La comuna Aranjuez a través del escritor Gilmer Mesa

1 de marzo del 2019

‘La cuadra’, Premio de Novela de la Cámara de Comercio de Medellín, retrata la comuna 4.

La comuna Aranjuez a través del escritor Gilmer Mesa

“Aranjuez es mi hogar. Es el único sitio en el mundo donde me siento en casa, abrigado y protegido. En Aranjuez están las cosas que más me interesan en la vida: mi familia, mis amigos y las historias que me nutren para llevar adelante lo que escribo”, dice Gilmer Mesa, autor de ‘La cuadra’, obra ganadora del Premio de Novela de la Cámara de Comercio de Medellín y finalista en el 2018 del Premio Nacional de Novela.

Mesa, quien asegura que su única aspiración en la vida es ser un “esquinero ilustrado”, desanda en su libro los años más turbios de la comuna 4 de Medellín.

Allí, la periferia, la precariedad, la salsa como banda sonora de la vida y la hermandad, son el origen de personajes con una maldad endógena como ‘Kokoriko’ y de víctimas de una violencia circunstancial como Alquivar, los cuales, de algún modo, son “el espejo de una época y de un país”.

La Agencia Anadolu conversó con Mesa sobre Aranjuez, el edificio Mónaco y su infame dueño y, por supuesto, de ‘La cuadra’, su ópera prima.

En el sexto capítulo de ‘La cuadra’ se habla de ‘Los riscos’ -mejor conocidos como ‘Los priscos’-, el principal brazo armado de Pablo Escobar. ¿Cómo cambió este grupo criminal a Aranjuez?

En los años ochenta, ellos eran los dueños del barrio. Eran una especie de caudillos que cumplían un papel casi que social. De alguna manera ejercían un rol de suplantación del Estado y eran la ley. Tenían tanto poder que dirimían hasta conflictos domésticos.

Mi recuerdo del barrio en la niñez se circunscribe a cuatro o cinco manzanas, si mucho. Dentro de ese microcosmos, ‘Los priscos’ iban a las casas a poner la cara por los maridos apóstatas o ponían en orden a los manes que le pegaban a la mujer.

Organizaban las fiestas de fin de año y entregaban los trofeos de los campeonatos de fútbol. Es decir, ‘Los priscos’ eran la figura -los bandidos- preponderante en el barrio y aunque no siempre se les viera la cara, su presencia era omnipresente.

Pero además de eso, tanto en Aranjuez, como en todo Medellín, el surgimiento de los combos como ‘Los priscos’ produjo una transformación de los barrios obreros periféricos en academias de delincuentes, en academias de sicarios.

Por el otro lado, existen figuras importantes en Aranjuez como el periodista Juan José Hoyos y los grupos musicales Alcolirykoz y Crew Peligrosos. 

Estos manes son los verdaderos héroes de Aranjuez. Alcolirykoz, que para mí es el mejor grupo en Colombia, está contando la cotidianidad del barrio con un poder, poética, fuerza y estética que denota las cualidades de esta zona de Medellín, la misma que toda la vida fue conocida por ser una cuna de delincuentes.

Estas personas son ahora referentes y definitivamente cambiaron la percepción que la gente tiene de Aranjuez.

Según lo que me cuenta, el arte, y en particular la música, sirven como punto de fuga para evadir la violencia del barrio. ¿Pasa lo mismo con la literatura?

No sé si las letras permitan evadir la violencia, pero sí funcionan para transformar las dinámicas del barrio. Yo estoy convencido que el arte es la mejor manera de resistencia y no solo de resistencia, también de apropiación.

Voy a decir una cosa que no se puede probar: las personas que de alguna manera estamos vinculados al arte nos es más fácil conmovernos ante la humanidad de los semejantes. Cuando uno está sobrecogido por el otro, emparentado desde lo humano, no va a dañarlo nunca. Al menos no conscientemente, al menos no por una paga económica.

En su novela se habla de ‘El revolión’ (una violación grupal) como un fenómeno propio de Aranjuez. ¿Por qué el uso de eufemismos para esconder la gravedad de los hechos violentos en Colombia?

Eso no pasa solo en Colombia, ocurre en todo el mundo. Los gobiernos de todo el planeta en épocas de crisis siempre ahondan en el uso del eufemismo.

Acuérdese usted que cuando quemaron a seis millones de judíos, a eso lo llamaron “la solución final”. Acuérdese que en los periódicos titulan a la violación de una niña de 10 años como “acceso carnal violento”. Acuérdese que cuando están por invadir a un país, de lo que hablan es de “un cerco diplomático”.

El hombre es monstruoso casi que por naturaleza y para ocultarlo, para endulzar la píldora, acude al eufemismo. Pero quiérase o no, a las cosas en algún momento hay que llamarlas por su nombre con el fin de entendernos y, a partir de ahí, el lenguaje nos da las pistas para hacer una reinterpretación de la violencia.

Lo del “revolión” fue algo muy particular porque yo hice ese capítulo del libro creyendo que era una práctica exclusiva de Aranjuez. Después, hablando con Víctor Gaviria (director de la película ‘La vendedora de rosas’ y ‘La mujer del animal’, entre otras), me enteré que esa violación masiva era conocida en muchas partes, desde los [años] setenta, como “el revolión”.

Con esa sola expresión podemos entender que de alguna manera se naturalizó la violencia a través del uso continuado del eufemismo. Ahora en Colombia basta con decir “falsos positivos” para referirse a los asesinatos estatales. Eso así suena a números, eso así no duele.

Muchos críticos hablan de ‘La cuadra’ como la gran novela de la ‘sicaresca’ en Medellín, la cual se complementa con el libro ‘No nacimos pa’ semilla’ de Alonso Salazar y la obra cinematográfica de Víctor Gaviria. ¿Se siente cómodo con esta afirmación? 

La verdad me parece que es una lectura un tanto superficial de ‘La cuadra’. Pero vamos por partes. Primero, lo que usted y mucha gente llaman la ‘sicaresca’ no es un subgénero literario. Si miramos bien a lo que responde esa definición, es a un conjunto de novelas que hablan de los sicarios. De esas hay apenas unas 20 ó 30, a lo sumo. Con eso no alcanza.

Segundo, y como se lo dije a Alonso Salazar hablando de ‘No nacimos pa’ semilla’, los que hayan leído esas obras y crean que únicamente se refieren a los sicarios creo que no las han entendido muy bien.

Si a mí me toca decir de qué trata el libro que escribí, diría que es un texto sobre la pérdida. Acerca de la pérdida de la inocencia, de la pérdida del afecto, de la pérdida del ser humano que uno más quería en ese momento de la vida -mi hermano Alquivar, asesinado.

En definitiva, lo de los sicarios funciona como un telón de fondo para hablar de dicha orfandad.

Volviendo a lo del lenguaje para ocultar la realidad, ¿qué opina de esos ‘eslogans’ en los que se habla de Medellín como “la ciudad más innovadora del mundo”?

Eso de “la más innovadora” es realmente pura pirotecnia verbal. Es un uso demagógico del lenguaje para embellecer y engrandecer cosas que no lo merecen.

Son mantras que utilizan los gobiernos para hacerse populares cuando su reputación está bajando. En esos momentos derriban un edificio donde vivía un narcotraficante hace 30 años y lo hacen parecer como la gran cosa.

Pero todos sabemos que eso no sirve para un carajo. Esos espectáculos, patrocinados por el Estado, no tienen que ver con los habitantes de Medellín y solo distraen. Por ejemplo, se ufanan de las escaleras eléctricas en la comuna 13, pero no mencionan que para poder subirse en ellas toca pagarles a los bandidos.

¿No sirvió la implosión del edificio Mónaco?

Eso no sirve para nada. Tumbar el Mónaco y gastar 30 mil millones de pesos en levantar ese memorial no sirve para nada.

La mentada implosión fue un aprovechamiento populista de esta administración para hacer parecer que están haciendo algo. Invierten toda esa plata en un memorial, cuando aquí tenemos un Museo de la Memoria que lo dejaron a medio camino.

Lo único provechoso de esa implosión es que otra vez nos pusieron a hablar de unos fenómenos que han querido meter debajo de la alfombra: inseguridad, microtráfico, existencia de los combos, de las pandillas. Lo demás es un golpe de opinión.

¿Para usted qué significa Pablo Escobar? 

Vea, quiérase o no, Pablo Escobar es una figura patrimonial. A partir de eso cualquiera puede hacer lo que le dé la gana con él. Están haciendo un montón de productos de divertimento, ensalzándolo, que no reflejan lo que en verdad fue. Y déjeme aclarar que yo no tengo problema con esos productos. Pero sí tengo que decir que quien quiera indagar sobre él debe saber, de antemano, que no fue ningún Robin Hood.

Escobar sí visibilizó los barrios de Medellín, pero lo hizo a un costo altísimo. Tan alto que no hay una sola persona de mi generación que no esté atravesada por los fenómenos negativos originados por su sombra.

Con información de Anadolu.

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