Cuando la poesía salva de la muerte

20 de junio del 2019

Sebastián Palacios, un joven poeta que muestra su barrio con letras

Poesía y Educación

Las manos de Sebastián están inquietas. No mira a los ojos. A sus 16 años esos ojos claros han visto la muerte más veces de las que él quisiera. Tal vez por eso su mirada parece distante.

Sebastián Palacios hoy está en noveno en la Institución Educativa Isaías Gamboa de Cali. Pero lleva a cuestas la vez que vio morir a su amigo Danielito porque, al intentar robar a alguien, resultó con varias balas en su cuerpo.

Jenny Perea es su profesora de castellano desde los 14 años, ha visto su evolución y toda la catarsis que ha hecho gracias a la escritura. “En ese entonces era un chico irreverente y grosero, patán, descuidado en el estudio pero llamaba mucho la atención porque era muy sociable”.

Sebastián vive en el barrio Terrón Colorado; uno de los barrios más conflictivos del oeste de Cali saliendo hacia Buenaventura. Vive con su abuela de 89 años, su padre y su madre, aunque cuenta que ella “no mantiene en la casa”, también convive con su primo y su hermano. Para él todos en su familia son un clan de “guerreros”.

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El despertar de la escritura

“Cuando llegó a noveno empezamos ‘Perdonando desde la piel’ porque les trabajo mucho la parte afectiva dentro del proyecto de fortalecimiento del ser desde la construcción de paz y sana convivencia. Empezamos con la línea del tiempo de la vida, él fue del que más se demoró. Entonces entendí muchas cosas de él en séptimo de por qué era así”, cuenta la profe Jenny.

Vea el video de la lectura del poema de Sebastián

 De este ejercicio surgió su primer poema. “Me pide que yo lo lea delante de sus compañeros pero yo termino el poema en lágrimas”, dice Jenny y hace una pausa en la entrevista porque se le caen las lágrimas en ese mismo momento. Igual que aquella vez.

La catarsis de un entorno complejo

“Yo escribo porque es algo donde se puede reflejar los sentimientos. Me gusta escribir porque me desahogo, sobre la rabia y escribo sobre todo: la luna, el barrio, la vida, los amigos, el vicio, el futbol”, dice Sebastián.

Cuenta que la primera vez que robó, fueron 200 pesos y tenía como nueve años, pero se sintió mal y luego de la muerte de Danielito quien tan solo tenía 14 años, se dio cuenta que por ahí no era el camino.

Asegura que los amigos del barrio salen a robar por necesidad y que ellos tienen talentos pero les falta apoyo y confianza en ellos mismos. Agradece la presencia de la profesora Jenny y por sus consejos diarios. A ella no le suelta la mano durante toda la entrevista. Es como si se sintiera seguro con ella.

“Quiero que con mis poemas reconozcan lo que pasa en el fondo del barrio, lo que pasa un día común, lo que la gente no puede ver. En un día se mueren dos amigos, otros salen a robar, uno ven como venden vicio, pasan muchas cosas”.

Sebastián agradece a diario porque su familia está viva y son su motor para vivir. Con la escritura sus sueños han crecido y ahora tiene ganas de comerse el mundo. “Antes quería ser solo portero. Ahora quiero ser escritor, cantante o productor audiovisual. Cuando tenga 26 años me imagino brillando porque ahora tengo muchas ideas y proyectos”.

El aquí y el ahora

“Me pongo en el lugar de estos muchachos y son muchachos con unas historias de vida muy tenaces; él no lo pudo leer porque quizá iba a pasar lo mismo que pasó conmigo. A partir de allí quise mucho a Sebastian por contarme su historia de vida, por desnudar su historia de vida frente a los estudiantes y por ser un berraco e ir todos los días a estudiar a pesar de las dificultades, a pesar de haber presenciado tantas muertes, de perder sus amigos y entendí todo el dolor que él cargaba”, dice la profesora de castellano.

Esta profe hace parte de ‘Semilleros TIC’ y de ‘Parche Tech’ del programa ‘Mi Comunidad Mi Escuela’ de la Alcaldía de Cali, donde articulan los trabajos realizados en las Instituciones educativas con la tecnología y proponen otras formas de trabajar a los saberes de maestros y de estudiantes

“Trabajamos por ellos y para ellos. Lo más satisfactorio es verlos salirse de sus parámetros. Que construyan cosas que nos mueven y que sentimos. Que humanicemos esta educación”, puntualiza la profesora Jenny Perea, quien jamás soltó la mano de su alumno.

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