“Después de esta entrevista puede que me maten”

“Después de esta entrevista puede que me maten”

22 de Agosto del 2016

‘El Estilista’, así es cómo lo conocen en la calle. Un hombre delgado y de baja estatura que a pesar de la suciedad y su ropa andrajosa, lleva su cabello muy bien peinado y  tinturado. Él mismo se lo hizo. Aprendió de eso varios años atrás, y antes de caer en el vicio llevaba una brillante carrera en prestigiosas peluquerías. Es hombre de confianza de los ‘sayas’, meses atrás fue uno de los campaneros de ‘La L’. Su misión: Avisar con pito la llegada de policías, militares y extraños.

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En las últimas noches, cientos de habitantes de la calle, provenientes del Bronx, ocuparon el caño y la glorieta de la calle 6 con carrera 30 en Bogotá. En medio de la muchedumbre, ‘El Estilista’ se pasea, siempre callado, sin levantar muchas sospechas. Cuando accedió hablar con KienyKe.com solo puso una condición: Ir a un lugar en el que no fuera observado. A cambio, él contaría su historia, y hablaría de las profundidades de ese terrorífico mundo del que hace parte.

Sentado en el pasto, manifiesta su necesidad de dinero. Una taquillera (como se les conoce a los jíbaros de esta olla) le dió a vender unas extensiones de cabello que fueron robadas a una joven transeúnte. Las vendió en $ 10.000, el dinero nunca lo devolvió, se lo gastó en vicio, ahora esa deuda le puede costar la vida. En la calle matan hasta por mil pesos. 

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En otros tiempos trabajó en la prestigiosa cadena de salones de belleza Murano, en donde atendía a todo tipo de personas de la alta sociedad, incluyendo a famosos y políticos. Ahora carga en sus bolsillos empaques de bazuco que vende en 2.000 pesos.

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Saca una pequeña bolsita y la muestra. “Esta es de ‘Los Moscos’. Siempre tienen un dibujo que identifica la olla a la que pertenece, en este caso, son cositas verdes”. Cuenta que en ‘La L’ había varias ollas, grupos que traficaban droga. Cada una tenía su logo. Hoy solo sobreviven dos, se camuflan entre los habitantes de calle que duermen en la calle sexta: ‘Los Moscos’ y ‘Manguera’, la cual es la más poderosa actualmente y cuyo jefe, ‘Cheo’, “él lidera la organización tras las rejas a pesar de haber sido capturado hace dos años mientras viajaba a Venezuela”, dice ‘El Estilista’.

Estilista del Bronx

Fue precisamente una bolsa como esas la que lo llevó a ausentarse de su casa un fin de semana al mes, dejando a su esposa, que era manicurista, y a sus tres hijos: “En Murano me hacía dos millones. Me compré mi casa en Suba, Villa María, y ahí vivíamos. Mi esposa se cansó y dijo que se iba, pero yo le dije que no, que yo era el que me iba. El que estaba mal era yo, la casa le tenía que quedar a mis hijos para que no pasaran necesidades”.

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Al poco tiempo conoció a Sandra, un amor que lo llevó a la perdición. Vivían juntos, a pocas cuadras de su antigua casa. Ella metía ‘pistola’ una mezcla de bazuco y cigarrillo, menos adictiva que la forma tradicional de consumir esta droga. ‘Estilista’, en cambio metía con pipa.

Saca de su bolsillo a esa eterna compañera, el instrumento que él mismo fabricó para drogarse, y explica entusiasmado cómo la elaboró. Mientras lo hace, sus manos sucias y llenas de heridas mantienen la elegancia que en otro tiempo las llevó a ser virtuosas con las tijeras. Su oreja derecha está cortada y deforme por una pelea con un taquillero. En todo lo que dice, nunca pronuncia groserías, siempre escoge muy bien cada palabra.

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Los problemas con su pareja eran constantes, por lo que se pegaba sus escapadas. A veces permanecía dos o tres meses en el Bronx, estaba en su casa cuatro y luego volvía a La L. Luego de una de sus largas ausencias, Sandra rompió su corazón al engañarlo con varios hombres. Totalmente deprimido, vio en el vicio a su salvador, aquel que no lo juzgaría, al contrario, lo recibiría con brazos abiertos para luego absorverlo por completo.

Se trasladó definitivamente a la olla, donde rápidamente se hizo amigo de un tal Michael, el mismo que tenía la tienda ‘Millonarios’, la más famosa del lugar, la que llenó portadas de diarios y revistas luego del operativo.

“Michael no vendía droga, pero era poderoso porque todos iban allí a jugar o de farra. Él me recomendó con los duros. Me pusieron de campanero de ‘Homero’ (otro de los expendios del lugar). Estaba en la mitad de la calle y tenía vista en ambas entradas. Cuando había operativo, los policías encañonaban a los campaneros de las puertas y les quitaban el pito. Entonces yo a lo lejos veía como entraban en silencio y me ponía a pitar y a gritar: ¡Vienen los tombos!”.

Esta tarea, sin embargo, no era muy frecuente, y menos cuando se tenían compradas a las autoridades: “Esos manes cobraban $11.000 pesos diarios a cada saya y taquillero por no decir nada”. Él, en cambio, ganaba 15.000 pesos por 24 horas de campana. Le confiaban cambiar en el Banco de la República 6 o 7 millones de pesos diarios en monedas, además de hacer todo tipo de mandados a los sayas.

Su trabajo y cercanía con los ‘duros’ del lugar le permitió saber y conocer a dos policías infiltrados que terminaron torturados, picados y derretidos en ácido luego de ser descubiertos. Un mundo cruel y despiadado del que hacía parte, al cual se arrepiente haber ingresado, pero del que no ve salida.

Estilista del Bronx

“No me aguanto estar en una fundación. Cuando he ido, me he volado. Lo único que me salvaría sería ir a mi pueblo, Líbano, Tolima, allá me gustaría empezar de nuevo. Hace mucho monté un salón. Todos ven en televisión cortes bacanos, pero no hay quien los haga. Me pedían hacerles esas figuras y tribales que sé hacer. Pero ‘paila’, ningún familiar me quiere dar (plata) para irme allá. Espero que Frank, el dueño de Murano, me pueda regalar lo del pasaje. Es la única opción que me queda”.

Mientras habla, el desespero lo invade. A lo lejos, un hombre con gorra y chaqueta negra lo observa. “Es un saya”, susurra lentamente. “Lo enviaron a ver qué estaba haciendo. Adentro se camuflan con cobijas y ropa mala, pero salen bien arreglados. Seguramente ahora que vuelva a la glorieta me van a hacer algo, puede que hasta me maten por estar hablando. Pero no me importa, ya me cansé, esto no es vida”.

No es vida. Lo repite una y otra vez mientras recuerda lo difícil que es pasar una fecha especial lejos. Un 24 de diciembre era duro en La L. Entre 6 y 8 de la noche lo empezaba a invadir una profunda tristeza. Michael pasaba regalando aguardiente y papeletas de bazuco a todos los de la cuadra, pero al ‘Estilista’ le daba más que a los demás. Sin embargo, al tiempo que su amigo seguía entregando trago, este no hacía más que llorar desconsolado en la puerta de ‘Millonarios’.

“Uno empieza a sentirse solo y triste. A las 12, por más que sea hombresito usted llora porque llora. Me acordaba de mi familia, de mis hijos. Haber sido tan estúpido de dejar esa vida. Cuántas noches de mi mamá llorando. Perder mi profesión, mis amigos, y hasta la vida, que uno no sabe a qué horas se le acaba”. De repente su voz se entrecorta y sus ojos se llenan de lágrimas. Para de hablar un momento, pasa saliva e intenta reunir fuerzas para continuar, a pesar de estar visiblemente quebrado por dentro. “Estoy rodeado de personas, pero no tengo un solo amigo. Nadie sabe lo que es vivir esta soledad”.

Estuvo allí cuando el Bronx fue invadido por cientos de uniformados. Pasaba la madrugada limpiando las máquinas de juego ubicadas en el local de Michael en las que muchos depositaban su dinero. Todo estaba tranquilo, tal como lo había estado durante los últimos cuatro meses, en los que no se vio ni un policía que cobrara los $11.000 de impuestos como antes.

A las cinco y media de la mañana, en medio de la calma, los sayas no vieron necesario vigilar los alrededores. El campanero de la puerta sólo pudo ver que a la distancia se acercaban agentes del Esmad. En cuestión de segundos empezaron a disparar. ‘El Estilista’ vio pasar a cuatro indigentes. “¿Cuál es el cólico” pensó, para luego escuchar un fuerte estruendo. ¡¡¡PUM!!! y de inmediato dio campana: “¡OPERATIVO!”.

De nada valió su esfuerzo. El resultado es el que ya sabemos. Fueron tomados por sorpresa, acorralados y luego enviados a hogares de paso para días después volver a las calles a buscar donde instalarse.

Eso no ha sido fácil. Viniendo del Bronx, es peligroso ir al ‘Sanber’ o ‘Cinco Huecos’. Por eso empezaron a invadir el caño de la calle sexta, por el cual bajaron hasta llegar a la carrera treinta, donde en las últimas noches fueron azotados por el inclemente clima.

“Por ahora me rebusco la plata. Salgo a los buses y monto mi parla. Antes decía cualquier cosa, pero ahora estoy contando cuál es nuestra situación en el caño, que es muy difícil”. No es mentira. Tan mal está la cosa que incluso un representante de la Personería acudió al lugar para proponer establecer una mesa de diálogo en donde se plantee su reubicación.

‘Estilista’ está de acuerdo: “Debemos ser reubicados. En La L todos hacían bulla, que terrible esto, que muy mal lo otro. Pero lo que uno hacía, lo hacía callado y nadie se enteraba. En cambio aquí nos toca meter en frente de la gente. Da cagada sobre todo porque lo ven los jóvenes y la curiosidad los mata”.

Pese a que la charla se hace cada vez más amena, deja de hablar repentinamente. No deja de pensar en su problema de dinero por las extensiones de cabello que vendió, pero además está preocupado por lo que harán los sayas con él, luego de verlo partir con un par de periodistas. Se levanta rápidamente y mientras camina va planeando la excusa que dará cuando regrese. Las personas con que se fue serán sus amigos, o de pronto antiguos clientes que al pasar por la zona lo reconocieron. Espera que le crean. Espera también una golpiza o algo peor. “Por sapo”.