El funeral del Cacique vivido desde adentro

El funeral del Cacique vivido desde adentro

26 de diciembre del 2013

“Yo no quiero morirme, eso de estar bajo tierra y ahora con estos calores, no no no”, dijo Diomedes Díaz cuando fue entrevistado por Ernesto Mccausland. Sin saberlo, presagió las condiciones climáticas del día de su sepelio: cuarenta grados y un sol despampanante se hicieron presentes en la plaza Alfonso López para presenciar la última vez del Cacique de la Junta en una tarima.

Admito que la noche anterior a ese lúgubre 25 de diciembre en Valledupar, me pegué unos traguitos con su música. La Noche Buena fue acompañada por una de esas parrandas que a Diomedes tanto le gustaban, sus canciones eran sinónimo de alegría y así había que recordarlo. Navidad era otra cosa.

Virgen del Carmen

La Virgen del Carmen acompañó al Cacique en su último viaje.

Tristeza y alegría se enlazaron en los corazones de los mayores representantes del folclor vallenato. Iván Villazón no dudó en señalar que aunque triste por fuera, su corazón “estaba alegre” porque eso fue lo que trasmitió Diomedes: alegría.

Hubo una misa sentida. Era el turno de despedir al Cacique a ritmo de acordeones, no sin antes recibir en el estrado a la Virgen del Carmen. Los ‘niños del turco Gil’ abrieron el concierto en el que no cabía un alfiler. Mientras me la rebuscaba para estar lo más cerca posible del féretro, las notas sentidas de los niños hicieron silencio para que su maestro le cantara a Diomedes la canción ‘Tristeza en el alma’, que él le pidió interpretar en su velorio.

Niños del Turco Gil

Los niños cantores del Turco Gil empezaron el concierto homenaje a Diomedes

Entonces Rafael Santos tomó el micrófono, cerró los ojos y recitó “ese muchacho que yo quiero tanto, ese que yo regaño a cada rato, me hizo acordar ayer…”, era la canción que el Cacique dejó de legado a su hijo mimado. Ahí, junto al ataúd, le cantó que no le inspiró ser zapatero, sino llevar su folclor a cualquier tarima en la que después de muerto se siga coreando el nombre de Diomedes. Con unos versos cerró su participación prometiéndole no dejar morir su obra. Al frente pasó Martín Elías para empezar a cantar.

‘Mi primera cana’ fue el último show que le brindó ‘El gran Martín Elías’ a su papá. Con una letra plagada de sentimiento que le impidió seguir cantando, pidió ayuda a su hermano Rafael Santos y a dúo inmortalizaron un abrazo. Por mi parte, en la parte alta veía correr las lágrimas por los rostros de los amigos del Cacique.

Villazón interpretó la canción ‘La sombra’, pero la de Diomedes ya no estaba ahí. Peter Manjarrés, a ritmo de ‘Te necesito’, le imploró que se quedase en este mundo una y otra vez. Dos grandes como Poncho Zuleta y Jorge Oñate recitaron un discurso antes de cantar; el primero agradeciéndole la admiración y el segundo recordando lo duro que a veces es “la vida de un artista”. Iván Zuleta, por su parte, hizo lo que lo caracterizó en aquellas presentaciones con Diomedes, la piquería. En ese verso extenso le pidió a Jesucristo que no abandone al Cacique en el cielo.

Irrumpió Silvestre Dangond en el escenario. Gafas oscuras, particular sombrero y un llamado a los hijos del Cacique para abrazarlos y eliminar rencillas como la que se comenta sostiene con Martín Elías. A él lo abrazó, rivales de canto unidos por la muerte del ‘más grande’. En seguida Silvestre se declaró hijo no genético de Diomedes y se volvió llanto.

MARTIN ELIAS Y SILVESTRE corte

Silvestre y Martín Elías dejaron las diferencias a un lado para despedir al Cacique.

¿Qué habrá pensado el ‘Palomo’ Dangond, papá de Silvestre y que yo tenía justo a mi lado? Seguramente nada malo, su hijo fue el discípulo más aventajado de Diomedes, interpretándolo a la perfección y cantando aquella melodía que popularizó veinte años después de su lanzamiento en una dupla esperada; Silvestre cantó ‘Gaviota herida’.

SILVESTRE Dangond canta

Silvestre Dangond le cantó a Diomedes con el corazón “reventado”.

La locura en el escenario con Dangond me dio una oportunidad. El artista se salió de la tarima para cantarles a algunos asistentes que ante la inclemencia del sol no dejaban de corear el nombre del Cacique. Silvestre lloró y yo también. No contuve las lágrimas en el aparte que misteriosamente pareció un mensaje póstumo de Diomedes: “Dicen que el que se aleja más fácil se le hace olvidar, pero aquel que se queda, siempre el recuerdo vivirá”. En la plaza si algo no faltaba eran recuerdos.

Fue el momento de llevarlo a Jardines del Eccehomo, el cementerio a las afueras de la ciudad, protegido por el sonido del Guatapurí. La caravana humana retrasó el carro de bomberos que  llevaba el ataúd custodiado por Rafael Santos, Martín Elías y otros familiares del Cacique. El río humano me ahogó y fui a ver el otro costado, el de los vendedores ambulantes a los que Diomedes les pidió hacer presencia en su funeral, hacerse el agosto como en cualquiera de sus conciertos. “Aquí estamos vendiendo como el patrón nos lo pidió”, me dijo uno.

Super Diomedes

La gente hizo lo que le nació para despedir al Cacique.

El cuerpo recorrió las calles del valle del cacique Upar, que esta vez no tuvo reparos en compartir su territorio con otro cacique, el de La Junta. Vestido de gala, como preparado para un concierto en el más allá, Diomedes entró al sepulcro entre música, pólvora, llanto, dolor y una mujer que al lado mío decía: “Ahí debería estar yo, no él. Llévame a mí, déjalo a él”. “Qué viva el Cacique”, gritaban otros.

De esa manera Diomedes Díaz fue al más allá, a parrandear con su compadre Juancho Rois, que se le adelantó en el camino y al que nunca le encontró reemplazo. El pueblo de Valledupar derramó las últimas lágrimas viendo al Cacique partir y yo puedo decir que entre dolor y gozo, estuve ahí.

viaje Diomedes

El viaje de Diomedes al sepulcro. Un río de gente lo acompañó.