¿Cómo protegen los koguis a los hombres del poder?

¿Cómo protegen los koguis a los hombres del poder?

28 de abril del 2011

Todo allí es sobrenatural. Misterioso. Era medianoche cuando el ruido del motor de dos jeeps rompió con agresividad el silencio de la comunidad del resguardo Tugueka, donde viven cerca de 500 indígenas koguis, en el pie de monte de la Sierra Nevada de Santa marta. En medio de la oscuridad, con una luz de una luna imponente, aparecen con lentitud entre la penumbra, hombres y mujeres, jóvenes, envueltos en sus túnicas de algodón pesado. El gobernador del cabildo, José de los Santos Sauna Limaco, es el anfitrión e intérprete, puente entre dos culturas, que como si el tiempo no hubiera transcurrido, enfrentan un abismo de incomunicación y extrañeza.

El gobernador del Cabildo hace las veces de traductor.

Decenas de indígenas, como salidos del corazón de la tierra, rodean a los forasteros recién llegados con el asombro descrito en las crónicas de la conquista, y con similar sorpresa  los menores persiguen sus imágenes grabadas en las cámaras de fotografía. Sin emitir sonidos, seres misteriosos sin voz, se desplazan como sombras en la noche, alrededor de la construcción mayor que hace las veces de centro ceremonial, donde siete mamas ‒llegados de distintos puntos de la Sierra, después de jornadas de doce, catorce horas y hasta día y medio a pie‒, permanecen encerrados, concentrados en sí  mismos, “mambeando”, capturando energía, invocando a los dioses. La ceremonia sagrada, el ritual de las “aseguranzas”, será al día siguiente.

Los Koguis descansan muy poco, la noche es un momento de conexión con los astros.

Se trata de un ritual que los kogui reservan para invitados especiales. Un ritual que les brinda protección a personas llamadas a tomar decisiones, asociadas a los destinos de los pueblos y de la naturaleza. De la tierra y del agua, del equilibrio de la “Madre Tierra”, que es el eje de la cosmovisión kogui. El ritual de las “aseguranzas” para proteger a los hombres del poder. Allí en Tugueka, en la cuenca de Río Ancho, recibieron sus aseguranzas Álvaro Uribe, Andrés Pastrana y el presidente español José María Aznar. Todos se fueron con un cintillo de hilo de algodón alrededor de la muñeca. Seywa, el centro ceremonial sagrado, en lo alto de la Sierra, a nueve horas de camino a pie, de donde llegó el mama Pedro para presidir la ceremonia de esa madrugada de domingo, fue el lugar escogido por los kogui para el ritual de protección de Juan Manuel Santos y su familia en la mañana del 7 de agosto, horas antes de su posesión como Presidente de Colombia.

La familia Santos fue protegida en un ritual en el que participaron varios Mamas.

Sesenta viviendas y una casa de gobierno y ceremonias, construidas en madera con techo de paja y piso de tierra, componen el resguardo Tugueka. La rutina cotidiana de estos quinientos indígenas no ha variado de aquella descrita en 1783, y que retoma el arqueólogo Gerardo Reichel-Dormatof en su primera vista a la Sierra, hace ya sesenta años. Una rutina más contemplativa que productiva. Siembran, tejen, mambean. Mambean y mambean en silencio. Mambean y rumian historias y pensamientos que quedan acumuladas en el residuo de cal extraída de conchas y caracoles del mar Caribe en la superficie de sus poporos. Esa es su escritura, indescifrable para Occidente, porque lo que de ellos se conoce es por la tradición oral. Sobreviven 17.000 indígenas koguis repartidos en sesenta comunidades que, con su rigor espiritual, han sobrevivido a los avatares y las arremetidas de la modernidad.

Bajo un Samán centenario se reúnen las distintas generaciones a interactuar. Hablan poco.

La vida empieza con la luz del amanecer. Simple, repetida, cotidiana. Cada unidad familiar tiene su vivienda construida con armonía, con madera y paja sobre tierra pisada. Una línea de madera alrededor de la pared circular hace las veces de banca, y preparan los alimentos cultivados en un fogón “tres piedras” en el  centro de la vivienda. Todo es cultivado por ellos mismos, yuca, ñame, plátano, y ahúman los pescados llegados del vecino río Grande, que limita el resguardo. Aguas cristalinas que bajan del deshielo de la Sierra, escasas ya en la geografía colombiana.

En las noches la vivienda se convierte en un dormitorio de chinchorros coloridos tejidos con lana. No hay agua, ni electricidad, ni radios, ni celulares, ni ninguna forma de confort occidental. Las mujeres son unos seres invisibles que aparecen y desaparecen, con niños cargados y dedos que entretejen trozos de lana. Subordinadas, invisibles, son los varones, los dueños del poporo, los que  mandan en la tribu. Cada quien en sus oficios, no hay intercambio de palabras en ese idioma incomprensible y primitivo, gutural, del que no ha quedado huella escrita, pero que contiene una sabiduría milenaria que despliegan, con el gobernador como traductor, cuando empieza la ceremonia. Al alba, todos, invitados y anfitriones, deben de estar en pie.

Los jóvenes se vinculan a los rituales igual que los ancianos de la tribu.

Allí están los siete mamas ‒los ancianos sabios, los escogidos desde su nacimiento para transmitir conocimiento y sabiduría‒, que llegaron para reunirse en el Nuhue, la casa sagrada, para el ritual de las aseguranzas. Pasaron la noche en vela, conectados con los astros para recargar energía.

El ritual de protección va acompañado de la entrega de objetos de origen precolombino.

Este ritual está concebido para transmitir protección y sabiduría a aquellos involucrados en la toma de decisiones. El mama Pedro, cercano a los cien años, y la Zaga Francisca, presiden la ceremonia. Empieza con un acto de limpieza. Los acompañan el mama Manuel, el mama José María, el mama José Barros, el mama Vicente Gil, el mama José Antonio Polavita, el mama Santuno, el mama Félix Sarabata.

La Zaga Francisca es la compañera permanente del Mama Pedro, el más sabio de la tribu.

El gobernador, que hace las veces de traductor, invita en nombre de ellos al pagamento, un ejercicio de limpieza mental. “Atrás deben quedar los malos pensamientos, el pesimismo, las pesadillas, los malos recuerdos”, indica el Gobernador, mientras los mamas proceden a un intercambio de hojas de coca que hace las veces de saludo entre ellos.

Los invitados, vestidos de camisas blancas, son llevados hacia el sitio señalado, donde el mama Pedro los espera. Llama a los antepasados desde una piedra que toca con su mano. La Zaga Francisca lo acompaña, siempre a su lado a la espera de instrucciones, y es ella, cubierta de collares de chaquiras rojas, quien le entrega a cada quien un cuarzo tan antiguo como los mismos koguis. Ella también es la encargada de atar en la muñeca a cada invitado un hilo de algodón tomado de los ovillos con los que tejen las mochilas: esas son las aseguranzas. Un hilo que tomará muchos meses en caer de la muñeca.

La comunidad entrega toda su fuerza y su conexión con la naturaleza para proteger.

La fuerza de la Sierra Nevada y la sabiduría Kogui queda simbolizada en estos objetos sencillos que les entregan a los invitados en frente de los mamas, sentados debajo del gran Samán, cada uno con una totuma de agua, un bastón y un poporo. Las aseguranzas los acompañarán, atadas a la muñeca y colgadas del cuello para afrontar el día a día del trabajo, las dificultades en la toma de decisiones, en la angustias de las enfermedades, en la amenaza de los enemigos, como una fuerza protectora a la que acuden sin falta los gobernantes de Colombia.