Así se hace la euforia de “El precio es correcto”

20 de mayo del 2013

¿Qué tiene este popular programa para que la gente llore, grite y muera por participar?

El precio es correcto, Kienyke

Jhon Alexis se libró del calor imposible de Barrancabermeja cuando se montó con su mamá y su hermana al bus que lo llevaría hasta Bogotá. Con el aire acondicionado del vehículo se relajó y se quedó dormido unas tres horas. Cuando despertó aún le faltaban casi 5 horas de recorrido, pero aunque tenía los pies dormidos y la espalda comenzaba a molestarle, la emoción que le producía su destino era tal que ignoró las molestias y comenzó a soñar despierto con los premios, el carrito, las cámaras, las dos modelos, los trillizos e Iván Lalinde.

Entraron a la capital casi a las cuatro de la mañana. Jhon Alexis esperaba encontrar un tráfico inaudito y le sorprendió la soledad de la Autopista Norte. Llegaron al Terminal en casi 40 minutos y cuando se bajó del bus se arrepintió de no haber traído una chaqueta. Se subieron a un bus confiando en las indicaciones recibidas por extraños y él contó los minutos durante todo su recorrido hasta los estudios del canal Caracol. Debían llegar antes de las 6 de la mañana. Una vez allí, le sorprendió la eterna fila de personas esperando su turno para ser entrevistadas. Algunos habían acampado cerca a las puertas del canal toda la noche. Otros menos preparados durmieron sobre el pasto, envueltos en sus chaquetas y cubiertos con bolsas de plástico que los protegían de la lluvia. Se ubicaron al final de la fila y Jhon Alexis comenzó a padecer… Diosito mío lindo, ayúdeme, ¿sí? Ayúdeme, no me deje por fuera.  

Cada sábado se ofrecen 2.500 boletas, 250 para cada programa, pero eso no quiere decir que entrarán 250 personas, pues Caracol se reserva el derecho de admisión: los que llegan tarde se quedan por fuera. Los borrachos también.  A veces se entregan más de los 250 tickets, pues muchas personas sacan 5 tickets y solo llega una persona. Son cosas que la producción del programa debe tener en cuenta para tener todas las sillas del público ocupadas. De esas 250 personas solo participarán 8 y solo 5 tendrán la oportunidad de jugar. Cuando llegan al canal son registrados, se les entrega una calcomanía con un número y otra con su nombre. Luego hacen una segunda fila esperando a ser entrevistados por dos personas del equipo de producción. Dicha entrevista es muy sencilla: les preguntan su parentesco con quienes los acompañan, de dónde vienen, por qué han venido y a qué se dedican. La gente ahorra energías y cuando están frente a ambos entrevistadores se desbordan en personalidades avasalladoras.

El precio es correcto, Kienyke

El programa acaba de cumplir su segundo aniversario.

Una mujer cuenta que tiene un bebé de un año que nació con serios problemas y se pone a llorar. Dice que quiere ganar para llevarle esa alegría a su familia. Otra señora, que respira con dificultad por la emoción, dice: “Mi bebé de 10 meses es el más fan del programa. Siempre que lo ve manotea y grita ¡Cien! ¡Cien! ¡Cien!”. Llega una pareja de novios, jóvenes, cada uno con su mamá, y hacen gran énfasis en el hecho de que solo han venido a acompañar a sus madres, ellos no quieren concursar. Agregan que son comunicadores sociales y un par de personas que están observando la entrevista comienzan a burlarse: “¡Ay! ¡Comunicadores sociales! ¡O sea! ¡Aaaay!”

Entre ellos hay muchos, demasiados desempleados. Mujeres que se dicen a sí mismas “gerentes de familia” y hasta “presidentas de familia”. Comerciantes, “independientes”, pensionados, guardias de seguridad, empleadas domésticas, recepcionistas, auxiliares contables, vendedoras de catálogos, estudiantes, albañiles, vendedores ambulantes, docentes, auxiliares de enfermería, comunicadores sociales y líderes de barrio.

Han venido desde todos los rincones de la capital y el país: Cúcuta, Medellín, Eje Cafetero, Llanos Orientales, Costa Altántica, Pacífico, Pasto, Tuluá, Cali, Soacha, Mosquera, Flandes, Cazucá, Lenguazaque, Boyacá, La Guajira, Tunjuelito, Girardot, Villa de los Sauces, Mesitas del Colegio, Honda y hasta de Lima (Perú), aunque por no ser colombianos no pueden participar y solo pueden estar entre el público.

Dentro de las instalaciones del canal se encuentra Iván Lalinde sentado frente a un espejo del camerino. Le están poniendo gel en el pelo y parándoselo un poquito sobre la frente. Tiene un traje gris oscuro, camisa blanca, un corbatín azul con florecitas celestes, mancornas y medias a rayas de colores, zapatos marrones y un pañuelito de colores en el bolsillo de la chaqueta. El pantalón le queda corto, pero ese es, quizá, su estilo. Es él mismo quien decide qué se pone. Durante dos meses graban dos capítulos al día, de lunes a viernes. Así producen contenido para 4 meses y descansan dos meses mientras se graba el programa Do Re Millones.

El precio es correcto, Kienyke

Muchos de los participantes viajan desde muy lejos sólo para conocer a sus ídolos.

Una vez dentro del estudio, el público sabe que está siendo observado todo el tiempo. La producción les advierte que hay cámaras en el techo y detrás de las paredes y la gente comienza a enloquecerse subiendo los brazos en el aire, gritando como si hubiera ganado la selección Colombia. Hay muchas camisetas del equipo.

–¿Hoy juega Colombia? –le pregunto a Luis Moreno, productor ejecutivo del programa.

–Aquí todos los días juega Colombia.

Imposible dejar de confesar que llegué al programa para descubrir qué tipo de energizante le meten al público en el tinto para que estén en ese constante estado de ebullición. Esa emoción de estadio, esa euforia de haber ganado el Baloto o haber conocido a Michael Jackson. El secreto de este equipo de producción es una organización casi maniática, impecable. Durante la entrevista les han advertido que quieren verlos muy emocionados en el estudio. Una vez allí comienza a sonar música de fiesta, la gente baila y levantan sus amuletos de la suerte en el aire. Casi todos llevan fotos de su gente que las cámaras en ningún momento ignoran. Dos personas del equipo de producción, con micrófonos, mueven la cadera siguiendo la música y los animan con la misma alegría de un DJ en una fiesta de 15 o un locutor de Tropicana Estéreo. Además, cada vez que hay una pausa en la grabación entra en escena uno de los cómicos de Sábados Felices y comienza una retahíla de chistes puercos que desternillan al público.

–Quiero verlos saltar y brincar. Quiero verlos bailando, felices, emocionados. ¡Vamos, vamos, vamos! ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Sí, sí, sí! ¿Cómo van a recibir a Iván Lalinde cuando los seleccionen para jugar, eh? ¿Van a llegar al frente cabizbajos, tímidos, como deprimidos?

–¡Nooooooooooooooooo! –grita el público como si se tratara de un concierto de quinceañeras.

–¿Están felices?

–¡Siiiiiiiiiiiiiiiií!

–¡Quiero ver que están felices, todo el tiempo! ¡Así, así! ¡Felices en El precio es correcto! ¡Quien no esté feliz no juega! Rían, rían así que eso hace que los pulmones rían y se reconforten.

El precio es correcto, Kienyke

En un principio, la producción del programa le pidió a Lalinde que no fuera tan cercano con su público, pero él se negó.

Casi un 70% del público está compuesto por mujeres. Han venido a ver a Iván Lalinde, lo aman con loca pasión. Algunas llegan con su foto entre las manos, en sus camisetas y hasta en tazas de cerámica. Cuando Lalinde finalmente entra en el estudio las mujeres comienzan a gritar enloquecidas. Varias se acercan hasta él, lo abrazan por lo que parece una eternidad, le besan la cara y él responde cargándolas en el aire, pues es un gigante. Las besa con la misma pasión y no deja de sonreír un segundo. Es una sonrisa honesta, tranquila. Está siendo él mismo y se siente cómodo.

Pero la tierra no temblará hasta que no aparezcan los trillizos. Será como la llegada de Los Beatles a Estados Unidos en el 64, como cuando llegaron los jugadores olímpicos a Bogotá después de las Olimpíadas en Londres 2012. Euforia no es palabra. Histeria. Los tres hombres sonríen como fotocopiados. Parados muy tiesos, exhibiendo unos magníficos cuerpos de fisicoculturistas. Cada programa reciben más besos y abrazos de los que han acumulado durante toda la vida. En ningún momento dejan de sonreír. Es tal la emoción y el desorden de estas mujeres que debe venir Seguridad a restablecer el orden.

El precio es correcto, Kienyke

Lalinde sufre y festeja con su público de forma honesta.

Se nombran los primeros cuatro participantes que se abrazan entre ellos y luego de gritar y saltar como maniáticos comienzan a jadear con la lengua por fuera de la boca. Lalinde le dice al resto del público que no estén tristes si no los llamaron y una mujer regordeta y cubierta con una ruana con la bandera de Colombia responde entre dientes: “Venga y nos saluda y verá que no nos ponemos tristes”.

Hacia el final del programa es evidente que el público está agotado. La energía no es la misma. Una participante se ha ganado un juego de cubiertos con pretensiones de platería antigua. Se la llevan hasta una pequeña sala donde le harán preguntas y le explicarán que si el premio es menor a 3.000.000 de pesos, no debe pagar impuestos y Caracol corre con ese gasto. Si el premio es mayor a dicha cifra, deberá pagar un 20% del valor, que es el impuesto de ganancia ocasional. La mujer no parece haber entendido mucho de lo que se le ha explicado, pero no deja de sonreír y de referirse a las dos personas en la foto que lleva como amuleto de la suerte. Le advierten que no puede usar el celular ni puede hablar con nadie. Ella pide permiso para ir al baño y una mujer de producción la acompaña para asegurarse de que no hará trampa.

El programa ha llegado a su fin. Nadie se llevó el carro. El público hace una fila para salir del estudio. Caminan lento con las cabezas mirando hacia el piso, sin energía en el cuerpo. Algunos, muy agradecidos, se despiden de los camarógrafos y siguen repartiendo besos. Por la tarde se grabará el programa número 516, que aún festeja el segundo aniversario de El precio es correcto. Un nuevo grupo de gente al que animar. Otra fiesta. Ojalá esta vez alguien se lleve el carrito.

El precio es correcto, Kienyke

Los concursantes seguirán mostrando sus amuletos de la suerte incluso cuando estén saliendo de los estudios.

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