El escritor sale a matar

El escritor sale a matar

25 de febrero del 2011

¿Por qué un escritor querría salir a matar? En realidad, esta pregunta tiene muchas respuestas, y en cierta forma de eso se trata la primera parte de Morirás mañana, El escritor sale a matar.   El escritor Javier Garcés sólo vivirá seis meses más y quiere matar a sus peores enemigos. Así, Baily hace un recorrido por el detestable mundo de la literatura, sus comentaristas, editores, autores y lectores. Este es el primer capítulo.

—Lamento decirle que en el mejor de los casos le quedan seis meses de vida. Eso es lo que acaba de decirme el médico, mirándome imperturbable, como si yo fuera una rata o un ratón.
—No hay nada que podamos hacer. Eso es lo que ha añadido, mirándome con disimulada repugnancia, como si yo fuera una araña o un alacrán.
—La enfermedad está muy avanzada y ya no es posible operarlo.

Eso es lo que ha sentenciado el hijo de puta, mirándome con alivio, tal vez incluso con alegría, exonerándose de la responsabilidad de curarme, anunciando mi muerte inminente como si la hubiera deseado toda su
vida, como si yo fuera esa cucaracha que no alcanzó a pisar una noche en la cocina y se le escapó, sigilosa. Bien, voy a morir. No podemos decir que se trate de una primicia. Lo sabía desde niño. Solo que ahora sé que voy a morir en pocos meses, si puedo confiar en la palabra de este médico pusilánime, y todos me han dicho que debo confiar.

No me sorprende ni me indigna ni me entristece que el médico me mire como si yo fuera una rata o un ratón o una araña o un alacrán o la cucaracha que no pudo pisar esa noche en la cocina. No me sorprende
porque siempre he creído que los médicos en general, salvo algunas excepciones que no conozco, son unos cabrones hijos de mil putas que solo quieren esquilmarnos y luego vernos morir cuando ya no nos queda un céntimo más.Lo que el médico no sabe es que me ha dado una buena noticia.

Hace ya tiempo que me aburrí de ser yo mismo y que deseo descansar de esa condena abrumadora. Estoy cansando de llamarme como me llamo, de llevar la cara que llevo, de repetir las tediosas ceremonias domésticas
que, sumadas, confi guran los días, confi rman el paso del tiempo y me recuerdan que todavía estoy vivo, pero no por mucho tiempo más.

Me llamo Javier Garcés y por supuesto yo no elegí llamarme así, lo eligieron mis padres (que por suerte ya no están vivos, y a los que preferiría no ver si hay una vida después de esta vida), y soy una rata, un ratón, una araña, un alacrán y una cucaracha, y por supuesto yo sí elegí ser todo eso, un sujeto miserable, rastrero, abyecto, vil, una bola de caca.

Por eso no me ha sorprendido que el médico de la clínica Americana me mirase como si fuera lo que en verdad soy y por eso no me ha apenado enterarme de que el mal bicho que soy (y que elegí ser) tiene los días contados.
Todos tenemos los días contados, pero los míos están
más contados, los míos son ciento ochenta días en el
mejor de los casos, y ya sabemos que el mejor de los casos
no es mi caso.

Digamos entonces que soy un gran hijo de puta y
que me quedan cien días o poco más para seguir disfrutando
de ser un gran hijo de puta.

No se nace hijo de puta, se elige serlo, o yo al menos
elegí serlo. Pude ser una buena persona, pero me parecía
aburrido, previsible, patético. Siempre asocié el humor
con la maldad y, como quise divertirme, me fui educando
y refi nando en la maldad, el rencor, la venganza y
el cinismo como formas de hacer la vida más llevadera y,
si acaso, entretenida.

He tenido éxito, o el éxito que he procurado obstinadamente
alcanzar, o el éxito que merezco y que otros
intentaron escamotearme. El éxito, en mi caso, no podría
atribuirse al azar, a la buena fortuna. El éxito me lo he
forjado fría y calculadamente, se lo he arrebatado a los
miserables que pugnaban por negármelo, y lo he conseguido
gracias a que soy terco pero, sobre todo, a que soy
un gran hijo de puta.

No podría tener todo lo que tengo, que es más
de lo que imaginé que alguna vez tendría y que es menos
de lo que merezco, si no fuera porque he sido cruel, despiadado,
implacable en la defensa de mis intereses y en el
combate contra mis enemigos.
Curiosamente, ahora que sé que voy a morir, ahora
que sé que me quedan cien días o poco más y que nadie
llorará mi muerte y que unos cuantos de mis más pertinaces
enemigos se alegrarán con la noticia de que, sin merecerlo,
me han sobrevivido y de ese modo han obtenido una
última y despreciable victoria sobre mí, ahora que sé todo
esto y que miro atrás y pienso en lo que debo hacer con
mi vida para encontrar la manera más digna de morir, una
idea asalta mi mente y adquiere los contornos de una obsesión:
me importa un carajo ser un hombre de éxito, nada
de lo que he conseguido tiene valor ni perdurará, lo único
que me interesa en adelante es vengarme de mis enemigos.
Tengo un número impreciso y ciertamente abultado
de enemigos, pero enemigos de verdad son los que
uno recuerda cuando le dicen que va a morir pronto y se
niega a dejarlos vivos.

Esto es lo que acabo de descubrir saliendo esta
tarde del consultorio del médico hijo de puta que me
miró como si fuera una rata o una cucaracha, sin saber
que en efecto lo soy, como probablemente lo es él también.
Acabo de descubrir quiénes son exactamente mis
enemigos, cuántos son exactamente mis enemigos. Acabo
de descubrir que mi muerte solo será digna y dará
coherencia a mi vida si, una vez identifi cados esos enemigos,
a los que odio con justifi cada razón y cuyos rostros
babosos se me aparecen ahora, encuentro en mí el
frío coraje, la sed de venganza y la astucia para acometer
la empresa más bella y admirable de cuantas me he propuesto
en la vida: matar a esos cinco hijos de puta.

Bien, he de morir, he de morir pronto. Pero no
moriré como una buena persona porque nunca lo he sido
y no sabría simularlo en esta última parte de la carrera.
Moriré como lo que soy, como una rata, como un alacrán,
como una tarántula, como una cucaracha. Moriré
concediéndome la dicha más acabada que puedo imaginar:
matar a esos cinco hijos de puta que hicieron todo
lo posible por joderme la vida y que no merecen seguir
viviendo cuando yo ya no esté. No puedo evitar mi
muerte, pero puedo evitar que ellos asistan a mi muerte;
puedo evitar que ellos sonrían, pérfi dos, mediocres, canallas,
cuando se enteren de que he muerto. No sonreirán
porque estarán muertos. Yo me ocuparé de que esos
cinco hijos de puta mueran antes de que me toque morir.
Seré yo quien sonría al verlos morir y no ellos quienes lo
hagan desayunándose con la noticia de mi desaparición
defi nitiva.

Veámoslo, entonces, con moderado optimismo: el
médico me ha dado la mala noticia de que me quedan
seis meses de vida o menos, pero al mismo tiempo, y sin
quererlo, me ha permitido descubrir una noticia espléndida
y alentadora: que estos serán los mejores seis meses
de mi vida porque me dedicaré por entero a matar a esos
cinco hijos de puta que hicieron todo lo posible para verme
fracasar y que no lo consiguieron pero que no por eso
merecen mi indulgencia o compasión. Esos cinco hijos
de puta van a morir, tienen que morir. No he matado
nunca a nadie (quiero decir, no he matado nunca a ninguna
criatura humana), pero me ha llegado la hora de
educarme en tan noble propósito y de hacer una última
e inestimable contribución a la humanidad: limpiarla y
purifi carla de la presencia hedionda de esos cinco hijos de
puta a los que mataré antes de morir.

Por primera vez en mucho tiempo siento que mi
vida tiene sentido. Curiosamente, todo lo anterior (la puja
feroz por el éxito, el combate contra los enemigos, las glorias
fugaces, los amores perdidos) me parece ahora solo
un entrenamiento para lo que me espera: medir sin testigos,
ante mí mismo, las dimensiones exactas de la maldad
que habita en mí y la hondura y la pureza del goce que
sobreviene al ejercicio sistemático de la venganza.
Dicho de otro modo: no debería tener razones
para vengarme de nadie porque nadie consiguió arrebatarme
la sensación de éxito que todavía me envuelve y
que los demás perciben como un hecho indudable, que
soy un ganador y un gran hijo de puta, pero no teniendo
razones para ejercer la venganza como mi última ambición,
me sacude un ramalazo de placer parecido al éxtasis
o al orgasmo cuando imagino las caras de mis enemigos,
esos cinco hijos de puta, en el momento exacto de morir,
que será el que yo elija.

Estos serán los mejores meses de mi vida y lo serán
porque estarán animados por el afán de venganza y porque ese afán no estará exento de astucia, prudencia
y valor. Solo moriré en paz, como un gran hijo de puta,
como lo que soy, si confi rmo ante mí mismo que poseo
la inteligencia y los cojones de matar a esos cinco mequetrefes
envidiosos que ahora pagarán por todas las insidias
y ruindades que tramaron contra mí. No será, entonces,
un crimen injusto: esos cinco indeseables se han ganado
a pulso su propia muerte. Alguien tiene que hacer el
trabajo sucio. No seré yo quien le quite el cuerpo al toro.
Arrojo torero nunca me ha faltado y espero que tampoco
me falte cuando más lo necesite.

Mi vida nunca tuvo mayor sentido, fue solo una
suma de empeños vanidosos, pero ahora, de pronto, inesperadamente,
tiene más sentido que nunca, y puedo advertir
con una nitidez que me enceguece que todo lo que
he vivido me ha preparado para este momento, el de exterminar
a mis cinco peores enemigos, el de inaugurarme
en el incomprendido ofi cio de homicida, el de confi rmar
si soy capaz de ser el gran hijo de puta que toda la vida
he creído ser, que me he jactado de ser. Bien, ha llegado
la hora de la verdad. Si soy ese gran hijo de puta que
siempre se sale con la suya y cae parado y consigue humillar
a sus más sañudos y venenosos adversarios, deberé
demostrarlo ahora, en estos últimos meses de vida, matando
con discreción, buen gusto y elegancia a esos cinco
hijos de puta que ciertamente no merecen vivir, que ciertamente
no merecen vivir cuando ya no viva yo.

Nunca tuvo más sentido mi vida que ahora que sé
a quiénes debo matar. Que después me toque morir me
parece un premio que no merezco.