El terror de volver a la tierra embrujada

El terror de volver a la tierra embrujada

17 de agosto del 2015

Encerrada en paredes de tablas de la pequeña finca en El Dragal, una pequeña vereda de Argelia, Antioquia, sentía, sobre todo en las noches, que los fantasmas que la acompañan y que no la han dejado de seguir desde 2003 la atormentaban mucho más. Lea También: La bruja que puso de rodillas a todo un pelotón.

María Marlene Jiménez, por miedo a lo que sus ojos veían y a lo que su mente recordaba, en una mochila vieja de color negro echó tres mudas de ropa y algunos objetos personales. En una caja de cartón acomodó ollas, platos y víveres que aún tenía en la cocina. Con las dos hijas que le quedaban salió corriendo de ese lugar.

Antes de cruzar la puerta se sentó en la cama de Germán Alberto, su hijo, cerró los ojos y con fuerza apretó, con su mano derecha, la cobija blanca que cubría el colchón y, como en anteriores ocasiones, lloró. Lea también: A lomo de yegua, en nueve horas escapó de la guerrilla.

Un candado que estaba dañado y que se podía abrir con facilidad fue la única seguridad que le dejó a la casa que años atrás construyó con su segundo esposo y con Germán Alberto, desaparecido durante la agudeza del conflicto interno que azotó y sigue salpicando el Oriente Antioqueño. Germán – dice María Marlene – es el origen de sus fantasmales recuerdos.

Desapareció cuando tenía 15 años. María Marlene no ha detenido su búsqueda. Ella, que hoy en día es representante de las víctimas y desaparecidos de Argelia, aprovecha todo evento departamental para sentar su voz de protesta y sobre todo de auxilio para que los actores armados que se llevaron a su muchacho y a cientos más, le quiten el peso de ser una mujer sin paz, sin tranquilidad y sin respuestas. Lea también: Así se hacen las peleas ilegales y clandestinas en Bogotá.

KienyKe.com conoció a María Marlene en el marco del XV Encuentro Regional de Paz llevado a cabo en San Carlos, Suroriente Antioqueño, a donde, mientras que la oficina del Alto Comisionado para la Paz le explicaba a los campesinos los avances de los diálogos de La Habana, ella llegó a exponer una vez más sus peticiones.

Las palabras y las lágrimas de María Marlene insinúan que los fantasmas que la violencia ha dejado a lo largo de sus diferentes manifestaciones, se aferran, a veces, de los más pobres. Lea también: De combatientes a novios: el soldado y la guerrillera que se casaron a escondidas.

María Marlene huyó de la finca porque se le volvió tormentoso y desgarrador vivir allá con el recuerdo fantasmal de su hijo. Recuerdo que la atacaba en ráfaga cada vez que su mirada cambiaba de posición. Lo veía corriendo descalzo y con el torso desnudo por el solar. Lo veía cargando las piedras para construir la casa. Lo veía durmiendo a los pies de su cama. Lo sentía. Lo olía. Lo escuchaba.

Argelia Antioquia

Pero la primera vez que María Marlene tuvo que salir de esa finca no fue por el desplazamiento psicológico que en 2011 le produjo estar ahí con el recuerdo de Germán. La primera vez fue en 1992. Ella y su primer esposo, Gabriel Jaime Trujillo y sus tres hijos: Germán y las dos niñas menores, dejaron botada la finca por miedo a morir a manos de los grupos alzados en armas. Huyeron a Medellín.

La familia se radicó en Manrique, la Comuna Tres de la ciudad, y allá se asentaron en un territorio de invasión donde construyeron una humilde casa de bahareque, pero alejados del poder armado de las FARC que en ese año eran las dueñas de Argelia y otros municipios del Suroriente antioqueño.

Dos años más tarde, el 11 de diciembre de 1994, en una tienda de borrachos de la peligrosa comuna un hombre falleció en medio de una pelea. Gabriel Jaime fue acusado de ser el culpable de esa muerte. El muerto era, al parecer, familiar de un integrante de un peligroso grupo delincuencial llamado Milicias Bolivarianas de las Farc.

A las once de la noche del siguiente día Gabriel Jaime fue hallado muerto a seis cuadras de su casa. Tenía signos de tortura y un disparo clavado en la mitad de la cabeza.

María Marlene, acompañada solo por sus tres pequeños hijos, con la salida del sol enterró a su marido. Los bandidos que lo mataron no le permitieron velar el cadáver.

Después del entierro, a pocos metros de la casa, los mismos hombres que le prohibieron velar el cuerpo de Gabriel Jaime alcanzaron a la viuda y le ordenaron, bajo amenaza de exterminio, abandonar Manrique ese mismo día.

María Marlene volvió a usar la vieja mochila negra para llevarse la poca ropa que ella y sus tres hijos tenían. Germán, el mayor, tenía seis años. No sacaron nada más. Regresó a Argelia. Pidió posada en la casa de sus padres y ahí vivió hasta que un año después intentó rehacer su vida con otro hombre, con quien se fue a vivir a El Dragal, donde años después aparecieron sus fantasmas.

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Germán creció junto a su madre, sus hermanas y su padrastro, pero María Marlene cuenta que él, desde el asesinato de su papá no volvió a ser el mismo. Era un niño callado, solitario y amargado. En 2003 el joven desaparece como si se lo hubiese tragado la tierra. María Marlene dice que los grupos armados, paramilitares o guerrilla, se lo llevaron. Transcurridos doce años aún no sabe si para reclutarlo o asesinarlo.

Transcurridos dos años de la desaparición de Germán, por insistencia de María Marlene, abandonan la finca y vuelven a Medellín. La mujer consigue trabajo en la cocina de un restaurante de barrio, su esposo también se emplea y las dos niñas ingresan a la escuela.

María Marlene intentó infructuosamente desde la capital del departamento seguir buscando a su hijo mediante instituciones de derechos humanos.

La ciudad no fue nada fácil para los campesinos. Aunque había trabajo, la convivencia era humilde e insoportablemente austera. El costo de vida en Medellín superó sus ingresos.

En 2011 María Marlene, su esposo y una de sus hijas, porque la otra se quedó en la ciudad, volvieron a El Dragal, pero a los pocos días de haberse instalado en la casa que seis años atrás dejaron abandonada, los fantasmas del recuerdo, del dolor se aferraron de la mente de María Marlene hasta desesperarla, enfermarla y hacerla salir del lugar.

María Marlene, desterrada dos veces por la violencia y una por las secuelas que esta ha dejado en su mente, confía en que en La Habana, tras firmado el acuerdo de paz, alguien le dé razón de Germán, el origen de sus fantasmas, esos que aún la acompañan y estarán a su lado hasta que las preguntas que ha hecho durante doce años tengan al menos una respuesta.