¿Por qué malgastamos la plata?

23 de noviembre del 2017

Yo tenía un amigo que decía que cuando le pagaban se “volvía loco”. Para él, “volverse loco” era recibir el sueldo y “farrearselo” en tres días. Pasaba noches memorables. Luego, con el peso de la irresponsabilidad a cuestas, a duras penas lograba llegar a fin de mes. Pero era joven, sin muchas deudas ni personas […]

¿Por qué malgastamos la plata?

Yo tenía un amigo que decía que cuando le pagaban se “volvía loco”. Para él, “volverse loco” era recibir el sueldo y “farrearselo” en tres días. Pasaba noches memorables. Luego, con el peso de la irresponsabilidad a cuestas, a duras penas lograba llegar a fin de mes. Pero era joven, sin muchas deudas ni personas a cargo, y se podía permitir esos deslices. Podía es la palabra, porque a medida que iba creciendo, se hacía más consciente de la importancia de gastar el dinero con cuidado.

Como él, miles de personas se enfrentan día a día al problema de cómo gastarse la plata. Y más que gastar, el problema real era en qué invertir, como hacer que rindiera. Aunque no parezca, esa clase de decisiones no siempre racionales, por la forma y cantidad en que se presentan, pueden llegar a afectar el mercado.

Se supone que todas las decisiones que toman las personas se basan en un criterio de beneficio. Es decir elegimos lo que nos debería hacer bien. Sin embargo no siempre es así, sobretodo en términos económicos, y conscientes o no, terminamos por inclinarnos hacía el lado de lo que no nos beneficia. Y parece normal.

Richard Thaler, premio Nobel de economía, investigó cómo que nuestras decisiones no siempre están marcadas por criterios racionales, y en ocasiones también se pueden ver afectadas por emociones que las alejarían de la lógica del beneficio. En otras palabras: a veces la falta de autocontrol de los consumidores es un factor importante que afecta las decisiones económicas. En ese sentido, la economía conductual es la que estudia la relación entre psicología y decisiones económicas.

Partamos de tres principios básicos: 1) Los consumidores prefieren unos bienes a otros, 2) Los consumidores tienen restricciones presupuestarias; y 3) dadas las preferencias personales, los ingresos, y los precios de los bienes, los consumidores deciden comprar bienes que maximicen su satisfacción. Eso, en teoría. La práctica dice otra cosa.

Efectivamente, los consumidores prefieren unos bienes a otros, pero de acuerdo a la economía conductual, esas preferencias no siempre son acertadas y la gente, atravesada por todo tipo de emociones, no elige precisamente el producto que más le convenga.

En cuanto a las restricciones presupuestales, la racionalidad económica se pone a prueba cuando un consumidor, con un amplio espectro de opciones, no contempla la restricción básica de para qué le alcanza, y movido por sus impulsos compra cualquier cosa, lo que termina de una u otra forma desbordando sus finanzas, generando deudas, que a la vez afectarían otras decisiones económicas más importantes. Y eso es un círculo vicioso.

Por otro lado, la satisfacción, punto fundamental de la racionalidad económica, siempre es el punto clave hacía el que se dirigen todas las decisiones. Sin embargo, la búsqueda de esa satisfacción no está atravesada, de acuerdo a la teoría de Thaler, por la racionalidad sino por un impulso. Se busca la fugacidad del momento, sin pensar en que gastar el dinero sin contemplar los resultados de ese gasto es un riesgo que se verá reflejado en el futuro, y que dista mucho de la idea de satisfacción.

Pongamos un ejemplo que recoja todo lo anterior: es diciembre. En esta época la mayoría de la gente hace una inversión considerable en ropa. Eso demuestra que se prefieren unos bienes a otros. De acuerdo a la cantidad de dinero, limitada por distintos factores, se compra esa ropa en lugares concretos, de marcas concretas, en cantidades concretas. Sin embargo, no siempre el dinero es el límite y, casi siempre bajo la figura del crédito, esas preferencias dejaran el amargo sin sabor de la deuda. Conclusión: la satisfacción de diciembre, va a doler en enero. O sea: no hay satisfacción plena.

Así las cosas, hay que reconocerle a Richard Thaler que, luego de la delimitación de nuestras flaquezas como consumidores –y como personas–, ha intentado dar una idea de cómo diseñar políticas públicas y económicas que, no sólo tengan en cuentas la idea del consumo racional, sino que contemple también eso que nos hace humanos: las emociones. No somos simplemente seres que gastan y ya.

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