Un café con un revendedor de boletas

13 de diciembre del 2017

Alejandro cuenta cómo es el negocio de las boletas para la final del Fútbol colombiano

Un café con un revendedor de boletas

A las 9:11 p.m del domingo 10 de diciembre, el árbitro dio el pitazo final. Millonarios volvía a disputar la estrella. Inmediatamente y sin emoción porque es hincha de otro equipo, Alejandro* hizo la llamada. Saludó a su interlocutor y luego, directo y sin anestesia, preguntó: “Cuántas me consigue”. “Ya le confirmo –dijeron al otro lado de la línea–: llámeme en cinco minutos”. Mientras esperaba hacía cuentas. La Final Millonarios vs Santa Fe le había dado un regalo de navidad que apenas hace unas semanas no creía posible.

Prefiere no decir cuántas le consiguieron. “Algunas” –dice–, pero si hacen falta “me consigo otras”.

Alejandro es revendedor de boletas. Habla con evasivas sobre el negocio porque sabe qué está arriesgando mucho: no sólo su bolsillo, sino el de otros, o incluso, si se va de la lengua también se estaría “feriando el pellejo”. Y eso que él es “uno de los revendedores honestos”. El negocio no es tan peligroso, pero de todas maneras “uno nunca sabe”.

Sí: uno nunca sabe.

La tarde antes del que para muchos es un partido histórico –primera final entre los dos equipos de la capital–, Alejandro se pasea por los alrededores del Estadio El Campín. Camina sin prisas, sereno, con las manos en los bolsillos, camuflándose entre la gente que viene o va para Galerías, o entre los hinchas azules que tratan, algunos con cierta desesperación, de encontrar una boleta a último minuto. “Y ya paila”.

Sabe a quién le vende. Con un tono despectivo habla de esa clase de hincha de ‘Millos’ que él llama “mariguano atracador”: jóvenes delgados, de apariencia un poco descuidada, de pelo largo algunos, con la camisa de su equipo puesta, por supuesto, y que con algo de esperanza van pidiendo monedas para la boleta. No tienen ni la más remota posibilidad de entrar. “Les tocó ver el partido en la casa”, afirma Alejandro con seguridad. “Y mejor: así no hacen destrozos por aquí. A veces esa gente se pone como loca”.

Le apunta más bien al “hincha decente” –así lo llama–: hombres con “cara de padre de familia”, ejecutivos, o incluso señoras. Los años le han dado bueno ojo y los identifica con facilidad. Aun así no se confía y se anda con cuidado.

Sin pregonar ni llamar la atención, pero sí “disimuladamente” se acerca y pregunta si necesita boletas. Si le dicen que sí, ofrece las que tiene a “precios justos”. Y si le dicen que no se va. No insiste. No regatea. No y punto.

Se jacta de que puede conseguir de la localidad que sea. Pero el precio no lo paga cualquiera: tiene que ser un “hincha de verdad”. “La gente tiene que entender que esto es un negocio como cualquier otro. Hay que pagarles a los intermediarios; uno tiene que sacar su ganancia también. Por eso, a veces la boleta se pone tan cara”.

Habla del “negocio” como si fuera una papa caliente. Mide cada palabra. Lo piensa. Hay que descifrar sus secretos leyendo entre líneas. Alejandro tiene “conocidos en varias empresas” que le ayudan a conseguir las boletas. Empresarios, empresas de boletería, patrocinadores, incluso algunos abonados que “le hacen el cruce”. En realidad hay muchas formas de conseguir las entradas. Lo importante es “estar en la juega”.

Antes de que haya un evento –el partido en este caso– o un concierto, él arregla con ellos para que le vendan un número de boletas para cada localidad. Dice que no está mal porque sus contactos consiguen las entradas legalmente: se las regalan, las compran o simplemente “facilitan que me las consiga”. A ellos les corresponde un porcentaje del valor final.

Para el caso de la final del Fútbol Profesional Colombiano, la boleta más cara es la de Occidental Central baja, que en reventa está en $500.000. “O a eso la vendo yo. Hay gente muy avara que la está dejando en un millón. Y no. Quieren hacerse ricos con esto y así no se puede”. El valor de la entrada, originalmente era de $395.000 para el partido de ida.

La más barata es la lateral sur, de las que ya no quedan muchas porque esas, en su mayoría son para las barras bravas. “Pero si se quiere meter allá, que es un peligro ni el verraco, pues me dice y vemos a ver si se consigue. ¿Se quiere ganar una puñalada? ‘150.000 barritas’ no más”. El valor original de esa entrada era de $65.000.

Alejandro habló con mucha reserva sobre el tema. Accedió a contar su historia bajo la promesa de la compra de dos entradas. Pero como eso no iba a ser posible aceptó un tinto en un café cercano al Centro Comercial Galerías. Antes de las 6:00 de la tarde apuró una segunda taza porque quería darse otra vuelta y porque ya había hablado demasiado. Estaba ansioso, algo inquieto.

Antes de terminar le sonó el celular. Saludó fríamente a quien lo llamaba y luego escuchó con atención. “Sí –dijo– yo creo que se las consigo… ¿Occidental?… Breve. Ya sabe cuánto…. ¿Dónde está el man?… Eso…. Dígale que nos vemos ahí en la esquina de la 28… Qué me espere”.

Y salió del café dando pasos largos hasta perderse entre la gente.

*Nombre cambiado para protección de la fuente.

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