Amenazas, droga y prostitutas: Crónica de un operativo en el ‘Sanber’, el nuevo Bronx

11 de julio del 2016

“Malparido, no me tome fotos o lo levanto”, la advertencia de un campanero de la zona.

Amenazas, droga y prostitutas: Crónica de un operativo en el ‘Sanber’, el nuevo Bronx

“No exagero cuando digo que estuve al borde de la muerte”. Sin saberlo, un reportero gráfico y un periodista de KienyKe.com, quedaron en medio de un gigantesco y cinematográfico operativo de la policía en el ‘Sanber’, la olla de Bogotá a la que se mudaron cientos de residentes de la calle del Bronx.

Lo que vieron parece sacado de una película de terror o quizá de ficción. Cientos de habitantes de calle caminando como zombies, armas, droga, prostitución, más droga y sensación de muerte.

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Estuvieron cara a cara con los campaneros de los ‘sayas’, fueron increpados por la seguridad privada de los capos que dominan el lugar, cuestionados por los agentes del Esmad que no entendían porque estaban allí sin protección, sin sentido por sus vidas. Este es el relato de los protagonistas:

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Corrimos detrás de la gran cantidad de motos de policía que entraban al ‘Sanber’, una de las ollas más peligrosas de Bogotá. Un puñado de agentes del Esmad (Escuadrón Móvil Antidisturbios) estaban frente a frente con decenas de habitantes de calle, mientras yo, detrás de ellos, buscaba la mejor toma en medio del alboroto. No me di cuenta del peligro que corría hasta que un uniformado me dijo: “¿Ustedes qué están haciendo aquí si no tienen protección?”. Diez segundos después, todos los policías habían prendido su moto y salían del lugar, dejándonos en la mitad de todos los indigentes.

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Un periodista y yo llegamos al barrio San Bernardo, también conocido como Sanber, en el centro de la ciudad, a las siete de la mañana. El plan era ir al colegio Antonio José Uribe, ubicado en toda la mitad de la olla, en la calle 3 con carrera 12, y de ahí debía salir a una entrevista con una distinguida personalidad en el prestigioso Club El Nogal.

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Este centro educativo, rodeado de grandes expendios de droga y prostíbulos, recibe diariamente a niños de entre 3 y 6 años de edad. Ese día se iba a desarrollar un consejo de seguridad, presidido por Fabio Andrés Benavides, Director Local de Educación de Santa Fe y Candelaria, y contaría con la presencia de padres de familia.

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En moto, ingresamos al barrio San Bernardo (Sanber) por la calle 3. De inmediato cuatro indigentes, llevados del vicio, nos abordaron. “¿Para dónde van?”, dijo uno lentamente, mientras nos inspeccionaba cuidadosamente con sus ojos rojos. “Al colegio”, dije con la voz casi quebrada, pensando en las dos cámaras y las tarjetas de la memoria que llevaba en la maleta. Continuamos andando lentamente con mis manos temblorosas. A derecha y a izquierda había prostíbulos con mujeres semidesnudas. En los andenes, los indigentes fumaban bazuco en gigantescas pipas y metían pegante en bolsas de plástico rodeados de la basura que permanecía regada por todos lados.

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Una cuadra más adelante, se encontraba el colegio al que íbamos para hacer un trabajo periodístico sobre la situación de seguridad en la institución. Padres de familia enojados insultaban a las autoridades locales, mientras unos cuantos policías estaban ubicados a las afueras del colegio, a pocos metros de una gran cantidad de habitantes de la calle que vigilaban con recelo.

Estaba haciendo mi labor normal: Tomé unas fotos de directivos, rectores, padres de familia y las instalaciones. Salí a tomar una foto de la fachada. Un agente se me acercó disimuladamente y me dijo:

– No saque eso aquí, es peligroso.

– Solo voy a tomar unas foticos- respondí.

Me miró extrañado y soltó lo que parecía una sentencia: “Cualquier cosa que pase no nos hacemos responsables”. Luego se hizo a un lado, dejándome en la mitad de la calle.

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Un campanero en el Sanber: La misión de este hombre es hacer sonar un pito cuando alguien extraño entra al lugar. Eso hizo cuando vio a los reporteros de KienyKe.com

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De un momento a otro llegaron agentes de la Guardia Presidencial, fuertemente armados y se ubicaron a ambos lados de la calle. El reportero que me acompañaba y yo nos pusimos a hablar con uno de los uniformados, un hombre muy joven, moreno y con gafas. Su delgado cuerpo apenas podía cargar el pesado fusil IMI Galil que llevaba en los hombros. Tenía la orden de golpear o abrir fuego en caso de que un “desechable”, como les dice, se le acercara.

“Todas las semanas nos toca hacer ronda. La otra vez pasamos a las 21:00 horas. En medio de la noche, y sin que nos diéramos cuenta, cuatro individuos con pistolas nueve milímetros se nos plantaron de frente y nos encañonaron. Iba a empezar la balacera cuando tres compañeros llegaron por detrás y los encañonaron por la espalda. Los desechables salieron corriendo y nos dejaron sanos”.

Mientras el reportero siguió hablando con él, yo me hice en la mitad de la calle, acercándome hacia un habitante de la calle. Era el campanero, la persona encargada de avisar a los capos del lugar todo lo que sucede alrededor, quién entra y quién sale, si viene la policía, si hay operativo o si hay reporteros. “No me tome fotos malparido o lo levanto”. Como no hice caso a esa amenaza, sacó un pito y lo hizo sonar mientras me señalaba. Ya sabían que había periodistas y que yo estaba dando papaya con una cámara en la mitad del Sanber.

De un momento a otro el campanero gritó: “Vienen motorizados de la Caracas” y silbó con fuerza mientras hacía con su mano algún tipo de señal. A lo lejos escuché una voz que me decía “Leo, venga rápido”. Volteé y vi a los agentes de la guardia devolviéndose rápidamente al colegio mientras unas veinte motos de la policía y el Esmad ingresaron a la olla a pocos centímetros de mí. En cuestión de segundos estaban encarando a varios habitantes del lugar. Las prostitutas entraron a los burdeles mientras muchos, totalmente drogados, permanecían en plena calle sin entender lo que sucedía.

Nos fuimos detrás de los policías. Eran unos treinta, entre patrulleros y agentes del Esmad. Los indigentes eran más de cien. El ambiente era tenso. El sonido de los gritos, los insultos, silbidos y las motos retumbaban fuertemente en el aire. Reinaba la confusión y el caos. Yo, a la espalda de un agente, disparé con mi cámara mientras iracundos indigentes estaban a punto de atacar con palos y piedras.

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Todo sucedió en pocos minutos, y cuando menos lo pensé, nos encontrábamos solos de frente a la orda. Al darnos cuenta, me amarré la cámara al cuello y nos devolvimos rápidamente al colegio con la fortuna de no ser perseguidos, pues ese pequeño movimiento de la policía fue suficiente para que toda la atención ya no se centrara en el par de periodistas que llegaba a invadir y husmear.

De vuelta al colegio, estaba nervioso, muy nervioso para ser sinceros.  Mis manos temblaban sin parar, mi voz se quebraba y empecé a sudar. Aún debía tomar otras fotos a directivos y profesores, pero fue una labor casi imposible, pues por más que intentaba enfocar, la torpeza de mis manos no me dejaba.

Sabía que nos habían fichado, vieron las cosas que llevábamos, y éramos blancos fáciles. No lo pensamos y cambiamos nuestras chaquetas, nos colocamos los cascos y salimos del colegio. Cuando atravesamos la puerta de la institución, al frente de nosotros pasaron más motos de la policía y el Esmad, quienes voltearon por la calle principal del Sanber.

Pregunté a la celadora la ruta más fácil para salir y, sin pensarlo dos veces, nos fuimos rápidamente, mirando a todos lados con miedo a ser interceptados por alguien que nos reconociera. Ya a salvo, a unas cuadras de ese lugar de degradación, miedo y terror, fui a una tienda a tomar un tinto. Los nervios me invadían al punto que mis manos no reaccionaron y dejé caer la moto al piso cuando intenté parquear. A mi lado, un hombre le gritaba a su esposa, una mujer delgada, casi raquítica. “No joda más con eso” le decía, “lleva toda la noche con esa pipa metida en el culo, me provoca es cascarle”.

Eran las 9:30 am, a las 10: 00 am debía estar en el Nogal. De camino, ingresé a la oficina de un amigo que trabaja a pocas cuadras del club, me prestó el baño para cambiarme. En mi maleta traía mi mejor pinta. Me avisaron con anterioridad que debía asistir con camisa y corbata, perfectamente peinado y con zapatos bien lustrados para cumplir con las reglas de etiqueta. De lo contrario no podría ingresar. En tiempo record me arreglé y caminé hacia la cita.

El Nogal es un lugar totalmente ajeno a lo que sucede en lugares como el Sanber. Todos están pulcramente arreglados. Cada silla, cada cuadro, cada porcelana está en el sitio en el que se supone debe estar. La música suave concuerda perfectamente con los calmados ánimos, los rostros estirados y el ambiente arribista.

El miedo y la confusión de estar en una olla ante la incertidumbre de lo que pueda suceder con mi vida tiene algo bueno después de todo: La adrenalina te hace sentir vivo. En cambio, la aburrida atmósfera de un lugar como El Nogal está cargada de cierto nivel de plasticidad. Nada atractivo, nada emocionante, nada real.

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