Dos huérfanos ucranianos encontraron papá colombiano

16 de julio del 2012

El ex embajador Luis Guillermo Grillo halló a los hijos que no pudo tener en un oscuro orfanato de Ucrania. Hoy tiene un hogar solo de hombres.

Luis Guillermo Grillo

El ex embajador Luis Guillermo Grillo señala un portarretrato de plata con la fotografía en sepia de un hombre vestido de paño.

–Es mi padre –dice.

–Se parece a mí –contesta Joaquín, uno de sus hijos.

Entre la fotografía y el adolescente no hay ningún parecido. Ni siquiera son descendientes. Joaquín y su hermano Sebastián fueron adoptados por Grillo hace once años en Ucrania, país ubicado en Europa Oriental, que limita con Rusia, Polonia y Hungría.

Estamos en la habitación del ex diplomático. El sol de mediodía se filtra por el ventanal iluminando los demás portarretratos. Afuera vuelan unos canarios sobre una enramada cubierta de buganvillas, y los tres hijos, los dos ucranianos y otro adolescente colombiano que es considerado como un hijo más, están sentados en la cama frente a su protector. La familia de hombres vive en una finca en Funza (Cundinamarca), a más de 10 mil kilómetros del país donde nacieron Joaquín y Sebastián.

Año 2001. Invernaba en Ucrania y medio centenar de niños estaban enclaustrados en un orfanato en Donetsk, ciudad cercana a Kiev, esperanzados en salir de allí tomados de la mano de unos nuevos padres. Los huérfanos vestían pantalones de lana, camisas de lana y botines de lana. El invierno los tenía condenados a permanecer encerrados en el edificio de paredes grisáceas y a la comida rancia.

Los camarotes estaban tendidos, sin arrugas; las mesas limpias y el suelo sin manchas. Todo estaba organizado por un régimen de regaños donde la ley era obedecer y temer.

Los niños permanecían con los ojos en el suelo. Hablaban en voz baja como si sus vidas trascurrieran en una iglesia y reían con los manos en los labios para no delatar ese ápice de alegría. Los cuidaba una mujer de trajes grises y personalidad agria. Cada mirada que prodigaba a los huérfanos parecía una advertencia. Una reprimenda silenciosa.

Luis Guillermo Grillo
Sebastián, uno de los jóvenes ucranianos, está al lado de su padre adoptivo en su finca en Funza (Cundinamarca).

Ese día de invierno los niños vieron la esperanza de unos nuevos padres en un hombre con traje elegante que llegó al orfanato. Vestía de corbata y abrigo, una ropa exclusiva en ese país que estaba en la transición entre el comunismo y capitalismo. Detrás del recién llegado iba un traductor de español a ucraniano y una abogada. Por la zalamería de la directora del refugio sospecharon que el recién llegado era un personaje importante. Un buen prospecto de padre.

Luis Guillermo Grillo, quien en ese entonces era embajador de Colombia para tres países (Ucrania, Lituania y Polonia), llegó al sitio con ojeras en el rostro porque la noche anterior imaginó a varios niños. Les cambiaba el color de los ojos, el cabello y la piel. Sintió la emoción de las mujeres embarazadas cuando después de intentarlo muchas veces quedan embarazadas. No tuvo hijos, aunque estuvo casado durante cuatro años en la década del noventa.

Sus ojos miraban a los niños uniformados con trajes de lana. No podía escoger cualquiera. Según las reglas del lugar, por ser un hombre divorciado y mayor de 50 años, no podía adoptar recién nacidos que necesitaran pecho o no supieran caminar, tampoco llevarse una niña, por ser él un hombre. La opción era escoger entre los varones más grandecitos del orfanato. De más de medio centenar de probabilidades en un principio, sus opciones se limitaban a menos de diez.

En una habitación del orfanato abrió un folder con las fotos de los niños, una reseña de su pasado y el tiempo que cada uno llevaba en el refugio. En la primera página aparecía la foto de un niño de ojos oscuros “ese es”, pensó, “tiene algo de latino”. La siguiente página le mostró un niño sin dientes, de ojos azules y pelo rubio. Ambos tenían seis años, fueron maltratados por sus padres y llevaban más de dos años internos. Tenían nombres extraños, ucranianos. Grillo comprendió que si los adoptaba buscaría nombres que se pudieran pronunciar y, más aún, recordar.

Al siguiente día Luis Guillermo Grillo regresó ansioso en compañía del traductor. Lo necesitaba para tener la primera conversación con sus futuros hijos. Mientras tanto los elegidos estaban nerviosos, se sentían en una cita a ciegas en donde no se jugaba un noviazgo sino la posibilidad de tener una familia.

Pensó en el saludo, las primeras frases, ¿y qué más debía decir? No tenían un pasado en común, ni un idioma. Grillo se acomodó en un sillón y esperó la llegada de los infantes. Después de pocos minutos los vio entrar, estaban peinados, con las mejillas ruborizadas y esa mirada de temor común en los huérfanos.

Luis Guillermo Grillo
Luis Guillermo vive con sus tres hijos (los dos ucranianos y un colombiano) y tres mascotas.

La elegancia del señor los intimidó. Estaban ante un hombre grande y formal que hablaba una lengua incompresible. En ese mundo uniforme donde los días pasaban como una repetición del anterior, el embajador colombiano era lo más raro que habían visto.

Después de la presentación formal los niños contestaron con monosílabos. El futuro padre se esforzaba por caer bien y los niños en no errar en las respuestas, como si estuvieran presentando un examen.

El tiempo amenazaba a los niños con disolver la segunda oportunidad de tener una familia. La vida les falló en el primer intento y faltaban pocos meses para perder la esperanza. Si cumplían los siete años dentro del refugio la ilusión se acababa y tendrían que salir del hogar e ir a talleres de carpintería, jardinería, construcción, o cualquier labor para ganarse la vida cuando lleguen a la adultez. El sueño de un huérfano es abandonar el hogar estrenando padres y mirar desde la ventana de un carro cómo la lejanía va borrando el pasado y abriendo el futuro.

El reencuentro ocurrió después de dos meses de papeleo en un juzgado de Kiev, la capital de Ucrania. Los niños, que hasta ahora estaban desarrollando el sentido de la razón, tenían que tomar la decisión de marcharse con el casi recién conocido o permanecer en el orfanato. Más de quince adultos vestidos de traje y sosteniendo papeles en la mano estaban pendientes de las palabras de los niños. Ellos no llevaban trajes ni papeles. La vida siempre fue simple para ellos y en ese momento se sintieron inmersos en un ambiente de adultos.

–En Colombia no hay estaciones ni nieve, hablan otro idioma, queda demasiado lejos y además el señor Grillo no tiene esposa que cumpla un papel de madre –dijo un abogado para que los infantes fueran conscientes del cambio de vida.

–¿Quieres irte a vivir con este señor? –le dijo al de los ojos oscuros. Éste no entendía que la lejanía significaba surcar un océano. Para él la palabra Colombia podía ser un punto en el mismo país o en otro planeta. Confiaba en ese señor con porte de caballero.

El niño afirmó con la cabeza y como si se liberara de una carga que llevó durante seis años por falta de amor, corrió a donde el nuevo padre y lo abrazó. El embajador cerró los ojos y las lágrimas humedecieron su rostro. Después de años de no recibir un abrazo sincero sintió que el infante le quitó la armadura de hombre frío. En su labor como diplomático los abrazos eran herramientas para hacer acuerdos, y las sonrisas daban una buena impresión en las fotos. En el juzgado sintió la alegría hasta el extremo de las lágrimas.

Después siguió el interrogatorio al pequeño de ojos azules. Al igual que el anterior le preguntaron si quería ser adoptado. No lo pensó, respondió afirmativamente y Grillo se levanto de la silla para que se repitiera la escena de abrazos y lágrimas. El niño permaneció en su silla, se puso colorado y mostró una sonrisa mueca. El hombre entendió que cada uno de sus hijos tenía su propia personalidad.

De regreso al orfanato para la despedida, Luis Guillermo compró frutas tropicales para que los demás pequeños saborearan un poco de la tierra en la que iban a vivir los dos niños que se marchaban. Hicieron muecas con las manzanas, mordieron los mangos sin saber que adentro tenían una semilla grande y miraban con curiosidad las granadillas.

Dejaron la ropa y los peluches. Como el orfanato era oficial y seguía una línea comunista, todo lo que estaba adentro pertenecía al Estado. No se llevaron ni un recuerdo. Pronto llegarían otros niños a ocupar esas camas, vestir las prendas de lana, jugar con los peluches y soñar que un diplomático los lleva a tierras lejanas.

Lloraron cuando dijeron adiós. La costumbre quizá es más fuerte que el amor y el desapego puede ser más amargo que un despecho. Desde la ventana del carro, con las cabecitas afuera y las manos extendidas para continuar con la despedida, en medio de las lágrimas vieron al orfanato desvanecerse.

Desde ese día dejaron para siempre sus nombres ucranianos que Luis Guillermo Grillo no podía pronunciar y menos recordar, y se llamaron Joaquín y Sebastián. Joaquín por un antepasado de Grillo que fue asesinado por las tropas españolas después de la independencia del Colombia, y Sebastián porque le pareció llamativo.

Luis Guillermo Grillo
Sebastián y Joaquín el día que hicieron la primera comunión en Colombia.  

Vestidos con gorro, guantes y abrigos gruesos hicieron la primera petición en calidad de hijos. Solicitaron por medio del traductor conocer un McDonalds. Desde que el restaurante de comidas rápidas llegó a Kiev a finales de los noventa, invadió con comerciales los canales de televisión ucraniana y los huérfanos añoraban comer allí. Como padre que estrena hijo quiso cumplir los caprichos de los pequeños y les dio permiso para comer lo que quisieran. La mesa se llenó de papas, hamburguesas, juguetes, gaseosas y más papas. Como los niños estaban acostumbrados a la frugalidad del orfanato y tenían un estómago pequeño, a las dos horas vomitaron su primera ‘cajita feliz’ en el baño.

Con la partida del traductor, el padre y los hijos permanecieron en un mutismo obligado por falta de idioma. Aún permanecían en Europa. Se comunicaban por medio de los gestos o el manoteo para las ideas más primarias como comer, dormir o ducharse. El cariño fue surgiendo por la rutina y no por las palabras. Durante las duchas los niños se mojaban y corrían por el cuarto del hotel gritando en su dialecto y el padre no sabía si era por emoción o miedo.

El día que se despidieron de Europa, a Grillo se le extraviaron los hijos. En el aeropuerto de Frankfurt (Alemania), uno de los más grandes del mundo, entró con maletas, maletines, hijos y juguetes para tomar el avión a Bogotá. El padre, por medio de señas, les pidió a Joaquín y Sebastián que lo siguieran. Grillo caminó un pasillo, pasó puertas, subió una escalera eléctrica y, al mirar para atrás, advirtió que estaba solo. No podía creer que perdiera a sus hijos estrenando paternidad. Los buscó en los gorros de los niños que veía, trató de escuchar sus voces pero no los hallaba. Dio media vuelta para averiguar en qué parte del camino habían desaparecido y, cuando llegó a la escalera eléctricas, se alegró al ver a los hijos con rostro de susto, incapaces de subir algún peldaño. Después de un justo regaño de las mujeres que estaban presentes, tomó el avión a Bogotá.

Joaquín y Sebastián escuchan desde la cama de su padre la historia de sus vidas como si fuera ajena. No saben ni una palabra de ucraniano. Hablan el español sin acento extranjero. Están cursando noveno y décimo y los fines de semana aprenden equitación y tenis. Esa es la vida en Colombia y la única vida que recuerdan. Sus mentes cerraron la puerta del pasado y botaron la llave. Para ellos la vida empezó la mañana en que vieron desde la ventana del carro cómo desaparecía el orfanato y aparecía una carretera interminable.

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