La transgénero contra la guerra en Irak

14 de junio del 2017

En 2010 Chelsea Manning fue detenida por filtrar la mayor cantidad de documentos clasificados del gobierno de los Estados Unidos

La transgénero contra la guerra en Irak

Foto: @xychelsea

Chelsea Manning nació siendo hombre. Se llamaba Bradley Edward Manning. Sin embargo cambiar de género no fue la prueba más dura de su vida. Chelsea era soldado del  Ejército de los Estados Unidos. En 2010 fue la responsable de filtrar más de 300 mil documentos clasificados sobre la Guerra de Irak. Uno de ellos fue un video bautizado luego por la prensa como ‘Asesinato colateral’ (Collateral murder), en el que se ve a un helicóptero Apache disparando contra un grupo de civiles. Murieron 12 personas, entre ellos dos periodistas de Reuters.

Cuando eso pasó, Chelsea seguía siendo Bradley y trabajaba en inteligencia militar.

Wikileaks fue quien liberó la información. Hasta entonces Julian Assange no era más que un ‘hacker menor’. Fue la información que le dio Manning la que los puso en el mapa. El New York Times escribió que el acto de Chelsea había sido “el inicio de la implosión de la era de la información: aquella en la que las filtraciones son un arma, la seguridad de los datos es de suma importancia y la privacidad, una mera ilusión”. Por eso, para unos es una heroína; para otros una traidora.

La condena por su osadía no iba a ser menor a 50 años. Incluso cadena perpetua. Fue detenida en mayo de 2010, en Bagdad, por el Comando de Investigación Criminal del Ejército de los Estados Unidos. Estuvo un mes detenida en un calabozo de la guarnición de Arifjan en Kuwait. Posteriormente fue trasladada al centro de detención militar Corps Brigs en Virginia.

Chelsea era soldado del Ejército de los Estados Unidos. En 2010 fue la responsable de filtrar más de 300 mil documentos clasificados sobre la Guerra de Irak.

Allí, Chelsea vivió los momentos más duros de su vida. Estaba completamente aislada. Permanecía en su celda 23 horas del día, sin sus objetos personales –incluso le quitaron sus gafas–; sin almohada, sin sábanas. No hacía más ejercicio que caminar alrededor de aquel calabozo pequeño y oscuro.  Antes de dormir debía entregar todo su ropa y quedar solo en calzoncillos.

David Coobs, su abogado, denunció públicamente la situación por lo que, desde entonces, la atención de los medios y del mundo empezó a irse sobre Chelsea. Y ella seguía siendo Bradley.

Toda su vida, Chelsea estuvo dando una batalla interior terrible: trababa de definir si era hombre o mujer. Su padre había luchado con el Ejército de los Estados Unidos en Vietnam. En una ocasión le dijo a Chelsea que esa experiencia le había cambiado la vida, la había dado sentido del orden, un norte, estructura. Chelsea pensó que eso era lo que necesitaba y se enlistó. Seguía siendo Bradley.

Como toda instrucción militar, la experiencia fue muy dura. Además su condición no facilitó las cosas. Un soldado que compartió barracas con ella le contó a The Guardian que la maltrataban y le decían ‘marica’ todo el tiempo. Sin embargo lo logró, y cuando terminó su entrenamiento básico, pasó a la Escuela de Inteligencia de Fort Huachuca en Arizona. Los acercamientos que había tenido a la computación ayudaron a que se le asignara la tarea de clasificar “acciones significativas”. Acciones significativas no es más que acciones de guerra: tiroteos, explosiones, reportes, fotografías.

En octubre de 2009 fue enviada a Irak. Llegó a la base de Foward Operating Base Hammer. Tenía que analizar los datos metidos en el sistema por soldados en el campo y luego hacer informes para sus superiores. Ese trabajo le permitió conocer la guerra desde muchos ángulos. Entonces, y así se lo dijo al New York Times dejó de ver archivos y empezó a ver personas. Para ella, la guerra se convirtió en un espectáculo espantoso.

Lo que descubrió, lo que entendió, quizás, sirvió para que, consciente del horror de la guerra, entregara a Wikileaks algunos documentos secretos del Ejército. “Hay que proteger a fuentes sensibles. Hay que proteger los movimientos de tropas. Hay que proteger información nuclear. No hay que esconder los malos pasos, las políticas equivocadas. No hay que esconder la historia. No hay que esconder quiénes somos y qué estamos haciendo”, le dijo al Times.

Antes de tomar las dos semanas de licencia que le daba el Ejercito, Manning descargó todos los reportes sobre la Guerra de Irak y Afganistán que había en la base de datos y los guardó en CD-rooms. Cuando regresó a su país para pasar las vacaciones, intentó ver a su pareja, pero él, parecía, no la quería en casa. Entonces dio una vuelta por Nueva York. Tenía los archivos, la fuga más grande de información del Gobierno de los Estados Unidos, pero aún no se arriesgaba a divulgarlos.

“Hay que proteger a fuentes sensibles. Hay que proteger los movimientos de tropas. Hay que proteger información nuclear. No hay que esconder los malos pasos, las políticas equivocadas. No hay que esconder la historia. No hay que esconder quiénes somos y qué estamos haciendo”, dijo.

Comparar la realidad de los Estados Unidos con la de Irak le sirvió a Chelsea como impulso, y sin tener que pensarlo más, decidió entregar los archivos. “Este es posiblemente uno de los documentos más significativos de nuestro tiempo para levantar la niebla de la guerra y revelar la verdadera naturaleza de los conflictos armados desiguales del siglo XX. Buen día”, escribió.

Un descuido, la traición de un amigo o la propia inteligencia militar, fue lo que hizo que descubrieran a Chelsea. En todo caso, ya no sólo daba una batalla durísima contra su identidad, contra como se sentía y lo que era: ahora tenía que enfrentarse a la implacable justicia militar de su país. La culpaban de 22 cargos.

Los primeros días de su retención, y que estuvieron a punto de volverla loca, le permitieron, quién sabe cómo, sacar valor de dónde no lo tenía y se decidió a hacer pública su identidad como mujer. Dejó de ser Bradley definitivamente.

“Hay que proteger a fuentes sensibles. Hay que proteger los movimientos de tropas. Hay que proteger información nuclear. No hay que esconder los malos pasos, las políticas equivocadas”.

Contrario a lo que se podría pensar, su cambio no sirvió para complicar más un juicio, ya de por sí difícil, y se volvió su arma de defensa más poderosa. Los ojos de todo Estados Unidos estaban sobre ella. El clamor por su indulto se oía por todas partes. Pero duras era también las voces que pedían para ella una condena sin precedentes.

Mientras seguía presa, pidió que se le autorizara acceder a los tratamientos hormonales que ayudarían a que su cuerpo de hombre se volviera cuerpo de mujer. El cuerpo, porque el alma siempre había sido de mujer. Y eso, Chelsea lo tenía muy claro. No obstante, la petición fue negada. Lo único que le dieron fue antidepresivos y terapia.

Foto: Flickr

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La presión de los medios y de los abogados ayudó a que el Ejército fuera cediendo. En una decisión histórica le enviaron ropa interior de mujer a la celda. Luego, en 2015 aceptaron, por fin, que pudiera hacer su tratamiento de transición.

Poco a poco fue aprendiendo a soportar la rutina de la cárcel. En realidad no esperaba que pudiera salir. La apelación podría demorarse, el pedido de clemencia había sido negado por el Ejército, y el indulto presidencial parecía imposible. Pasaría gran parte de su vida tras las rejas.

La única salida que tendría era la muerte. Por eso intentó suicidarse pero fracasó.  Y lo volvió a intentar: también falló. La soledad la estaba matando. Una señal de alarma que, parecía, pocos querían escuchar. Parecía. Puede que el eco de esa llamada haya sido tan fuerte que llegó muy alto y, en enero de 2016, Barack Obama le conmutó la pena. Chelsea se enteró cuando, escoltada por un grupo de militares, caminaba por un pasillo de la prisión. Lo vio en CNN.

Chelsea es joven; apenas tiene 29 años. Cumplirá los 30 en diciembre. Su vida no ha sido fácil –como fácil no lo es para casi nadie en este mundo moderno–. Decidió, sin embargo, por ella misma sobre todo, por ser lo que quiso ser, arriesgarse y cambiar. En el camino de ese cambio se enfrentó, ella sola, a uno de los ejércitos más poderosos del planeta. La única arma que siempre tuvo fue la certeza de que había hecho lo correcto.

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