Fiestas de fin de año bajo la cobija de un habitante de calle

31 de diciembre del 2018

Jairo lleva 10 años en la calle y 21 metido entre las drogas. Esta es su historia de Navidad.

Fiestas de fin de año bajo la cobija de un habitante de calle

El último regalo de navidad que recibió fue un carro mediano de plástico de colores azul, rojo y amarillo, aunque fue hace más de 28 años, cuando él tenía solo 5, lo recuerda muy bien. En las siguientes navidades bajo el árbol alumbrado con pocas luces y una que otra vieja bola de cristal que sobrevivía de los diciembres pasados, no había nada y esta escena, que para él era triste y amargosa, se repitió hasta que tuvo 17 años, cuando ya consumía drogas, y se fue de su casa.

Jairo Alberto Lozano lleva más de 10 años como habitante de calle. Un par de minutos antes de encontrarnos se había fumado un ‘pipazo’ de bazuco. El consumo habitual de esta droga y de otras sustancias lo llevó a este punto del que no tiene intención de retornar. “Anteriormente sí quería salir de las drogas, pero ya no. Hoy no. En la calle estoy formado. Estoy involucrado”, dice mientras golpea la pipa de bazuco contra la palma de la mano izquierda, elemento que en ningún momento soltó durante esta charla que poco a poco, por la cantidad de preguntas, se fue convirtiendo en entrevista.

A Jairo lo encontré saliendo del caño de la calle 6 con carrera 34, cerca del popular San Andresito de la 38. Un cigarrillo que yo iba fumando intencionalmente, y que me pidió, fue la excusa para acercarme a él.

  • ¿Me lo regala?
  • No. Lo acabé de prender.
  • Listo
  • Pero le puedo gastar uno
  • Listo

No solo compramos un cigarrillo, también quiso empanada de carne y Coca Cola y sentados en una banca de cemento del parque Veraguas, en el barrio del mismo nombre, en el centro de Bogotá, comió antes de fumar. Jairo Alberto vive en la calle desde que tenía 24 años, hoy tiene 34; está inmerso en el consumo de estupefacientes desde los 14 y todo comenzó, según lo contó, desde los 12 “cuando me pegué a una botella de pegante boxer que encontré por ahí en la casa”.

Después del boxer, que le quedó gustando, a los 14 probó la marihuana con amigos del barrio Toberín, en el norte de la ciudad, donde vivía con su padres, pero la yerba no le gustó. “Me dejó secó, con ganas de vomitar y después me daba mucha ‘gurbe’ (hambre)”. Tres años después, a los 17, se fumó el primer bazuco. Le gustó. “Sentí su energía, lo que demanda y entonces me emocioné y al mismo tiempo me asusté. Y el agrado empezó. Me elevé y me hizo sentir seguro. Una seguridad muy hermosa, pero que se aplaca pronto y por eso me pide el otro porque mi mente me pide esa seguridad. Me voy para el otro para que me dé más seguridad”.

Desde que Jairo Alberto probó el bazuco no se ha podido ni ha querido alejarse de él. Al comienzo usó la seguridad que esta droga le daba para acercarse a las mujeres. Era muy tímido, no había tenido novia y estar drogado con bazuco le permitía entablar diálogos con las jovencitas del barrio. Pero la búsqueda y la pasión por dicha seguridad lo llevó a ser un adicto que poco a poco, en menos de cinco años, terminó con cobija y costal al hombro.

Ya son 10 diciembres sin compartir con familia o amigos, sin compartir con sus tres hijos, que viven, al parecer, con sus abuelos maternos en Purificación, departamento del Tolima. Desde hace muchos años, no recuerda cuantos, Jairo no celebra estas festividades; pero sí recuerda que lloró el primer fin de año que la pasó solo en la calle; dice que ese primer diciembre, en medio de su traba de bazuco, caminando por alguna de las calles de la ciudad y consciente de que estaban celebrando las fiestas decembrinas, no lloró porque quisiera estar con sus hijos o con su mamá o con su papá, asegura haber llorado de miedo, no sabe de qué o de quién, pero sí recuerda que al escuchar el alboroto de las 12, con su sonar de voladores, pitos de carros y demás bulla, lloró invadido por el pánico, una sensación que nunca más volvió a sentir.

Hoy en día sus diciembres, aun sabiendo que son diciembres, son iguales a los febreros, junios o septiembres. Hoy en día no le importan estas fechas especiales, “ya no me tocan el corazón”, pero con plena consciencia de que las personas del común están en un mes de celebración, distracción, compras y con dinero aprovecha para pedir más plata o para robar a los descuidados que le dejan ‘regalos’, como él llama a los ‘papayazos’ que ve en la calle.

Jairo Alberto tiene una raspadura grande al lado izquierdo de la frente que ya está haciendo cicatriz. -¿Qué le pasó?-, le pregunto. “Me dieron duro por coger un regalo” -¿Qué se iba a robar? “La luna de un carro” -¿Quién le pegó? “Los civiles, los dueños del carro que se llenaron de motivos”, termina de contar esto y suelta la única sonrisa que de su parte acompañó esta charla. Lo que casi siempre roba, que es con lo que se mantiene, son lujos y accesorios de carros estacionados en vía pública (espejos, lunas, antenas, …) que vende en el centro de la ciudad, en promedio a $5.000 la unidad.

Para vivir necesita unos diez mil pesos al día y absolutamente todos se los gasta en bazuco. Si consigue más dinero compra más bazuco, es muy raro que gaste su plata en comida, esta la pide a las afueras de restaurantes o espera a que aparezcan las personas de buen corazón que llevan alimentos a los habitantes de calle y ahí aprovecha para alimentarse y si no hay samaritanos pues no come.

Mientras se está despidiendo, después de pedirme: “cinco ‘lucas’ con las que me colabore”, me mira y dice, “¿Sabe qué me gustaba de la navidad, periodista? Que de niño mi papá me dejaba lanzar voladores con él; el sonido de los voladores me gustaba mucho. La bulla de la navidad me gustaba mucho”, luego cierra el puño en el cual tiene el billete de cinco mil pesos que le dí, lo estrella contra el mío y sin despedirse con palabras se aleja mientras me quedo pensando que tal vez lo que lo hizo llorar aquella única vez en una noche de diciembre, ya viviendo en la calle, fue el evocar a su familia con el sonido de los voladores y la bulla de la Navidad.

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