El condenado a muerte de Georgia

El condenado a muerte de Georgia

16 de octubre del 2011

Agosto de 1991. Troy Anthony Davis, un estadounidense de raza negra, es condenado a muerte acusado de haber asesinado en 1989 al policía Mark  MacPhail en Georgia. Davis se declaró inocente de todos los cargos.

Veinte años pasó tras las rejas luchando por su vida. Su ejecución se programó tres veces: en julio de 2007, septiembre de 2008 y en octubre 2008, pero en todos los casos hubo un aplazamiento de la sentencia gracias a las apelaciones efectuadas por sus abogados ante los tribunales. El 22 de septiembre de 2011 los abogados perdieron definitivamente el caso. Y Troy Anthony Davis, su vida.  Fue ejecutado mediante una inyección letal. Para muchos, Davis no murió una vez, sino cuatro. “Esperar la muerte también es morir”, dijo uno de sus amigos. Y lo peor, probablemente murió siendo inocente.

El 9 de octubre, Troy Anthony Davis habría cumplido 43 años. Si hubiera nacido un día después, Davis habría venido al mundo en la fecha en que se celebra el día Mundial contra la Pena de Muerte. Paradojas de la vida.

Precisamente el 10 de octubre de 2010,  celebrando el día Mundial contra la pena de muerte en España, Amnistía Internacional difundió un manifiesto en el que defendía la vida de 17.000 presos en el planeta que esperaban (o esperan aún)  su destino en los “corredores de la muerte”, tal como Troy Anthony lucho por su vida durante dos décadas. Agonía larga. “La pena de muerte es un asesinato premeditado y a sangre fría, a manos del Estado y en nombre de la justicia. Es la negación más extrema de los derechos humanos. Es discriminatoria e irreversible. Nunca se podrá eliminar el riesgo de ejecutar a una persona inocente”, expresaba el manifiesto.

En 1989, Davis asistió a una fiesta en una piscina del barrio de Cloverdale en Savannah, Georgia. ]Según las autoridades, el afrodescendiente realizó disparos en dos oportunidades. En la primera hirió a un hombre en el rostro; en la segunda,  asesinó  al policía MacPhail.

La Fiscalía fundó su acusación contra Troy Anthony Davis en dos elementos principales: el testimonio de 9 personas y en un informe de balística. En este  informe se determinaba que había suficiente similitud entre los casquillos hallados en la escena del crimen del policía y los encontrados en el tiroteo en el que resultó herido un hombre en la cara. Tal grado de similitud significaba que los casquillos provinieron de la misma arma.[]

Pero pronto surgieron serias dudas sobre la responsabilidad de Davis en el crimen. De los nueve testigos que declararon en su contra en el juicio, siete se retractaron posteriormente. En agosto de 2009 denunciaron que fueron presionados por la policía para inculpar al afrodescendiente. La condena empezó a tambalear.

El arma con la que se cometió el asesinato jamás pudo ser hallada ni se recolectaron huellas dactilares ni rastros de ADN. Para amplios sectores de la opinión pública la condena a muerte de Davis, se había quedado definitivamente sin cimientos.

“Desde que fue inculpado, Troy Davis reconoció haber estado en el lugar de los hechos, pero negó ser el autor del crimen, no hay ninguna prueba material en su contra”, dijo Amnistía Internacional []

Sin embargo, nada de esto logró torcer la voluntad de los tribunales que revisaron el proceso en diversas oportunidades. Seguían firmes en su decisión: Davis debía ser ejecutado.

Fue así como el caso de Davis  tomó trascendencia internacional. Hubo pedidos de clemencia no sólo de Amnistía Internacional, sino también de la Unión Europea, el ex presidente de Estados Unidos Jimmy Carter, el Papa Benedicto XVI, numerosos grupos de derechos civiles, ​ así como un millón de personas en todo el mundo en una campaña de firmas.

Se reabrió en EEUU el debate en torno a la pena de muerte. Un saludable debate, en opinión de quienes defienden los Derechos Humanos. Hasta el siglo XVIII, la potestad de la sociedad de aplicar la pena de muerte en determinados casos a uno de sus individuos, no se discutía. Hoy la cosa es a otro precio. En Estados Unidos, casos como el de Davis, periódicamente vuelven a poner sobre la palestra la discusión. Pero la tarea es larga todavía. Y va más allá de las fronteras norteamericanas. Cerca de 115 países del mundo, de una u otra forma, contemplan en sus legislaciones la pena capital

Se acercaba el 21 de septiembre, fecha para la que se había fijado la ejecución de Troy Anthony Davis. Cientos de personas se congregaban sistemáticamente a las afueras de la cárcel de Jackson (Georgia) para pedir clemencia.

El caso llegó a la Casa Blanca. Había esperanzas. Finalmente, Jay Carney, vocero presidencial dio a conocer un comunicado.  “No es apropiado para un presidente de Estados Unidos intervenir en casos específicos como este”, dijo. Y como consuelo, el portavoz recordó que, durante su época como senador, Barack Obama “trabajó para asegurar la exactitud y la equidad en el sistema de justicia criminal, especialmente en los casos de pena capital”.

Los abogados de Davis siguieron trabajando a todo vapor. Como de costumbre, habían interpuesto un recurso pidiendo la suspensión de la condena. Había esperanzas.  Un día antes de la ejecución, la Junta de Perdones y Libertad Condicional, se pronunció al respecto.  Desafortunadamente, negó la clemencia. ¿Qué hacer?

Para los abogados, la pelea no había terminado. No había otro camino: interpusieron ante la Corte Suprema de Justicia un recurso in extremis para impedir la ejecución. Pero la suerte ya estaba echada.  La Corte rechazó el recurso. Cuarenta minutos después, Troy Anthony Davis fue ejecutado mediante la aplicación de una inyección letal.

La inyección letal es el último método de ejecución incorporado al catálogo de formas de aplicar la pena de muerte. Se aprobó por primera vez en los Estados Unidos, en Oklahoma y Texas, en 1977. Históricamente tiene sus precedentes en los experimentos y las ejecuciones llevadas a cabo durante el nazismo mediante inyecciones de productos químicos

Actualmente esta clase de ejecución consiste en inyectar por vía intravenosa y de manera continua una cantidad mortal de un barbitúrico de acción rápida en combinación con un producto químico paralizante. El procedimiento es similar al utilizado en un hospital para administrar una anestesia general, pero los productos son inyectados en cantidades letales. Recientemente, se ha empezado a cuestionar que sea un método de ejecución indoloro, en contra de lo que aseguraban sus promotores. “Si el preso forcejea durante la ejecución, el veneno puede entrar en alguna arteria o en el tejido muscular y causar fuertes dolores. Si los componentes de la solución letal no están equilibrados o si se combinan prematuramente, la mezcla puede espesarse, obstruir las vías venosas y hacer que la muerte tarde más tiempo en llegar. Si el barbitúrico anestésico no actúa rápidamente, el condenado puede darse cuenta de que se está asfixiando a medida que sus pulmones se paralizan”,  ha explicado Amnistía Internacional en diferentes documentos.

La ejecución de Troy Anthony Davis, programada originalmente para el miércoles 21 de septiembre, se cumplió finalmente el jueves 22. Otro aplazamiento que le hizo pensar a muchos que Davis no murió cuatro, sino cinco veces.

Según relataron a la prensa varios testigos de la ejecución, Davis, antes de morir, dirigió unas palabras a la familia de Mark MacPhail: “Que Dios tenga piedad de sus almas. Yo no maté a su hijo. No tenia un arma esa noche, soy inocente”[  ].

Por su parte, la madre del policía asesinado, Anneliese MacPhail, declaró  a varios medios que está convencida de la culpabilidad de Davis. “Estoy contenta, aceptamos la decisión, quiero tener paz ahora. Esto tenía que acabar”, dijo.

A las afueras de la cárcel de Jackson se hizo el silencio entre los cientos de manifestantes que se habían congregado para pedir clemencia para Davis ante las dudas sobre su culpabilidad. Era un silencio acusador. En el banquillo estaba la Justicia; se la acusaba de estar probablemente equivocada. En el banquillo estaba también la pena capital; se la acusa de ser una condena irreversible aplicada por personas que no son infalibles. Miles de personas  de todo el planeta se unieron al silencio de los manifestantes de la cárcel de Jackson.

La Unión Europea (UE) lamentó también la ejecución de Troy Davis.  Llamó a la comunidad internacional a aprobar una “moratoria  global” a la pena capital, es decir, una suspensión provisional como paso previo a su total abolición en el mundo.  Maja Kocijancic, portavoz comunitaria de Exteriores, recordó en una rueda de prensa que la UE pidió a las autoridades estadounidenses que se conmutara de manera “urgente” la pena de Davis por cuanto existían “serias dudas” sobre su implicación directa en el asesinato por el que fue condenado.

Según la portavoz, la pena de muerte es un castigo con un riesgo muy elevado, puesto que es “irreversible” y ningún sistema judicial queda exento completamente de cometer errores, un pensamiento que coincide plenamente con la postura que ha sostenido Amnistía Internacional frente a la pena capital.