El hombre de las tetas y los chistes pesados

El hombre de las tetas y los chistes pesados

27 de noviembre del 2010

Cuando yo creía que leer era aburrido, Daniel Samper Ospina me recomendó El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, un clásico que, de hecho, me hizo amar los libros. Yo tenía trece años y él 25. Y fue de los pocos profesores que me cayó bien en la vida. Su clase tenía tres reglas: jugábamos fútbol una vez al mes, nadie perdía la materia y la asistencia era opcional. Más que un profesor, era un amigo que nos trataba de iguales. Daniel fue echado del Gimnasio Moderno en 2006: era profesor y miembro del Consejo Superior y lo sacaron porque dirigía una revista de viejas en pelotas, SoHo. Después de octavo grado, la siguiente vez que lo vi me invitó a trabajar en esa revista. Me puso a producir crónicas, a trabajar de la mano de los mejores narradores del país.

Apenas Samper entró a la dirección de El Aguilucho, la revista del colegio, le pidió a Ricardo Silva, su amigo del curso de abajo, que entrevistara a una profesora conocida por acostarse con los alumnos, para sacarle nombres. Yo no llevaba una semana de trabajo en SoHo y me pidió, con esa frente ceñida que hace cuando se le ocurre una idea, que le confesara a un cura que tenía pensamientos obscenos con hombres, a ver si caía.

Así es Daniel Samper Ospina: si bien es el “Hugh Hefner” criollo, también es un educador. De la redacción de SoHo salieron Andrés Felipe Solano, Adolfo Zableh, Margarita Posada, Juan Andrés Valencia y Alejandra Quintero: periodistas que llegaron a la revista como obreros y crecieron y ganaron reconocimiento con su trabajo, premios y novelas. Y Héctor Abad Faciolince, Alberto Salcedo o Fernando Quiroz, autores que ya venían con una trayectoria, en SoHo tuvieron la plataforma que los convirtió en las plumas que son hoy. SoHo es de culos y tetas, sí, pero también es un centro de formación y una máquina de hacer dinero: una edición de diciembre, por ejemplo, puede vender más de mil millones de pesos en publicidad. El peso de la revista, que ha llegado a tener más de 400 páginas, vale su peso en oro: es la segunda revista más leída del país y su marca ha sido tan popular que ha vendido cuadernos, carros y ha dado para crear programa de televisión y agencia de modelaje.

Cuando su amigo de la infancia Alejandro Santos le ofreció dirigirla en 2000, SoHo se reducía a artículos sobre carros, bares y mujeres. Daniel, un riguroso aficionado a la poesía, un profesor de literatura que criticaba el esnobismo y la superficialidad, rechazó la oferta. En esa época estaba escribiendo con Carlos Mayolo Los Miniserios, una serie de humor para TV, y una página web, La Humorada. Llevaba la vida de un literato de 26 años que oye Sabina y Serrat. SoHo, por su parte, era una revista ligera.

La segunda vez que el director de Semana lo llamó, en 2001, aceptó. No sentía que tuviera la banalidad suficiente para hacerlo, pero, como le dijo a Silva, “¿por qué no puedo hacer algo bueno con una revista para yuppies?”. ¿Y qué pasó? Que, según muchos, Samper se dedicó a explotar el cuerpo de la mujer, se aprovechó de la cultura de ostentación que hay en Colombia y empelotó a la élite del Reinado y la farándula. Y que, según otros, hizo su trabajo como se lo propuso.

¿Cómo hace un hombre de letras, que escribe poemas a sus novias y sufre con un coctel y una corbata, para vivir en un mundo de gente preocupada por las uñas? ¿No le generaría eso una crisis de identidad? Más allá del “cómo”, Samper lo hizo de frente, sin importarle que lo tacharan de proxeneta. También lo han criticado porque copió la fórmula de Playboy: culos y plumas. Pero, con o sin eso, SoHo ya lleva cinco años entre las dos revistas más reconocidas del país, según el estudio de lecturabilidad EGM. Con o sin eso, Samper convirtió la revista en una empresa de juegos, fiestas, televisión, e incluso, después de ser demandado por parodiar la Última Cena con una modelo en pelota, en una plataforma de activismo a favor de la libertad de prensa. SoHo es una institución, con ediciones en otros cuatro países, y eso se debe a la insistencia del director. Y, claro: al trabajo de muchos que trabajaron ahí, como Gustavo Gómez, Carlos Gaviria, Lina Valenzuela y mucha gente determinante que, no obstante, se tuvo que ir. Daniel sigue ahí.

Natalia Paris y Amparo Grisales

Porque, como decía, Samper cree en lo que hace y logra todos los objetivos que se propone. Y lo hace de frente. Por ejemplo, Daniel ha sido “El Hijo” de Daniel Samper Pizano de frente, otra encrucijada de vida por la que tuvo que pasar. Tanto, que dice que mejor le hubieran puesto Ernesto. ¿Acaso Daniel no pensó que si se ponía de humorista en Semana todo el mundo lo iba a comparar con su papá, uno de los periodistas y humoristas más prestigioso del país? Ser delfín no garantiza ser pluma ni tener talento. Y Samper, cuando aceptó ser columnista y estar en boca de todos, lo sabía.

Primero, cuenta su amigo del colegio Juan Mesa, tuvo un taller entre amigos donde se reunían a discutir columnas. En 1999 fue columnista de Cromos y en El Tiempo en la sección deportiva. Pasó a la sátira en Jet Set, el trampolín donde forjó su estilo y voz. Su reflexión humorística, dice Ricardo Silva, viene de la poesía, pasa por la literatura y el periodismo, y termina influenciada por el género humorístico de los ochenta y noventa, ese que su papá, amante de Les Luthiers, no conoció: el de Seinfeld o South Park. El humor de Samper Ospina es menos familiar, mucho más ácido y crudo que el del papá. Por eso lo han tildado de exagerado, cínico, inmoral, abusivo, banal, canalla, todo. Pero no hay duda de que Samper ha creado un círculo de seguidores, un mundillo de personajes y un lenguaje propio a través de sus columnas en Jet Set y Semana. Ese mundo quedó empacado en el libro que lanzó en la pasada Feria del Libro de Bogotá, El club de los lagartos, que lleva varias semanas en la lista de los más vendidos del país. Un estudio de lecturabilidad demostró, además, que su columna es la segunda más leída por los colombianos.

Lo de crear un mundo, un modelo, lo hizo con SoHo: se inventó un sistema que le funciona y que innova con delicadeza. Por eso empelota a Carla Giraldo cada rato y se alió con las emisoras La W y Tropicana. Por eso insiste en que Uribe tiene tres huevas: porque, mientras la gente se siga riendo, sus chistes sirven. Samper idea fórmulas mágicas que, en la medida en que funcionen, no tiene por qué cambiarlas. Un ejemplo: a pesar de que ha hecho labores sociales toda la vida, siempre se preocupó por mantenerlas en bajo perfil, porque está convencido de que así es como tienen repercusión.

No es que Samper sea un asocial: al contario. Pero una cosa es reunirse con los amigos a tomar trago en su casa o invitar a sus primos –los hijos de Ernesto– a ver y cubrir en Twitter la posesión de Santos, y otra ir a una frijolada de Olga Duque de Ospina. De tanto burlarse de lo segundo –de los cocteles y las exposiciones de arte, de las lagartadas–, hoy se da el lujo de que no lo inviten a nada. Y de no tener que darle la cara a Valencia Cossio ni a Armando Benedetti. Cuando, al entrar a SoHo, le tocó jugar a ser yuppie; cuando salía en las sociales con las Chicas Águila y se puso jeans desteñidos, Daniel no era la persona que es hoy: una que camina a la oficina con su portátil en un morral del Independiente Santa Fe, que no tiene nada que perder y que sólo le importa que Claudia, Guadalupe y Paloma –su esposa y dos hijas– lo respeten. Es difícil verlo en un lugar diferente al que se encuentra hoy, porque se ve instalado y cómodo. Se dice que siempre ha querido dirigir Semana o El Tiempo. Le ofrecieron la dirección de El Espectador y después de Cambio. Y ambas las rechazó.

Dania Londoño y Marbelle

Daniel me enseñó –citando a Gay Talese, autor del perfil más importante de la historia, Frank Sinatra tiene un resfriado– que uno puede escribir un perfil sin tener que entrevistar al perfilado. Que todo depende del tema, del perfil, del perfilado. Yo acá no lo entrevisté. Cuando era mi jefe, solía pedir una Coca Cola y un café al mismo tiempo cuando llegaba a la oficina por la mañana. Ahora sólo toma agua y Dasani de mandarina. Se come, de repente, tres paquetes de chicharrones dietéticos. Fumó mucho y fuma cuando bebe. Porque bebe, y canta rancheras a grito herido. Ha sido gordo y flaco varias veces. Calvo será en dos años. Sube de manera permanente los pies sobre las mesas. Invita a sus colegas a su oficina a despotricar de las sociales de las revistas. A veces, cuando está nervioso, mueve los dedos como si tocara tambor. De hecho, en el colegio, cuando le decían Ramoncito, era baterista y su canción insignia era Sonido Bestial, de Bobby Cruz.

Samper me contó que Talese hizo más de setenta entrevistas para hacer el perfil de Sinatra, sin nunca entrevistarlo. A pesar de eso, decía, consiguió la información necesaria para contar todo tipo de anécdotas, como la siguiente. En la Parroquia de San Francisco en Tepeaca, México, está el Santo Niño Doctor, una figura que tiene el supuesto poder de sanar a los enfermos. La diminuta estatua parece un bebé médico de juguete: con bata, gorro de cirujano y marcapasos. Está metida en una caja de vidrio bordeada con luz de neón blanca. El 30 de abril, día del niño, miles de mexicanos visitan la estatua y le llevan astromelias en medio de ferias y juegos mecánicos. Daniel Samper, revela Gustavo Gómez, es uno de ellos. Ateo toda la vida, Samper carga en su billetera la oración del Niño Doctor plastificada y tiene una pequeña estatua y un retrato enmarcado en su casa.

Cuando, a punta de Borges, nos hizo entender que deberíamos ser escépticos con el cuento de Dios y la religión, nadie pensó que Samper fuera un devoto de semejante expresión religiosa tan particular. Tampoco pensamos que el perfil que escribiríamos sobre él en el futuro sería como una tarea que hicimos para su clase: un resultado de su propia enseñanza.