La resurrección de El Jordán, el bar más antiguo de Medellín

28 de enero del 2017

Ahora es un espacio cultural que cuenta la historia de los paisas.

La resurrección de El Jordán, el bar más antiguo de Medellín

Cuando el arquitecto Carlos Mario Jaramillo entró a El Jordán, en junio de 2013, creyó que todo estaba perdido para el bar más antiguo que ha tenido Medellín hasta la fecha.

Los años de abandono que vinieron luego de cerrar sus puertas en 2007 hicieron sus estragos: el peso del musgo y de las hojas de un piñón de oreja que le hacía sombra, echó abajo el techo y permitió que el agua corriera sobre los muros de tapia y los pisos de madera.

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Ya los muebles de dos puestos, el piano de marca Seebur, los discos, las botellas y el cuadro de Jorge Eliécer Gaitán, que colgó por años en la misma esquina como símbolo de la simpatía de los dueños hacia el liberalismo, habían sido retirados por los propietarios y los saqueadores.

Con tal panorama de desolación, El Jordán, que fue lugar de encuentro de arrieros y artistas,  parecía haber perdido la batalla contra el tiempo. 122 años eran muchos para seguir manteniéndose en pie.

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Jorge Eliécer Gaitán en el Jordán.

Sin embargo, su peso histórico y su valor como referente de la ciudad y de su cultura, fueron suficientes razones para que el equipo de Jaramillo, en la Secretaría de Cultura, trabajara para devolverle la vida, ya no como bar sino como un espacio para atesorar la riqueza musical de Medellín y ponerla a disposición de la gente.

En 2013, entonces, El Jordán inició su camino para convertirse en una de las cuatro casas de  música que el exalcalde Aníbal Gaviria prometió para la ciudad, pero las obras demoraron y apenas en 2015 se le encomendó a la Fundación Ferrocarril de Antioquia el cuidadoso trabajo de restauración.

A 30 días de verlo de nuevo con sus puertas abiertas, el proyecto ya no es convertirlo en una casa de música sino en un centro de documentación musical, adscrito al Sistema de Bibliotecas Públicas de la ciudad.

Cuenta Juan Carlos Sánchez, subsecretario de bibliotecas, lectura y patrimonio de la Alcaldía, que albergará la historia musical de los paisas desde 1900 hasta estos días.

“El que quiera saber cómo sonó y cómo suena Medellín podrá encontrar en El Jordán la respuesta. Las personas podrán hacer consultas, escuchar música y tertuliar sobre los diferentes géneros que han marcado nuestra cultura”, explica.

El Jordán, una historia que inicia en 1891

El Jordán.

El historiador Luis Fernando González relata que cuando el proyecto de construir una ‘casa de recreo y baños’ se gestó en la mente de los hermanos Rubén y Román Burgos y del empresario Manuel José Álvarez, buscaron un punto estratégico de la ciudad para garantizar los clientes. Así llegaron hasta los terrenos del que para ese tiempo —1890— era el naciente corregimiento de Robledo.

El Jordán y la iglesia fueron las primeras edificaciones que se construyeron en los terrenos que la quebrada La Iguaná arrasó en 1876, cuando la zona se conocía como Aná.

Hoy, el bar está ubicado en toda la esquina de la calle 65 con la carrera 84, pero en aquella época, sin nomenclatura, la referencia era buscar la única fonda caminera que se encontraba en la salida de Medellín hacia el Occidente antioqueño.

En sus primeros años, las élites de la capital paisa se sintieron atraídas por las piscinas que recibían el agua cristalina de la quebrada La Corcovada y el servicio de mesa que se publicitaba en los periódicos locales, pero hacia 1924, explica el historiador, la llegada de una estación del tranvía permitió el acceso del pueblo.

Los bailes ahuyentaron a los más ricos, mientras la industrialización del sector acabó con las piscinas. Llegó la época de la música.

En su libro, ‘Nací en este barrio tan lindo… Robledo’, Alberto Burgos, descendiente de los primero dueños de El Jordán, cuenta que con la transición de las pianolas mecánicas a los traganíqueles, nuevos ritmos llenaron las paredes del lugar: “pasillos, valses, fox-trot y canciones como El Botecito y Pastel de Manzana Verde se escucharon en un piano Wurlitzer de 12 discos de 78 R.P. M.”.

Sin embargo, con el fin del tranvía, en 1951, otra época empezó en Medellín y en Robledo. Este barrio sintió con más fuerza la explosión demográfica que se dio en la ciudad con la llegada de obreros, campesinos y desempleados que buscaban una oportunidad. El Jordán, junto con la ciudad, se transformó y fue perdiendo el esplendor de sus primeros años.

De esa época es el recuerdo que Teresita Carrasquilla, una habitante de Robledo de toda la vida, le contó hace unos años a un medio de comunicación universitario cuando el bar fue noticia porque amenazaba con irse al suelo.

Al Jordán, expresó, “traían músicos, merengueros, y se rumbeaba parejo, toda la gente era como una familia, todo el que llegaba era amigo de todo el mundo, eso era espectacular […] venían todos los paseos en chivas, se hacían unas rumbas deliciosas, venían los caballistas a tomarse sus tragos. Pero de un momento a otro fueron cerrando piscinas y ya viendo al Jordán tan descuidado no volvieron las chivas, los caballistas, nada”.

La época de la bohemia

El Jordán - Bohemia

Fueron los artistas, escritores, filósofos, poetas y todos los involucrados en la escena cultural de Medellín los que se encargaron de inmortalizar la fama de El Jordán como un espacio de bohemia. También fueron los últimos en abandonarlo cuando entró en decadencia.

El historiador Luis Fernando González recuerda que fue lugar de disertación de Gonzalo Arango, fundador del Nadaísmo, y de Tartarín Moreira y el grupo de Los Panidas. Manuel Mejía Vallejo aprovechó sus salones para organizar los miércoles de tertulia y los jueves de exposiciones, como una extensión del taller de escritores que tenía lugar en la Biblioteca Pública Piloto. Incluso, fue el sitio elegido para la celebración del cumpleaños número 50 del escritor Darío Ruiz Gómez.

En este rincón de Robledo había espacio para la presentación de libros, de autores reconocidos o desconocidos, para la creación literaria, para la reflexión, para tomarse un tinto o una cerveza y pensar en la sociedad. El arte, la música y el encuentro, atrajo hasta su cierre a los intelectuales.

El renacimiento

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Mantenerse en pie en años transcurridos durante tres siglos parecía mucho pedir para El Jordán. Raúl, el último de los Burgos que administró el negocio, no pudo ignorar más los problemas en la edificación causados por la falta de mantenimiento y cerró las puertas del bar en 2007. Quedó abandonado, perdió su encanto, se llenó de moho, de musgo, de olvido.

Entre 2008 y 2012, la administración municipal llevó a cabo el trámite para adquirir la propiedad por considerarla un bien de interés patrimonial. Abierto, cerrado, caído, El Jordán se convirtió, por su historia y ubicación, en un referente de la ciudad. Por lo tanto, su destino no debía ser quedar reducido a escombros para dar paso a un imponente edificio.

Así se llega hasta el presente. Por fin, luego de una inversión cercana a los 2.500 millones de pesos, este año volverá a abrir sus puertas trasformado en un centro de documentación musical. Las ventanas, el techo, el piso, el lucernario, los murales del pintor José Ibáñez revivieron, generando asombro entre los transeúntes.

“Quedó hermoso. Luego de verlo tantos años en las ruinas pensé que ya nada se podía hacer por él, pero creo que quedó igual a como se veía en sus mejores momentos”, dice Beatriz Fernández, una habitante de Robledo.

Por ahora, cuenta Juan Carlos Sánchez, subsecretario de bibliotecas, lectura y patrimonio, la Alcaldía está terminando los últimos detalles de obra e inició el proceso de licitación para la dotación. Tendrá un salón de exposiciones y un pequeño auditorio para 80 a 100 personas.

“La gente va a contar con un lugar de encuentro comunitario en donde podrá disfrutar de un café y de buena música”, dice Sánchez.

En febrero, la administración municipal dará inicio a unas visitas guiadas para que los vecinos se apropien de nuevo del espacio y el propósito es que antes de mitad de año ya cuente con una agenda cultural de pequeño formato.

2017, entonces, es el año en el que El Jordán revive, transformado, para permanecer en el corazón de los medellinenses y empezar a anclarse en los recuerdos de los que no conocían su historia.

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