El carnicero de Praga

11 de marzo del 2017

Reynhard Heydrich, el Carnicero de Praga, fue muy cercano Hitler, y uno de los criminales de guerra más terribles. Así lo mataron.

El carnicero de Praga

La cripta de San Cirilo.

Jan Kubiš sabía que lo iban a matar. Y ya no le importaba: había cumplido su tarea, o por lo menos lo intentó. Él y los demás hombres, miembros de la resistencia checa contra la ocupación nazi, esperaban la muerte, ocultos en una cripta de la Catedral de San Cirilo, en Praga. Llevaban allí dos semanas.

Era la noche del 17 de Junio de 1942.

Un escondrijo oscuro y frío. La luz entraba tenuemente por una ventanilla, a través de la cual también podían oírse los pasos firmes de las tropas alemanas que los buscaban, y los aviones que sobrevolaban el cielo gris de Praga. Más al fondo, sonaban las explosiones de las bombas y el eco de las ráfagas de metralla que se perdían en la noche. A veces podían sentirse los gritos y el llanto. Así es la guerra: los lamentos, los tiros y las bombas suenan por todos lados, y en el aire circula el olor de la pólvora y el olor de la sangre.

En la cripta, además de Jan Kubiš estaban Jozef Gabčík, sargento, Adolf Opálka, teniente primero, y Karel Čurda, sargento mayor, quien habría de traicionarlos luego.

La GESTAPO había puesto toda su maquinaria en función de encontrar, donde fuera y como fuera, a los culpables del atentado que le costó la vida a Reinhard Heydrich, temido teniente general nazi, y uno de los hombres más cercanos a Adolfo Hitler. Reinhard Heydrich, tristemente conocido como El carnicero de Praga.

Las últimas horas de Kubiš y los demás miembros del grupo se consumían lentamente. El tiempo parecía no correr; era como si la noche, fría y densa, no quisiera terminar. A pesar de que Kubiš había aceptado su suerte, no dejaba de sentirse ansioso, algo triste. No dejaba de sentirse infinitamente desgraciado.

Dentro de la cripta nadie decía nada. Se sabía que al lado había un hombre porque se podía ver el vaho gris de su respiración.

A veces uno de ellos se asomaba por la única ventana, con su arma en la mano, y estudiaba el exterior. El mismo panorama siempre: camiones llenos de tropas alemanas; aviones atravesando el cielo a toda prisa; tiros y gritos en la distancia.

Lo único que esos pobres tipos podían hacer, además de esperar su destino, era pensar en los que estaban afuera: escapaban del encierro por vía de la imaginación y los recuerdos. Así, Jan Kubiš se remitió a sus días infantiles en Dolni Vilemovice, un peqeuño pueblo checo; a su madre y sus hermanos; y por supuesto recordó a su querida Anna.

En su cabeza, Jan Kubiš se encontró con Anna y pudo ver sus inmensos y brillantes ojos claros. Y de pronto sintió, por un instante, algo de tranquilidad. Sin embargo la sensación desapareció con la misma velocidad que había llegado cuando se escuchó estallar una bomba muy cerca. Casualmente, en ese mismo instante, Anna, dentro del vagón de un tren lleno de checos, pensaba en Jan. Pocos días después ella moriría en el campo de concentración de Mauthausen-Gusen.

Ahora que el pasado se había convertido en remotas imágenes, que el presente era tan desolador, tan oscuro, y que el futuro definitivamente no existía, Jan Kubiš recordó cómo Había empezado todo.

Él era efectivo del ejército checo. Se había enlistado apenas un año antes de que estallara la Guerra.

Cuando los alemanes entraron a Praga, en Marzo de 1939, Kubiš y otros hombres que se habían negado a jurar lealtad al Fürer, huyeron por Francia. Habían optado por ir a entrenarse a Inglaterra para trabajar desde allí en la resistencia.

Pudieron llegar con las propias dificultades del caso, partiendo del puerto de Marsella, a través del Canal de la Mancha.

Ya en Londres, Kubiš y sus colegas formaron con los ingleses y militares de otros países ocupados, un grupo de operaciones especiales denominado SOE (Special operations executive), cuya principal función consistía en realizar tareas de espionaje, sabotaje, articulación de redes de comunicación, y reconocimiento militar en toda la Europa ocupada.

Por las formidables destrezas que mostraron Kubiš y otros checos, el comando de la SOE decidió encargarles una misión, quizás la más importante misión del grupo durante la guerra: tenían que matar a Reinhard Heydrich, comendador nazi para el protectorado de Bohemia y Moravia.

Reinhrad Heydrich: el carnicero de Praga.

Reinhard Heydrich, teniente general de las SS no era un nazi cualquiera, sino el más temido, desalmado y brutal criminal de guerra de toda Europa. El mismo Hitler se había referido a él como “un hombre con corazón de hierro”. Heydrich resultaba, además, uno de los hombres de más confianza y más cercanos al mismo Hitler. Dentro de la alta jerarquía nazi ocupaba un respetable tercer lugar después de Heynrich Himmler.Incluso se decía que Reinhard Heydrich era un sólido candidato a suceder al Fürer cuando éste faltara.

Por eso matarlo significaba tanto.

El abultado prontuario de Heydrich estaba lleno de ejecuciones masivas, persecuciones, una fuertísima represión, y una crueldad sin fronteras. A cuestas de aquel nazi, a diciembre de 1941, había más de mil muertos.

Pero paradójicamente eso no era lo más terrible.

Desde que había iniciado su servicio dentro del partido nazi, en 1938, dirigiendo la Oficina central de seguridad del Reich (la temida GESTAPO), Heydrich había diseñado todo el aparato de persecución política contra opositores, comunistas, gitanos y judíos. Y eso apenas era el principio; las ambiciones maniáticas de Heydrich llegarían más lejos: cuando las balas no alcanzaban para matar judíos por ahí, a tiros, y la “moral de la tropa” se veía afectada por esas ejecuciones sin sentido; cuando los guetos estaban llenos a reventar y las personas morían de hambre, al brillantísimo estratega Herr General Reinhard Heydrich, se le ocurrió una salida definitiva y contundente a la cuestión judía: La solución final.

alt carnicero

Reinhard Heydrich

Si bien, fueron muchos los hombres detrás del genocidio, Heydrich fue el cerebro, el arquitecto, la mente que planeó todo. Reinhard Heydrich ayudó a matar seis millones de seres humanos.

En la lógica de Heydrich, quienes tuvieran fuerzas suficientes, por lo menos para mantenerse en pie, hombres jóvenes en su mayoría, trabajarían recogiendo y clasificando las pertenecías de sus hermanos muertos, llevando los cadáveres a los hornos de cremación, cavando las tumbas. En cambio los otros, ancianos, mujeres y niños, serían eliminados mediante una forma “barata, contundente, efectiva y rápida”.

Así, Heydrich diseñó y puso en marcha las cámaras de gas. La primera de ellas empezó a funcionar en junio de 1941, en Auschwitz.

Al día podrían entrar de siete a quince mil personas a las cámaras. La muerte a gran escala. Pero en ello, Heydrich no trabajó sólo; su cómplice, además del beneplácito de todos los nazis, fue Adolf Eichman, artífice de la logística de transporte de prisioneros. A este último hombre, la historia le debe la horrorosa imagen de los trenes llenos de judíos.

La primera vez que Jan Kubiš vio el rostro de Reinhard Heydrich fue en la oficina del presidente checo exiliado Edvard Beneš, en Londres, cuando se le informó que él y otros cuatro soldados serían los elegidos para matar al general nazi. Kubiš ya había oído hablar de él; sin embargo, era la primera vez que observaba su rostro.
—Ese es nuestro objetivo, muchacho —dijo el presidente Beneš entonces.

Al principio Kubiš sintió nervios frente a Beneš. Aquel hombre de perfil duro, pero que se notaba apesadumbrado, triste, representaba el último ápice de dignidad que le quedaba al pueblo checo.
—No podemos permitir que ése infeliz siga haciendo de las suyas con nuestros compatriotas —continuó el presidente—. Hay que acabar con él inmediatamente, sargento.
—Estamos a sus órdenes, señor —afirmó Kubiš y se puso en posición de firmes.

Beneš lo observó con seriedad y luego esbozó una suave sonrisa.
—El nombre clave de la misión es Operación Antropoide —dijo Beneš, y sacó del cajón de su escritorio unos mapas, unos documentos, más fotos y una botella de vodka. Ofreció un trago y un cigarrillo a sus hombres y luego hablaron de la misión.

Pasados tres meses de aquella reunión, el 28 de diciembre de 1941, después de los entrenamientos y las instrucciones de rigor, Jan Kubiš y Jozef Gabčík, los elegidos, estaban listos para actuar.

Ahora, en la oscuridad de la cripta de San Cirilo, Kubiš se encontró de nuevo con la imagen de Heydrich, y de terror se le erizaron todos los vellos del cuerpo. Recordó aquella nariz fina y ganchuda; él rictus inexpresivo de una boca pequeña; unos ojos claros, enigmáticos, un poco vacíos, un poco muertos; el perfecto corte militar al ras, por lo que la frente se veía más grande, sin arrugas; y finalmente el impecable uniforme negro con las charreteras de teniente general de la SS.

La operación Antropoide.

La noche del 28 de diciembre de 1941, en un avión Halifax de la Real Fuerza Aérea Británica, los dos comandos fueron conducidos a territorio checo.Por logística y seguridad, ambos tuvieron que saltar en paracaídas sobre Pilsen, una ciudad a 20 km de Praga.

Provistos de documentos falsos y vestidos de civil, lograron llegar a Praga y ponerse en contacto con la resistencia. En la capital, Kubiš y Gabčík, junto con dos soldados más, Adolf Opálka y Karel Čurda, empezaron la misión, siempre con el riesgo constante de que la GESTAPO los encontrara y los arrestara.

Fallar no era, en definitiva, una opción. Reinhard Heydrich debía morir a toda costa y tan pronto como fuera posible.

Si bien, tenían el tiempo a cuestas, y las cosas debían hacerse pronto, un solo minuto de vida de Heydrich significa la desgracia para miles de checos y judíos, el afán no podía guiar los actos de los comandos. Todo tenía que ser milimétricamente calculado, realizado con una precisión y un cuidado matemático. Lo primero que hicieron fue estudiar segundo a segundo la rutina del temido alemán.

Conocer a profundidad los hábitos de Heydrich tomó más de lo esperado: cinco largos meses de trabajo cuidadoso y constante. Mientras tanto, los soldados vivían en un apartamento del sur de Praga, donde pasaban como ciudadanos comunes y corrientes. La GESTAPO nunca sospechó nada.

En varias ocasiones la misión estuvo en riesgo: los cables desde Londres, instaban a los soldados checos a cancelar todo: independientemente del resultado, muriera o no Heydrich, las represarías contra la población serían terribles.

Quizás no valía la pena arriesgar tanto por un solo hombre. Pero la decisión ya estaba tomada y nada, absolutamente nada habría de evitar el atentado.

Si Kubiš y los demás hubieran sabido lo que pasaría después no lo habrían hecho: efectivamente los nazis habrían de poner a andar toda su maquinaría asesina, y el 10 de junio de 1942 borraron un pueblo completo, Lídice, causando más de siete mil muertes. Ese lugar había sido escogido por el mismo Hitler pues se creía que de allí era de dónde venían la mayor cantidad de guerrilleros checos. Entonces llegó por fin el día: 27 de mayo de 1942.

Hasta ahora se habían contemplado muchas posibilidades, pero, después del estudio de la rutina de Heydrich, los comandos checos optaron por la opción más simple: una emboscada.

Monumento-lidice

Monumento a las víctimas de Lídice-Karel Kurda

Todos los días, Heydrich seguía invariablemente la misma ruta y a la misma hora: salía del Castillo Hradcany antes de las diez de la mañana rumbo al aeropuerto de Praga. En todo el camino, la limosina Mercedes Benz descapotable mantenía un ritmo constante, pero en una curva, ya muy cerca de su destino debía bajar la velocidad. Ese fue el sitio elegido para el golpe.

De acuerdo al plan, Kubiš llevaba una granada antitanque, Gabčík una subametralladora Sten oculta bajo su gabardina, y Opálka serviría de distracción, cruzando la calle exactamente en el momento en que vendría la limosina para que esta tuviera que disminuir su velocidad.

Un cuarto checo esperaba desde lo alto de una colina para dar la señal con un espejo cuando el auto se acercara. Todo estaba listo.

A las 10:30 de la mañana, el Mercedes apareció en la colina. Opálka recibió la señal y se aprestó a cruzar. Sin embargo, en ese momento también pasaba un tranvía, así que el soldado no alcanzó a llegar a la curva para detener el automóvil de Heydrich. Cuando Gabčík se percató de esto, sacó el arma de su gabardina y le apuntó al auto. Desafortunadamente, la subametralladora se encasquilló y no respondió. Por supuesto, Heydrich se dio cuenta y le dijo al conductor que bajara la velocidad para responder a los agresores.

Gabčík sintió que debajo de él se habría un hueco del que salía el demonio mismo para tragárselo de un bocado. Se encontró con ese demonio que lo veía a través de los ojos inexpresivos de Reinhard Heydrich. Fue como si el mundo hubiera dejado de girar y no quedaran en el universo sino dos seres: Gabčík y Heydrich.

Todo había pasado en fracción de segundos. En esta clase de operaciones, tan importantes, de tanto cuidado, un solo segundo podría significar el éxito o la muerte.

Cuando Kubiš observó cómo pasaba todo, sin tener que pensarlo ni un instante, sacó la granada de su maletín, la activó y la lanzó dentro del automóvil. El eco de la explosión retumbo en más de dos calles. En medio del humo, Gabčík y Kubiš lograron escapar.

El chófer de Heydrich, que había resultado ileso, corrió tras Kubiš, pero el checo alcanzó a escapar. Mientras tanto, gravemente herido, el nazi bajó de la limosina y disparó contra Gabčík; pero Heydrich no pudo sostenerse en pie mucho tiempo y cayó desmayado en la acera. En su huida, los checos dejaron tirados el maletín, la bicicleta y la subametralladora.

Afortunadamente alcanzaron a escapar. Y ese sería el inicio del verdadero infierno.

Reynhard Heydrich fue conducido al hospital Bulovka. La granada había clavado en algunos órganos vitales fragmentos de metal y metralla, pedazos del asiento del automóvil e incluso trozos del uniforme.

Quizás si Heydrich hubiera sido menos soberbio, se habría salvado. Se negaba a ser tratado por médicos checos y exigía únicamente a los doctores del Reich. Además, no había penicilina suficiente. Las heridas, al no ser atendidas con presteza, se infectaron rápidamente y se generó una septicemia que no pudo ser revertida.

Reinhard Heydrich murió el 4 de junio de 1942.

Antes que el cuerpo del nazi fuera llevado a Berlín para un imponente funeral de estado, fue paseado por las calles de Praga. Esa parecía ser una advertencia para los asesinos.

Inmediatamente después del atentado, los alemanes empezaron una búsqueda minuciosa por toda Praga. Uno de los resultados de aquellas operaciones fue la matanza de la población de Lídice.Junto con la puesta en marcha de la cacería, se ofreció una recompensa de 100.000 coronas checas.La radio y las calles estaban llenas de carteles y propaganda para dar con la urgente captura de los criminales.

La traición

Kubiš y los demás comandos estaban escondidos en la cripta de la catedral de san Cirilo. Llevaban allí cerca de dos semanas. Sobrevivían con los víveres que, por vía del capellán de la iglesia les hacían llegar los otros miembros de la resistencia.

Las circunstancias y la ansiedad fueron mellando los ánimos, y poco a poco, como una sentencia inapelable, la muerte apareció sobre aquellos hombres sin que nada pudiera revertir el inevitable final.

Y entonces Karel Čurda no pudo más y delató a sus compañeros.

Podría pensarse que fue la presión, el miedo, la angustia, incluso el instinto de supervivencia, lo que movió a Čurda para hacer tal cosa; pero no, la razón fue sólo una, la más obvia: el pago de la recompensa.

Años después, cuando se le sometió a juicio por alta traición, Čurda dijo al juez: “Creo que usted hubiera hecho lo mismo por un millón de Reichsmarks”.

Karel Čurda fue declarado culpable del delito y ahorcado el 29 de abril de 1947.

Una causa por la que morir.

La noche del 24 de junio de 1942, un regimiento completo de las SS llegó a la Catedral de San Cirilo. Los soldados checos, que en alguna medida sabían que aquello tarde o temprano pasaría, los recibieron con una certera ráfaga de metralla. Los alemanes respondieron de la misma manera.

Por más de tres horas de intenso combate, Jan Kubiš, Jozef Gabčík, Adolf Opálka y otros miembros de la resistencia se defendieron hasta donde pudieron, causando la muerte de 14 hombres y heridas a otros 21.

Con las últimas balas que quedaban, Jozef Gabčík y Adolf Opálka se suicidaron. Preferían eso antes que caer en las manos de las temibles SS. Igual, en el fondo siempre supieron que así debía ser: morir era la única salida.

Jan Kubiš, que había sido gravemente herido por una granada, salió con vida de la cripta, pero falleció desangrado apenas un par de horas después.

Las desafortunadas circunstancias de la guerra los habían conducido a ese final. Pero la historia habría de reivindicar su causa, y Jan Kubiš, Jozef Gabčík, Adolf Opálka, junto con otros checos, y miles de valientes que nunca dejaron de luchar contra la tiranía, que sobrevivieron a ella, que defendieron los últimos valores humanos, para su pueblo y sus hermanos, siempre serán héroes. Quizás no valga la pena vivir, sin una causa por la que haya que morir.

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