El Atlenal, un coctel de tango y amor por ‘el verde’ en Envigado

El Atlenal, un coctel de tango y amor por ‘el verde’ en Envigado

4 de febrero del 2017

De fedora, saco, chaleco y corbata, impecable, René se ubica en una de las tres puertas del bar. Toma un trago de jengibre con miel para calentar la voz. Le hecha amaretto a su vaso con whisky para convertirlo en un ‘Padrino’ y, tras encontrar la pista en su reproductor de música, al ritmo de los acordeones, entona: “Te di todo lo más que pude darte / mi nombre, un hogar y un corazón / tus ojos los veía en cualquier parte, / vivía solamente para vos /”.

La letra de ‘Lágrimas de sangre’, una de las famosas de Alfredo de Angelis, suena, y Aníbal Rojas sirve, detrás del mostrador, algunos pasabocas para acompañar los guaros y las cervezas que los clientes ya tienen servidos en las seis mesas disponibles del Atlenal.

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Su lugar, una esquina de apenas 40 metros cuadrados en Envigado, es donde convergen dos de los grandes amores de los antioqueños: el tango y el Nacional. Ese coctel perfecto que hace de este bar un sitio memorable.

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El corazón verdolaga

La fachada es blanca con verde. Adentro, las paredes son galería de exhibición de los equipos que han dado gloria al campeón de América. Mal contados son unos 32 cuadros del Atlético Nacional los que cuelgan en el muro más visible del negocio.

Pero el que reúne a los jugadores del año 72, donde aparece Gerardo Moncada, es el infaltable. La razón, dice Aníbal, es sencilla: “a esos muchachos se les veía las ganas de jugar, lo hacían por la camiseta. Cuando eso no había tanta cosa en el fútbol, ni intereses políticos ni mafias como las de ahora”.

Andrés Escobar y los de la Libertadores, del 89 y de 2016, también hacen parte de la colección, si no, sería un sacrilegio para los hinchas.

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El amor verdolaga es grande. “Cuando una mamá es buena y un papá es bueno, los hijos no se alejan nunca. Nacional es una institución que cuida a sus hijos y están dando muy buenos resultados. Es lo mejor de Colombia y de muchas partes del mundo”, es la opinión de Aníbal sobre el equipo que llena su corazón.

El mismo amor motivó a Arnoldo Urdinola, el antiguo dueño del bar, a cambiarle de nombre. Hasta el año 65, el lugar fundado en 1937 por Ernesto Álvarez – o ‘Garrote’, como le decían – se llamó El Quijote. Desde ese entonces la esquina fue bautizada como el bar Atlenal.

Arnoldo, recordado como un señor “muy serio, muy amable y muy atento”, no era un aficionado, era enfermo por Nacional. A él, Aníbal le compró el negocio en el 2000 porque tenía problemas de salud y estaba cansado. Y la amistad que los unió desde 1976 fue otra razón para mantener la tradición del verde.

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Un solo sonido: el del tango

Otra de las paredes del Atlenal tiene como protagonistas a los legendarios Francisco Canaro, Juan D’arienzo, Alberto Echagüe, Carlos Gardel, Óscar Larroca, Julio Sosa, Armando Moreno, Alberto Podestá y Agustin Irusta. El tango es el espíritu del negocio.

En los anaqueles, tras el mostrador, sobresalen las pastas negras de los LP que  hacen parte de una colección de más de 3.000 canciones. Cuando la ocasión lo amerita, el que suena es un traganíquel del 44, que reproduce las más queridas de Aníbal, las de Echagüe, Edmundo Rivero, José García y D’arienzo.

“Hay infinidad de música que le gusta a uno, pero todos los tangos son buenos. Sino no lo son para mí, lo son para usted”, así responde a la pregunta sobre cuál es su canción favorita.

Los espectáculos en vivo de los viernes ya se hicieron famosos. En ellos solo se canta tango.

Rene, junto a la puerta, es el encargado de amenizar las noches frecuentadas por los mayores y también por los jóvenes. “La semilla del tango nunca va a morir gracias a lugares como el Atlenal”, dice.

De 9 de la noche a 2 de la mañana canta parejo, lo que le pidan, tenga o no tenga la pista. Incluso repetidas. Luego de ‘Volvamos a empezar’, otra de Angelis, vuelve a interpretar ‘Lágrimas de sangre’, a pedido de una mesa que no la escuchó la primera vez.

“En mi arrebato he tratado de tirar boleros, pero siempre es tango, no dejan cantar otra cosa”, cuenta el artista.

De hecho, la música y las presentaciones son lo que “amañan” a Jorge Marín en el Atlenal: “Todo el mundo viene a escuchar buen tango. Además es lo más ‘organizadito’ que tiene Envigado”, afirma el cliente.

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Se les prende velas a otros santos

En el bar de la calle 38 sur con carrera 37 el que manda es Nacional, pero Aníbal les regaló un espacio a otros equipos. Tiene uno que otro cuadro de Medellín, de Tolima, de Once Caldas, de Millonarios y de América. También de Racing, Independiente de Avellaneda y del rey Pele.

Su razón: las historias y que – los primeros clubes mencionados- son colombianos. “En la vida de nuestro señor Jesucristo había 11 mil vírgenes. Usted era devoto de una, pero les prendía velas a todas. Aunque no me gusta ningún equipo de esos, hay que tenerlos en la mira porque son hermanos”, es el dicho del hombre que dice ser la cuota inicial de un asilo a sus 67 años.

El de América hasta hace poco regresó a ocupar su lugar. En 2011, cuando descendió a la B, lo envolvió en papel periódico, lo amarró con cinta para que no se deteriorara y lo guardó en el escaparate donde tiene su colección.

“Ahora que volvió a subir, lo saqué. Hay que darle ánimo a esa gente. Los hinchas venían y me preguntaban por él: les decía, como América está en vacaciones, el cuadro también merece descanso”, cuenta como anécdota.

El espíritu del servicio es atender bien a los clientes, sean o no del Nacional.

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Y son muchos los que no son hinchas. Jorge Marín es uno de ellos. Es seguidor, “a mucho honor”, de Medellín, por eso cree que lo único que daña al Atlenal es el nombre.

Jaime Giraldo, otro “abonado y apasionado” del Poderoso, está convencido de que para tomarse un aguardiente y escuchar buena música, no hace falta mirar los escudos ni los equipos. “Esa es la cortina fea”, dice esbozando una sonrisa.

Todos los partidos de Nacional son transmitidos en el bar, pero los de importancia se convierten en un evento con pantalla gigante y entre 200 y 300 invitados.

Aníbal acomoda a 40 personas en el reducido espacio de 40 metros cuadrados y, afuera, a las demás. Asegura que nunca hay riñas ni molestias entre hinchas, todos comparten sin importar el escudo de sus camisetas.

La única que se le quedó montada fue la celebración de la final de la Copa Sudamericana. Cuando se enteró de la tragedia del Chapecoense se sentó a llorar. Al día siguiente armó una bandera de Nacional con un moño negro y la dejó tres días pegada en la pared como señal de duelo.

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De puertas abiertas

Edward Darío, Alejandro, Álvaro y Johny, los hijos de Aníbal, y su esposa, Rocío García, le ayudan a mantener el bar abierto todos los días luego de 17 años como propietario. Abre a las 3 de la tarde, pero a veces se le encuentra desde la 1 porque le gusta hacer aseo y tener todo listo cuando llega la gente.

Es costumbre religiosa del lugar que papel que caiga al suelo sea levantado de inmediato con escoba y recogedor. “Me gusta atender bien a los clientes, conversar con ellos, hacerlos reír y mantener bien ordenado el negocio”, dice Aníbal como lema de su servicio.

Una cerveza, otra media de aguardiente, un vaso con hielo llaman a Aníbal de nuevo a las labores. Rubén canta “Ya no estás a mi lado corazón / en el alma sólo tengo soledad / Y si ya no puedo verte, / porque dios me hizo quererte / para hacerme sufrir más”.

Le letra de ‘Historia de un amor, de Carlos Almarán, invade el negocios cuando apenas empieza la noche en este rincón de tango y de fútbol con 80 años de historia.