De paramilitar a empresaria

De paramilitar a empresaria

12 de marzo del 2013

Lo que más aterraba a Milena Rocío de la Victoria Meza y a sus demás compañeros en el frente José Pablo Díaz del bloque Norte de las Autodefensas era el exterminio. Pero tenían que desmovilizarse. Era una orden irrefutable, de esas que no se le podían cuestionar a ‘Don Antonio’, el alías de Edgar Ignacio Fierro Flores, que bajo el mandato de ‘Jorge 40’ daban cumplimiento a un paso determinante en el proceso de paz que desintegraría a las AUC.

Ese día de marzo de 2006, antes de entregar las armas, todos en el frente entonaron esta proclama: “Hoy hemos cumplido. Devolvemos al Estado la responsabilidad de la seguridad de estas regiones, que un día lideramos y defendimos”. Milena repitió el cántico de forma mecánica, para que tiempo después, en una reflexión durante su nueva libertad, entendiera que el proyecto en el que participaba se había teñido de sangre injustificada, narcotráfico y corrupción. “Eso se salió de las manos y se convirtió en un monstruo”, señala.

Se siente tranquila porque nunca empuñó un fusil. Inclusive su ingreso a las filas paramilitares fue resultado de la presión por conseguir un trabajo; el desespero de una mujer separada y con hijos que debe obtener algún ingreso para, al menos, no aguantar hambre. La contrataron como radio operadora.

Eso fue en el 2002. No llevaba más de dos o tres años separada. Su esposo, dice ella, no le ayudaba con el sostenimiento de sus dos hijos y un día decidió dejarlo para conseguir su propio trabajo. Quedó a la cabeza de su hogar a los 24 años, sin más estudios que el bachillerato, y sin palanca o recomendaciones para obtener empleo.

Vivía en el barrio Costa Hermosa, en las periferias de Barranquilla, más cerca de Soledad que de ‘La Arenosa’. Allá un militante de la cuadra que operaba en su sector le ofreció trabajo con los paramilitares. “Por medio de ellos fui ingresando. Se me dio una oportunidad en las AUC, y como estaba buscando desesperadamente no le eché mucha cabeza. Fue mucho después que me di cuenta que llegué al lugar equivocado”.

Apoyaba en labores de comunicación en el frente José Pablo Díaz. Se encargaba de llevar y usar radios en el Bloque Norte, y con frecuencia tenía que recorrer por varios días el Atlántico y otros departamentos de la costa. Se alejaba varios días de sus hijos sin saber si los volvería a ver. Aunque no era combatiente, sabía que su afiliación a los ‘paras’ la hacía objetivo militar de la guerrilla. Por otro lado, podría ser capturada por las autoridades e irremediablemente parar en la cárcel.

Fueron más de tres años de vida en la zozobra y la clandestinidad. Los desperdició. Sin embargo, la desmovilización la asustaba mucho más que seguir en la contrainsurgencia. El mayor miedo, que compartía con otros de sus compañeros, era que luego de dejar las armas fuera perseguida por algún grupo armado. Le habían contado sobre el exterminio de la Unión Patriótica y, mientras el contrincante siguiera en la arena de batalla, los hacía sentir vulnerables.

Pero no había otra opción. Milena entregó sus radios, avanteles, celulares, otros equipos de comunicación y su confianza. Sobre todo esto último la desnudaba, la desprotegía, porque volvería sola al mundo a sobrevivir, a buscar algún trabajo con la indeleble marca de haber sido parte de un grupo ilegal. Regresó a Barranquilla con la promesa de la Alta Consejería para la Reintegración de que le brindarían ayuda humanitaria mientras se reincorporaba de nuevo a su vida como civil. La ayuda era de 358 mil pesos mensuales, además de atenciones en brigadas de salud, vinculación a la seguridad social e invitaciones para que se capacitaran y tuvieran oportunidad de conseguir empleos o formar empresas. Milena, que no le tenía pereza al estudio, alzó la mano. Era una necesidad imperiosa: tenía dos hijos que recuperar y sacar adelante, y justo por la época en que dejaba atrás su historia en las AUC, se enteró de que estaba embarazada.

“Nos reíamos de lo tontas que éramos matándonos allá adentro”

Los primeros meses luego de su desmovilización no fueron tan traumáticos como los imaginaba. Mantenía en silencio su historia de los tres últimos años para que sus vecinos no supieran dónde había trabajado, y mientras estudiaba intentaba buscar trabajos temporales porque sabía que, por su pasado, no le darían la mano en empresas medianas o grandes. Mientras tanto recibía apoyo psicológico porque, según recuerda, aunque no tenía cuentas pendientes con la justicia o sus enemigos, tenía mucho miedo de incluso salir a la calle.

–A uno siempre le queda la intranquilidad porque no es fácil salir de un conflicto –dice Milena–. Imagínese yo que no estuve involucrada en ningún tema armado, pero me tuve que aguantar mucho tiempo con intranquilidad. Por ejemplo hace dos años estaba frente a mi casa y escuché que se acercaba una moto de alto cilindraje; pues el corazón me empezó a latir y quedé como paralizada, porque eso uno lo interpreta como sicariato. Cuando vi, resulta que la moto venía con parrillero y me entró una angustia… Y lo peor fue cuando pasaban frente a mí: el que iba atrás se metió la mano al bolsillo, pero era para sacar la billetera. Yo sentí que me mataba en ese instante.

Kienyke Paramilitares

 El programa beneficiará, inicialmente, a 50 reinsertados de las AUC y otros grupos irregulares que operaban en la costa norte de Colombia. Los seleccionados pasaron años en capacitaciones y rehabilitación psicosocial. 

Milena pasaba los días inmersa en sus cursos del Sena, aprendiendo desde sistemas de reproducción porcina hasta informática básica y diseño de interiores. Pero no tenía empleo fijo. En 2009 se enteró de una convocatoria de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR) que le apostaría a la creación de pequeñas empresas para reinsertados, porque veían que les era muy difícil conseguir algún puesto de trabajo y temían que, por estar con las manos cruzadas, prefirieran volver a las armas.

El proyecto tenía el respaldo de Fenalco, la OIM, USAID y Coltabaco. Ella se inscribió junto a otros 1.400 participantes. Se encontró cara a cara con desmovilizados del que fuera su bando enemigo. Se sentaba en largas conferencias en compañía de un exguerrillero a su derecha, y de un exparamilitar a su izquierda. Encontraba entre noble y paradójico que quienes años atrás se ‘echaban bala’ hoy se pidieran prestado un lapicero y se sonrieran con sincera amabilidad. “Tengo amigas que hicieron parte del frente 37 de las Farc, que fueron los peores enemigos del bloque norte de las AUC. Yo comparto mucho con ellas. Y al final del día nos reímos de lo tontas que éramos matándonos allá adentro, porque nos preguntamos: ¿Pero por qué nos odiábamos, si tú no me habías hecho nada a mí, ni yo nada a ti?”. Con el paso del tiempo, en esas mismas clases hasta olvidaban que habían estado en guerra alguna. Es un máximo de reconciliación.

El grupo se redujo a finales de 2010 y resultaron preseleccionados 35 reinsertados. Ya había un proyecto conformado y se le informó a los beneficiarios cuál sería la empresa que en poco tiempo deberían sacar adelante ellos solos: un minimercado.

Lucía Esparza, gerente de Comunicaciones de Coltabaco, explicó que su empresa, a través de una propuesta de responsabilidad social, decidió apoyar la creación de 15 microfranquicias que pudieran ser atendidas por 50 desmovilizados de grupos al margen de la ley, en situación de reintegración a la vida civil. Serían pequeños mercados que se distribuirían por Barranquilla, Cartagena, Corozal, Sincelejo y Carmen de Bolívar.

“Fueron casi seis años de cursos y asesorías. Decidimos que fueran minimercados porque son negocios que tienen impacto no solo en los reinsertados sino en los vecindarios donde están ubicados. Cada tienda es atendida por 3 o 4 desmovilizados y nos comprometemos a verificar que cada microfranquicia tenga resultados; no los dejaremos solos”, argumentó Lucía Esparza.

El ‘Minimarket 2X3’

Finalmente el grupo de seleccionados se redujo a quince. Milena Rocío de la Victoria era la primera y única mujer desmovilizada en estar en la lista y tener la posibilidad empezar un negocio propio. Luego de aprender en capacitaciones intensivas de atención al cliente, contabilidad, manejo de alimentos y planes de compras, era la hora de poner todo en práctica. Empezar de ceros con una tienda propia.

Kienyke Supermercado 2x3

 Los primeros Minimarket 2X3 están ubicados en zonas residenciales de Barranquilla. Como el de Milena, surten de víveres a vecinos del sector y a veces hacen domicilios.

El 15 de diciembre de 2011 inauguraron en el norte de Barranquilla el primer Minimarket 2X3, administrado por personas en situación de reintegración. Al principio, confiesa Milena, fue un poco traumático sacar adelante la idea, no por diferencias con sus compañeros que provienen de diferentes grupos, – y por lo tanto tienen distintas formas de pensar-, sino por las dificultades que les significó encontrar “el punto de equilibrio”.

“Los primeros cinco meses fueron críticos. Como era el primer negocio que se sacaba pues fue difícil, pero no nos quisimos rendir. Por fortuna las organizaciones nos aportaron ayuda financiera mientras empezábamos a dar utilidades”.

Milena trabaja con Argemiro Mendoza y Arnaldo Rubiano. Entre los tres sortean los turnos para que puedan atender su negocio seis días a la semana y descansen uno. Abren el minimercado de domingo a domingo de seis de la mañana a ocho de la noche y, aprovechando que es un sector residencial, han cautivado a sus vecinos con servicios a domicilio.

Milena se las arregla para ir a la Universidad. Ya está avanzada en estudios de Derecho y posiblemente se recibirá como abogada a finales de este año. “Nunca me imaginé tener una tienda, pero ahora estoy feliz. Este negocio no lo quiero abandonar nunca, por agradecimiento, porque gracias a él pude salir adelante y estudiar una carrera. Así se me presente la opción de trabajar como abogada, no quiero descuidar mi negocio”, dijo.

Los siguientes Minimarkets 2X3 fueron inaugurados con el paso de los meses, y los desmovilizados que se encargaban de las nuevas microfranquicias eran capacitados con la experiencia del negocio de Milena. Para Gisella de Andreis, directora programática de Reintegración en la ACR, los resultados de las primeras tiendas no se pueden calificar de otra forma que como “exitoso”. “Firmar la paz en un papel es lo más fácil. El reto era garantizar su reintegración; que estas personas puedan volver a una vida normal en sociedad. Y el proceso hasta ahora comienza: podemos durar años hasta verificar que tienen un equilibrio para dejarlos solos”.

Milena tiene varios motivos para sentirse orgullosa y con sonrisa en su rostro los enumera. El primero es que salió de un infierno al que no debió haber entrado, pero del que logró escapar viva y gracias a ello, con nuevas y prometedoras oportunidades; irónicamente, opciones que no habría obtenido si no hubiera pactado con las AUC. El segundo es que es la primera mujer, que además es madre cabeza de familia, y saca adelante este proyecto empresarial. Y el tercero es que no contenta con este negocio, cursó su carrera y encontró una forma digna de pedir perdón por sus actuaciones en la guerra: “las personas que algún día estuvimos dándole problemas a este país, hoy lo estamos ayudando a construir. Estamos construyendo paz y construyendo patria”.