De visita a Ernesto Sabato

De visita a Ernesto Sabato

30 de abril del 2011

Jorge Páez, fotógrafo y compañero de viaje a Buenos Aires en la navidad del 2005, terminó de leer Sobre héroes y tumbas justo en el momento en que el avión se parqueaba en el Aeropuerto Internacional Ezeiza, luego de un viaje de cerca de catorce horas por las escalas más ridículas que ofrecía hace unos años Lloyd Aero Bolivano. Jorge no había leído nada de Sabato hasta quince días antes del viaje, cuando le presté la novela de Bruno, Martín y Alejandra para que se empapara un poco del espíritu de la ciudad y del tipo de viaje que íbamos a hacer, porque, para un fan de un escritor, es imposible no visitar una ciudad bajo los ojos de sus libros favoritos, y en el caso de Buenos Aires, además de recorrer la ciudad por los senderos de la ficción de Sabato.

Sin embargo, había un interés más profundo. Por pesquisas realizadas desde Bogotá, sabíamos que Sabato vivía en Santos lugares, una especie de barrio-pueblo del extremo de la provincia o el llamado Gran Buenos Aires. El plan que teníamos era simple: ubicar la casa, tocar el timbre y decir que queríamos saludarlo. Sin embargo, llegar a Santos Lugares no era tan fácil como parecía. Ni siquiera en una librería de viejo sobre Avenida de Mayo llamada El túnel sabían cómo llegar. Nuestro desconcierto fue mayor cuando, en una noche, fuimos a la estación de trenes de Retiro y los empleados de la taquilla nos dijeron que esa estación no existía, cuestión de la que ya algo intuíamos desde Bogotá, porque en la web de Trenes de Buenos Aires no figuraba Santos Lugares, a pesar de que el origen del pueblo se debe al cruce de dos ferrocarriles, el Buenos Aires al Pacífico y el Tranway Rural de los hermanos Lacroze. Aún más, la estación Santos Lugares fue el núcleo de la población y el origen del nombre del lugar.

Nuestro recorrido por los escenarios de la ficción empezó por la maloliente Dársena Sur, en donde Martín, uno de los personajes centrales de Sobre héroes y tumbas, se sentaba a hablar con Bruno sobre Alejandra, la adolescente que decide morir quemada en vez de beneficiarse de la efectividad de dos balas que aún le quedaban en el revolver con que asesinó a su papá. Sin embargo, lo único que se ve en ese escenario –que sólo es sublime por la ficción– es un abismo de aguas negras que producen arcadas  de vómito en los días de sol. Allí mismo, uno puede tomar un bus hasta el Parque Lezama, en donde comienza Sobre héroes y tumbas.


La Dársena Sur, donde comienza Abbadón El Exterminador, y el Parque Lezama, donde comienza Sobre Héroes y Tumbas.

En una de las esquinas del parque, en el cruce de las calles Brasil y Defensa, se encuentra el Café Británico, en el que Sabato se sentaba a escribir fragmentos de la novela. El lugar lleva cerca de veinte años sin cerrar, teniendo un horario continuo en el que la clientela varía desde el bohemio que vive en el barrio vecino de San Telmo, hasta los taxistas y conductores de ambulancia que llenan el lugar en la noche. José, uno de los tres meseros españoles que atienden el lugar —y que a la vez son los dueños del café— camina lentamente, con las manos extendidas al frente como orientándose en medio de la oscuridad de los años, para no irse a tropezar con algún ex combatiente de la Primera Guerra Mundial —los clientes que le dieron nombre café— que se hubiera quedado dormido en una mesa desde 1928. Quizá lo que lleva más años sin salir de ese lugar sin noches es el baño, en el que no pude imaginarme otra cosa que a Sabato, con sus grandes gafas enmarcando sus ojos como un pintura antigua, acuclillado en ese inodoro sin tasa, redactando este párrafo para el Informe sobre ciegos:

“Mientras me acomodaba en el infecto cuartucho, confirmando mi vieja teoría de que el cuarto de baño es el único sitio filosófico que va quedando en estado puro, empecé a descifrar las enmarañadas inscripciones. Sobre el inevitable y básico VIVA PERÓN alguien había tachado violentamente la palabra VIVA y la había reemplazado por MUERA, palabra que a su turno había sido tachada y reemplazada por un nuevo VIVA, nieto del primigenio, y así alternativamente, en forma de pagoda, o más bien de un temblequeante edificio en construcción. […] ‘El reverso del mundo’, pensé. Como en las páginas policiales, ahí parecía revelarse la verdad última de la raza. ‘El amor y los excrementos’, pensé.”


En el Café Británico, en una esquina del Parque Lezama, Sabato escribió gran parte de sus novelas.

Pero lo que más nos interesaba ver del Parque Lezama era la estatua de Ceres, a la que Martín estaba observando minutos antes de conocer a Alejandra, pero ninguna de las que allí había tenía una inscripción con ese nombre, hasta que, a lo lejos, vimos un grupo de siete estatuas en un lugar enrejado en todo el centro del parque. Allí encontramos sentada en uno de los bancos a una anciana de cerca de setenta años, con camisa y pantalón tan azules como sus ojos, y medias tan rojas como sus uñas, llamada Susana Hernández, una marplatense que mueve las manos en un bello arco que describe en el aire y que pasa todas las tardes en el parque leyendo. “Sí, efectivamente este es el parque en el que Sabato  se inspiró para escribir Sobre héroes y tumbas, pero yo llevo cerca de treinta años viniendo acá todas las tardes y nunca he visto la estatua de Ceres”. Susana tampoco sabía cómo llegar a Santos Lugares, aunque nos decía que estaba casi segura de que el tren partía de la estación Constitución.


Susana es una asidua visitante del Parque Lezama.

Sin embargo, el 28 de diciembre, fuimos a las oficinas de Trenes de Buenos Aires en la estación Retiro. Nuevamente el sentido común triunfó contra los pronósticos. Saber cómo llegar a Santos Lugares era tan sencillo como ir a preguntar a la administración del ferrocarril. “Estación San Martín. Bajen cuatro calles al este y ahí está”, dijo la secretaria. Valor del tiquete: $0.65 pesos argentinos —aproximadamente veinte centavos de dólar—. Hora de partida: 11:12 AM.

Los chasquidos de las ruedas contra el metal de los rieles me hacían pensar en una metralleta disparando treinta balas por segundo. De un momento a otro pasamos por un túnel en el que el ruido se convirtió en un torbellino ensordecedor, y por la otra vía apareció otro tren que me hizo dudar acerca de si íbamos hacia delante o hacia atrás.

Al llegar a Santos Lugares vimos en un mapa del parque principal la calle Severino Langeri, donde habíamos leído en algunas entrevistas que quedaba la casa de Sabato. La calle atravesaba de lado a lado todo el pueblo. Teníamos, entonces, dos opciones: caminarla completamente hasta encontrar una casa rodeada por un jardín enmarañado –descripción que también habíamos leído en textos de visitantes anteriores− o preguntarle a alguien si sabía dónde quedaba.


Santos Lugares queda a 45 minutos en tren de Buenos Aires. Allí murió esta madrugada Ernesto Sabato. Llevaba quince días con bronquitis. El 24 de junio iba a cumplir cien años de edad. Sus vecinos no lo veían hacía mucho tiempo. Meses atrás se rumoraba que había muerto.

En la esquina vimos a un anciano sentado afuera de un local y fuimos hacia él. “Cho le arreglé la máquina de escribir hace quinche días. La casa queda a chos cuadras hacia abajo, y de ahí chos cuadras a la derecha, pero el cha está muy viejito, probechito”, nos dijo Bernardino Hipólito García, un viejo de 85 años que, sin motivo aparente, nos empezó a contar toda su vida. Nos mostró fotos de su difunta esposa en las cataratas de Iguazú, de la celebración de su último cumpleaños –en la que llevaba puesta una medalla al honor que le dieron por su trabajo en el ferrocarril−, nos contó cómo hacía veinte años había montado un centro de reparación de máquinas de escribir en el centro de Buenos Aires y luego en Santos Lugares, donde aún trabaja a pesar de que, como él mismo dijo, la computación acabó con su negocio. Tiene una foto de Sabato autografiada que dice “Para mi buen amigo Bernardino, Ernesto Sabato”. “Pobechito, se veía que no uchaba hachía rato la máquina de escribir. Cha está más gastado que el tango La Cumparsita. Es muy difícil que los rechiba, pobechito”, nos dijo, pero al ver nuestra cara de frustración, sacó la foto del portarretrato y le hizo una fotocopia. Luego le puso un sello con su nombre y la firmó. “Chi no los atiende, entréguenle esto. Pueden dechir que chon amigos míos. Una mentira piadocha no hache daño”. Acto seguido, buscó entre los cajones de su escritorio y sacó dos linternitas diminutas, una azul y una roja, para dárnoslas de regalo.


Bernardino le arregló la máquina de escribir por muchos años a Sabato, en su local en el parque central de Santos Lugares.

Al frente de la Biblioteca Popular Ernesto Sábato había una casa perdida en el interior de una pequeña selva. Habíamos llegado finalmente a la dirección Langeri 3135, una casa enmarañada con una puerta que tenía dos timbres que no funcionaban. Jorge movió la chapa de la puerta del jardín-selva y la puerta se abrió. Ya no quedaba otra opción distinta a caminar por ese sendero con baldosas blancas y negras como un ajedrez, deporte por el que Sabato perdió un año de su carrera en la Universidad de La Plata. A pesar de que era medio día, los vidrios de la puerta de la casa no revelaban que hubiera vida en el interior, y todo estaba en una profunda oscuridad —Bernardino supo para qué nos daba las linternas–.


La casa de Sabato queda al frente de la biblioteca que lleva su nombre.

Decidimos rodear la casa, y Jorge fue adelante abriendo camino por un nuevo sendero. Mi cuerpo se heló cuando vi un plato gigante de comida para perro —en Bogotá alguien que había hecho la misma travesía nos contó que Roque, el Pastor Alemán que tiene Sabato, le produjo pesadillas, aunque el escritor dice que es más bueno que Lassie—. Jorge se quedó allí parado, yo comencé a devolverme lentamente y, cuando escuché unas voces que salían de la casa, salí corriendo.

“¿Qué hacés aquí?”, nos dijo un muchacho de cerca de treinta años, con pantalones cortos, sandalias y camisa deportiva, una pinta de surfista que nunca habría imaginado que pudiera salir de la casa de Sabato. Se llamaba Diego, es su secretario, y nos dijo que era imposible que el maestro nos recibiera en ese momento porque ya iba a almorzar. “Regresen el sábado, que es el día en que él hace grupos de jóvenes para charlar”. Al ver nuestra cara de desconcierto, oír que habíamos viajado desde Colombia prácticamente para verlo y que nos íbamos al otro día, dijo: “Ok, pasen, pero no más de cinco minutos”.

Rodeado por libros de los pies a la cabeza y por un ventanal que deja ver un jardín interior igual de enmarañado al exterior, yacía en el centro de una habitación con una luz sepia, moviéndose tan lento  como un oso perezoso, con un pelo canoso que parecía puesto apenas sobre el cráneo. Sabato me dio su mano, que durante 95 años había estrechado otras manos más dignas, como las de El Che Guevara, Jorge Luis Borges, Tristan Tzara, André Breton, Albert Camus y Jean Paul Sastre. Sus ojos ya deteriorados —como una burla del destino por haber escrito Informe sobre ciegos— estaban al fondo de sus grandes gafas, esos ojos que vieron cómo el pintor Oscar Domínguez le destrozó un ojo con un vaso a Victor Brauner, peleas de Dalí con el grupo de los Surrealistas y miles de millones de letras que pudo tejer con una maestría sin igual para acompañar en su desesperación a millones de personas del mundo entero.

“¿Desde Colombia? ¿Y ustedes sí han leído alguno de mis libros?”, dijo con una voz carrasposa y suave a la vez. Me senté junto a él para que me autografiara los libros. En el primero escribió una “J” en vez de la “S”, y ni siquiera puede leerse un “Para Jimón”, sino que se parece más a un “Para Jamón”. Y en el segundo se detuvo en “Para Si” y me dijo: “Yo soy de raza muy fuerte, porque mi madre era muy fuerte”, y fue interrumpido por Diego, que le decía que firmara bien los libros.

Se paró, nos dijo que se disponía a viajar en los próximos meses por Europa y, nuevamente: “Yo soy de raza muy fuerte. Antes habría podido ser… hummm”, y Diego le terminó la frase,  “Boxeador”, mientras él ponía las manos como un púgil decrépito que manda puños al aire. “Gracias, muchas, muchas, muchas gracias por todo”, le dije. Me dio dos palmadas fuertísimas en la espalda, y nos siguió a la salida hasta que Diego le dijo: “No vayás a salir porque el sol está pegando fuerte”. Y así fueron sus últimos días. Los vecinos, incluso, llegaron a pensar que ya había muerto y la familia lo había ocultado. Incluso, unos ladrones que entraron a su casa en 2008 no lo vieron. Hoy el mundo de la literatura mundial está de luto. El domingo 1 de mayo lo iban a homenajear en la Feria del Libro que se lleva a cabo en Buenos Aires. Pero él ya no podrá asistir.

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