El arte borra las marcas de la violencia en la Comuna 13

El arte borra las marcas de la violencia en la Comuna 13

26 de febrero del 2017

Aunque Juliana Gutiérrez vive en Medellín, nunca había caminado por las calles de la Comuna 13. De hecho, cuando llegó a la estación San Javier del metro se le notaba temerosa, pese a estar acompañada de su esposo, un primo y dos tías. El pasado de violencia de este sector de la capital paisa, que fue escenario hace 14 años de dos de las operaciones militares más sangrientas y recordadas en la historia de la ciudad: Mariscal y Orión, era su referente.

Sin embargo, motivada por la curiosidad y el runrún del que muchos hablan, incluso turistas extranjeros que desembarcan por montones en la misma estación del metro, se dio la oportunidad de ir a ver con sus propios ojos la tan mencionada transformación que ha experimentado este lugar. Así se topó con el Graffitour, un servicio que prestan chicos de la misma zona con el que es posible vivir la experiencia de un barrio que quiere ser modelo de convivencia, de cultura y de paz.

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La primera recomendación: estar felices

Antes de empezar a caminar, los guías dan tres recomendaciones para tener en cuenta durante el recorrido y ninguna tiene que ver con temas de seguridad: No tocar los perros callejeros, porque una turista argentina fue mordida por uno de ellos; evitar darles dinero a los niños que piden en las escaleras eléctricas, porque no lo necesitan y no se apoya la mendicidad y, finalmente, estar felices y vivir la experiencia.

Edison Villegas, conocido en el mundo del grafiti como Mike, es el encargado de dar la bienvenida a Juliana, a su familia, una pareja paisa y gringa, a Kienyke.com y a un grupo de estudiantes universitarios que quieren aprender sobre los cambios urbanísticos del sector.

Mike, como prefiere ser llamado, es grafitero de la comuna desde hace cinco años y uno de los alumnos de la escuela de hip hop “Kolacho”, que lleva ese nombre en honor a un joven artista que fue asesinado en 2009 y que era uno de los líderes de la transformación social de San Javier. Es estudiante de Ingeniería en diseño de entretenimiento digital de la Universidad Pontificia Bolivariana y decidió dejar su trabajo para convertirse en guía de los que visitan la zona como una forma de devolverle al lugar en donde nació, creció y aún vive, algo de todo lo bueno que le ha dado.

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Sebastián Castro lo acompaña. Es líder deportivo del barrio y estudiante de Administración de Empresas con enfoque en turismo de la Universidad de Medellín. No es grafitero pero su testimonio como habitante del sector desde hace 23 años nutre cada parada del recorrido.

Graffitour (1)

La historia del Graffitour

Aunque por el nombre se cree que el paseo que se hace con Mike y con Sebastián tiene que ver estrictamente con los grafitis que decoran las paredes de los barrios de la Comuna 13, esto es apenas una parte de la experiencia.

El Graffitour es un recorrido estético, cultural y político por esta zona de Medellín, que nació hace cinco años como una idea del cantante de hip hop Jeihhco Castaño y el grafitero Daniel Felipe, más conocido como ‘Perro’. Estos muchachos nacidos y criados en la 13 decidieron “dar a conocer las cosas bonitas de la comuna”, cuenta Mike.

Ellos, conscientes del estigma que tiene la 13 en Medellín y el mundo por las épocas de conflicto y de guerra que padeció, decidieron mostrar su otro rostro, el que muchas veces no se da a conocer, y que es el alma de la comuna. “Querían que la gente supiera las razones de la comuna 13 para salir adelante: su cultura, su emprendimiento, los valores, la convivencia y la educación de sus habitantes”, explica Mike.

Así nació el Graffitour, cuya fama ha crecido gracias al voz a voz de los que se han animado a pagar los 25.000 pesos que cuesta hacerlo. El dinero, además de ser usado para el salario de los nueve guías, sirve para organizar eventos de este arte urbano en el sector y atraer a más visitantes. Con él, además, se ayuda a la economía local, especialmente a las barberías, las tiendas y las pequeñas ventas callejeras del barrio.

De la guerra nace el camino a la transformación

Como Mike, Sebastián Castro también nació, creció y aún vive, en compañía de su esposa y de su pequeño hijo de un año – Emiliano – en la Comuna 13. Él hace parte de este proyecto para contribuir con su talento – el carisma para hablar y mantener a la gente conectada –  en la difícil labor de cambiar la percepción que los demás tienen del lugar que ama.

“Estaba cansado de escuchar a la gente con tanto temor de visitar los barrios de la 13. Admito que hace 14 años, literalmente, era posible que un muchacho que no fuera de la zona no hubiera regresado a su casa o que una señora no se hubiera atrevido a visitarnos porque ni un taxi se animaba a subirla por la violencia que padecimos. Pero hoy las cosas son diferentes”, dice.

El camino de la transformación tiene un pasado doloroso. Sebastián explica que los habitantes de la Comuna 13 estaban atrapados en un conflicto que involucraba tres partes: las guerrillas de las FARC y el ELN, los paramilitares y los agentes del Estado.

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“Los grupos al margen de la ley se estaban peleando el control de la parte de atrás de la montaña, un punto estratégico porque es la entrada y salida de mercancía legal e ilegal de todo el Valle de Aburrá. Por allí está la vía al puerto de Urabá”, comenta.

Santiago recuerda que la guerrilla era una especie de Robin Hood en los barrios. “Hacia fechorías en otras partes, pero dentro de la Comuna ayudaban mucho a la gente. De mis siete a mis nueve años los conocí mucho y me acuerdo que en diciembre ellos daban regalos, hacían marranadas y, además, eran los encargados de hacer control social, era como el Estado porque por acá no se veía un policía ni un hombre del Ejército”, narra.

Esa era la cruda verdad de la comuna 13. Estando en la zona urbana de Medellín, la ley allí no la imponía el gobierno sino la ilegalidad. Y aunque hubo varias acciones militares para recuperar el control por parte del Estado, la que marcó y partió la historia de la comuna 13 en dos fue la famosa operación Orión que se llevó a cabo entre el 16 y el 17 de octubre de 2002.

Así describe Sebastián lo que vivió en esos días: “En una alianza con los paramilitares para sacar a la guerrilla, el Estado entró con toda la artillería a nuestras calles. Lo que vi en aquel momento solo lo puedo comparar con una batalla de un juego de Play Station. Los helicópteros Black hawk disparaban balas calibre 50, que fácilmente atraviesan un poste, en medio de las casas, ahora imagínense lo que una bala de esas le hacía a una persona. El Gobierno de Álvaro Uribe, que ordenó la operación, dijo que 13 personas fueron asesinadas y 300 más estaban desaparecidas. Esas quedaron acá mismo, en La Escombrera, la fosa común más grande del país”

El recuerdo es doloroso y Santiago se mantiene al margen de opiniones frente al actuar del Estado. Lo único que dice es que ese hecho es el punto de partida de lo que es la 13 en la actualidad. “No puedo afirmar que fue el fin de la delincuencia, porque acá aún existen bandas criminales dedicadas al microtráfico, y el control a estas actividades era más organizado con la guerrilla, pero estas organizaciones saben que enfrentarse al Estado es duro y por eso no se meten con el proceso cultural”, asegura Santiago.

Sus palabras hablan de que la tranquilidad para los habitantes aún no es definitiva, pero la forma de vivir sí ha cambiado para mejorar su bienestar y calidad de vida. “El que viene a mirar ese otro mundo, lo conoce, pero el que viene a mirar la labor social, puede estar tranquilo”, afirma el guía.

Tras la operación Orión, la 13 es la comuna de mayor inversión social en la capital paisa, comenta Santiago. Y la comunidad se ha visto beneficiada con grandes proyectos de infraestructura como la Biblioteca de San Javier, que es un escenario de integración social, el megacolegio Jardín Educativo Ana Díaz, la Línea J del metro que tiene dos estaciones en San Javier y llega hasta el corregimiento de San Cristóbal y las escaleras eléctricas, que se convirtieron en el mayor foco de turismo en el sector.

La parada para conocer a Rapza y el fenómeno de las barberías

Si antes los padres animaban a los chicos de la Comuna 13 para que salieran a trabajar como carpinteros, albañiles, panaderos “y en otros tantos oficios que se practican en lugares terminados en ‘ía’”, dice Santiago, hoy los jóvenes, una vez terminan el colegio, quieren hacer parte del fenómeno de emprendimiento que, en San Javier,  tiene que ver con las barberías. Por eso es obligada su mención dentro del tour.

“Los muchachos quieren verse bien los fines de semana y pasan por las barberías para un corte de cabello con estilo. Eso abrió las posibilidades de crecimiento a este tipo de negocios”, comenta.

Además, estos lugares son el escenario de unión natural del arte del grafiti y el hip hop. En Warriors, una de las que queda en toda la entrada del barrio 20 de Julio, Santiago presenta a Rapza, un rapero conocido en la zona, que canta unas letras que parecen poesía.

Su nombre es Santiago Cano Taborda y desde niño se dedicó a la música. Sus canciones, que define como “letras con sentido”, no son del género de moda en la emisora. En ellas cuenta que la Comuna 13 es más que violencia, “es arte, deporte y lucha”.

Los niños, cuenta Sebastián – el guía – han cambiado sus referentes. Ya no quieren “la moto, las viejas y la plata” de un líder de una banda, sino que se fijan un camino claro para llegar a ser bomberos, bilingües o profesionales.

Resiliencia por medio del grafiti

A pocos metros de la panadería “20 de Julio”, punto de referencia de cualquier persona en la comuna y lugar en donde paran los buses de San Javier para esperar a los pasajeros, está el paredón de grafitis que cuenta la historia la 13 y su proceso de resiliencia.

El primero, protagonizado por una mujer de ojos claros, un perro y unas flores, y con el mensaje “des-arma tus palabras” es la muestra de que esta expresión artística urbana se ha convertido en una herramienta de transformación social. Daniel Felipe, el ‘Perro”, es quien cuenta su historia.

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Hasta el año pasado, en ese mismo lugar había una imagen de un indígena precolombino que pintó un artista llamado ‘Jomar’ en compañía de un mexicano. “Era imponente y muy apreciado por la comunidad”, cuenta el ‘Perro’. Sin embargo, ‘Jomar’, simpatizante del sí en el plebiscito, tomó la decisión de borrarlo y escribir “esta ciudad no quiere grafitis sino la guerra” cuando conoció el resultado que favoreció el no en el proceso de consulta sobre los acuerdos de paz con las Farc.

El acto generó controversia entre los habitantes de la comunidad que, con brochas en mano tomaron la decisión de tapar el mensaje de ‘Jomar’ y poner otro: “esta ciudad es del pueblo y el pueblo quiere la paz”.

El muro, de cierta forma, se estaba convirtiendo en un escenario de enfrentamientos entre hermanos y ahí empezó la intervención del ‘Perro’, ‘Apolo’ – otro grafitero –  y el proyecto Medellín se toma la palabra. “Nos sentamos con la comunidad, les preguntamos qué querían ver pintado y su deseo de ver la paz, la alegría, la tranquilidad y la naturaleza, quedó reflejado en este nuevo grafiti”, cuenta el ‘Perro’. Así, el diálogo y los aerosoles volvieron a unir a la comunidad.

En el camino hay otros que reflejan la capacidad de los habitantes de la Comuna 13 para transformar los momentos traumáticos de la violencia que padecieron en motivos para continuar con su vida.

Un búho representa los helicópteros de las operaciones Mariscal y Orión. Los elefantes son la memoria, la familia, el conocimiento que pasa de generación en generación y la paz. La señora con el panda es el recuerdo de los siete niños que cayeron por las balas de Mariscal. Claro, que, afirma Sebastián Castro, “cada persona que los vea tiene la libertad de interpretarlos como los vea”.

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Las empanadas y tortas del chócolo de doña Edilma dan el impulso para subir la pendiente antes de llegar a las famosas escaleras eléctricas que valieron más de 12.500 millones de pesos y sirvieron para poner ante los ojos del mundo la historia de esta comunidad.

Justo antes de llegar a ellas, una paletica de mango biche, que tiene su truco para ser saboreada, es estación de paso obligado de todos los locales y visitantes. Las cremas de Consuelo hacen parte del tour Medellín sabores y saberes y tienen más de 16 años de tradición.

El truco es “apretó, hundo, saco, chupo y muerdo”, cuenta Sebastián. “La crema se unta con limón… la puntica no más”, explica entre risas.

Un pacto obligado con la vida

Recorrer los seis tramos de las escaleras eléctricas toma apenas unos 5 minutos, pero en cada uno de ellos las personas se detienen a observar la impresionante vista de la ladera centro occidental de Medellín, las fachadas de las casas que están a pocos pasos y que llaman las atención, sobre todo de los turistas, porque de ellas cuelgan cuernos (plantas) y la ropa que espera la brisa para terminar de secarse.

Sebastián describe bien la imagen de este sistema mecánico, más propio de un centro comercial, que de un barrio, en medio de unas empinadas calles de la comuna: “Son como una mezcla entre los Supersónicos y los Picapiedras. Las escaleras son un elemento tecnológico en un lugar urbanizado de forma poco convencional”, dice.

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Al final del último tramo, desde el mirador, Sebastián señala la Escombrera, y revela su posición personal frente a la búsqueda de las personas que fueron desaparecidas allí. “La escombrera toca un punto muy sensible de la comunidad, yo tengo familia allá y no veo sentido a que los desentierren. Creo que es más doloroso”, expresa.

El Graffitour es una experiencia que genera sentimientos encontrados, así lo cuenta como conclusión la tía de Juliana Gutiérrez, Gloria Restrepo. Ella, que ahora vive en Carolina del Sur, Estados Unidos, y está de paseo en la ciudad, recuerda el sonido de las balas en medio de los enfrentamientos, que lograba oír desde el barrio La Floresta, en donde residía cuando estaba en Medellín.

“Este recorrido es extraordinario”, dice. Como su sobrina, estaba prevenida y sentía miedo de subir, pero al caminar estas calles, siente paz y alegría. “La Comuna 13 es un ejemplo de que cuando uno quiere, las cosas se logran. Es maravilloso ver a los jóvenes y los niños del barrio, sentirlos felices y saber que son el futuro de Colombia y los que van a construir la paz”.

Juliana, por su parte, gana otra visión de esa Medellín que vivió por medio de este recorrido como turista. “Es espectacular ser testigos de este cambio y conocer las historias de estos jóvenes que vivieron su época de violencia y hoy son los ejes de la transformación de su barrio y de su comunidad”.

Como pocos tours en el mundo, el de Graffitour termina con un pacto simbólico en un lugar que reúne el antes y el hoy de la Comuna 13. Mike expresa estas palabras en el punto donde fue asesinado Kolacho, un artista y líder social del barrio, y en donde hoy existe un tobogán para los niños:

“Ese es el mensaje de los artistas de la comuna 13: Se siente en mi gente otro ambiente latente/ te invito a que visites a esta tierra de occidente / puro amor, pura pasión, son luchas con corazón/ camina por mis calles / ven conoce mi versión / un mundo de otros colores, olores, mejores amores / autores de la felicidad / gestores somos nosotros los hacedores de otras propuestas contra el dolor/ propuestas que te retumban y dicen que aquí sí hay amor/. Porque un día alguien vino y dejó una semilla de violencia, de miedo, de zozobra, no quiere decir que no hayan crecido un árbol con los valores, la educación y la convivencia. Dejamos de ser reconocidos como un lugar violento, de guerra y de muerte, para ser conocidos como un lugar para la vida y el arte”.

Tras sus palabras,  sentir el viento en la cara y el sube y baja en el estómago al lanzarse del tobogán es la tinta que sella el pacto con la felicidad, el primer paso para cambiar el mundo.