Cuando el diablo estaba suelto

Cuando el diablo estaba suelto

19 de abril del 2011

Es abril en la inmensa sabana, tierra arisca y harinosa, donde el porro rastrilla los sentimientos. Caen virutas de hierba chamuscada sobre la terraza. Algún campesino, sabedor de que sólo un aguacero de mayo puede evitar su fatal destino, quita la maleza candela viva. La viruta habrá venido desde muy lejos para traer las razones de estos tiempos locos, en que llueve en verano y escampa en invierno. De todos modos, ese cielo hociqueado por los puercos trae razones de Semana Santa. Es un cielo grisáceo, como el humo del chicho, revuelto con la nostalgia de la música avasallante del porro, triste y alegre a la vez.

La chicharra de monte ya no suena como antes, quizá acosada por el rugir de las motos en la avenida y los vientos de civilización del pavimento y la polución, pero es Semana Santa, que se anuncia mucho antes de llegar, más incluso que diciembre con su música y sus colores.

Por encima de los regalos de la Navidad, las fiestas en corraleja o el Carnaval de Barranquilla, la fecha que más atrae a los costeños es la de la Semana Santa, llena de contrastes, de música, de dulces, de incienso y de misticismo, más que de reflexión. Muchos les llaman Parranda Santa. Si se deja de venir en corralejas no pasa nada. Igual en Carnaval o en las fiestas patronales. Pero si se trata de Semana Santa, se revienta la cabuya para venir. No importa que tan lejos se esté, el sabanero programa su viaje para sentarse descamisado al frente de un garapacho de morrocoy, de un guiso de hicotea y del mote de queso de los viernes. Se pinta revolviendo las fichas del dominó en la orilla de la playa o partiéndole el pescuezo a una gallina jabada.


La Semana Santa en la Costa está llena de ritos y tradiciones, que van desde la comida, la matraca y las prohibiciones, hasta las  parrandas bulliciosas con banda, gaita y acordeón.

Salvo Barranquilla, que debe quedar muy sola, el resto de la provincia del viejo Bolívar Grande la Semana Santa es un lugar de encuentro maravilloso con las tradiciones. En esta ciudad una Fundación pretendió instalar un Cristo Caído en una de sus plazas. De tajo fue rechazado, porque en esta ciudad los 365 días y un cuarto son para rendirle culto al Rey Momo. Más bien debe hacerse un homenaje a un marimonda. Los barranquilleros se van a los pueblos a comer tradición, en especial a Sabanalarga o a Santo Tomás, donde se vive el ritual de los flagelantes, uno de los actos más devotos de estos días, pero a la vez el más criticado por la propia Iglesia. Los flagelantes de Santo Tomás caminan dos kilómetros de espalda, y con unos látigos se laceran la espalda, hasta que el cuero llagoso vomita sangre. Los flagelantes, que salen del caño de Las Palomas y llegan al centro, no son sólo oriundos de este pueblo salitroso, sino de otras partes de Colombia y de otros países, que se tapan las caras con capuchas y lucen batas, como si fueran boxeadores tras una faja mundial sangrienta.

En cambio, en Sabanalarga, las cosas son más acordes con la historia, con nueve procesiones a lo largo de los días santos, que cumplen el ritual de las estaciones que hizo Cristo antes de llegar al monte del calvario. Ellas fueron declaradas patrimonio religioso cultural del Atlántico por la Asamblea Departamental en 2007.

En Sabanalarga se celebran nueve procesiones que simbolizan las estaciones de Cristo antes de llegar al calvario.

En este sentido, pese a los cambios, cuatro puntos en la costa se disputan los privilegios de una Semana Mayor muy santa: Mompox, Santiago de Tolú, Sucre, y Sabana larga y Santo Tomás, en el Atlántico. El resto es paseo, parranda y comida.

Sin embargo, en Mompox ya es usual escuchar música vallenata en sus discotecas hasta el jueves por la madrugada. La gente se emparranda y se va de largo, pese a que sus procesiones mantienen el ritual de muchos siglos y los nazarenos entran a las siete iglesias, declaradas patrimonios universales de la humanidad, caminando de espaldas.

En Tolú, Sucre, donde la Congregación Hermandad Nazarena, que  data de 1690 y compuesta por unos 700 feligreses, se goza de una ceremonia de gran atracción, pero en Coveñas, que está a sólo 8 kilómetros, se hace un gigantesco parrandón vallenato con Silvestre Dangond el jueves santo.

La procesión del Cristo en Tolú es todo un ritual de fe. Por lo menos ochenta nazarenos que recogen la tradición de generación en generación, se echan al hombro una efigie de tres toneladas, caminan unas cuadras y allí se la entregan al pueblo, que la pasea desde las 11 p. m. del jueves hasta el amanecer del viernes.

En San Jacinto, por ejemplo, ubicado entre Sincelejo y Cartagena, en la mitad entre El Carmen de Bolívar y San Juan Nepomuceno, se realizará este año el Sábado de Gloria (23 de abril), el Segundo Encuentro del Corronchismo, esta vez en homenaje a David Sánchez Juliao y Migue El de Eloy Bierva, un singular personaje de las canciones de Adolfo Pacheco, descendiente directo del solterón, aquel que viajaba de Arena a Las Palmas, siempre cargando su desengaño, acompañando el vicio del trago para ahogar las penas de su alma.

Mientras la Semana Santa se convierte en el epicentro de la parranda y el reencuentro familiar, las viejas tradiciones se diluyeron en el tiempo. Nelson Hamburger recuerda que en esos días santos, cuando era joven,  no se leñaba porque se corría el riesgo de darle hachazos al Nazareno. La leña botaba sangre. Las vacas no eran ordeñadas para evitar que en vez de leche dieran la sangre de Cristo. Si llovía podía verse cómo las vacas eran lavadas de sangre. Ese líquido rojo  oscuro les corría por las costillas. Como no había televisores ni películas al estilo de Mel Gibson, Elina Alandete, se hizo famosa porque allá en Bajo Grande, un pueblo arrasado por los paramilitares, a las doce del mediodía del jueves Santos, a la misma hora en que había sido crucificado Jesús, ponía una ponchera con agua clara en la mitad del patio, con un espejo adentro. Allí la gente se acercaba, como quien ve un televisor, y juran que veían en colores y todo cómo el Nazareno era crucificado. Se habían adelantado a la televisión en color, que llegaría sólo años más tarde. La fe los hacía ver las imágenes que vieron sus nietos muchos años después en el cine.

El mote de queso es el plato insignia de la Semana Santa en la Costa Caribe.

El mote de queso, la mayor identidad gastronómica del sabanero, del que jamás se han podido poner de acuerdo algunos pueblos en si se le echa o no machucho de tomate arriba de su nata blanca, se mantiene arriba de las tradiciones, en un ritual que comienza con  la Cuaresma y que no falta los viernes antes de la Semana Santa. Los juegos de dominó, las caminatas, las parrandas y las casetas, ya hacen parte de un patrimonio Caribe, de ese reencuentro con la Semana Santa.

Antes no se comía carne ni nada por el estilo. La música era suave y nostálgica. Sólo el Sábado de Gloria, los hermanos Escobar, unos gaiteros cuyas voces desgarradas parecían huracanes, desempolvaban sus gaitas, que permanecían colgadas en las entre palmas de los ranchos, y cumplían con el ritual de la celebración. Se levantaba el velorio. Se bebía y se bailaba. Habían pasado por el túnel de las prohibiciones, de profundo misticismo y reflexión, de días lánguidos y opacos, como el de este marzo en que la brisa ha traído desde muy lejos esas virutas de monte chamuscado, con el mensaje de la Semana Santa.

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