La necesidad y la angustia del comercio en la frontera

Daniel Eduardo Rojas Sánchez / KienyKe.com

La necesidad y la angustia del comercio en la frontera

20 de febrero del 2019

Un hombre con tijeras en la mano le insiste a una mujer para que le venda su larga cabellera. En La Parada, como se llama el barrio que colinda con el puente internacional Simón Bolívar entre Colombia y Venezuela, se vende y se compra de todo.

Carelly, una joven de 25 años, tuvo que vender su pelo para conseguir dinero con qué llegar a Bogotá. Se quedó sin plata luego de que los ‘coyotes’ le robaran, a ella y sus hermanos, lo que habían ahorrado para huir de la difícil situación que vive la República Bolivariana.

En un centro de comercio depredador, pero necesario, se ha convertido la frontera colombo venezolana en el paso fronterizo autorizado más concurrido en la ciudad de Cúcuta: el puente San Antonio, como lo llaman sus habitantes, porque conecta la capital del departamento de Norte de Santander con el municipio de San Antonio de Los Altos, en el estado de Táchira.

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A este punto llegan unos 50.000 venezolanos y colombianos residentes en el país vecino para abastecerse de comida y otros artículos para sus negocios o el diario vivir; todo por la sencilla razón de que “allá, en Venezuela, no hay nada”, dice una de las vendedoras.

En medio de la crisis la vanidad mantiene su importancia. Mientras que algunas mujeres negocian su pelo, con resignación, otras compran uñas de resina, tintura para el cabello, base de maquillaje, prenses, cepillos y proteínas para el gimnasio.

Los más necesitados tienen que renunciar a esa vanidad y venden sus artículos personales, como le tocó hacer a una mujer que llegó a un puesto de dulces para vender la plancha de cabello, ya gastada, que usaba a diario para peinarse.

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Se la vende a Yolima, una venezolana que armó su puesto de dulces en el lugar y que aunque vive en Colombia reúne dinero para enviar a sus familiares al otro lado de la frontera.

Del lado oriental del puente pasan cientos de personas con carros de mercado vacíos, bolsas desocupadas o sin nada en las manos, mientras que por el otro costado van de vuelta hacia Venezuela cargados de comida, llantas remontadas, zapatos, golosinas, artículos básicos para sus casas y hasta repuestos para carros.

En medio del comercio también se han establecido varios servicios informales. Dado que la guardia venezolana solo permite el paso de alimentos, algunos en cantidades controladas, hay personas ofrecen pasar lo prohibido por trochas, a cambio de una suma de dinero, de la que toca darle un porcentaje a los grupos ilegales que controlan las rutas que cruzan el río Táchira.

La necesidad obliga buscar un sustento a como de lugar. Arraile, un venezolano, usa dos conos de plástico para controlar el paso de los buses que cruzan el último tramo de la carretera antes del puente, que se ha convertido en la terminal de transportes en La Parada.

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Se reparte la jornada en dos turnos, con otro compatriota. Se cubre la cabeza con una gorra y una toalla para mitigar el incesante sol de Cúcuta y cuando llega un bus corre los conos, le da paso al vehículo y a cambio recibe una moneda cuando el conductor extiende la mano a través de la ventanilla. Arraile vive con su esposa y sus dos hijas en Venezuela; partirá hacia Bogotá en una semana con “nada más que la fe en Dios”.

Entre esos negocios improvisados están quienes con carros de mercado, coches para bebés, carretillas y sillas de ruedas, ofrecen transportar la mercancía pesada desde el extremo Colombiano hasta el otro lado de la frontera. Cobran 5.000 pesos por acarreo, de los cuales tienen que dar 1.000 a la Guardia venezolana y otros mil a los “guerrilleros”, que algunos llaman paramilitares, quienes controlan la frontera. Uno de los acarreadores dice que al día se hace unos 20.000 pesos colombianos, de los cuales gasta 8.000 y el resto los lleva a su familia, “solo alcanza para el diario”, asegura.

Todo ese centro de abastecimiento inicia actividades sobre las cuatro de la mañana, cuando se instalan las carpas, una hora antes de que se habilite el paso fronterizo. A las cinco de la mañana inicia el tránsito que a una semana del Venezuela Aid Live es casi una avalancha. “Estoy acá desde las cinco de la mañana, son las once y media”, dice un policía que controla el paso y agrega, “yo creo que han pasado unas cien mil personas”. El paso es incesante, más que en los fines de semana anteriores, porque la gente cree que para la fecha del concierto cerrarán la frontera y no podrán abastecerse.

“No hay momento en que no estén cruzando personas”, dice el uniformado.

Sin embargo, es posible que el cálculo del policía sea exagerado por la magnitud del tránsito. Según el Secretario de Fronteras y Cooperación Internacional de la Gobernación de Norte de Santander, Juan Carlos Cortés, el mayor paso registrado en un día es de 50.000 personas. De ellas, según dijo el funcionario en diálogo con KienyKe.com, se quedan en el país unas 2.000. Así mismo, una periodista española, Fátima Gutiérrez, dice que a finales del año 2018, antes de proclamarse Juan Guaidó como presidente interino y cerrarse el cerco diplomático, el flujo no era tan amplio.

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“La población se ha incrementado en un 23% en el municipio de Villa del Rosario, un alcalde que no tiene los recursos para atender la población, además los municipios no tienen el agua suficiente para atenderlos a todos. Hay barrios donde el líquido llega cada mes”, afirma Cortés. Las personas que llegan se quedan en el departamento porque tienen facilidad de acceso a sus familiares en el país vecino y al comercio en la ciudad.

A parte del agua, Norte de Santander ha dispuesto de cupos escolares para los venezolanos y los colombianos que retornan al país. Han logrado brindar educación a unos 800 niños residentes al otro lado de la frontera, pero las aulas y los profesores ya están abarrotados, mientras unos 2.600 solicitan entrar a alguna de las instituciones. Son en total 143.000 los niños a los que el departamento debe proveerles educación.

Lo que sí es cierto es que la gente en las últimas semanas, por la situación política que vive Venezuela, tiene miedo. Mientras el carril de entrada a Venezuela se angosta para el registro de Migración, los habitantes bolivarianos cuentan que hace unos días un grupo de vendedores trató de hacer una protesta sobre el puente y la guardia los disolvió a golpes sin importar la edad de las personas. “A mí me da pesar pegarle a esa viejita”, dijo un guardia según cuenta un venezolano, “pero igual le pegó”.

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Otra mujer se atreve a decir que ojalá se normalice la situación y puedan volver a la normalidad económica. Una transeúnte que la escucha asiente pero no se atreve a decir nada porque su esposo le fija una mirada fruncida y le dice no con la cabeza, para que no pronuncie palabra alguna. “Yo no estoy muy enterada de eso”, alcanza a decir la mujer con una sonrisa tímida que delata su mentira obligada.

Otros, indignados se atreven a hacer afirmaciones en medio del desespero que genera la crisis. Una pareja que acaba de cruzar el control migratorio, al escuchar la consigna de paz de un colectivo bogotano: “Contra la guerra abrazatón en la frontera”, dice, con ganas, “matemos a Maduro y después sí hablamos de paz”.

El tránsito por el puente Simón Bolívar, que es exclusivamente peatonal desde 2016, se habilita a las 5:00 de la mañana y se cierra a las 8:00 de la noche. Desde esa hora las centrales de cambio y giros de dinero en Cúcuta se llenan de filas de venezolanos y colombianos que esperan cambiar el dinero recolectado durante semanas de trabajo para comprar mercado y otros productos en la ciudad y en el municipio de Villa del Rosario, donde se ubica La Parada.

A pesar de que eso se pueda entender como un gran intercambio de dinero, lo cierto es que la plata se queda en la informalidad, que alcanza la cifra de 79% en el departamento de Norte de Santander, y en divisas que envían los migrantes a los familiares que permanecen en Venezuela. Así mismo, el desempleo se ha aumentado a un 19%, siendo la región con mayor número de personas sin empleo en el país, afirma el Secretario de Fronteras y Cooperación Internacional de la Gobernación.

Una situación que se incrementa al no existir una política migratoria que permita la inversión de recursos internos en la atención migrante y un protocolo de atención de servicios a los que llegan huyendo del hambre. Más aún, cuando esas cifras se traducen en vidas de personas que han dejado familias, recursos y toda una historia atrás para buscar una nueva forma de subsistencia.

Las autoridades no pronostican un final para la crisis y los enfrentamientos políticos al interior del país no parecen tener pronta solución. Mientras tanto, la cifra de venezolanos que han salido del vecino país, que ya supera los cuatro millones, seguirá aumentando y en La Parada la gente seguirá abriéndose espacio para sobrevivir.

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