Con nuestro señor de los bolardos

Con nuestro señor de los bolardos

8 de Septiembre del 2011

Soy Godofredo Cínico Caspa, refundador de la Patria, sustentador de la magna y obdúlica doctrina, perseguidor de la amenaza marxista-cachiporra, defensor de la hombría y del sagrado derecho a la supremacía blanca, enemigo del filibustero Iván Cepeda, soy co-fundador del Bloque Metro y futuro Ministro de Defensa bajo el gobierno de su graciosa majestad Fernando Londoño en 2014.

Por el sólo hecho de haber nacido entre el Río San Francisco y el del Arzobispo, es decir en la entraña misma de la muy noble, católica y leal Santa Fe a quien en mala hora una caterva de apóstatas y ateos la desantificó y la dejó en una pagana y desechable Bogotá, tengo toda la autoridad moral, religiosa, civil y militar para hablar de quién le conviene a mi ciudad.

Santa Fe necesita que regrese el gigante en talla, en peso específico y en moral, el serenísimo y simpatiquísimo chato Enrique Peñalosa, para acabar de una vez por todas con la nefasta influencia de la maraña leninista que ha torcido el destino de mi natal municipio, porque no es cierto que yo sea de la vereda de Chulavita: de allá es mi sobrino Alfredo Rangel, que acompaña ahora en el doloroso ostracismo mediático a mi niño del alma, a mi angelito Yamhurecito adorado.

A los críticos de Quique, que –como diría Su Santidad Álvaro Uribe son unos verdaderos sicarios morales– les digo sin tapujos, con la frente en alto y el cuello blanco: Peñalosa es el único candidato a la Alcaldía de Santa Fe que garantiza unas sobrias políticas gracias a las cuales los beneficios para el empresariado y los socios del Jockey y el Gun sean los contemplados en la carta de navegación del capitalismo global, es decir, enormes, proporcionales a la enorme a la responsabilidad de gobernar y construir ciudad.

Hay quienes me acusan de conservador, de retardatario y de reaccionario. Y no. Yo, con Peñalosa, estoy por la modernidad. Considero que el siglo XXI es el del hormigón armado y la varilla (la que les vamos a dar a los tales Progresistas del Petro) y que cuando el doctor Enrique mandó a talar todos los árboles de Santa Fe porque no eran especies nativas, lo suyo fue un himno a esa máquina del presente que es la moto sierra querida, un himno al cemento y al mismo tiempo un rechazo a lo foráneo. ¿O me van a decir que no es mucho más lindo y contemporáneo un bolardo que un envejecido y decrépito pino? Gracias a eso es que vienen ahora turistas a Santa Fe.

Y claro, me van a salir con el cuento de que 26.000 lozas de la troncal Caracas de Transmilenio están dañadas. Pues sí, era necesario para la fluctuación del capital, para la reconversión y la reinversión de los valores y todas esas vainas que garantizan que la gente que invierte en política gane plata. ¿O es que todavía creen en pajaritos dorados y en votos de opinión? ¿Qué son 26.000 lozas rotas frente al desarrollo de la industria de la construcción?

¿Qué de malo tenía echarle un poco más de arena a la mezcla que se utilizó en la Caracas? Sí, ¡carajo! así se ha construido este país siempre en obra negra, para que haya de dónde prolongar los contraticos.

Además las obras públicas deben estar hechas como las leyes, para que no duren, para que no toque mantenerlas sino rehacerlas, porque si no, ¿dónde está el negocio? ¡Las obras que perduran son pura demagogia! ¿Han visto algo más populista que las pirámides de Egipto? ¿Hay algo más peligroso y enemigo del progreso que la eterna muralla china?

Que Enrique se mantenga duro contra el metro, una obra faraónica y pretenciosa propia de los socialistas desmadrados y que siga construyendo lindas troncales transmilénicas, toda una Boyacá llena de lozas rotas, toda una 68 desbaratada, toda una ciudad de Cali reventada, para que la empresa privada (motor de la historia) haga su agosto de enero a diciembre y que se les haga espuma en la jeta a los que no obtienen el pingüe beneficio de esos contratos y que se retuerzan envenenados de odio los que no saben llorar para mamar de lo público.

Peñalosa no necesita ni ideas, ni programa, ni propuesta de campaña. Él es una idea, un programa, él es todo. Lo veo como un Ulises, como un divino griego (y conste que no soy marica) en su bicicleta gobernando de nuevo, privatizando como debe ser, vendiendo la ETB, nido de comunistas, poniendo peajes bien caros en la NQS para que la clase media deje esa huevonada de querer tener carro, dejando cuatro años a los taxistas (como ya valientemente lo hizo) sin aumento de tarifa porque todos son unos hampones, deteniendo el innecesario desarrollo de los programas de salud y educación de los anteriores alcaldes terroristas, aumentando buses y chimeneas para consolidar la magnífica nata verdosa del cielo bogotano.

Lo veo talando los cerros orientales para construir vivienda estrato 26 al lado de ese paradigma moral que es Jean Claude Bessudo. Enrique, por favor, privatiza el Parque Nacional y entrégaselo a Bessudo para que ponga un lindo hotel 5 estrellas en el lugar de la estatua del bien ejecutado bandido liberal Rafael Uribe Uribe. ¡Gloria eterna a Galarza y Carvajal, autores materiales y precursores de nuestra Autodefensa!

¡Cómo se les ocurre votar por el tal Petro! ¡Un tipo que, como nunca ha robado, no tiene idea de lo que es la administración pública! Peligrosamente bolivariano, aterradoramente inteligente, cuando lo que necesitamos es la fuerza bruta de un percherón… con todo respeto, querido Enrique.

Además de amigo y cómplice del Bateman, del Pizarro y del Navarro, Petro es costeño. ¿Cómo votar uno por un tipejo que seguramente lo que quiere es inundar de suero los supermercados, ocupar el espacio público con ventas de butifarra, cambiar el roscón por la arepa de huevo, y la Pola por la Kola Román?

Peligrosísimo, caray… Y además, como el otro, como el Aurelio terrorista del Polo infiltrado en de la Universidad de los Andes, Petro está lleno de nefandos cómplices en las barriadas, en las universidades, en esa cosa amorfa y despreciable que llaman “los sectores populares” o la tal sociedad civil, que estamos en plan de militarizar desde hace rato.

En cambio Enrique… Un muchachón que siempre tocó la campana en el colegio, un amigo del rector, del poder, de la platica, del negocio, de las vainas lindas de la vida…

Y los demás… Pues qué decir. Un Jaime Castro que cometió la estupidez de sanear las finanzas de Santa Fe –si, pretendió volver a poner el santo nombre pero se lo arrebataron los anarquistas del Consejo– para dejarle plata a Lucho y al Samuel (afortunadamente los Moreno sí sabían por dónde iba el agua al molino).

O un Antanas que además de haberle mostrado el Ortega a los estudiantes de la guevarista Universidad Nacional (¡bien hecho, profesor!), ha sido una veleta en el detestable centro. Detesto a los intelectuales, a los artistas, a los académicos. Son la escoria de la nación. Y por más que digan que son moderados, esconden todos a un subversivo de corazón. Además, ¡se va a unir con el sedicioso Petro!

O un Carlos Fernando Galán, aliado y alumno del traidor del Germán Vargas Lleras, que debería irse a construir vivienda popular a ver si es tan verraquito, en lugar de andar promoviendo leyes, decretos y acciones socialistas junto con el tahúr gobernante.

Y lástima que a Enrique le va a tocar derrotar a dos figuras nacientes de las ideas y acciones que nos gustan: hablo de Gina Parody y David Luna, jóvenes promesas que en el futuro nos interpretarán lo más de bien, ya verán…