Los perros de don Édgar

Los perros de don Édgar

7 de enero del 2012

501 latidos de perros. Un hedor a orines y a popó de los caninos hacen que le lagrimeen los ojos a cualquier visitante que llega a la Fundación de Protección Animal Safe Colombia. A Édgar Tascón Burgos, su creador, lo persiguen los perros, porque huele a ellos.

Hace 10 años que empezó su obra: recoger perros vagabundos, callejeros, canequeros, tirados a la suerte de Dios. Sin pensarlo, su labor tuvo origen en el pueblo de Ginebra (Valle) donde llegó después de haberse quebrado con una empresa de construcción y de consultoría en la ciudad de Barranquilla. Tascón, con sus zapatos raspados, su pantalón de tela café y su camisa de sastre de pueblo, no parece ser aquel profesional de ingeniería electrónica graduado de la Universidad de los Andes. Tampoco parece ser aquel hombre que hace veinte años cursó una maestría en la Universidad de Michigan en Estados Unidos.

Nacido en Cali, pero con acento costeño, Tascón llegó en 1996 al pueblo de los mejores sancochos del mundo. Arribó con los cincuenta millones de pesos que le quedaron  de los tres mil que perdió. Entonces, montó lo primero que se le vino a la cabeza: un bar llamado La Gran Diversión y un puesto de comidas rápidas.

Toda su vida había criado perros, pero máximo se habían colado tres o cuatro en su hogar. Sin embargo, al salir del bar todos los días y al ver que decenas de perros lo perseguían por un pedazo de pan, le dio por comprar alimento, hacerles una sopa en un tarro de cinco galones y recorrer las esquinas para alimentar a los sabuesos de la calle, siempre en compañía de su esposa, hasta que llegará el amanecer.

Su pasión aumentó. Alquiló el segundo piso de la casa donde tenía el bar para meter a noventa perros. De inmediato, el vecino, que era presidente del Concejo del pueblo, lo demandó por abuso de confianza y por perturbar, con latidos de perros, la paz de los habitantes del centro de Ginebra.

Tascón y los perros ganaron la demanda, porque la justicia dictaminó que no se violaba ningún derecho fundamental de los vecinos. Pero la presión del concejal dio pie para que el alcalde no renovará el permiso de suelos del hogar para perros callejeros que había montado el ingeniero.

En 2002, Tascón se fue con sus perros a una parcela en inmediaciones del municipio. Acondicionó un refugio y con las ganancias del bar alimentaba y mantenía a la jauría. Pero detrás de él venían los problemas. Unos forasteros llegaron a Ginebra y compraron la casa donde se encontraba La Gran Diversión.

Algunas personas vieron por televisión cómo el ingeniero bien hablado, que hace un tiempo era muy prestante en la sociedad barranquillera, lloraba porque sólo tenía dos opciones: o aplicarles la eutanasia a los animales, o botarlos a la calle. Pero Tascón se negó y no hizo ni lo uno ni lo otro.

Así, algunos carismáticos de la región se acercaron a la parcela y decidieron ayudarlo con bultos de alimento, medicinas y, además, colaborarle con comida para él. Ese empujón dio pie para que Tascón le diera forma jurídica a la Fundación de Protección Animal Safe Colombia.

El ingeniero y los perros dieron la batalla. Pero a medida que recibían más ayuda llegaron más perros a las puertas de la parcela. Un promedio de cinco animales a la semana eran tirados a la entrada del refugio. Los canes procedían de toda la región: Yumbo, Cerrito, Guacarí, Cali y hasta del Quindío. Las puertas siempre estaban abiertas para todos los que llegaran.

Las cosas no se podían poner peor, los mismos personajes que habían comprado la casa del pueblo adquirieron la parcela donde se encontraba Tascón y los perros. Al ingeniero no le tocó otra que alquilar un lote más adelante de la parcela y hacerles un cambuche. Con la ayuda pública logró reunir veinte millones de pesos y pisar el terreno para comprarlo. Después lo hipotecó y comenzó a armar, mucho mejor, las perreras para el centenar de animales. Tascón comenzó a vivir con los  perros, en medio del barro, al sol y al agua, pero con un objetivo claro: nunca desamparar a los animales.

La fundación empezó a ser visitada por estudiantes de veterinaria, por protectores de animales y curiosos. En una de esas se le apareció al ingeniero un ángel que le ofreció toda la ayuda necesaria: Carlos Hernán Herrera, un comerciante de Cali que compró el lote en ochenta millones de pesos.

Levantaron un edificio, dividieron las perreras, pavimentaron el 80 por ciento de los 5000 metros cuadrados del terreno y adecuaron un consultorio veterinario para atender a los perros enfermos. Construyeron cincuenta metros de bebederos y comederos, todos enchapados. Pusieron mallas y techaron un corredor para resguardar a 250 gozques. Instalaron duchas caninas, una pequeña piscina para el calor y  todos los servicios sanitarios  para que Tascón viviera con los animales. Una inversión de más de 1.600 millones de pesos fue realizada por Herrera.

Sin embargo, todo este montaje no ha bastado para cubrir la necesidad de tanto gozque que llega a la fundación. Con una capacidad para máximo 300 animales, el albergue ya va por los 500. A las 12 p. m. a 300 perros se les sirve la primer comida: 420 litros de sopa, compuesta por cuchuco, harina de trigo, avena en hojuelas, vísceras de pollo y muchos litros de agua. A los perros restantes, los más desnutridos, se les da 120 kilos de concentrado hasta que cojan fuerza para latir con más ímpetu. De hecho, el concentrado que llega sólo alcanza para esa cantidad de perros. Aunque muchas veces, en vez de mejorarlos, los enferma. La bondad de la gente no mide que mezclar diferentes tipos de alimento canino produce el “deshielo” estomacal en algunos canes.

Al hacer cuentas, la alimentación de los animales supera los diez millones de pesos mensuales. Esto, sin contar las medicinas que se deben tener para todo tipo de enfermedades y los gastos de servicios y mantenimiento. Hasta hace poco existían cuatro personas encargadas de limpiar, alimentar y velar por los perros. Pero por el presupuesto, uno de ellos renunció. Les pagan el salario mínimo, $516.100, que puede ser muy poco por recoger de 7 a. m. a 5 p. m. alrededor de 3.000 popos diarios. Los perros hacen mínimo cinco veces al día. Si se multiplica por los cinco centenares de animales, da como resultado una alfombra de caca y orín del tamaño de una cancha de tenis.

Todas las heces van a parar a un poso séptico y a bolsas negras que la empresa de reciclaje recoge dos veces por semana. Muchos de los animales no aguantan con las enfermedades que llegan o las que les trasmiten sus pares y mueren. Sus restos van a parar a una fosa común de tres metros cuadrados que hizo el ingeniero para prever una mortandad.

Cada mes se realiza una jornada de esterilización, pero muchas veces apenas llegan las perras quedan preñadas y no hay nada que hacer: hay que recibir al nuevo miembro de la jauría. Tascón, por más pobre que esté, evita que se mueran. Así mismo, en medio de mordiscos, arañazos, aullidos y vómitos, cada noventa días se purgan la mayoría de perros, mientras que cada año se vacunan para evitarles la enfermedad más mortífera de todas: la zoonosis.

Al ingeniero le han colaborado muchas personas, pero él dice que eso no alcanza para tanto perro que llega al albergue. De cada diez perros, tan sólo uno es adoptado por forasteros piadosos. Pero la adopción no es fácil. Primero se debe pasar por una cita con Tascón para que resuelva si el animal será o no entregado a su nuevo amo. Así logra que el perro sea llevado de verdad a un buen hogar y no a un restaurante chino. Mientras los perros esperan su adopción, Tascón duerme con 11 perros en su cuarto y vive con 490 más en todo el refugio animal.

Si quiere ayudar visite la página de Facebook de la Fundación Animal Safe.