“Matar a Dios duele”

“Matar a Dios duele”

18 de abril del 2013

Eduardo Escobar, escritor nadaísta, nació en Envigado y ahora vive en un pueblo del que ni siquiera conocía el nombre y al que lo trajo una mujer: San Francisco, Cundinamarca, cerca de La Vega. “¿Por qué estoy aquí? Pues yo qué voy a saber: la vida”.

Los últimos cinco años los ha pasado escribiendo un libro, Cuando nada concuerda, que muchas editoriales rechazaron aunque la escribió un autor reconocido, alguien al que Gonzalo Arango alguna vez llamó “el poeta más puro de mi generación”.

“Mañana por favor no lleguen tan temprano”, nos pide Eduardo antes de la entrevista. “Es que yo por lo general no madrugo”.

Ahora está sentado en una de las tiendas de la plaza del pueblo. Son las 11 de la mañana y no ha desayunado. “Uno se toma dos cervezas antes del desayuno y se siente muy rico”, dice. Desde esta misma mesa se ha acostumbrado a ver las muchachas bonitas pasar. A sus 70 años Eduardo afirma que se siente muy joven. “Cuando estaba en el colegio me gustaban las niñas mayores y era capaz de hablarles aunque ya tuvieran tetas y todo. Ahora miro a las muchachitas”, dice.

Eduardo fue uno de los más jóvenes integrantes y creadores del Nadaísmo, el movimiento que quería trastocar la “estructura de la sociedad colombiana y los valores espirituales”, como él mismo cuenta.

“Los nadaístas somos a veces tipos muy de malas para el amor. Yo no me quejo, pero lo digo por Eduardo Escobar, un nadaísta encartado con una de las almas más poéticas de mi generación.”, escribió alguna vez Arango sobre Escobar.

Eduardo Escobar, Colombia, Kienyke

-Estoy algo cansado-nos confiesa- es que no creás el último libro que escribí me dejó así- Se queda mirando al fondo de la botella un rato y confiesa que en sus últimas caminatas por las librerías ha analizado que nadie se va a leer un libro de 300 páginas. “Uno pasa por las librerías y son más cortos, así que me va a tocar recortarlo”.

La poesía, esa dama que lo ha acompañado toda la vida, nació de una personalidad solitaria y observadora que lo llevaba a perderse en el momento en el que veía al polvo pasar por un rayo de luz, en un movimiento irregular, que lo conducía hasta la ventana. De la escritura no siempre ha podido vivir; dirigió la revista Guía de Bogotá por 15 años, tuvo un bar, un almacén de muebles, cabras y hasta sembró papas y tomates. En la actualidad vive de los artículos periodísticos que escribe para revistas como Soho y El Tiempo, con su columna de hace más de 20 años Contravía.

Eduardo tiene una finca cerca al pueblo, que compró con su última novia hace unos años y donde escribe y lee a diario. Su perro ‘Pedro’ no deja que los extraños se acerquen muy fácilmente. Nos muestra el terreno. Hay dos casas. La primera tiene varios cuartos y grandes ventanales, además de una sala muy acogedora, que parece el lugar ideal para leer. En este sitio ya no vive del todo porque está adecuándolo para convertirlo en hostal, apenas logre publicar el libro. Tampoco duerme ahí porque desde que se fue su última mujer la antigua cama le parece demasiado grande. De sus hijos cuenta que lo visitan en algunas ocasiones, hoy incluso uno de ellos está ayudándole a sembrar plantas.

Su verdadera casa, en realidad, es una vivienda más pequeña, que está al lado, escondida entre algunos árboles. Hay una hamaca en el pasillo y no nos deja entrar disculpándose por el desorden. Entonces, desde afuera nos señala la habitación en la que escribe, un estudio con vista directa a los palos de naranja. La casa tiene una ventana rota porque hace unos días olvidó las llaves y los vidrios aún están esparcidos por el suelo.

En el primer piso tiene otro estudio: un lugar atiborrado de libros, discos y colillas. Lengua erótica y Sueños con mujeres que ni fu ni fa son algunos de los títulos que se destacan en ese inmenso estudio. Un disco del compositor alemán Wilhelm Furtwängler reposa sobre una vieja consola y encima de un inmenso “escritorio burgués”, como él lo llama, hay varias pipas. Las mismas que empezó a usar desde los 14 años para verse más grande frente a los otros nadaístas. En uno de los estantes nos sorprende encontrar la estatua de una Virgen, un objeto que verdaderamente se destaca en la casa de un ‘profeta de la muerte de Dios’.

¿Qué come un poeta?

Cada mañana Eduardo toma café y prende la radio. Después revisa correos y se sienta a escribir entre 5 y 8 horas. “Por ahí leí que escribir dos horas un texto, bien hecho y con toda profundidad, equivale a correr cinco kilómetros, por eso los escritores gastamos mucho azúcar, de ahí que tomemos tanto alcohol. Yo si no ando en esas necesito comer arequipe”.

Eduardo nos dice que come muy poco. En la mañana se toma un Ensure, a veces hace huevos, y otras pasa derecho a la noche donde se cocina algún filete de carne o de pescado. “Es el secreto de la longevidad, como me enseñó la mamá de mi primera esposa. Es que la gente come mucho y uno con una buena comida al día tiene”, dice Eduardo, para quien la escritura es un vicio aún más fuerte que el cigarrillo.

Al atardecer baja al pueblo a tomarse unas cervezas con sus amigos. En la noche se acuesta en la hamaca a leer y ver televisión por un rato.

Cuando nada concuerda

Eduardo Escobar, Colombia, Kienyke

Cuando nada concuerda es el título de su último libro. Gastó cinco años escribiéndolo, y tuvo un torpe paso por distintas editoriales que se negaron a publicarlo. “En Planeta me dijeron que no publicaban ensayos y en Random House Mondadori que era un libro muy elevado, erudito y bien escrito, pero que no era para sus lectores, aunque el editor lo intentó defender por todos los medios. Así que seguí buscando, algunas universidades y una editorial más pequeña se apuntaron a publicarlo después y hace algunos días logré un acuerdo con Eduardo Arcila, editor de Siglo del Hombre. En este momento el texto ya está en prensa”.

Eduardo prende otro cigarrillo y arruga sus cejas. “Este es un libro políticamente incorrecto y maneja ideas sobre el fin de la escritura y los escritores que leíamos en el principio del nadaísmo como Vladimir Maiakovski. Además hay una reflexión sobre los fantasmas de nuestra iniciación: Dios, la mentiras, el Diablo, en fin todo el paquete de lecturas que tuvimos y escritores que ya no se mencionan”.

Él recuerda que el primer libro que escribió, La invención de la Uva, fue editado por Manuel Mejía Vallejo en un taller en el barrio Las Villas llamado Papel Sobrante, porque sobrevivía del papel que quedaba de los periódicos y en el que se editaban textos cortos.

“Gonzalo Arango decía algo cierto y es que la literatura no se puede tratar de grandes tirajes y yo creo que se va a volver a eso, los libros se van haciendo su camino e imponiendo ante su público”.  Después de eso Eduardo pagaba un tiraje de 1.000 ejemplares, se iba con una caja de 100 en bus y los repartía entre Medellín, Pereira, Manizales, Cali y a veces hasta Mocoa. Leía en las casas de cultura de los pueblos y se hacía amigo de alguien en los periódicos para que le publicaran una entrevista.

“Antiguamente un editor defendía una causa, arriesgaba su dinero, le apostaba a un autor, pero ahora las editoriales, como multinacionales enormes, son otra cosa”.

El Nadaísmo

Eduardo no tuvo ni una madre puta, ni un padre borracho. Su familia por el contrario era aburrida, normal, típica, y ese aburrimiento lo llevó a escribir para escapar. En una época le dio por ser santo, e irse para el Seminario de Misiones de Yarumal, pero eso se volvió una pesadilla peor que el tedio que le producía su casa.

A los nadaístas los unía las ganas de cambiar la sociedad y de “develar la hipocresía”, pero Eduardo en realidad buscaba un refugio al aburrimiento y una resistencia sorda a no seguir el camino de su padre: madrugar todos los días y coger un bus para ir a la oficina.

Eduardo Escobar, Nadaistas, Colombia, Kienyke

Eduardo Escobar, el primero a la izquierda, junto a otros nadaístas, como Jotamario Arbeláez 

“Cuando escuché a mi mamá decir que tuviera cuidado con unos tipos pecaminosos que andaban por la ciudad, fue lo primero que quise hacer”. Tenía 14 años cuando conoció a los nadaístas. A Escobar lo llamaban “el nieto” porque era muy joven y en esa época a Gonzalo Arango no le gustaba anda mucho con él. “Yo era un niño muy lindo, en serio, y como tenían fama de corromper menores no querían dar pie a más habladurías”. Por eso a Eduardo le tocó comenzar a fumar pipa para verse más grande.

También fue Arango quien lo motivó a enviar sus primeros textos a El Espectador, donde lo publicaron. Amílcar Osorio, por el contrario, le decía que sus primeros poemas eran muy malos, por eso lo introdujo a la poesía moderna. Desde ese momento su vida se volcó en escribir. “Me he casado y me he separado. Me he arrejuntado y he vuelto a terminar. He hecho plata y me he quebrado, pero todo en torno a una sola cosa que es la escritura. Pocos asumimos la poesía como un hecho de vida, y en eso puedo incluir a Gonzalo Arango y a Jaime Jaramillo Escobar.”

-Y a ¿qué poeta admiras?

-Después del nadaísmo, a Gómez Jattin.

-¿Y Jotamario Arbeláez?

– Toda la vida hemos tenido muchos problemas, pero también somos amigos. Él tiene cosas muy buenas, sobre todo de su juventud, y fueron una apertura. Pero es un hombre con mucho talento que se desperdicia en el papel social.

Matar a Dios duele

La Virgen que terminó en manos de Eduardo llegó por azar: se la encargó una amiga que se fue a Europa. “Era de su madre y no me podía negar. Si no acepto a la religión también me encasilló en otra doctrina y yo no tengo problema con el sentimiento religioso. También me interesa saber dónde surgió la idea de Dios, un Dios que está actuando negativa y terriblemente”.

Eduardo Escobar, Colombia, Kienyke

Eduardo estudia religiosamente el Corán, la Biblia, literatura Zen y budista, así como algunos brujos rusos. También se ha dedicado a rastrear si fue en Siberia -donde algunos científicos dicen que existieron las primeras migraciones humanas- que se sembró esa idea en el corazón humano.

-Cuando yo era un niño, que había pasado por el seminario, y entré al Nadaísmo, juro que veía al Diablo en mi cuarto. Es que estábamos entrando en un terreno prohibido, rompiendo un tabú. Teníamos crisis grandísimas, que nos condujeron tal vez al alcoholismo, la marihuana, porque es que matar a Dios duele, nos arrastrábamos y nos envilecíamos a la vez-, cuenta Eduardo.

A pesar de esa lucha interna, la vida lo ha llevado a una gran conclusión: existe el asombro. “Einstein, hablaba de eso, eso que yo confundo con el sentimiento religioso”.

Por eso cuando Eduardo se despierta en la mitad de la noche y se para desnudo a acostarse en la hamaca que está en su balcón no puede más que asombrarse con el cielo en San Francisco.

-Hijueputa qué escándalo ese cielo, ese mundo de estrellas. Es que este cielo es diferente al de Anaxágoras, en Grecia, y al de Nietzsche. El hombre moderno ve un cielo rebotado que no sabemos hacia dónde va, que huye hacia la nada.

De repente suena un vientecillo y Eduardo como un niño se queda mirando a la luz que entra por la puerta. Quieto, estático, porque en ese segundo los demás no existimos.

@JuanaRestrepo87