Cómo mantener a ocho hijos siendo escritor

Cómo mantener a ocho hijos siendo escritor

10 de diciembre del 2012

“Esa vieja burguesa”, fue lo primero que pensó Nahum Montt cuando vio a una mona que acababa de entrar y le quitaba su silla, en plena presentación de la poeta La Maga, en la Fundación Gilberto Álzate Avendaño.

–¡Qué raro! –dijo Nahum–. No entiendo qué hace una vieja así toda elegante en esto tan bohemio.

En medio de su divagación interna sobre esa mujer, que lo puso tan incómodo, La Maga comenzó a leer un poema para una niña ciega.

–Es para ti, Nancy Valero –gritó La Maga.

Nahum comprendió, de inmediato, que era para la mona sentada a su lado.

–¿Eres ciega?

–No, ya no. Cuando niña.

Como un acto de reflejo, Nahum le pasó una libreta de apuntes para que le diera su teléfono. La mona lo anotó con la frase: “Me gusta tu energía…”.

Nahum Montt
Nahum Montt, escritor, y su esposa Nancy Valero, directora de la Fundación Mujeres de éxito, tienen ocho hijos adoptados: “Los hijos que la vida nos regaló”, dicen. 

“En esos puntos suspensivos me juego la vida”, fue lo tercero que pensé, dice Nahum sentado en el escritorio de su pequeño refugio solitario: su estudio, donde guarda un mundo de libros y desde donde produce su obra literaria. Está situado en una casa del barrio La Castellana, el mismo lugar de cinco cuartos y patio inmenso donde crecieron sus ocho hijos: “los hijos que la vida me dio”, dice.

Nahum Montt tiene 45 años y ya es abuelo de cuatro niños. Lo primero que leyó este amante del género negro fueron novelas de vaqueros, que disfrutaba mientras comía raspado a la sombra de un árbol para protegerse del calor infernal de su natal Barrancabermeja. Montt también es el autor de dos obras relacionadas con la violencia y la idiosincrasia colombianas: El Eskimal y la Mariposa (Premio Alfaguara 2004) y Lara (2008), la historia sobre la vida y el asesinato del ministro Lara Bonilla. “Uno nunca deja de ser cursi, pero aprende a aceptarlo”, confiesa. En realidad eso no está lejos de la realidad porque apenas uno lo conoce se da cuenta de que es bonachón, alegre y muy desinhibido. Además tiene unos ojos negros grandes, inocentes, parecidos a los de un niño que cree todo cuanto le dicen.

Precisamente la noche siguiente en la que conoció a ‘la mona’, la invitó a la presentación de su libro: Midnight dreams. “El sitio estaba repleto, pero no por ese bodrio de libro, sino porque había un toque de jazz. Pero cuando yo vi llegar a esa mona me dedique a vender mi obra como nunca y salí como con $500.000 pesos en el bolsillo, que para esa época –1997– era mucho”.

Después de una fiesta de dos días con sus amigos, Nahum finalmente apareció en la casa de ‘la mona’. Un ‘pelao’ de 18 años le abrió la puerta. Nahum se puso rojo como un tomate cuando el joven gritó:

–“Mamá, acá llegó un muchacho”.

Era la primera vez que veía a Germán. Al entrar conocería a dos hijos más de ‘La mona’. Nahum, que siempre pensó ser un bohemio literato que no se iba a reproducir, se encontró de repente con tres hijos: el paisa, el santandereano y el rolo (Camilo, Óscar y Germán). Por distintas razones ‘La mona’, directora desde hace varios años de la Fundación Mujeres de Éxito, había recibido tres hijos adoptivos. Nancy Valero ya era en ese momento un referente de superación personal después de haber sido cuadripléjica, ciega y de pasar diez dolorosos años en cama, tras un virus que padeció cuando niña.

Nahum Montt
En la creación de cada uno de sus libros, Nahum contó con el apoyo de todos sus hijos y esposa. En el caso de la novela Lara fue todo un reto familiar escribir la historia sobre la vida y el asesinato del ex ministro. 

La nueva familia comenzó a vivir en una casa en el barrio El Polo y después pasarían a vivir a una mucho más grande, en la Castellana.

María Paula, la única hija de los Montt Valero, apareció unos años después. En realidad reapareció, porque ‘la mona’ ya la había tenido en su casa antes.

Nahum ya era papá de cuatro.

“Estoy pintado”, le dijo a Nahum su hermano, Afranio Montt, quien trabajaba en la Fiscalía de Barrancabermeja y era el mayor de sus hermanos. Afranio fue asesinado por paramilitares a los pocos días.

Para Nahum es muy duro hablar del tema y no quiere seguir refiriéndose a su hermano. Me dice que el dolor de volver a la vida diaria tras la muerte de su hermano –además de ver cómo quedaron sus padres– ha sido lo más fuerte que le ha tocado vivir. Sin embargo, en aquel momento ‘La mona’ lo aterrizó: “Nahum, los niños de Afranio, los niños”. Fue así como llegaron a la familia “Los cachorros”: David y Julián, sus dos sobrinos de 15 y 13 años.

Con la casa más llena, Nahum se acostumbró a trabajar en las madrugadas. “Era difícil continuar un trabajo literario, pero ellos me enseñaron otro tipo de cosas”. De día la casa estaba repleta de voces de los Opas (papás de la mona), o de los hijos de sus amigos. Era tanto el gentío que los vecinos pensaban que ahí había una residencia universitaria.

Cuando llegaban a la plaza de mercado, Nahum sabía que lo reconocían como “el profe del restaurante” por la cantidad de bultos de papas, naranjas y de otros alimentos que se llevaba: los vendedores creían que tenía un negocio de comida. En alguna época, como la mayoría en la casa eran hombres, la nevera tenía candado porque o si no eran “saqueados en la noche”, dice él a carcajadas. Lo único que no le parecía gracioso es que se le robaran su queso, por eso se quedó con el apodo del ‘mouse’.

Consiguió el dinero para la universidad de sus hijos trabajando como profesor en distintas universidades y dictando talleres de escritura con el Ministerio de Cultura. En algún momento tuvo que vender su auto, un campero, para pagar uno de los semestres de los muchachos. “Yo ya sabía que no tenía plata para comprar cosas, sino para invertir en vidas”.

Años después la familia conocería otra noticia dura: el hermano de Nancy había sido asesinado. Así llegó el pequeño Esdras de tres años, hijo de Pablo Helmut Valero. “Pablo era vegetariano y andaba con Krishnas, administraba una finca, pero en realidad no era normal que viviera en una zona como Los Llanos”, me dice, aunque es claro que no quiere hablar del pasado violento tras la llegada de algunos de sus hijos.

–Ese Esdras sí es, le dio por pasearle los perros a una señora y lo terminaron tumbando. Y ahorita vengo de pagarle la pensión. Yo creo que con ese sí me ha tocado ser más papá, papá, porque o si no quién sabe qué pasaría.

Esta sería, entonces, la primera vez que Nahum se considera una figura paternal, aunque tenga otros siete hijos, porque cree que La Mona ha sido una suerte de madre y padre a la vez, y que él es más un amigo.

Nahum Montt
“Yo ya sabía que no tenía plata para comprar cosas, sino para invertir en vidas”, cuenta Nahum. 

–La berraca es ella –me dice–. Yo soy como otro hijo. Es que en realidad el adoptado fui yo.

Nahum detiene la conversación y sube al segundo piso en donde tiene un muro con fotos de algunos de los momentos importantes en su carrera: con su amigo Mario Mendoza o prendiéndole un cigarrillo a Joaquín Sabina, “porque no iba a pedirle otra cosa”. En el piso hay un reguero de por lo menos diez balones de sus hijos y los cuadros que uno de ellos pintó de sus abuelos en Barranca.

–Este es mi hijo pintor. Entre los otros hay ingenieros y administradores. La mayoría ya están casados y solo tres viven todavía acá: María Paula, que es temporal porque se me enfermó un poquito, Esdras y Fabio Andrés.

Precisamente, la historia de Fabio Andrés es muy particular. En el 2004, Nahum se encontraba presentando su libro El Eskimal y la Mariposa ante un auditorio de niños en la Feria del Libro. De repente, apareció Fabio para pedirle un autógrafo y decirle que era su hijo biológico.

–Usted si se acuerda de “fulana”.

–Creo que no –dijo Nahum con los nervios de punta.

Lo primero que hizo fue pedirle un guaro a ‘La mona’.

De esta forma, Fabio, el único hijo de sangre de Nahum, y el último en llegar a la familia, se fue a vivir con ellos. Algunos de sus otros hijos tienen el apellido Montt; otros no. Muchos vienen y van, pero siempre están reunidos, como ahora, cuando se irán de viaje para celebrar los 50 años de casados de los abuelos en Barranca.

–No es que haya sido fácil. Además los niños no llegaron de las mejores situaciones, pero pudieron estudiar y los mayores le van a pagar el estudio a los menores. Es que esta casa está llena de bendiciones.

–¿Quieres ver más de mi familia? –Me pregunta, y me pasa un libro.

“Hijos profundamente nuestros” es el libro de Consejo de familia donde consignan sus metas profesionales, personales y sociales cada 31 de diciembre. Allí también se encuentran las mejores fotos de cada año y las “Curiosidades”: “Este año Esdras perdió cuatro dientes”, “los Opas –abuelos– se vinieron a vivir con nosotros”, “al abuelo lo atropelló una moto”, entre otras historias que los reúnen como un proyecto de familia que se fue consolidando con los años.

“Yo era un buena vida y esto me enseñó a superarlo todo. Lo que aprendí de ellos no lo aprenderé en ningún otro lado, ni como profesor, ni escritor, ni siquiera viajando”. Ahora la casa se siente vacía y Nahum se encuentra terminando los últimos detalles de su libro sobre Cervantes. Mientras tanto, lo acompaña “La autora del autor”, su mona. Se despide y me dice que sabe que aún hay una historia que le falta por escribir: la de su mona, la de los papás de ambos, la de las heridas de los hermanos fallecidos y la de esos hijos que les regaló la vida.