Del infierno de la droga al infierno de la religión

Del infierno de la droga al infierno de la religión

1 de septiembre del 2016

“Yo pensé que al salir del vicio todo sería más fácil, dejaría atrás aquel demonio, recuperaría mi vida. Sentía que dejando de ser esclavo de las drogas dejaría de ser esclavo de todos pero no fue así, la religión me sometió y me esclavizó”.

Miguel Moreno es un joven de 24 años que en diálogo con KienyKe.com contó su historia de vida, rehabilitación y el dolor que padeció al sentirse ‘esclavo de Dios’.

Nació en el seno de una familia humilde, ha vivido toda su vida en el barrio San Cristóbal, al sur de Bogotá. Su madre vende dulces cerca a los colegios del sector y su padre trabaja como obrero, lo que le permitió a Miguel pasar mucho tiempo en las calles sin el cuidado de sus padres.

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“Yo medía calles (caminaba bastante) todo el día, andaba pa’ arriba y pa’ abajo hasta que paila, caí en las malas amistades. Empecé con el cigarrillo, para sentirme malo, todo chiquito y ya fumando, pero al que anda entre la miel algo se le pega y sin nada que pensar llegué a las drogas”.

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Estilista del Bronx-01

Cuando tenía 15 años este joven probó la marihuana y con el tiempo pensó que no era suficiente, su cuerpo le pedía más, “yo me la pasaba en el parque y uno ve muchas cosas, una noche llegué y había unos chinches (niños) metiendo pegante, estaba oscuro y los chinos pensaban que nadie los veía. Yo sí lo hice, los vi y en ese momento pensé que si ellos lo piloteaban (manejaban) yo también podría”, recordó el joven.

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Desde esa noche, la adicción de Miguel por el pegante comenzó. Inicialmente era algo que hacía solo con sus compañeros en el parque, luego sintió la necesidad de hacerlo con mayor frecuencia. “El pegante es un demonio, sobre todo si se mezcla, uno se cree grande y se vuelve loco, el problema es que uno lo deja de pilotear, lo necesita siempre, y en ese punto vale culo el resto”(sic).

Drogadicción, religión y familia

Meses después la situación se salió de control, Miguel dejó de llegar a su casa y cuando su papá vio que estaba vendiendo las cosas para consumir, decidió que era el momento de dejarlo ir. “Mi viejo me dijo que me tenía que ir, que él no trabajaba duro para que yo me lo fumara, yo estaba loco ese día, así que me fui sin nada, lo único que recuerdo fue ver a mi mamá llorando, eso sí me dolió”.

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Miguel dijo que sus primeras noches las pasaba en la casa de algún conocido o en algún parque. Contó que el frío no le importaba, que cuando llovía no sentía las gotas de agua. “El pegante hace lo suyo, el bazuco igual, lo que fuera que metiera pasaba la noche suave”.

Luego de las primeras semanas el problema llegó a ser más grande, “muy pocas veces estaba consciente, ya casi que vivía en la L, conocía a todo el mundo, algo comía de vez en cuando y el vicio llegaba solito, cuando no llegaba algo robaba para comprar, y eso empezó a ser muy normal”.

Cuando cumplió 20 años ya llevaba casi cuatro en la calle, llenándose de problemas y deudas. “Una noche en medio de una traba llegó un jíbaro al que le debía unas papeletas, yo todo alzado le dije que no me jodiera y el man me sacó un cuchillo y me lo pegó en un hombro. Paila, se me bajó la traba”.

Miguel consideró que era el momento de volver a su casa, allí nadie le haría daño, pensó que su mamá le daría la mano: “eso es lo que hacen las mamás, ayudar”. Cuando llegó a San Cristóbal su madre lo ayudó, le limpió la herida y le dio de comer.

EL BRONX

“No hay nada como volver al hogar, no chupar frío y comer bien, el problema es que ese diablo llama, ese no se va como si nada”.

Tiempo después, una tarde el joven iba en un bus pasando por la carrera décima, “iba escuchando rap suavecito, normal, cuando fue que un man se subió al bus y habló de una fundación donde ayudaban a los manes como yo, todos llevados. En ese momento solo pensé en mi vieja y me motivé le pregunté cómo llegar y allá llegué”, contó Miguel.

Dos días después, llamó a su mamá y le informó que estaba internado en la Fundación Aliento de Vida, ubicada cerca al Portal de las Américas y que podía pasar a visitarlo si quería. “Relinda mi cucha, ese mismo día fue”.

El proceso de recuperación fue largo, Miguel se escapó varias veces de la fundación y volvía a recaer en las drogas. “Yo sentía que lo necesitaba, no sé cómo hacía pero saltaba los muros del lugar, me salía por rejas pequeñas o esperaba a que nadie pasara y forzaba las puertas”.

Debido a su desobediencia fue encerrado bajo supervisión y le fueron negadas las visitas, “eso me dolió mucho pero los pastores del lugar me ayudaban, me aconsejaban, teníamos sesiones de oración y esas vainas que uno en ese momento toma como caídas del cielo”.

Pasó un año dentro de la fundación hasta que finalmente sintió que había dejado su adicción, los pastores Federman y María Eugenia fueron su apoyo incondicional muchas veces y aprendieron entre todos los que estaban allí a luchar en equipo.

“Cuando acabé el año me sentí un hombre nuevo, en verdad quise dedicarme a Dios, para ello salía a la calle y mostraba mi testimonio de rehabilitación a los demás en los buses, era difícil porque la gente no pone cuidado o no apoyaban económicamente”.

Bronx redes sociales

Dos meses después de ser joven ‘líder’ y salir a la calle en busca de ayudas económicas para la fundación, el dinero que recaudaba empezó a ser cada vez menor y los problemas dentro del lugar donde me interné, Aliento de Vida, fueron creciendo.

“Una noche la pastora me llamó aparte y a gritos me dijo que era un desagradecido, que no estaba aportando para devolver lo que habían hecho por mí que mi deuda con la fundación y con Dios era enorme”.

Lo que más le dolió al joven fue que la pastora lo condenara, le dijo que no tenía perdón de Dios y que era un drogadicto que llegaría al infierno, que no olvidara que su deuda era por un año.

“Fueron varios los días en los que me quedé sin comer porque no llevaba casi dinero, uno llegaba muerto de hambre, de pedir en los buses todo el día y así lo mandaban a dormir, sin un pedazo de pan mientras ellos después de los cultos tragaban como animales”.

Hace año y medio Miguel abandonó la Fundación luego de saldar finalmente su ‘deuda con Dios’. Aunque agradece que lo ayudaran a salir del vicio, le duele saber que invocando el nombre de Dios las personas hacen negocio y se enriquecen.

“Nosotros trabajamos para llevar dinero y las personas que asistían al culto de la iglesia daban el diezmo que se supone era destinado para la fundación, de ese dinero nunca se supo, la comida era poca y dormíamos casi 10 personas en un solo cuarto”.

Las instalaciones del lugar según cuentan a KienyKe.com, son oscuras, las habitaciones no tienen puerta, tienen una reja “así revisan que no hagas nada encerrado”, los baños escasos y compartidos, además que les revisan los artículos de aseo todo el tiempo para que no escondan nada allí.

“No sé qué hacen con el dinero de los creyentes y tampoco tengo idea qué hacen con lo que los ‘líderes’ llevamos a diario, ojalá dejaran a Dios fuera del negocio”.