En oscuridad por un mal trago

Foto: William Moreno.

En oscuridad por un mal trago

17 de diciembre del 2018

Lo último que José Audelino Castillo recuerda haber visto con color fueron los buses viejos amarillos y verdes que rodaban por Bogotá hace ya varias décadas y el caminar de personas que observó a través de la ventana del taxi en el que iba con urgencia y angustia hacia el Seguro Social. Era agosto de 1973. Tres meses después el dictamen médico fue atrofia de nervio óptico por alcohol etílico. Palabras menos técnicas, estaba ciego por tomar licor adulterado.

Audelino, quien tiene nombre sonoro y literario, nació y creció en la vereda Macanal de Boyacá, de niño, como todos los niños, corría y jugaba por los campos verdes que circundaban la finca de sus padres. También trabajaba, junto a su papá, arando y sembrando la tierra. “Aunque no volví a trabajar el campo, soy y siempre seré agricultor”, dice mientras su rostro muestra una pequeña sonrisa al evocar el recuerdo.

A los 11 años, muy joven, y sin permiso de sus padres, se fue de la finca en busca de su propio futuro. Terminó la primaria y se graduó de bachiller mientras buscaba cómo ganar dinero. Trabajó de ayudante, mensajero y celador, cuando tenía 20 años conoció el lucrativo negocio de la guaquería. En Muzo y pueblos vecinos le compraba esmeraldas a campesinos y las revendía en el centro de Bogotá, en la popular calle de los esmeralderos, que queda en la Av. Jiménez entre carreras 7a y 8a. El próspero negocio le duró casi cinco años, hasta que el 27 de agosto de 1973, un lunes, la vida le dio un giro trágico.

Audelino recuerda muy bien aquel día porque al paso de los años lo ha reconstruido tantas veces que su mente lo visualiza con facilidad como si hubiese pasado ayer. El hombre de pelo cano, que hoy cuenta con 70 años cumplidos, tenía, para aquel momento, tan solo 25.

Foto: William Moreno.

“Después de ver, mostrar y negociar algunas piedras, al caer la tarde me fui junto con algunos amigos, como varias veces lo hacíamos, a tomar trago en un grill restaurante ubicado en la 8a con calle 13. Bebimos hasta las ocho de la mañana del siguiente día”, dice Audelino.

El hombre pasó el guayabo en su casa, donde vivía con una hermana, en el barrio 7 de Agosto. Los siguientes días fueron de no hacer mucho, su negocio le daba la facilidad de tener dinero para suplir necesidades sin tener que trabajar constantemente. Una semana después, llegó el día que Audelino quiso que nunca hubiese llegado. Se levantó mareado y con la visión borrosa, pensó que tal vez era cansancio o síntomas de un simple malestar general, no prestó atención y volvió a la cama. Al despertar de nuevo, estaba peor: ya no veía por el ojo izquierdo y la visión por el derecho la tenía reducida. La preocupación se apoderó de él y tomó un taxi con rumbo al médico, en el que sin saber que horas después quedaría ciego, se fue mirando por la ventana el color opaco y sucio de los buses que pasaban a su lado y el gentío que a esa hora caminaba por las calles de la ciudad.

De los demás hombres que estaban con él ese día, Audelino hoy no sabe nada, pero meses después de aquel 27 de agosto se enteró que uno de ellos falleció, otro perdió un ojo y otro más sufrió una trombosis, Audelino no lo confirma, porque nunca se interesó en averiguarlo, pero está seguro de que todos fueron víctimas del mismo licor adulterado que a él lo dejó ciego.

“Sentí que me convertía en una carga para mi familia. Sentí que ya no serviría para nada y me deprimí. No quise salir de mi casa y duré dos años metido entre las cuatro paredes. No quería ser un estorbo para nadie y así me sentía”.

Audelino sintió ánimos pasa terminar con el encierro y junto a un niño que vivía en su misma casa empezó a dar pequeños paseos por el barrio Quirigua, al occidente de la capital, a donde se había trasladado con su hermana meses después de haber quedado ciego. Estos cortos paseos sirvieron porque gracias a ellos una persona que conocía algo sobre centros de rehabilitación lo abordó y le dio una pequeña información sobre los mismos, además le dijo que lo podría acompañar. El poder llegar a ser independiente le abrió una luz en medio de la oscuridad.

Foto: William Moreno.

Fue así como conoció el Crac (Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos), donde duró internado seis meses. Aprendió a desplazarse, a cocinar, a leer y escribir en braille, a conocer el dinero, muchas cosas más y lo más importante, aprendió que ser ciego no era el fin del mundo.

Al poco tiempo de haber salido del Crac consiguió trabajo en la empresa de dulces Italo. Su labor consistía en hacer cajitas y empaques de cartón. Duró 10 años y gracias a una ley del entonces presidente del país, Alfonso López, que beneficiaba a los discapacitados que duraran cinco años seguidos trabajando en la misma empresa, salió pensionado.

Se casó con una mujer que conoció en el Inci, (Instituto Nacional para Ciegos), otro centro de rehabilitación al que llegó años después y del que aún es miembro. Se separó al año y poco después se volvió a casar, 22 años después se terminó su segundo matrimonio y actualmente tiene novia. De sus dos relaciones tiene dos hijos, actualmente vive con la hija de su segundo matrimonio. 

Compró un lote en Suba, en el norte de Bogotá, y poco a poco, con dinero de la pensión y otras ganancias de ventas informales construyó su casa. Hoy es un hombre que mira hacia atrás y dice que le ha sacado fruto y provecho a su discapacidad. En el Inci es reconocido. Por donde pasa lo saludan con cariño y respeto. Está en clases de Zumba, manualidades y se mete a cualquier curso que le llame la atención. “Ya no soy el ciego que no sirve para nada”, dice antes de soltar una de las pocas sonrisas.

Hace recomendaciones para que las personas que toman licor, lo hagan de manera responsable: que lo compren en sitios de confianza, como grandes tiendas y supermercados; que miren bien los sellos y las etiquetas de las botellas; que no compren licor de contrabando; que destruyan las botellas después de consumido el alcohol. “Él no quiere que a otros más les pase lo que le pasó a él por cuenta de un mal trago”.

Ante la pregunta de qué es lo que más extraña observar, responde que aunque está acostumbrado a su oscuridad, sí quisiera volver a ver el color de las montañas, el sol y la luna. Sobre todo, volver a ver el azul del cielo. “Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, aprendí que este dicho es muy cierto”.

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Salimos a la calle, frente al Inci, donde fue esta entrevista, posa para las últimas fotos, pregunta la hora, y al saberla se afana, le quedan un par de minutos para llegar a una presentación de zumba en el centro de Bogotá. Despliega su bastón, extiende su mano a la altura adecuada para despedirse y luego del apretón antes de tomar camino al sur, dice “mucho ojo con los malos tragos”.