noviembre de 2009 por el desplome de la controvertida empresa DMG. Para él fue un reto, porque el país creía que la caída y la cantidad de ahorradores que quedaban a la deriva, era el resultado de decisiones de la Casa de Nariño, que había presionado para que se diera el cierre de esa empresa.

Así es César Mauricio, un hombre religioso, casi beato,  al que algunos llaman cura, como lo hizo Job en las conversaciones que le grabaron, porque buena parte de su vida ha profesado y practicado amor y obediencia a la teoría de vida de José María Escrivá de Balaguer, cabeza fundadora del Opus Dei. De hecho, durante su permanencia en Bogotá ha vivido en conventos, esas casas misteriosas que parecen blindadas, en donde se respira religión, privacidad, secreto y recogimiento.

Una de las que habitó está situada en la calle 104 con 19, y la otra en la carrera séptima con calle 86. La vida allí es austera y sin estridencias. Sólo viven hombres en cuartos separados, a los que se les tiene prohibido el contacto incluso con las mujeres que administran o arreglan el lugar. Es obligatorio entregar sus recursos económicos a la causa, y a cambio los dotan con todo lo necesario. El cuarto de César Mauricio, que no medía más de cinco metros cuadrados, era simple, con un despertador, una cama, un escritorio, una mesa de noche, una lámpara, una imagen de la Virgen del Carmen y un crucifijo. En su closet había cuatro pares de zapatos, un par de tenis, uno de guayos, quince corbatas –dos de ellas marca Salvatore Ferragamo– y siete vestidos. No había más, no era necesario nada más. De allí la austeridad de Velásquez, sin reloj ni lujos. Lleva siempre un escapulario que pende de su cuello y un rosario en el bolsillo izquierdo de sus chaquetas.

Antes de ser jefe de prensa de la Casa de Nariño, Velásquez fue decano de la facultad de Comunicación Social de la Universidad de La Sabana.

Durante dos horas al día, los residentes de la casa realizan prácticas de mortificación corporal, con la ayuda del cilicio, para hacer sacrificios por Dios. Velásquez no da detalles de esto y asegura que es un tema privado. “Así como uno está cerca de Dios, está cerca del sacrificio”, dice y agrega que en esos centros hay ambiente de hogar cristiano, respeto y ayuda. Algunos visitantes a reuniones que se han hecho en esas casas afirman que las cocineras sirven la mesa a puerta cerrada. Colocan los alimentos en la mesa, ellas se retiran,  los hombres pasan y comen, se retiran, se cierra la puerta del comedor, y de nuevo a puerta cerrada las mujeres sirven el resto de la cena. Así evitan cualquier  contacto con el género femenino. César Mauricio niega estas prácticas y afirma que no es prudente revelar las intimidades de su hogar.

Quienes conocen a este comunicador, egresado de la Universidad de la Sabana en 1990, aseguran que soñaba con hacer parte de algún grupo que trabajara en función de la paz. Por eso integró la Comisión de Conciliación de la Iglesia cuando se dieron los acercamientos del gobierno con las Farc. Aún cuando lo niega, sus allegados aseguran que quiso ser Alto Comisionado para la Paz, pero se conformó con ser Secretario de Prensa de la Presidencia, cuando el presidente Uribe, un día de comienzos de 2007, le ofreció el cargo. Eran viejos conocidos desde las épocas en que Uribe se desempeñaba como Senador del Partido Liberal y Velásquez era periodista.

En el Vaticano César Mauricio ha podido seguirle los pasos a su guía espiritual Juan Pablo II.

Instalado en Palacio mostró una disciplina férrea. Le seguía los pasos al Presidente, lo aconsejaba, controlaba los bríos del mandatario, intentaba tranquilizarlo cuando iniciaba peleas con magistrados, periodistas, políticos opositores y organizaciones de Derechos Humanos. Compartió con él momentos amargos y otros gratos, como el 2 de julio de 2008, cuando el Ejército le arrebató a las Farc quince secuestrados en la Operación Jaque, incluida Ingrid Betancur.  En Palacio aseguran que ese día fue uno de los más felices del presidente Uribe.

Como fiel seguidor del legado de Juan Pablo II, Velásquez soñaba con llegar al Vaticano. Se dice que le pidió a Uribe, al término de su segundo mandato, la bendición para ser embajador ante la Santa Sede. Uribe le dio gusto. Y ahora que ya está instalado allí, el periodista niega haber solicitado ese cargo. “Lo único que le pedí al Presidente en el tiempo que estuve cerca de él fue que le firmara una tarjeta de navidad a mis papás”, dice algo incómodo.

Velásquez, como el Papa, tiene seguidores, que ha conocido en las épocas en que fue docente de opinión pública y de redacción en la Universidad La Sabana, donde también se desempeñó como decano de la Facultad de Periodismo entre 1999 y 2007. Tiene tres grupos de apoyo en la red social Facebook, en especial uno de 116 miembros que se autodenomina “Apoyemos a César Mauricio”. Nadie sabe para qué es el apoyo. Hay otro que se llama “César Mauricio, un ciudadano confiable”, donde lo siguen 572 miembros. En total tiene 1.415 amigos en esa red social.

Texto escrito por Velásquez en El Colombianito de Medellín en 1985.

En la Universidad hay quienes aseguran que sus fieles resultaron de sus actividades académicas, pero también de su paso por distintos medios de comunicación. Trabajó en QAP, El Espectador, El Tiempo, Caracol Radio, Noticiero de las 7, El Colombiano y El Colombianito. En este último publicó a los 17 años textos inofensivos de corte infantil como La Aventura de ser policía, De nuevo al estudio, Engalletados con la galletería, Hablan los niños costeños y Hoy existen, mañana quién sabe.

Eran épocas simples del cuarto miembro de una familia de cinco hermanos de clase media del barrio Belén de Medellín, que fueron formados  por una ama de casa y un papá que comercializaba repuestos de carros. Siempre ha parecido serio y maduro, incluso recién graduado del colegio su figura no correspondía a su edad. Marta Luz Posada, ex directora del periódico infantil, lo recuerda muy aplicado, dispuesto a que le corrigieran los textos y le marcaran sus errores.

Hoy, como en esa época, se ríe igual, habla igual, sin apasionamientos ni rencores. Emplea su energía en tareas como la de organizar en Bogotá personalmente la celebración de la beatificación del Papa Juan Pablo II,  una de las figuras definitivas en su vida,  o de enviar mensajes en cadena alrededor de convocatorias religiosas. No es fácil imaginar su austeridad en el reino del hedonismo como es Roma, pero seguro que allí tampoco se apartará de su obsesión por trabajar, rezar y servir a los demás. Las tentaciones de la piel, el deseo o la gula no están con él. Sus velas las reparte entre Dios y el presidente Uribe a quien le guarda admiración y una devoción casi divina.