De víctima de trata de personas a actriz

17 de junio del 2013

Marta fue vendida por la mafia Yakuza y obligada a trabajar durante seis meses sin descanso. Su vida ahora está en el teatro.

Martha Corrales, Trata de blancas, Prostitución, Kienyke

Marta fue como mercancía por la mafia Yakuza. La vendían una y otra vez cada diez días. Durante seis meses recorrió distintos prostíbulos en Tokio (Japón), lugares que tenían la misma estructura de un teatro y donde debía dar un show de 35 minutos. Víctima de la trata de personas fue obligada a trabajar durante seis meses sin descanso.

El comercio de personas es el tercer negocio ilícito más rentable después del tráfico de estupefacientes y el tráfico de armas. Se trata de un mercado que mueve cerca de 32 mil millones de dólares al año. En Colombia, el 71 por ciento de las víctimas identificadas durante 2012 fueron mujeres.

Marta, a sus 56 años, cuenta su paso por la calle, la prostitución, su recuperación y cómo su historia llegó al teatro.

Un miércoles a la una de la mañana, Marta se fue de su casa ubicada en el barrio Santa Fe. Tenía nueve años y cursaba segundo de primaria. Su papá, quien había llegado luego de tres días de fiesta, no soportó sus reclamos. Ella solía quejarse por el maltrato que les daba a su mamá y hermanos. Luego de muchos insultos, tuvo que irse.

Infografía Trata de blancas, Kienyke

Recuerda que caminó hasta el centro de Bogotá. Los primeros días no le habló a nadie ni se atrevía a pedir comida. Poco después conoció a un grupo de once niños. “Ellos me llevaron a bañarme porque olía feo. Fuimos al Chorro de Padilla (ahora el Chorro de Quevedo) y me dieron ropa”, comenta.

Con el tiempo adoptó varias rutinas de este grupo conformado por cuatro niñas y siete niños. Aprendió a dormir en la Calle 24 con Carrera Séptima, en un restaurante llamado La Puerta del Sol. También a pasar la noche en una alcantarilla cercana al Hotel Tequendama o en el Teatro Olimpia. En la calle, donde vivió por algo más de cinco años, Marta también aprendió a robar. Fue así como llegó a la cárcel.

Al recuperar su libertad, la única opción para dejar de robar fue la prostitución. Trabajó en un par de ciudades del país hasta que fue invitada a Japón por unas amigas que había conocido en la delincuencia. Los encargados del viaje le dieron dinero para sacar el pasaporte y le compraron ropa que nunca había tenido. “A uno le dan todas las posibilidades. Las niñas de hoy caen porque quieren todo fácil”, asegura.

Marta hace parte del 70 por ciento de las víctimas de trata de personas que han sido objeto de promesas de empleo, participación en concursos de belleza y modelaje. Además de planes vacacionales a bajo costo o programas de estudio en el extranjero.

Antes de viajar tuvo que pintarse el pelo de rubio. A mediados de los años ochenta, Marta llegó a Japón luego de una travesía de cinco días por diferentes ciudades del mundo. Pensando que salir del país era la mejor opción de vida, invitó a su hermana a que la acompañara. Era la primera vez que montaban en avión.

Martha Corrales, Trata de blancas, Prostitución, Kienyke

Marta conoció a su esposo hace más de veinte años.

Al llegar a su destino fueron llevadas a un hotel para que solo se cambiaran de ropa. De allí salieron a un prostíbulo. Un lugar parecido a un teatro. Esa misma noche, Marta fue vendida y separada de su hermana, con quien solo habló por teléfono en dos ocasiones y volvió a ver más de dos años después.

La primera orden que le dieron fue ponerse bikini de color rojo y negro. Luego le explicaron en qué consistía su trabajo: hacer un striptease, bailar de manera sensual, quitarse todo hasta quedar completamente desnuda y acostarse con diferentes hombres arriba del escenario. Todo frente a un gran número, quienes para tener la oportunidad de acostarse con ella debían jugar piedra, papel o tijera.

Los teatros que funcionan como prostíbulos tienen capacidad hasta para 300 personas y abren sus puertas todos los días. Marta cuenta que allí cada una de las mujeres tenía asignado un tocador y un espacio pequeño para dormir en el piso. De las cosas más difíciles que vivió fue pedir comida, pues en ocasiones la demoraban o no le prestaban atención. Por esta razón, se veía obligada a pintar en una servilleta lo que deseaba.

Luego de seis meses de sometimiento, inmigración llegó al teatro donde Marta estaba trabajando. “Esa fue mi salvación”, recuerda. Para esos días su salud había desmejorado. Había bajado mucho de peso y perdido la fuerza de su cuerpo de la cintura para abajo. No podía caminar. Antes de regresar al país, estuvo presa tres meses en un lugar donde retienen a los emigrantes.

Al salir del aeropuerto de Bogotá, Marta tomó un taxi camino a su casa. Allí fue recibida por su papá, quien tuvo que cargarla en sus brazos. De Japón traía 350 yenes escondidos que le habían pagado en una ocasión. Dinero que en la actualidad equivale a algo más de tres dólares. Cuatro meses después volvió a caminar.

Infografía Trata de blancas, Kienyke

Cuando Marta logró recuperarse no tuvo otra alternativa que volver a la prostitución. Trabajó durante un año en Panamá, donde casi pierde la vida. Cansada, le pidió a Dios una nueva oportunidad. Ocho días después, una amiga la invitó a rehabilitarse con las Hermanas Adoratrices. Fue así como aprendió a trabajar el bordado. “Recuperé mi dignidad e identidad”, dice. Su vida comenzó a transformarse.

Hace pocos meses, Marta se convirtió en actriz. Habían transcurrido más de veinte años desde que fue llevada a Japón. Todo comenzó cuando una de las religiosas que le ayudó en su proceso de rehabilitación la invitó a participar en una obra de teatro que expone las vivencias de víctimas de la trata de blancas y pretende hacer una llamado frente a este delito. Se trató de una iniciativa de la Fundación Marcela Loaiza y el apoyo de Casa Ensamble. De allí nació la obra ‘5 mujeres, un solo trato’ que ha tenido cerca de diez funciones.

Alejandra Borrero y su equipo de trabajo dedicó casi seis meses a trabajar con un grupo de víctimas, quienes estuvieron dispuestas a contar sus experiencias. Para Marta llegar al teatro ha sido la manera de exorcizar su dolor. Antes del estreno de la obra, un momento conmovedor para las familias de estas mujeres, se preparó con disciplina y dedicó de lleno su tiempo para convertirse en actriz natural.

Ahora gana algo de dinero extra en cada función y habla con orgullo de su nuevo oficio. Ella, madre de un niño de 14 años y casada hace más de 23 años, admite que cada vez sube al escenario es para contarle a la gente que la trata de personas es una realidad.

*La entrevistada prefirió no revelar su identidad

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