El encuentro conmigo mismo

18 de marzo del 2019

Por Armando Martí.

El encuentro conmigo mismo

Hace algunos años la psicóloga clínica Astrid Serrato con quien trabajamos de forma interdisciplinaria durante una década, me remitió a uno de sus pacientes que presentaba un cuadro de fatiga crónica y había sido atendido por varios especialistas que le aliviaban el síntoma pero no lograban erradicar su desequilibrio energético.

En algunas sesiones realizadas como Logoterapeuta y Trainer Emocional a nuestro asesorado, descubrimos que cuando él tenía éxito en sus metas y objetivos, una especie de “cansancio generalizado” le impedía sostener en el tiempo sus proyectos.

Utilizando la estrategia terapéutica de la hipnosis, logré una regresión “in vitro” (estado fetal) y bajo los efectos de un trance moderado, me relató que al nacer había empleado una gran cantidad de energía. Él sentía que por esta encarnizada lucha al intentar conquistar una nueva forma de vivir, se le despertaban sentimientos y emociones de miedo, angustia, rabia y dolor.

Cuando por fin pudo nacer y respirar a esta existencia, su cuerpo había quedado muy lastimado por este esfuerzo y se sentía aterrorizado, como si hubiese salido de un peligro que acababa con todas las fuerzas. Sometido a la paradoja de la vida y la muerte, se derrotó ante este sufrimiento que lo invadió de tristeza por la separatividad de la madre y una especie de vacío profundo.

Después de aquel pulso por vivir, continuó luchando a lo largo de su existencia por medio de una fuerza interior muy importante que le hacía tener éxito, pero a su vez, otra fuerza contraria lo autosaboteaba, pues en realidad nunca superó el trauma natural de la separación del vientre materno.

A lo largo de las intervenciones semanales, le pude ayudar a entender que la autodestrucción que de modo inconsciente habitaba en él, podía ser superada en la medida que su cuerpo volviese a sentir lo que su conciencia le había borrado. De modo que entró en contacto con su dolor, ira y emociones confusas, y poco a poco al sensibilizarlas pudo conciliarlas, integrando su niño interior herido con su adulto responsable, hallando un camino seguro y sanador que le hizo crecer y encontrarse a sí mismo.

Después del tratamiento hace muchos años, mi asesorado superó el síndrome de la Profecía Destructiva Autorealizadora (yo visualizó desde mi engrama mental, que no merezco tener éxito y hago que esto suceda) y no volvió a presentar los síntomas de fatiga crónica y hoy es un empresario estable y exitoso, que logró además, construir un hogar armonioso.

Este caso me ensenó, que todos los momentos y situaciones vividas por nosotros incluso desde el instante de la concepción, están registrados y almacenados en el subconsciente. Estas memorias influyen en cada una de nuestras células y a su vez, hacen resonancia psicobioenergética en nuestro organismo.

Sanando las emociones

Foto: Cortesía Armando Martí.

Todo trauma no superado nos limita e incapacita para poder llegar a ser quienes realmente deseamos ser. Cada persona nace con una gran reserva de energía personal, dotada además, de recursos que provienen de la naturaleza para sobrevivir.

La base de la felicidad en el fondo, es estar satisfecho con uno mismo, aceptando el cuerpo y las emociones. Ser humano es descubrir mi potencial creativo para reinventarme, cambiar y gozar con las cosas que hago y las metas que cumplo. Esta actitud hace que mi energía se reponga y encuentre fuentes de autoabastecimiento internas. Soy feliz porque puedo reaprender a validarme.

Pero hoy en día, la mayoría de las personas no reflejan ni sienten esta felicidad y se deprimen, angustian y desesperan por no ser ellos mismo. Al no saberse únicos, evaden que están heridos emocionalmente y niegan esta condición de profunda aflicción con excesos de trabajo, relaciones disfuncionales, alcohol, drogas, comida, sexo y muchas más pulsiones y compulsiones.

Recordemos que nos acostumbramos a huir de las heridas existenciales, y por lo tanto, no nos permitimos verlas, escucharlas y mucho menos sentirlas, y para el efecto desarrollamos múltiples estrategias religiosas, sociales y personales, con el propósito de adormecerlas y soportarlas.

Todos estos excesos por conseguir dinero, una carrera profesional lucrativa, conquistas amorosas y ansias de poder personal, así como también, alcanzar la fama y el reconocimiento, a través de innecesarias prácticas mágicas y agoreras basadas en la superchería.

En otros casos, sustituyen la confrontación sincera y honesta con fanatismos religiosos; incluso llegan a volverse adictos al consumo de medicamentos como somníferos para poder dormir, ansiolíticos y antidepresivos para calmar las crisis de pánico, ansiedad, pena y cólera, que en muchos casos, es solamente una fachada que disimula el gran dolor interior que enferma y agobia la existencia, con el fin de huir desesperante de la realidad.

Si bien es cierto que a través de estas evasiones de alguna manera se desarrolla el propio potencial, también terminamos abrumados, pues no logramos compensar ese gasto energético con las debidas actitudes, como son las del cuidado propio, la higiene mental, el detox del ego y el deseo de apoyar y servir a los demás, sin hacerles mal alguno y preservando el bienestar social en cada una de nuestras acciones.

Entonces la pregunta sería: si ya di el primer paso de reconocer lo mal que estoy ¿qué debo hacer para empezar a mejorar?

Efectivamente, al reconocer mis defectos habilito la acción de superarlos. Al negar y justificar mis disfuncionalidades, bloqueo el flujo de energía necesario para recuperar la salud física, mental y espiritual. La primera persona que debo recuperar es a mí mismo y a eso se le define como autoestima.

¿Qué es la autoestima?

Foto: Cortesía Armando Martí.

La autoestima es quizás el tesoro interior más grande que poseemos, ya que es la fuerza que fortifica el carácter y afirma la personalidad para superar los problemas y obstáculos de la vida, basándose en todas aquellas percepciones, imágenes, pensamientos y juicios sobre nosotros mismos.

Es decir, lo que yo pienso, siento y la satisfacción que tengo sobre mí, la cual se desarrolla a lo largo de la vida y puede ser modificada según las experiencias y el contexto que influencia a cada persona.

En el fondo, las personas anhelan encontrar una nueva ruta y un nuevo comienzo, que les permita entender todo el dolor acumulado al vivir dentro de una familia disfuncional en proceso de desintegración y con una tensión crónica en cada uno de sus miembros.

Esta alergia a la felicidad, solo se puede superar al aprender a cambiar el hábito de estar y sentirse mal, por el hábito de estar y sentirse bien. Buscarme a mí mismo, es ir deconstruyendo mis defensas para descubrir a partir de los síntomas ¿cuál es el vacío y la herida que me impiden crecer y desarrollarme integralmente?

Sufro convenciéndome de que mi situación no requiere de atención, me aterroriza dar luz al ser interior que habita en mí, por eso tropiezo con los bloqueos inconscientes que en apariencia, le dan la fuerza a mi propia sombra. Necesito conocerme profundamente, para que la luz de la conciencia plena regrese y sane mi interior, aceptando mi verdad con nuevos ojos y percepciones.

A continuación, algunas de mis reflexiones que como terapeuta me han servido todos estos años para apoyar a mis consultantes y sobre todo a mí mismo.

¿Quién soy yo?

Foto: Cortesía Armando Martí.

Yo soy el único que soy como yo. Muchas personas pueden parecerse a mí y compartir algunas afinidades en las reacciones y comportamientos, pero nadie es igual a otro y su percepción del mundo es diferente en cada uno, pues la experiencia es totalmente personal.

Esta vida es mía porque yo mismo la escogí y por ella respondo con mi cuerpo, mis emociones y mi mente. Si me quiero, valoro lo que hago y lo que decido. No pongo en manos de ninguna otra persona mi tranquilidad y bienestar, así ella trate desde su disfuncionalidad convencerme de lo poco que valgo. Mi alma, aquella eterna aliada, me ayuda a conservar la lucidez y la sobriedad que necesito para adquirir el dominio de mí mismo.

Durante muchos años, fui lo que otros quisieron que fuera. Cuando descubrí que sí puedo ser libre, rompí el miedo de ser mi dueño y guía. Nadie es culpable de lo que me ha pasado y mucho menos de lo que me pasará. Este cuerpo que hoy habito me pertenece, y comprendo que es la herramienta para la experiencia y por eso si comienzo a amarlo, empezaré por no descuidarlo.

No lo forzaré, no lo presionaré ni lo entregaré a ninguna persona que no lo merezca. Confiaré en mi cerebro y su inteligencia, en mi poderosa intuición que guía mis deseos y la fuerza para realizarlos. Este apoyo confiable es el que necesito para crecer y madurar. ¡No soy de nadie! Sé que si cuido de mi cuerpo y mi cerebro, mi cuerpo y mi cerebro cuidarán de mí.

Mis pensamientos e ideas creativas se fortalecen, en la medida que me convierta en mi leal amigo, deseándome siempre lo mejor y comprendiendo la raíz de mis errores y fracasos. Al quererme erradico de mi interior creencias fanáticas, ideas obsesivas y relaciones tóxicas.

Me libero de los condicionamientos dolorosos de la infancia y con valentía exploro mis miedos, traumas y represiones, renunciando a la prisión que limita mis actos a través de la culpa innecesaria y la vergüenza inmerecida. En esencia, soy bueno. Si me sigo temiendo a mí mismo, volveré a usar el disfraz de ser lo que no quiero ser y continuaré mintiéndome y fracasando.

Resignificar la interpretación de las cosas del mundo, hace que sea el único dueño de esa percepción. Todos nos igualamos a través del sentido común en la identificación externa de las cosas. La diferencia radica en la analogía interna y el banco de información y de experiencias personales adquiridas.

Mis sentimientos y emociones incluyendo las más oscuras como la angustia, el miedo, la ira, la tristeza, el resentimiento, la lujuria, la envidia, la culpa, los celos, el apego, las adicciones, la ansiedad, la pereza y el ego enfermo, son solo mías.

Pero también la alegría, la compasión, el amor, el perdón, la bondad, la capacidad de asombro, la pasión, la serenidad, el entusiasmo, el ego sano y la gratitud, me pertenecen.

Todos sentimos emociones en diferentes escalas y tendencias, solamente yo decido cuáles soportar o mejorar y de qué manera gozar mis vivencias. Si decido la experiencia, todo es ganancia; si recuerdo las vivencias pasadas puedo detenerme en aquellas situaciones que me hicieron temer o huir de la realidad, y afirmar con mis propias palabras que soy merecedor de la felicidad.

Mis palabras tienen poder de creación o destrucción, por eso mi responsabilidad es elegir bendecir o maldecir y mi seguridad es decir ¡Sí! cuando quiero decir ¡Sí! y ¡No! cuando quiero decir ¡No! Recuerda que cuando expresas un “no sé”, le das poder a tu interlocutor para que solucione y controle tu vida.

Foto: Cortesía Armando Martí.

A través de mi voz reflejo mi inteligencia, mi poder, mi expresión, mis ánimos y mis impulsos que amplifican su poderosa esencia, al ser pronunciadas por mí. Cuando entiendo que me pertenezco totalmente, me aprecio más, me responsabilizo de mí y mejoro mi calidad de vida, dejando de lado los disfraces que usaba para manipular e intentar influir en otros.

Por eso dejaré de culpabilizarlos, pues nadie me hace cambiar, redimirme, humillarme, lastimarme o destruirme, sin que yo consciente o inconscientemente, lo permita.

La realidad, lo quiera entender o no, es que siempre ocurre lo que yo deseo. Algunas veces elijo “el mal” que me hace bien y “el bien” que me hace mucho mal, más esto no impide que siga soñando. La vida para mí es bienvenida con cada uno de sus golpes, desilusiones, caídas, dolores y trampas, así como también, con los triunfos, las realizaciones, la ternura, el afecto, la intimidad y el placer.

Por eso se llama vida y yo decido qué vivir y que no, cuándo y dónde, guiado por mi intuición. Sé que al concentrarme y enfocar mi fuerza interior, esta contactará con el universo y mi Poder Superior me acogerá por ser yo mismo. Cuando entiendo que con el dolor vivido ya pagué por mis errores y aprendí a corregirlos, entonces ¿a quién debo seguir pagando? Las cuentas están saldadas.

La confusión es un aviso de nuestro desorden mental y emocional, pero también como toda crisis, es la antesala de novedosas opciones liberadoras, placenteras y necesarias para sentirme vivo.

Romper las cadenas de mi cárcel emocional y volar libremente, me permite aumentar mi entusiasta curiosidad y la capacidad para el cambio. Vendrán muchas otras situaciones que no entiendo, pero que esperarán su momento para manifestarse conmigo, como parte del plan universal de la existencia.

Al estar conmigo mismo puedo gozar de un sentimiento sano y armonioso, en donde acepto estar en lo cierto algunas veces y errado en otras, sin juzgarme y corrigiendo, comprendiendo, conciliando y siendo mi amigo, estimándome y estimando a los demás, respetándome y exigiendo que los otros me respeten, siendo firme cuando las circunstancias lo demanden.

Este soy yo: feliz de ser humano, viviendo de instante en instante, adaptándome a todos los problemas y situaciones que me acompañarán a lo largo de la vida. Si es de noche, lo aceptaré. Si es de día, lo viviré. Tengo derecho a madurar, experimentar, descubrirme, avanzar, saber cuándo se sufre justamente y cuándo puedo demandar justicia.

Nadie me obliga a nada. Puedo elegir y sentir que cada elección duele, pues al hacerlo ganó una cosa y pierdo la otra. No sería justo y mucho menos sano, pretender tenerlo todo. Entre más me quiera, más cosas buenas habrá para mí y para mi vida.

Puedo convertirme en una nueva y mejor versión de mí mismo, sin temer a mi “propio poder” que hoy me libera del infantil temor de hacerme responsable de mis acciones. Tengo estrategias para sobrevivir y derechos naturales para vivir, pero la herramienta más eficaz para construir lo que quiera y necesite, es el amor por mí y para mí.

Puedo también amar a otra persona pues desde el amor propio, se elige a alguien que también se ame a sí mismo y no tenga los mismos vacíos interiores, para usar los disfraces que también yo usé.

Puedo convivir y participar en un mundo productivo, interactuando con todas las personas que me rodean, concientizándome de que soy ante todo una persona única, valiosa e irrepetible. Y por lo tanto, no estoy conectado a una Matrix tecnológica y social, en donde mi esencia interior se pierde robotizándose y esclavizándose por los antivalores de un mundo consumista y material.

Yo soy tan sólo un ser humano con un alma humilde realizando la misión que escogió para venir al mundo, trabajando por descubrirme, conocerme y recobrar mi autonomía. Esto es un mandato divino expresado en mi autoestima. Yo soy por mí y no por otro, y estoy sereno, alegre y en paz.

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