Colombiana le abre las puertas de su casa a venezolanos

31 de octubre del 2019

Marta convirtió su hogar en un albergue para migrantes venezolanos

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ACNUR/Hélène Caux

A mediados de los años 1970, el padre de Marta Duque la envió desde su casa en la ciudad colombiana de Pamplona, ​​escondida en una de las sierras más orientales de los Andes, a la capital venezolana, Caracas, para trabajar como empleada del hogar. Ella tenía 12 años.

Ahora, de vuelta en Colombia, Marta abrió sus puertas a miles de venezolanos en su momento de mayor necesidad. Hace unos dos años convirtió su garaje, y después su humilde casa familiar, en un albergue improvisado para refugiados y migrantes venezolanos que hacen por tierra el incierto viaje hacia destinos en toda Colombia y en otros países.

“Todo comenzó cuando vi la gente en el puentecito que hay frente a mi casa con un techo”, dice Marta en el pequeño patio trasero donde ella y su equipo de alrededor de 10 voluntarios preparan ollas gigantes de sopa en una estufa de leña.

“Estaban mojándose, llovía y hacía mucho frio, y se me ocurrió abrir la caseta en la que guardamos el carro para que al menos no pasaran la noche en la intemperie”.

Dos años después, varias docenas de mujeres, infantes y bebés abarrotan todas las noches la casa de Marta, que fue prácticamente cedida a un grupo flotante de huéspedes temporales: los muebles de la sala se apilaron para dejar espacio a las colchonetas donde hasta cien personas duermen cara a cara.

“Cuando llegan, llegan muy estresados: las mamitas, los niños llorando”

“Cuando llegan, llegan muy estresados: las mamitas, los niños llorando”, dice Marta, de 56 años, que atiende únicamente a mujeres, niñas y niños, mientras su vecino, Douglas Cabeza, otro buen samaritano, dispuso su propiedad para hombres y chicos. “Lo que me hace seguir es verlos sonreír cuando les damos comida, ver que se relajan y se ponen a reír”.

La necesidad es grande. Más de 4 millones de venezolanos han abandonado su país desde 2015, huyendo de la inseguridad y la violencia, persecuciones y amenazas, la escasez crónica de alimentos y medicamentos y el colapso de los servicios básicos.

Venezolanos alistan su equipaje para poder continuar su viaje por la montaña, tras pasar la noche en Pamplona.

ACNUR/Hélène Caux

Se estima que entre 100 a 250 de ellos inician diariamente un viaje a pie que los lleva a cientos o incluso miles de kilómetros de la frontera por una carretera sinuosa y montañosa, a través de un paso de montaña gélido, hacia destinos como las ciudades colombianas de Medellín o Cali o incluso a Ecuador, Perú o Chile.

Pamplona, ​​donde vive Marta, está a unos 70 kilómetros de la frontera, y los llamados caminantes, como se les conoce, la alcanzan tras varios arduos días de camino arrastrando maletas, acunando a niñas y niños pequeños y a bebés, comiendo en comedores populares gestionados por agencias de cooperación y ONG y durmiendo en albergues cuando hay espacio, y cuando no, a cielo abierto.

Marta Duque advierte a una mujer venezolana con sus hijos sobre las dificultades que podrían encontrar en su viaje por la montaña.

ACNUR/Hélène Caux

Dos años después, Marta no solo no pudo devolver el auto a su garaje, sino que cedió casi toda la casa de dos cuartos que comparte con su esposo y su hijo adulto al flujo constante de refugiados y migrantes venezolanos con necesidades. Desde el amanecer hasta altas horas de la noche, la casa es un sitio en constante actividad y tiene un ruido sordo, pues Marta y sus voluntarios atienden las necesidades de docenas de mujeres, de niñas y niños y de un coro de bebés gritones.

Marta reconoce que su generosidad extrema comprometió su matrimonio de casi 30 años, y añadió que, una vez, su esposo llegó a intentar que eligiera entre el albergue o él.

“No hemos tenido un solo día de descanso… pero no lo hago por sacrificio. Lo hago con amor y convicción”

“No ha sido fácil. No hemos tenido un solo día de descanso, pero no lo hago por sacrificio. Lo hago con amor y convicción, y si un día ya no están me sentiría un poco sola, porque esto ha cambiado totalmente mi vida”.

Para ayudar a las personas refugiadas y migrantes vulnerables de Venezuela, ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, ha intensificado su respuesta y está trabajando en estrecha colaboración con los Gobiernos de los países de acogida y sus socios para apoyar un enfoque coordinado e integral.

Esto incluye el apoyo a los Estados para mejorar las condiciones de acogida en los puntos fronterizos donde los venezolanos llegan en condiciones muy precarias, coordinar el suministro de información y asistencia para satisfacer las necesidades básicas inmediatas de los venezolanos, incluido el alojamiento.

La Unión Europea, junto con ACNUR y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), está organizando una Conferencia Internacional de Solidaridad de alto nivel en la que se pide una acción urgente y concertada en favor de las personas refugiadas y migrantes de Venezuela.

La conferencia, que se celebra en Bruselas los días 28 y 29 de octubre, tiene como objetivo crear conciencia de la crisis, reafirmar los compromisos mundiales con los países y las comunidades de acogida, evaluar las buenas prácticas y los logros, confirmar el apoyo internacional a una respuesta regional coordinada y pedir una mayor cooperación técnica y financiera internacional con la región.

Con la información de la ACNUR

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