Ellos alimentan a su familia con la basura de Corabastos

Ellos alimentan a su familia con la basura de Corabastos

7 de junio del 2016

Mientras que al paro agrario e indígena se adelanta y se le suman adeptos, como los camioneros, que se han visto afectados por los bloqueos en algunas vías del país, el desabastecimiento de alimentos empieza a sentirse con fuerza en algunas zonas.

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El incremento de precios en las principales mayoristas, supermercados y tiendas de barrio es un coletazo del paro que desde hace una semana se desarrolla en varios departamentos del país. Varios colombianos, en su crisis económica y para hacerle frente a la carestía, falta de trabajo y pobreza, ante la mirada esquiva de otros, recurren a prácticas poco habituales para llevar el alimento diario a su casa.

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“Si usted viera toda la comida buena que tiran a la basura. En el parqueadero tengo separados bultos de papa, zanahoria, yuca y cilantro, todo lo saqué de estos contenedores. Tiran costales llenos de buena comida”, dice *Fernando, un delgado hombre que escarba entre las grandes canecas de Corabastos.

A pesar de faltarle tres dientes, le da un mordisco a una papaya que acaba de sacar entre los desechos. Mientras saborea el jugo de la fruta que escurre por el rostro, agrega: “está buena, todo esto es comida buena”.

Son las 3 de la mañana. El cielo está oscuro y el frío congela las manos. El día en Corabastos empieza muy temprano. Por todos lados se ven camiones repletos de frutas y verduras que horas más tarde abastecerán las tiendas de Bogotá.

En medio del ajetreo de la jornada, un hombre lanza a un contenedor de basura una canasta de fruta. *Carlos y *Andrea, esposos, se apresuran y escarban. Mucha de la fruta que el hombre acaba de botar es recogida por la pareja. Desde hace muchos años esta es la forma de llenar su nevera.

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Ante la mirada indiferente de cientos de coteros, comerciantes, camioneros y clientes, Carlos y Andrea, buscando entre los desechos, en un pequeño carro de mercado llevan papaya, cilantro, pimentón, tomate, cebolla y papa. Todos estos productos fueron sacados de la basura, en medio de papeles, frutas y verduras que expelen un fuerte olor a podrido.

“Llevamos toda la vida haciendo esto, crecí viniendo con mi mamá y metiendo todo mi cuerpo en los contenedores. Venimos una vez por semana, desde de las 3 de la mañana, y hacemos el mercado para nosotros y nuestros cuatro hijos. Nos vamos a eso de las 9 de la mañana”, cuenta Carlos, que sonríe haciendo notar la gran cicatriz que le atraviesa el rostro desde la frente hasta la boca, pasando por el ojo, el cual apenas si se puede ver.

Con la ayuda de su esposa, Carlos se desplaza en bus a tempranas horas de la madrugada desde el barrio Paraíso, en Ciudad Bolívar, hasta la Central de Abastos. Atraviesa gran parte de la ciudad para encontrar temprano la mayor cantidad de alimentos posible: “Toda esta comida toca limpiarla bien y meterla a la nevera para que no se dañe rápido – dice al mismo tiempo que escoge entre unas lechugas desechadas- Igual es mejor comerla cuanto antes porque si la tiraron a la basura, debe ser por algo”.

Tras salir de Corabastos, Carlos y Andrea llevan todos sus alimentos a su casa, y luego empiezan su recorrido diario de trabajo. Son recicladores y en un día normal saldrían desde la 4 de la mañana, hasta las 5 de la tarde, pero como es día de mercado, iniciarán sus labores desde las 10 a.m.

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“Nos toca trabajar mucho, porque este trabajo es muy duro. Por eso mercamos acá, y gratis. Son cuatro hijos los que toca ayudar, tres que este año se gradúan del colegio, y la mayor que estudia en la universidad”, cuenta Andrea, “nunca dejamos que nos acompañen ni al trabajo ni a Corabastos porque primero deben estudiar, nosotros nos matamos para que ellos salgan adelante”.

Pero no son las únicas personas que escarban entre la basura para encontrar comida. Muchas personas buscan en los cientos contenedores  que rodean las gigantescas bodegas de Corabastos.

En la bodega ‘La Reina’, una de las más importantes de la central, un hombre delgado y vestido con un gastado overol, mete sus robustas y deformadas manos entre fruta en descomposición; saca media papaya y empieza a comérsela. Se trata de *Fernando, que en otros tiempos fue cotero, hasta que el pesado trabajo le cobró factura, afectando las articulaciones de sus manos y espalda. La misma central que antes le daba dinero para comer, desde hace cinco años le da comida gratis, la cual lleva a hombro hasta su casa, en el barrio Britalia.

Como si Fernando no existiera, un cotero aprovecha para tirar un costal de tomate a la basura, que rápidamente es inspeccionado por todos los recolectores que revuelcan el contenedor. “¿Se da cuenta? Botan comida buena con la mala, lo único es que toca escoger bien” explica mostrando un tomate espichado y uno en buen estado, “Como ya no puedo trabajar, es mejor venir a recoger toda esta comida que dejar que se pierda. Se lo lleva el camión de basura, y después ya no se puede hacer nada”.

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En medio de la oscuridad, otro hombre se acerca al mismo contenedor mientras los demás se van hacia otro punto para buscar más alimentos. Tras rebuscar cuidadosamente debajo de los vegetales dañados que dejaron los recolectores que se marcharon, llama a un compañero con una sonrisa en su rostro: “Vea, aquí hay un bulto de pepino, casi todo sirve”.

*Mauricio, como se llama este hombre, es albañil, pero su edad le ha impedido encontrar un trabajo estable. Cuando es contratado, puede comprar el mercado para él y su familia: “El trabajo está malo. Si hago unos arreglos me puedo hacer trescientos o cuatrocientos mil pesos. Cuando no tiene trabajo, Mauricio encuentra entre la basura de Corabastos la comida de la semana. A nadie le molesta. Vengo dos veces a la semana, siempre llego temprano porque si no lo hago, ya no queda nada”.

Carga dos o tres costales repletos de comida, que llevará en bicicleta a su casa, en La Victoria. La dura rutina causa problemas respiratorios por el frío. Su tos interrumpe las pocas palabras que se atreve a decir, pues está acostumbrado a no ser mirado ni a hablar con cualquier persona en este ambiente, donde los recolectores son ignorados.