El día en que los paras se tomaron el Congreso

El día en que los paras se tomaron el Congreso

22 de mayo del 2011

El Congreso inició en julio de 2002. Los primeros meses fueron difíciles. Intervenía y mis compañeros “pupitreaban”para impedirme hablar. No sabía qué hacer, al principio me atortolaba. Pero aprendí que cada uno de los miembros del congreso es un líder importante, que había que tratarlos como tal y argumentarles. Con esto en mente, logré poco a poco la confianza y el respeto de la mayoría de los representantes. Con el año legislativo en marcha y por cuenta de una “proposición-mico” que logró aprobar un grupo de parlamentarios, fueron invitados al congreso, a “exponer sus ideas a los colombianos”, los jefes de los grupos paramilitares. Me pareció inaudito. Así como aprendí que los principios no se negocian, la ley tampoco.

No había razones para oír explicaciones suyas. Ellos eran ilegales, y mientras lo fueran, no tenía derecho a expresarse en el recinto de las leyes; simplemente había que aplicarles la ley. No hubo oposición que valiera. Se presentaron el 28 de julio del 2004, pavoneándose (Salvatore Mancuso, Ramón Isaza y Ernesto Báez),  escoltados por la fuerza pública (la misma que todos los colombianos pagamos) acompañados de dos congresistas (Rocío Arias y Eleonora Pineda), caminando por una alfombra roja y saludando a las cámaras que se encontraban fuera del recinto. Cualquier desprevenido hubiera imaginado que se trataba de un espectáculo similar a la ceremonia de entrega de los premios Oscar, los de TV y Novelas en nuestro país, y no de unos criminales contra la humanidad, que iban a tratar de justificar sus delitos ante el Congreso y ante el país. Su presencia me parecía una afrenta a las víctimas; y un desafío a la sociedad.

Solo tres senadores, Parody, Pardo y Petro cuestionaron vehementemente la presencia de los jefes paramilitares en el Congreso.

En la plenaria de la cámara se respiraba un ambiente rarísimo. Muchas caras no conocidas estaban allí, ofrecían picadas, bebidas. Había meseros por doquier, cosa absolutamente inusual. De pronto, después de la entrada “estelar” de los delincuentes se inicio un desfile de congresistas para saludarlos cariñosamente. Muchos de esos legisladores nunca habían asistido a las reuniones ordinarias. Si el espectáculo había sido desafiante, el discurso de los paramilitares fue aún peor. En lugar de ser ellos los que tenían que reparar  a las víctimas, “gesta patriótica”. Terminaron de hablar, dieron cátedra y se fueron. Pero nunca entendí porque, si son tan “machitos “para matar, desaparecer no lo son para oír las voces de quienes están en su contra. Confieso que sentía un poco de susto. Cuando salieron se desocupó el recinto: pronto entendí que el despliegue de meseros era, en realidad, de escoltas.

Continuaron sentados buena parte de los congresistas que los habían saludado. A mí me corrió un  frio helado por el cuerpo y le dije al senador Rafael Pardo de quien no me había separado ni un segundo: hable usted primero… y me dijo: “Mejor usted”. Así que lo tomé como un acto de cortesía y me tocó echar pa’lante (como dice mi madre costeña). Rechacé la visita, exigí respeto hacia las instituciones y las víctimas y seriedad con el proceso de negociación. La mayoría de los asistentes se sorprendió con mi posición. Una congresista comenzó a “pupitrearme” pero ya eran éstas otras épocas, ya mi voz se imponía en el salón Elíptico. El desespero de muchos por  mi pronunciamiento fue notorio, pero yo respiré y seguí con calma hasta el final. Dije enfáticamente: “lo que estamos presenciando hoy en el congreso, es un pésimo precedente a nivel nacional y un pésimo ejemplo internacional…! que pensarán las víctimas, los desplazados, los huérfanos las viudas, los viudos cuando, mientras ellos se encuentran en la calle , sin tierra, probablemente sin que comer, los señores que cometieron crímenes en su contra, hoy están aquí recibiendo tratamientos casi de héroes y además custodiados por la fuerza pública. Ustedes apreciados colegas se imaginan al chacal, que fue el terrorista más buscado del mundo, llegando al parlamento francés para explicar sus delitos, o ustedes se imaginaban a los terroristas de Irak en la Asamblea de ese país, explicando por qué realizaron sus actos , o alguno de los grupos tribales, explicando en su congreso, el genocidio de Ruanda. Este congreso no es una sucursal de Santa Fe de Ralito”.

Las parlamentarias Rocio Arias y Eleonora Pineda, quienes después fueron condenadas por paramilitarismo, fueron las anfitrionas de los jefes paramilitares.

Después de mi intervención el senador Rafael Pardo se opuso también a este bochornoso episodio, y en seguida el representante de la oposición, Gustavo Petro. Fuimos las únicas tres voces que nos pronunciamos en contra. Después participamos varios no sólo a través de la apología del delito que habían realizado los paramilitares, sino en contra de quienes los habían rechazado. Recuerdo con exactitud uno que dijo que yo me oponía por que había nacido en cuna de oro y otro más que arguyó que si Gustavo Petro y yo estábamos en el mismo bando algo de positivo habría tenido la visita de los paramilitares al Congreso. Con el paso del tiempo uno de ellos me propuso, en época electoral, pertenecer a su lista al Senado. Recordando su discurso en la visita de los paramilitares al Congreso, le pregunté si no habría ninguna influencia paramilitar en esa lista. Me dibujó un plano cartesiano -donde X era la mafia, Y los paramilitares-, y me dijo: “Todas las listas tienen mafiosos y paramilitares, tú tienes que buscar el punto que más se acerque al vértice que representará la menos contaminada de esos elementos y ésa es la mía”. Difícil de creer no lo del plano si no lo de su lista… pero bueno, es solo una anécdota que nos ilustra la infiltración de la ilegalidad en la política colombiana.

*Este texto forma parte del testimonio de Gina Parody para el Libro Palabras Guardadas, editado por María Elvira Bonilla. Editorial Norma.

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