El Procurador se metió en el barro

22 de diciembre del 2011

En el sur de Bolívar, Alejandro Ordóñez mostró su lado humanitario pero se encontró con un párroco que le cantó la tabla.

El Procurador se metió en el barro

La lancha blanca con las inscripciones de la Cruz Roja atraca a orillas del río Magdalena en el corregimiento San Sebastián de Buenavista, al sur del Bolívar. Unos cincuenta niños saludan, mueven los brazos y la cabeza, casi al tiempo. La mayoría están descalzos y varios de ellos tienen el pelo tinturado de rubio. Parece un libreto. El procurador general, Alejandro Ordóñez,  desciende con ayuda, le sigue su esposa, luego toda una comitiva de delegados del Ministerio Público. Saludan. Sonríen. Detrás de ellos vienen las bolsas de mercado y los regalos de navidad que carga alguien más. Pisan con las botas de caucho  las tablas y los costales de arena que los habitantes descalzos pusieron con cuidado para evitar que cayeran en los charcos de agua fangosa y estancada.

No hay tiempo que perder. El sol es inclemente; el calor, húmedo y denso. La lectura de la novena empieza de inmediato. Se reza, se cantan dos villancicos. El procurador habla, la gente lo aplaude eufórica. El párroco Tomás Arce toma el micrófono. Está vestido con jean, camisa y mochila. No tiene alzacuello.

−Quisiera agradecerle, señor procurador, por los mercados y los regalos de navidad, pero aquí en San Sebastián de Buenavista, como en sus corregimientos aledaños, no necesitamos pañitos de agua tibia. Necesitamos soluciones definitivas para remediar la inundación que sufren nuestros pueblos. Por esa razón y teniendo en cuenta su dignidad como representante de los ciudadanos ante el Estado le pido que le cuente al Gobierno Nacional nuestro clamor, −dice el párroco ante la mirada seria del procurador Ordóñez, y los susurros de los viejos que dicen pasito:“es verdad”.

El párroco Arce no elogió ni alabó al procurador. No le dijo un discurso rimbombante de agradecimiento, como se acostumbra en estos casos. En cambio, le exigió una salida estructural  para las inundaciones que sufren hace diez años en éstas, las tierras de Enilse López, alias ‘La Gata’, la mujer que ha puesto los alcaldes de turno en el municipio de Magangué,  hasta las elecciones de este año, cuando perdió contra Marcelo Torres, del Partido Verde. Primero fue su hijo, el hoy senador Luis Alfonso López,  después  Arcesio Pérez. Se cuenta que ellos compraron votos a $50.000 y luego electos no hicieron nada por la comunidad.

Arce sabe que la situación es crítica. San Sebastián de Buenavista se ahoga. A los ranchos de tabla y paja sólo se llega en canoa. Están tan inundados y roídos que solamente se puede dormir en hamaca, balanceándose con impotencia, mientras se mira el agua en el piso que se mezcla con lluvia, río y desechos humanos que lanzan lejos y la corriente devuelve porque no tienen acueducto ni alcantarillado.

−Vengo de una familia humilde del Sur del Bolívar. Y recuerdo mucho al sacerdote Jesús María Muñoz Correa, porque gracias a él se construyó un muro de contención que evitó la inundación de mi pueblo. Ese servicio de los sacerdotes en la comunidad me motivó cuando estaba pelao’  para  entregar mi vida a la misma causa.

Arce recuerda que  empezó sus estudios sacerdotales en el seminario provincial San Carlos Borromeo en Cartagena.

−Renuncié a la vida sacerdotal a los 17 años.

−¿Por un amor?

Se ríe como un niño.

−No, no fue por un amor, me desjuicié por unos rones. Luego abandoné seis semestres de universidad y decidí volver al seminario. No fue fácil. Me enfrenté a mi familia pero al final me apoyaron.

Cuando se ordenó como sacerdote, el 14 de noviembre del 2009, el párroco Arce se fue a trabajar a la parroquia de Santa Cruz de Mompox. Un templo histórico y pudiente. Pero en enero del 2011, con 30 años, llegó por orden de un obispo a la parroquia de Barbosa (Bolívar).

−Me dijeron que iba para Barbosa y yo sonreí porque sabía lo que me esperaba. Es una parroquia muy pobre, porque la gente es muy pobre. El día que llegué a Barbosa me encontré al párroco anterior frente al templo inundado.  Él me saludó con una frase que no olvido: “La novia es fea, pero al fin y al cabo es la novia”, refiriéndose a la parroquia. El sacerdote resistió cuanto pudo. Todo estaba inundado. Ya no había servicio de baño. No había energía eléctrica. La casa cural era inhabitable.

−¿Pero si las condiciones eran tan inhumanas qué hace usted allá?

El párroco Arce se queda en silencio. Luego atina a decir: “El amor a Dios.  Esta parroquia no se puede acabar porque la iglesia es la única institución en la cual la gente aún confía. Estos pueblos están abandonados por el Gobierno Nacional, concretamente por la administración municipal de Magangué.

Barbosa tiene parroquia desde 1931. En ese momento era un corregimiento floreciente, centro de todos los demás pueblos, así lo recuerda la gente. Había ganadería, agricultura, plaza de mercado. Pero a raíz de la erosión hasta las cuatro o cinco calles al frente de la iglesia  desaparecieron. El río se las llevó. La única escuela de bachillerato se cerró. Son tierras olvidadas hasta por los grupos armados ilegales porque no hay donde cultivar coca, ni lugares secos para las cocinas de droga.

−Por eso dije lo que dije delante del Procurador General de la Nación. No como amenaza, porque yo no soy quien para amenazar a nadie, gracias a Dios. Sino para que nos escuche. Para que escuche el clamor de esta gente. No queremos esperanzas basadas en utopías, en mercados y regalos, sino en esperanzas concretas.

La visita del procurador general, Alejandro Ordóñez, y su esposa, Beatríz Hernández, terminó dos horas después. El Ministerio Público entregó ese día, con lista en mano, completos mercados y regalos que ampararon a cerca de 240 familias. El dinero para las ayudas, 30 millones, fue donado voluntariamente por los funcionarios de la Procuraduría. Esa tarde en San Sebastián de Buenavista, cuando el procurador Ordóñez se despedía y se montaba de regreso a la lancha para almorzar en Magangué róbalo frito y arroz con coco en el club de la Cámara de Comercio, varios pobladores discutían porque los mercados no alcanzaron para todos. “Hasta una próxima vez, señor procurador”, gritó agradecida una mujer beneficiada.

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