El drama humano bajo el caño de la Sexta

3 de febrero del 2019

Kienyke.com visitó el caño donde se concentran la miseria y las drogas.

El drama humano bajo el caño de la Sexta

Los últimos habitantes: el drama humano de la carrera sexta

Debajo del puente que conecta la carrera 30 con la calle Sexta de Bogotá late un doloroso drama humano. Pese a que no hay cifras oficiales de cuántos habitantes de calle viven allí, lo que sí parece probable es que las ollas que fueron desmanteladas de la llamada zona del Bronx, en 2016, se trasladaron a los oscuros túneles en las entrañas de la ciudad.

En 2018 el Departamento Nacional de Estadísticas (Dane) y la Secretaría de Integración Social de Bogotá realizaron un censo en el que encontraron que en la capital la población de habitantes de calle está conformada por 9.538 personas (8.477 hombres y 1.061 mujeres).

Con esa cantidad se podría llenar un estadio como el de Techo y quedarían por fuera 1,500.

‘Los Ganchos’, ‘Los Sayayines’ y ‘la L’ son nombres que en 2016 eran comunes en los medios de comunicación. Sin embargo, con el pasar del tiempo se volvieron invisibles y en el caño de la Sexta hoy se habla de los expendedores, el lugar se llama ‘La Taquilla‘.

El Infierno

Foto: Daniel Rojas Sánchez

Al interior del caño de la Sexta, que va desde la carrera 23 hasta la carrera 38, transitan los fantasmas de una ciudad indiferente a lo que pasa en “el canal comuneros”. Allí no solo están los habitantes de calle con sus cobijas al hombro y costales, también llegan jóvenes en bicicletas, algunos bien vestidos, que están cayendo, poco a poco y sin alternativa, en las garras de las drogas.

“Yo era un joven como cualquier otro y un día decidí probar y probando me quedé; empecé con la marihuana y después entre amigos y fiestas terminé así como me ven ustedes, en la calle”, es la historia que se le oye contar en los buses a quienes piden monedas para subsistir.

Ese leitmotif es la banda sonora que acompaña el drama y las historias que se escuchan en la calle, una canción horrorosa que encierra en su interior las vidas truncadas de cerca de 400 personas que hora tras hora se adentran en las profundidades del caño, sin que la ley y la sociedad los alcancen.

La administración de Bogotá hace lo que puede, envía patrullas para despejar de basura la zona, y en muchas ocasiones realiza intervenciones. De hecho, en la madrugada del pasado primero de febrero las autoridades ingresaron a la boca del infierno; primero llegaron los miembros de la Secretaría de Integración Social con la oferta institucional del Distrito, después entró la policía a derrumbar cambuches y a recuperar objetos robados.

Foto: Daniel Rojas Sánchez

Según Natalie Pabón, directora de Seguridad de la Secretaría de Seguridad, Convivencia y Justicia, en la intervención se encontraron aproximadamente 1.500 dosis de bazuco, 56 armas blancas, cuatro bicicletas robadas, se capturaron tres personas y más de 40 habitantes de calle aceptaron la oferta de servicios.

En la mañana del primero de febrero luego de que la ciudad había despertado de su letargo de ocho horas, cerca de 300 personas continuaban en el caño consumidas por la drogadicción y el excremento.

La precariedad evidente de los habitantes se ve en todo su esplendor debajo de la estación Tygua-San José de Transmilenio, en hora pico los habitantes del sector reciben un golpe que causa repulsión por el olor combinado de las mixiones humanas con el humo del bazuco.

Los ángeles

Foto: Daniel Rojas Sánchez

“Pasemos que nos están echando piedra”, dijo Vivian Marcela Calderón antes de que escucháramos el impacto que recibió un taxi que pasaba por allí. Ella lidera el grupo de Ángeles Azules que va a hablar con los habitantes de calle a ofrecerles los servicios sociales del Estado.

Pocos segundos antes había recibido una llamada de su compañero que advertía que los estaban siguiendo con unos binoculares desde el caño “aquí hay unas mafias que utilizan al habitante de calle y que no quieren que nadie se acerque”. No solo lanzaban piedra también excremento.

Foto: Daniel Rojas Sánchez

“Los servicios están diseñados para la población que desea cambiar su estilo de vida y salir de la calle pero a estos servicios se asiste de manera voluntaria. Sin embargo, No todas las personas que están en calle son atendidas porque deciden quedarse en la calle”, asegura Marcela, una de los ángeles que diariamente recorre los peligrosos alrededores del caño
con la misión de salvar a los seres humanos que apenas sobreviven allí.

El grupo profesionales que trabaja en el turno de 7 a 2 está conformado por Camilo Hernández, Tatiana Sua, Richar Capela, Luis Eduardo Camacho, Juan Camilo López, Nicolás Estada, Eduardo Cruz y John Ortiz, héroes silenciosos que en peligrosas zonas buscan rescatar a quienes están sumidos en las drogas.

El segundo turno de 2 a 10 de la noche lo realizan otros profesionales. Siempre hay acompañamiento del distrito.

Para que la ciudadanía apoye el programa, la Secretaría Distrital de Integración Social dispuso una línea telefónica (3206594) a la que los ciudadanos pueden llamar para informarse sobre los centros de atención transitoria del Estado que ayudan a los habitantes de calle.

Los últimos habitantes: el drama humano de la carrera sexta

Marcela habla con amabilidad. Su tono dulce le permite generar empatía inmediata. Es psicóloga graduada desde 2010. “Mi interés siempre estuvo basado en la atención social, mi experiencia siempre estuvo basada en eso, he trabajado con población vulnerable con personas en condición de vulnerabilidad”.

Según cuenta, le tenía miedo a los habitantes de calle, “yo era de las que veía un habitante de calle y me cambiaba de acera. Decidí enfrentar ese miedo y entré a la secretaría en septiembre de 2014, en el Centro de Atención Transitoria, ha sido gratificante aprender a no juzgar, a no señalar”.

La psicóloga es enfática en afirmar que hay que entender la situación de estas personas en condición de indigencia: “Pues ellos tomaron la decisión de vivir en la calle. El Estado debe garantizar la dignidad de esas personas, pero no los puede obligar porque fue una decisión personal”.

Foto: Daniel Rojas Sánchez

Mientras conversamos, ‘El Gato’, otro habitante de calle se acerca a saludar, pero Luis Eduardo Camacho toma la delantera y comienza con el Beat Box, una mezcla de sonidos de caja que se convierte en rap, el lenguaje urbano, el ritmo frenético de la ciudad.

Luis dice que este trabajo lo hace por amor “yo estuve en esa situación y logré salir, no fue fácil pero ahora tengo mi familia, una esposa que me ama y una hija. En la Fundación Luis Amigó logré hacer mi licenciatura y ahora dicto talleres para mis alumnos. Yo soy resultado de este sistema hace 20 años”.

“Aquí lo que hay es una satisfacción personal que enriquece el corazón más no el bolsillo. Esto es un logro personal que lo llena a uno”, afirma otro miembro del equipo, Juan Camilo López, técnico profesional en gastronomía.

Camilo es el ‘tanque’ del grupo, quien en su labor habla con la jerga propia de la calle, y reconoce que “una cosa es lo que pasa en el trabajo y otra lo que pasa en la calle; yo llego a la casa y no me puedo desquitar con mi familia, yo me descargo pensando en la vida, mirando las calles”.

Detrás de la problemática social hay un negocio macabro que utiliza a los habitantes de calle como esclavos “es como si usted monta un negocio de comidas en un barrio y todos están obligados a ir a comer allá, usted se hace las lucas”. El problema que late debajo del corazón de la ciudad sigue creciendo, “allí no solo se comercializa bazuco, como la gente cree, allá hay de todo, desde marihuana hasta heroína”.

En esta historia no todo es miseria. Jhovany Rodríguez era un habitante de calle, dormía en el suelo y estaba entregado a al vicio. Hoy trabaja a media cuadra del caño, dice que dejó las drogas y ahora trabaja reparando máquinas troqueladoras “es difícil pero uno se puede rehabilitar, uno puede superarse”, dice.

Foto: Daniel Rojas Sánchez

Manolo, quien tiene un puesto ambulante a pocas cuadras también se rehabilitó. Cuenta que sin la intercesión de su madre, quien oraba todos los días por él, Cristo no lo hubiera mirado, “ahora soy un hombre nuevo y ellos muchas veces vienen y me ofrecen, yo les doy comida y los evangelizo. Eso sí plata no les doy porque si no soplo yo, no soplan ellos”, dice riendo mientras mira fijamente con sus gafas bifocales.

Los ángeles se encuentran a una habitante de calle caminando a paso lento por la calle Sexta. “¿Cuántos años tiene sumercé?”, le preguntan, ella levanta la mano y muestra un tres, “¿63?”, preguntan, sí contesta ella confundida. “¿Para dónde va?”, no sabe responder, le entregan unos dulces para que haga más llevadero su viaje. Ella se va, continúa su camino para el infierno.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO