Robo de pelo, un gran negocio

Robo de pelo, un gran negocio

7 de Septiembre del 2011

Con tijeras de jardinería, dos ladrones le robaron el pelo a Paula en el centro de Cali. Era de color negro y le llegaba hasta la cintura. Durante dos años y medio dejó que le creciera para parecerse a ‘Rapunzel’, la princesa del cuento de hadas. Una tarde, hacia las 3:30 p.m., caminaba con su prima Victoria, de pelo largo y castaño, por la calle Octava con carrera Cuarta. De repente, ambas sintieron un jalón en la cabeza. Dos tijeretazos fueron suficientes. En medio de la confusión, las dos mujeres tomaron un taxi y buscaron una peluquería para remediar el corte irregular que les dejó el afán de los ladrones, quienes recibieron al menos 300 mil pesos por el botín.

La mayoría de quienes venden su pelo son personas de bajos recursos. Según algunos comerciantes que trabajan por Internet, el Valle del Cauca es el departamento en donde más se recolecta pelo. Le sigue el Chocó, con las mujeres indígenas de los Citará Embera, quienes después de vender su pelo ―el más apetecido del mercado― se esconden de los hombres hasta que les vuelva a crecer. En Antioquia y Bogotá también hay un mercado establecido de pelo. Aquellos que viven de este negocio recorren pueblos en busca de las melenas vírgenes de las campesinas. El precio depende de qué tan largo, grueso y abundante es. Un kilo de pelo de 30 centímetros y de origen colombiano puede costar 400 mil pesos. Si es del extranjero, se puede conseguir por 1.000 dólares.

Las clientas más frecuentes son personas que han perdido el pelo por cáncer, mujeres de raza negra y jóvenes que pagan por extensiones de pelo humano entre 200 mil y 600 mil pesos. Las más costosas y escasas son las de pelo crespo. Una peluca de pelo humano oscila entre 800 mil y 1.200.000 pesos. El negocio es tan rentable que en 2007 le representó a Colombia 46 mil dólares en exportaciones hacia los Estados Unidos.

Las extensiones miden entre 25 y 70 centímetros y cuestan en promedio 380 mil pesos.

La noticia publicada en el periódico Q’Hubo de Cali el 18 de agosto fue el inicio de rumores que obligaron a las caleñas a llevar el pelo recogido en la calle. El hecho no es una novedad. En el mes de enero, luego de ser drogada con escopolamina, a una comerciante de 34 años llamada Dora le robaron su pelo mientras compraba ropa en el centro de Cali. Tenía una larga y negra melena lisa que le llegaba a la mitad del trasero. Pese a que la historia se ha repetido en la misma zona y dentro del sistema integrado de transporte masivo MIO, en la Policía de Cali no hay denuncias registradas. Los funcionarios de la Fiscalía de la capital del Valle del Cauca conocen el tema por habladurías, pero no saben de un caso oficial.

Afuera del país, un robo de este tipo se convirtió en noticia de los periódicos del mundo. En Río de Janeiro, Brasil, la vendedora Mirna Marchetti de 22 años fue víctima del robo de su pelo mientras viajaba en un bus. El hecho ocurrió en 2007. En los años noventa hubo un auge de pelucas voluminosas y bigotes postizos. En ese entonces, varios periódicos hicieron referencia a hechos similares.

El pelo importado de países como Estados Unidos e India viene en los más variados estilos y colores.

Karen, propietaria de una peluquería en Cali, comenta que muchas personas acuden a su peluquería ofreciendo su pelo por necesidad. Ella recuerda el caso de Gloria, una mamá cabeza de familia que no tenía dinero para comprar los útiles escolares de sus hijos y vendió su pelo por 200 mil pesos. Así lo ratificó Santiago Restrepo, propietario de una tienda de pelucas llamada Barí, en Chapinero, en una entrevista al periódico El Tiempo. Restrepo afirmó: “la época en que más viene gente es febrero, para comprar útiles o conseguir lo que falta del colegio”. Otro caso es el de Rodrigo Sarmiento, un biólogo que hace siete años vendió su pelo crespo, que le llegaba hasta la cintura, para poder irse de vacaciones. Le dieron 150 mil pesos en una fábrica de pelucas ubicada al norte de Bogotá.

Para Otilia Hurtado, una estilista de Cali con doce años de experiencia, los robos de pelo son un chisme. Cree que es imposible que la banda de ‘La Tijera’, bautizada así por los caleños, se dedique a este delito. También dice que a su peluquería, ubicada al sur de la ciudad, van más mujeres blancas que de raza negra porque las extensiones dejaron de ser un asunto de vanidad y se convirtieron en una cuestión de autoestima y salud.

Una de las novedades del negocio es la producción de pelucas para enfermos de cáncer. La empresa Sistemas Jairo Sarmiento, con más de cuarenta años de experiencia, elabora a partir de pelo humano este tipo de producto para personas en tratamiento de quimioterapia. Cada mes, cien personas acuden por una peluca. El 90 por ciento de sus clientes son mujeres y sólo el 10 por ciento hombres. La peluca, que se elabora en cuatro días hábiles según el gusto del cliente, cuesta más de 750 mil pesos. Si se quiere lucir algunas canas, puede tener pelo de chivo. Esta compañía también lidera la campaña ‘Una capul, una sonrisa’, que tiene como objetivo elaborar capules sin costo a niñas de bajos recursos que padecen cáncer.

En los meses de febrero es cuando más llegan clientes para donar su pelo.

La nueva tendencia del negocio es importar pelo desde Estados Unidos y La India, país donde la exportación de pelo humano deja cerca de 300 millones de dólares de ganancias al año. Esto equivale al mantenimiento de cinco hospitales y una docena de colegios. Al traer pelo del extranjero, los vendedores se ahorran el largo proceso de desinfectarlo, coserlo y teñirlo. Los pelos importados vienen en más de treinta tonos naturales, además de una docena de colores de fantasía como fucsia, azul y verde. Las medidas de las extensiones van desde 25 cm hasta 70 cm, pueden costar en promedio 380 mil pesos, sin contar los 50 mil pesos que hay que pagar por la mano de obra en una peluquería. El mercado es exigente, sólo se comercializa pelo virgen, sano y que garantice en promedio tres años de vida útil.

John Alexander Sarmiento, ingeniero industrial de Sistemas Jairo Sarmiento, reconoce que el pelo colombiano tiene propiedades como su calidad, grosor y resistencia. Pero que estas dos últimas lo convierten en rebelde y difícil de manejar. El pelo de origen indio es más dócil, aunque se enreda un poco. Para Sarmiento el mejor viene de Argentina, Uruguay y Chile porque es fácil de manipular y resistente a modificaciones.

 El pelo más valioso es el de las indígenas Citará Embera.

Paula reparó el robo de su pelo con extensiones, mientras que Victoria espera que crezca de manera natural. Ninguna da la cara ni dice su apellido. El tema les avergüenza. Lo cierto es que el negocio del pelo se ha convertido en el imperio de pocos y en la salida económica de muchos.