El sabio de Caloto

1 de abril del 2012

Jorge Arias lleva cuarenta años en medio de las balas que han azotado este municipio del Cauca ¿Quién es este hombre, que además de alcalde, es el gran líder en las buenas y en las malas?

El sabio de Caloto

“Señor Jorge Arias, si llega a ganar la alcaldía de Caloto, nos encargaremos de no dejarlo posesionar. Usted se ha convertido en objetivo militar: Águilas Negras”.

Los mensajes de grupos paramilitares comenzaron a llegar a mediados del año 2011. Jorge Arias había sido elegido como el candidato de las comunidades a petición de las máximas autoridades indígenas. Una noche de agosto en plena campaña política, habitantes advirtieron que dos extraños transitaban las calles de Caloto. Se movilizaban en una moto de alto cilindraje, sin placas y armados. Merodeaban la casa en el barrio La Palma donde se encontraba el aspirante a la alcaldía. Lo esperaron en la salida hacia la vereda Santa Rosa, donde Jorge tenía programada otra reunión. Con la capacidad de organización de los indígenas, 70 moto taxistas alertaron la situación y salieron en caravana a interrogar a los sospechosos. A pesar de que los forasteros huyeron la situación se repitió en dos ocasiones más.

Jorge no se dejó amedrentar. El 30 de octubre del 2011 batió un record electoral y con 5200 votos ganó la alcaldía. Una votación que dobló la de su antecesor que había ocupado el cargo en 2008.

Su carrera como líder empezó en 1995 cuando creó la junta de acción comunal de la vereda El Porvenir. Cuatro años más tarde recibió el apoyo de los gobernadores indígenas del norte del Cauca para realizar un curso que lo convirtió en promotor de salud. Para continuar sus estudios y convertirse en Auxiliar de Enfermería Hospitalaria debía haber terminado la primaria, oportunidad que, como muchos jóvenes de su generación, no tuvo. A sus 33 años Jorge regresó a la escuela de El Venadillo y en un par de semanas completó el quinto de primaria y luego, a marchas forzadas, validó el bachillerato en Cali.

La guardia indígena es la encargada de contener el avance de la fuerza pública o de la guerrilla, para proteger al pueblo.

Gracias a su nuevo oficio de enfermero, recorrió los 16 cabildos indígenas y pudo conocer casi personalmente a sus coterráneos que viven en los siete municipios que forman el pueblo Nasa, esa gran unión de comunidades indígenas del suroccidente de Colombia. Vio las alegrías, el talento, las tristezas y las necesidades de su gente. Entendió que su destino era acompañarlos en las buenas y en las malas. Sobrevivir en una tierra acostumbrada a vivir entre dos fuegos.

Un día, por su condición de Consejero Mayor de los indígenas, lo llamaron para aplicar remedio (castigar) a un paramilitar recién capturado por la guardia indígena. Un joven comunero que confesó su misión de inteligencia y a quien Jorge debía trasladar varios kilómetros hasta el casco urbano del municipio. El ‘Sexto Frente’ de las Farc, con presencia en la zona, reaccionó y amenazó con ejecutarlo. Pero la guardia comunera se interpuso, mientras los paramilitares ofrecían dinero para que dejaran escapar al joven paraco. Jorge estaba en una encrucijada, con su vida en juego. Puso entonces a actuar su malicia indígena. Tomó su moto Honda gris de 150 centímetros cúbicos, se echó el bastón de mando al cinto y subió hasta la vereda El Credo, donde estaba el paramilitar detenido. Lo subió en su moto y tomó los atajos recorridos de niño hasta llegar a su vereda El Porvenir, donde se lo entregó a otros indígenas para que lo trasladaran al casco urbano de Caloto donde fue juzgado y condenado a cuarenta fuetazos y al destierro: el peor castigo para un indígena.

Ese es Jorge Arias, un hombre que combina la ecuanimidad con la templanza, como sucedió el día de última toma de la guerrilla el 20 de febrero pasado.

Crédito: Noticiero 90 Minutos.

 ─De nuevo hay combates aquí abajo en El palo, ya han sonado varios ‘tatucos’, mucha gente me está llamando. Di la orden de que todos se resguarden en sus casas y sólo espero que nadie muera ─le informó Jorge a uno de los gobernadores indígenas del Cauca, cuando un grupo de milicianos del ‘Sexto frente’ de las Farc llegó al mediodía al corregimiento El Palo, a cinco minutos del casco urbano de Caloto. Los guerrilleros estaban en la montaña, los soldados en la carretera y la población civil en el medio. Tres horas después de intermitentes disparos, una explosión ensordeció al pueblo cuando estalló un ‘tatuco’ que terminó por asesinar al soldado Mauricio Botero, al cabo Enrique Rojas y al mayor Dixon Castrillón.

Con el hecho, Jorge y su administración volvieron a poner en la palestra pública el debate de si retirar o no a la brigada móvil número 14 que desde el año pasado el propio presidente Juan Manuel Santos había ordenado instalar dentro de Caloto tras el asesinato de tres policías y dos civiles. El contingente militar se instaló en la cancha del único centro deportivo, en la cual sembró un cañón inteligente para repeler cualquier ataque guerrillero o paramilitar. A los 22 policías que cuidaban el pueblo, se le sumaron 700 soldados bajo el mando de tres coroneles del ejército nacional.

El presidente Juan Manuel Santos recorrió la zona durante su visita el 4 de marzo de 2011, cuando instaló el Batallón móvil 14.

A pesar de vivir solo a un par de cuadras del polideportivo, el alcalde no ha querido nunca visitar el polideportivo, como testimonio de su posición frente a la militarización del territorio. Pero no es solo el tema de la violencia la guerra lo que le quita el sueño al alcalde. Al llegar a la alcaldía, se encontró un municipio endeudado en 55 mil millones de pesos ─sus ingresos anuales son de 14 mil millones─ y, además, golpeado por la corrupción en áreas tan sensibles como la educación, la salud y la inversión social. Paradójicamente, en Caloto hay un pequeño complejo industrial de 36 grandes compañías que le rentan poco al municipio.

La violencia llegó mucho antes a Caloto, en 1960, cuando se convirtió en el lugar perfecto para los grupos armados por una razón natural: su posición geográfica. Incrustado en medio de los departamentos de Valle, Cauca, Huila y Tolima, su cuadrante era ideal para acampar, escapar, abastecerse de alimentos y armas, asaltar bancos de pueblos con poca policía, y veinte años más tarde, ser el corredor de una bonanza maldita que a la fuerza ha permitido sembrar, procesar y mover narcóticos por toneladas.

La reina Sofía le entregó el XIX Premio Bartolomé de las Casas a Jorge arias por su trabajo en  la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN).

La indignación del alcalde se le ve en la mirada, ojos que se cierran por segundos cuando habla de los hechos violentos que han sufrido las comunidades afro, campesinas e indígenas que nacieron en un territorio codiciado por sus riquezas naturales y su posición privilegiada. El alcalde Arias repite muchas veces la palabra resistencia, que se ve opacada cuando su prodigiosa memoria recuerda que hace dos años 179 personas provenientes del Resguardo de Huellas tuvieron que dejar sus casas por las contundentes amenazas de paramilitares. Verlos alojados en un kiosco sin ventanas ni puertas, al sol y al agua, le cortaba la voz.

En los registros que ha recibido su administración se calcula que durante el año 2011 en Caloto se tuvieron que desplazar forzosamente 1430 personas. Las investigaciones y la prensa advierten también que en los sesenta días que van corridos del año 2012: un guardia indígena fue asesinado, 200 campesinos procedentes de El Palo tuvieron que salir desplazados de la vereda y, 160 indígenas, abandonar la vereda La Buitrera. Jorge no se deja perturbar. Mantiene la calma. Habla con la seguridad de un hombre que ha vivido cuarenta años en medio de las balas:

“No se puede tapar el sol con un dedo, estamos en medio de un conflicto, lo único que queda, como siempre, es resistir: ¡qué más! “. Resistirá allí, al lado de su gente, como alcalde o como un comunero más.

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